La maldición de Hill House. Crónica de una vivienda impía. Parte I

El presente artículo fue escrito originalmente para la web Pasadizo.com, hoy en estado de “animación suspendida”. He decido revisarlo y recuperarlo para el blog, aunque publicado por capítulos para facilitar su lectura. 

De entre todos los tópicos del cine y la literatura del terror, uno de los que mayor capacidad tiene para generar verdadera sensación de inquietud es la casa encantada; a veces es una construcción moderna; las más, una construcción antigua con un punto  decadente. De un modo u otro, entre sus muros siempre parecen anidar fuerzas extrañas, sobrenaturales o no, e incluso amenazadoras.  Tal vez esa capacidad para inquietarnos se deba ser eso una simple vivienda, no algo tan distante como un vampiro o un licántropo. Tal vez sea eso, sí. O, a lo mejor, también influye en que, en la realidad, hay viviendas que trasmiten una sensación siniestra o malsana. A veces esto se debe a la propia historia del inmueble; otras a su estado de conservación o a su arquitectura… En ocasiones puede ser una combinación de estos factores o depender de cualquier otro detalle que haga a ese enclave diferente de otros.. Shirley Jackson conocía perfectamente la capacidad de algunas casas para sembrar miedo en el corazón de los hombres,  y la plasmó con maestría en la que para muchos, entre los que me incluyo, es la obra capital de la literatura de casas encantadas La Maldición de Hill House  (The Haunting of Hill House, 1959).

Shirley Jackson

Shirley Jackson nació en San Francisco en 1916 y fallecería en 1965 sin haber cumplido los cuarenta y nueve años, dejando una de las obras más interesantes e ignotas de la literatura de terror de su época. Cabe señalar que tocó otros géneros, como la llamada Fiction on Domestic Chaos; este tipo de obras, muy cultivado al parecer por las amas de casa de los años cincuenta es EEUU, se basaba en narrar la batallas cotidianas de estas mujeres. Según se cuenta, las obras que Jackson aportó a este género (Live Among de savages (1953), Raising Demons (1957)) ya presentaban una interesante calidad literaria y estaban marcadas por el humor negro que posteriormente caracterizaría a la autora.

Sus primeras publicación data de su época universitaria (se licenció en literatura por la universidad de Siracusa), concretamente de 1938 cuando publica el cuento Janice. Diez años más tarde publica The Road Through the Wall; habría que esperar aún once años para que la novela que hoy nos ocupa viese a luz.

En 1962 ve la luz su última novela We Always live in the Castle, cuya promoción vendría marcada por la polémica cuando al crítico Laurence Hyman, marido de Jackson, se le ocurrió sacar a la luz que la escritora era experta en ocultismo; Jackson se vería obligada a negar tales hechos por cuestiones publicitarias; sin embargo, hoy se sabe que su afición por el ocultismo y la práctica de magia blanca eran ciertas. De hecho, tal circunstancia resulta imprescindible para captar muchos matices de la Maldición de Hill House.
 Así, una de las fuentes de inspiración para la novela fue unos de los cientos de ejemplares que la autora atesoraba en su biblioteca esotérica: un libro referido a una investigación realizada durante el siglo XIX en una casa supuestamente encantada.

También marcarían a la obra distintas viviendas que la autora fue fotografiando e investigando; unas tenían fama de malditas, otras simplemente tenían un aspecto inquietante. Como dato curioso, una de las casas que más la impresionaría resultaría haber sido construida por su propio bisabuelo. Se considera que fue su inspiración principal para el aspecto de Hill House, pero no el único: la célebre casa donde Sarah Winchester, viuda de W.W. Winchester, creador del famosos rifle, pasó sus últimos 38 años de vida marcaría el peculiar diseño interior de Hill House.

Además de La maldición de Hill House o la ya citada We always live un the Castle, Jackson escribió excelentes relatos de terror, entre los que me gustaría destacar: La Loteria, quizá su relato más emblemático (que daría título a la única recopilación de relatos publicada por la autora) y Los veraneantes. Menos conocido que otras obras suyas, este último se erige como uno de los cuentos de terror más inquietantes que he tenido el placer de leer (y releer) . Junto con la propia Maldición de Hill House, tal vez sea este texto breve donde mejor aprovecha la autora su capacidad para jugar con la ambigüedad e ir sembrando poco a poco semillas de incomodidad en el corazón del lector.

Y de las cenizas renace… un blog.

O tal vez nace una combinación de dos, La cueva del huargo y Apuntes de una escritora pulp, los dos blogs que hasta ayer tenía en blogger.  Vista la nueva política pacata de esta plataforma y que, al parecer, una de mis páginas podía albergar contenido “problemático”, opté por no partirme la cabeza sobre si un par de relatos caldeados o alguna foto de Ingrid Pitt en Countess Dracula podían constituir, a ojos de ciertas mentes cerradas, material digno de un blog privado (entiéndase “porno”) y empezar de cero en un nuevo hogar, sin riesgo de censuras absurdas.  

Así, mi teclado  y yo nos hemos refugiado en una nueva cueva con la intención de ofreceros nuevas historias, también algunas viejas; tal vez, si los Hados se alían nosotros, de recuperar también parte del trabajo realizado en su momento para la web de Pasadizo y, por supuesto, teneros al día de las novedades sobre la carrera inspiradora de la loca de mi musa. 

El Gran Cthulhu da su aprobación a esta mudanza.

Y como la entrada queda un poco sosa como mera declaración de intenciones, os dejo con un micro que igual habría sonrojado a alguna de esas almas cándidas que pululan por blogger. Fue escrito para las Microjustas de Ocio Zero, y había que crear una historia de 50 palabras que contuviese relojes, la palabra telaraña y alguna referencia a unos labios. 

El resultado fue este: 

Decadencia Acompasada

 El carrillón, cómplice de sus juegos,  contempla cada beso de gato. Cicatrices y marcas recientes tejen telarañas de placer sobre la piel de ella, antaño inmaculada.  Con la campanada, llega el orgasmo. Los labios de él recorren las heridas abiertas. Comienza una nueva hora. Restalla otro latigazo.