El misterio Guinness

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos

 

Julia avanzó con paso tímido por el local, cohibida ante la multitud, asustada por los ruidos y la atmósfera viciada que se respiraba en el mismo. Pese a que llevaba años preparándose para aquella misión, estar sobre el terreno la hacía dudar de sus capacidades para afrontarla. Y el suyo sería el último cartucho que la Nación Terrana quemaría para llevar a cabo la investigación; no podían permitirse seguir perdiendo gente por su ansia de desvelar el conocido como «Misterio Guinness».

Se deslizó hasta lo que había aprendido a identificar como «barra» y buscó un hueco entre la gente allí agolpada, cuidando de no rozarse con nadie y, sobre todo, de no mirar a nadie de forma demasiado fija. «Recordad que eran los Tiempos Bárbaros —decían los instructores—. Una mirada fija no era una invitación para cotejar el grado de complementariedad espiritual. Era una intrusión que podía castigarse con un acto violento.»

Y la violencia había sido desterrada de la sociedad medio siglo antes de que Julia naciera. Por eso le daba tanto miedo la posibilidad de tener que ser testigo de uno de tales actos.

—¿Hola, guapa, qué te pongo? —preguntó una joven, que debía de ser lo que le habían enseñado a identificar como «camarera», en una de las lenguas muertas con las que la investigadora llevaba años familiarizándose  

Julia se quedó parada. No había analizado la barra y no sabía si la habrían proyectado en el lugar adecuado. ¿Qué pasaría si habían errado los cálculos y aquel lugar no la tenía? En ese caso tendría que improvisar, pensó mirando la diminuta pantalla que sostenía en su mano; no le habían dejado instrucciones para esto.

—Una Guinness —titubeó.

—¿Caña o pinta?

De nuevo, se quedó paralizada. Eso no había entrado en las lecciones. Pero lo de «caña» le recordaba a cosas de pesca, así que no podía ser una cerveza. Debía de ser una especie de broma de la camarera.

—Pinta —contestó finalmente.

Cuando la joven se fue a servir la bebida, Julia sacó una libreta del bolso del pantalón; era una pieza de museo elaborada en papel y le resultaba muy raro escribir en ella, pero había que minimizar el número de anacronismos. Ya suponía bastante peligro la tablilla temporal, guía a la que acogerse durante el transcurso de la misión y la llave de regreso a casa.

Empezó a tomar notas del famoso ritual de la Guinness, que tantos debates seguía suscitando en la Nación Terrana. Hacía tiempo que su mundo había desterrado el alcohol, junto con el fútbol, la política y otras fuentes de violencia. Pero la Guinness estaba revestida de un carácter mítico, pues era citada con frecuencia en el El libro rosa, uno de los pilares sobre los que se había asentado su sociedad, después de que la tercera y la cuarta guerra mundial casi acabasen con la vida en la Tierra. El libro rosa era una obra de ficción, una novela, donde dos personajes alcanzaban la armonía de espíritu gracias al intercambio espiritual de fluidos y a la famosa Guinness, cuyo consumo parecía exigir una liturgia rayana con lo religioso.

En la novela, y en algunos vídeos que conservaban en el museo de los Tiempos Bárbaros, hablaban todo el rato del «tiempo de servicio»; era el primer objeto de debate entre los científicos terrános, porque se hablaba de servirla con lentitud, nada más. Unos interpretaban que el sagrado servicio se extendería durante días; otros, que serían unos minutos,  la sociedad bárbara era muy impaciente; los filosóficos decían que el tiempo era relativo y dependería del estado espiritual del servido y el servidor.

Al final, fueron unos diez minutos; el tiempo que en su época se invertía en preparar «algo rápido». Punto para los defensores de la impaciencia de los hombres de las edades bárbaras.

Ahora tocaba la fase visual. Era una lástima no poder tomar una holoimagen. La famosa Guinness era hermosa, resultaría bella incluso en su sociedad civilizada y sin fronteras. Negra, como la piedra mítica del azabache, con la blanca espuma cremosa rematándola. Etéreos trazos de esa última revoloteaban entre el líquido, hasta depositarse en el fondo del vaso.  El libro rosa se había quedado corto a la hora de describir la hermosura de la mítica bebida.

La cogió con miedo; se suponía que estaba inmunizada contra los efectos nocivos del alcohol, pero…. Dio un trago, estaba fresca y tenía un regusto amargo muy agradable. Invitaba a seguir bebiendo; no obstante, dejó el vaso sobre la mesa. Sus órdenes eran precisas, además del Misterio Guinness, debía estudiar los rituales de ocio bárbaros, sus técnicas de acercamiento y, si se le presentaba la ocasión, sus rituales de cópula. Aunque, si podía, pensaba eludir lo último. Los libros de historia recogían la figura del urinario como lugar habitual para tales cópulas improvisadas y, después de haber aparecido en uno de ellos, no tenía demasiadas ganas de baño.

Hacía calor. Pensó en quitarse la cazadora, pero se sentía extraña imaginándose en medio de tanta gente vestida únicamente con una camiseta de tirantes escotada, en lugar de la habitual túnica vaporosa. Ya se había exhibido así de ceñida en el salón holográfico, pero ahora la rodeaba gente de carne y hueso, no proyecciones. Aunque… Paseó una mirada discreta por el bar; el resto de mujeres de su edad lucía cosas más reveladoras y asfixiantes que su camiseta. Decidida, deslizó la chaqueta por sus brazos y la colocó en su regazo.

Nadie la miró de modo extraño. Al menos, los modistos de la unidad de historia bárbara no se habían confundido con las vestimentas. Aún circulaban rumores sobre lo sucedido a unas investigadoras a las que habían proyectado en medio de la Inglaterra victoriana, vestidas con lo que los investigadores habían identificado como ropas de la época, por llamarse algo así como Secreto de Victoria. Por suerte, las muchachas habían podido accionar sus llaves temporales antes de que la muchedumbre enfervorecida las quemase, acusándolas de ser diablos.

Aquí el único diablo que hay soy yo.

Bebió otro trago de cerveza y se sintió un poco más relajada. Seguía encontrándose en un ambiente hostil, pestilente, ruidoso y agresivo, pero también empezaba a verle cosas agradables. El ruido tenía, en ocasiones, cierta armonía. El olor, pasado un tiempo, empezaba a no notarse tanto y variaba en función de a quién tuviese cerca. La amenaza de violencia seguía atemorizándola. Se notaba en cada gesto de aquellas gentes, en sus movimientos, tan lejanos de la armonía de la Nación Terrana.

Además estaban los desaparecidos. Nadie había regresado de la encomienda, incluidos compañeros suyos de promoción que habían quedado por encima de ella en las pruebas de aptitud. Por qué iba a ser ella la excepción.

Nerviosa, dio otro trago a la cerveza y analizó a la multitud, teniendo la precaución de no centrarse en la misma persona durante excesivo tiempo. Nadie parecía representar una amenaza.. Pero seguía sintiendo ese frío en el estómago.

—Hola —saludó una voz cerca de su oído—. ¿Puedo invitarte a otra de lo que estés tomando?

Julia levantó la cerveza aún llena en dos tercios.

—Aún no he pagado esta —titubeó, sin tener claro si la respuesta sería adecuada. 

Su interlocutor se limitó a sonreír, al tiempo que se sentaba a su lado. El tipo parecía ser un digno representante del marcado heterocentrismo de la sociedad bárbara. Marcaba cada rasgo de su masculinidad, ora con barba de dos días, ora con camiseta que parecía una segunda piel, ora con unos pantalones que dejaban sin oxígeno a sus genitales. Además, no apartaba la mirada de las glándulas mamarias de la joven, rasgo físico este que en la sociedad futura había perdido su viejo misticismo sexual. En realidad, había perdido sentido la noción de la cópula incentivada por razones de mera atracción animal o reproductiva. Lo primero había sido sustituido por sesiones atléticas de intercambio de fluidos en el aséptico marco de las salas de retozo de los gimnasios; lo segundo, por la fecundación en laboratorios.

Sin embargo, y por erradicados que estuviesen los instintos primarios de su ADN, Julia se sentía extrañamente halagada ante esa mirada intensa, casi propia de su mundo por su persistencia. 

No hablaron, solo se miraron, hasta que la llegada de la camarera les obligó a desviar la atención. Ella se quedó con su Guinness, él pidió una bebida que a Julia le sonó algo así como a «chico malo» en otra de las lenguas muertas de la tierra, el inglés. Resultó ser un tipo de cerveza; aunque se bebía directamente desde la botella.

El hombre vacío de un trago más de la mitad de la misma, haciendo movimientos espasmódicos con la garganta delatores de su ruda naturaleza. Resultaba muy instructivo para una viajera en el tiempo e investigadora como ella. Julia no se atrevía a tomar notas, pero analizó cada movimiento del tipo, para poder consignarlo en los informes.

Si regresaba.

Nadie había regresado de la misión Guinness.

¿Sería aquel hombre un enemigo para ella? ¿Un terrorista temporal? ¿Un policía? Nadie les aseguraba, por más legal que fuese hoy su misión, en un futuro fuese interpretada como un peligro temporal que debía ser abortado. 

Bebió un nuevo trago, sintiéndose más relajada. Aquel tipo no podía venir de su época ni del futuro, se le veía demasiado integrado en el ambiente bárbaro.

Las manos del hombre comenzaron a deslizarse por las piernas desnudas de Julia, tentando el borde de su falda, sin sumergirse bajo ella, trepando por su vientre hasta coronar en sus senos. Se demoraron en estos, apretándolos, acariciándolos como nadie lo había hecho jamás, haciendo reaccionar a la muchacha de un modo que se le antojaba imposible; estaba empezando a experimentar placer. Los pezones estaban endurecidos y le dolían un poco cuando él se los rozaba, pero era un dolor agradable. Y estaba el calor que la invadía, en nada parecido al que la había obligado a desproveerse de su cazadora.

Él se inclinó sobre su cuello y empezó a besarla.

—¿Qué te parece si hacemos una escapadita al baño?

Julia lo apartó de un empujón. Para nada deseaba meterse en aquel lugar cochambroso. El hombre sonrió, y la contempló de forma aún más intensa,

—Así que te gusta hacerte la difícil…

Bebió otro trago de cerveza y, sin apartar la mirada de Julia, se pasó la lengua por los labios, mientras sus manos elevaban el pantalón para que resaltase aún más el área genital.

Julia dio un nuevo trago a su bebida, dividida entre su asco hacia el baño, su sentido del deber como investigadora temporal… y una sensación muy extraña que no sabía definir. Una sensación… primitiva.

Cuando el hombre volvió a la carga con sus atenciones, la joven accedió a desplazarse hasta el baño.  Su cubículo estaba más limpio que el primero donde ella apareciera. Sin embargo, seguía resultando pestilente.

Su bárbaro favorito la estampó contra una de las paredes y empezó a acariciarla de modo más intenso e intrusivo. Sus manos se sumergieron bajo la falda de la muchacha, y no se les pasó por alto la liga en la que guardaba la llave temporal. Sin darle ocasión a reaccionar, él se la arrancó y la arrojó al inodoro. Luego, tiró de la cadena.

—¿Qué? —balbució, presa del terror.

—No necesitas eso, Julia.

Al final sí que iban a existir los policías temporales, los terroristas o lo que fuese. Julia no se planteó huir; estaba empotrada contra la pared del baño y nadie la había enseñado a usar la violencia.

—¿Eres… Eres un policía temporal?                                              

El hombre lanzó una sonora carcajada, antes de apoyar las manos contra el tabique y mover la pelvis para que quedase muy próxima a la de la muchacha.

—¿Policía temporal? No. Soy Augustus Soderling III, profesor emérito de la Universidad de Cork, en Venus.

Julia lo miró confusa. Venus era un mundo inhabitable incluso en su época.

—Imposible. Venus…

—¿Es inhabitable? Sí, supongo que para un pacato terrano Venus es inhabitable. Allí se trasladaron los terranos que querían conservar las cosas buenas de la Madre Tierra. Como la lujuria —le susurró al oído, mientras su mano se sumergía bajo las bragas de Julia—. O la cerveza…

»Brown regresó del primer viaje para descubrir vuestro misterio Guinness, pero hubo un error en las coordenadas y apareció en uno de nuestros laboratorios.

»Pronto adaptó el credo de su nuevo planeta-nación. Declaró a su vieja patria indigna de conocer el Misterio y nos ayudó a monitorizar vuestros viajes. Desde entonces, hemos ido interceptando a cada uno de vosotros.

—Pero ¿y las paradojas temporales?

Soderling se carcajeó.

—¿Qué paradojas? Nadie viajó al futuro para sacar una lista de investigadores; os hemos espiado en tiempo real. La única paradoja es que, para descubrir el misterio de la Guinness, habéis tenido que dejar de ser terranos.

Fascinada por todo aquello, Julia apenas fue consciente de haber mandado las bragas al otro extremo del baño de una patada.

—Y que el único secreto de la Guinness es que está casi tan buena como tú —añadió el venusiano.

El hombre la alzó sobre sus caderas y se deslizó en su interior, con sorprendente suavidad. A pelo; el cerebro de historiadora de Julia le recordó que en aquellos tiempos oscuros, los hombres enfundaban su falo en una cosa llamada «condón» para no caer víctima de oscuras plagas de transmisión sexual.

—¡Espera!, ¿y las Temibles Venéreas? —suspiró más que gritó, tan aterrada como sumida en un estado de frenesí animal nada desagradable.

—En Venus también las hemos erradicado —susurró él en su oído—. Y ahora —ordenó—, disfrutemos del intercambio cultural hasta que nos lleven de regreso a casa.

 

 

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Olimpo Renacido

Portada de Olimpo Renacido # 1 Obra de Lidia Castillo

O también podríamos llamarlo, Los dioses se desmadran.  Mi obra, especialmente en su vertiente más pulp, ha tenido siempre al mestizaje y hacia la creación de combinaciones de géneros no siempre demasiado ortodoxas; no obstante, pocos proyectos son tan atípicos en su forma y ambientación como Olimpo Renacido, la serie que llevo dos años publicando en Action Tales, y que pronto dará el salto al papel gracias a la revista Área 51. Ciencia ficción, humor, novela negra, fantasía épica, divinidades griegas exiliadas… son algunos de los elementos que en algún momento han dejado su impronta en esta colección, centrada en narras las aventuras de Eris (una señora de la discordia que aumentó su poder cuando los dioses decidieron caminar entre humanos) y sus aliados, salpicadas, como no, de enfrentamientos con los propios parientes. Olimpo Renacido es también un mosaico de arcos argumentales, lo más autoconclusivos posible, que tejen una gran historia de guerras divinas; a la manera de muchos seriales de la línea Vértigo de DC, está destinada a tener un final, que aún no tengo claro cuándo llegará, lo que no implica que no pueda haber nuevos volúmenes del serie cuando esta trama, tal vez la más compleja que manejo hoy en día, termine.

Portada de Olimpo Renacido 2. Obra de Edgar Rocha

Portada de Olimpo Renacido 2. Obra de Edgar Rocha

Lo más curioso, en este caso, es que la semilla de Olimpo Renacido había sido plantada para dar fruto a un único relato para una antología centrada en la figura de la mujer, tanto a través de personajes históricos como mitológicos. Con el tiempo, esta última se convertiría en Hasta siempre, princesas, y tendría una breve vida en papel antes de quedar descatalogada por la quiebra de la editorial Libralia; sin embargo, no es esto lo que hoy me ocupa, sino Eris y sus circunstancias. No fue el primer personaje en quien pensé para protagonizar mi historia; mi primera intención era escribir algo con amazonas de por medio y cierto toque a espada y brujería, pero, cuando el coordinador nos animó a buscar personajes menos conocidos, empecé a valorar otras opciones. Puede que se debiese a que acababa de releer parte de la etapa de George Pérez como guionista de Wonder Woman, incluida la saga donde la amazona se enfrenta con una señora de la discordia que más parece un Ewok con armadura, pero a mi mente vinieron pronto dos personajes: la propia Eris y Louella Parsons, temible columnista del Hollywood clásico; incluso me plantee fusionar de algún modo ambos personajes… La historia se fue complicando, me fui imaginando a la dama de las manzanas doradas como “intrigante en la sombra” tras otros personajes históricos, movimientos artísticos y, de repente, me topé con un escenario de ciencia ficción y una guerra de diosas. También apareció por ahí una secundaria contestona, empeñada en robarle protagonismo a La Señora de las Manzanas; quienes seguís la serie en AT ya podéis imaginaros quién es: la cazadora más implacable de todo el universo.

Toda aquella combinación dio lugar a un relato autoconclusivo que no me dejó nada descontenta, pero Eris me pedía más. Y yo no pude resistirme. A esta primera historia le siguió “Bienvenidos a Hadez”, seleccionado para la antología Zombis!, volumen 2, de Tyrannosaurus Books y, (sáltate esta parte si quieres ahorrarte un destripe) otra historia donde la presencia de la señora de la discordia era bastante sorpresiva: “Meretrices del Demonio”, seleccionada para 666 (ya puedes seguir leyendo). Estos, unidos a alguna otra idea a la que no lograba dar forma, iban tejiendo en mi cabeza una historia cada vez más compleja e imposible de ir narrando en forma de relatos autconclusivos. Tampoco parecía ser adecuada para una novela. Al final la dejé aparcada hasta que mi camino se cruzó con AT y les mandé una propuesta de serie que pronto fue aceptada. A día de hoy, lleva publicados 8 números y 5 arcos argumentales ( 4 de ellos ya concluidos). La serie me ha aportado bastantes alegrías, tiene sus lectores fieles, verdadero motor para seguir escribiendo;  mis historias han sido arropadas por portadas verdaderamente geniales (en su mayor parte a cargo de Edgar Rocha), y me permite adentrarme en distintos géneros literarios, además de trabajar con un elenco con personalidades muy variadas… y dar rienda suelta a mi mayor vicio: putear personajes. Además, dará el salto al papel debidamente revisada. No puedo quejarme, ni de sus resultados ni por carecer de motivos para seguir escribiéndola.

Portada de Olimpo Renacido # 7 Obra de Edgar Rocha

Eris nació por casualidad, pero piensa permanecer mucho tiempo entre nosotros

Podéis leer los números publicados en el siguiente enlace

Hollywood Hell IV (final)

Tiempo estimado de lectura 7 minutos.

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—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

—Siempre supe que eras un jodido cabrón, Arthur, pero nunca pensé que fueses capaz de tanto —fue todo lo que se me ocurrió decir.

—Tendríais que haberos visto, peleándoos con el aire, dejándoos caer en las garras de mis muertos, empalar con un trozo de tapa de un ataúd…  

Helen se apretó contra mi espalda, dándome el coraje que necesitaba para volver a alzar el arma.

—¿Qué juego es este Arthie?

—El más antiguo de todos, la recolección de almas. Hace tiempo vendí la mía a cambio de ser un emperador en Hollywood; esta noche mi amo me ha ofrecido la posibilidad de recuperarla, ayudándolo a recolectar las de otros incautos. Mi señor podría haber tomado las de la mayoría de vosotros sin mi ayuda, pero ha pasado tanto tiempo en nuestro mundillo que, de vez en cuando, necesita un buen espectáculo. Y nadie mejor que Arthur Bray para proporcionárselo. Habría preferido que cayeseis víctimas de nuestras trampas, pero supongo dará igual que muráis por mi mano.

¡Joder! ¿Es que medio Hollywood había pactado con el Diablo mientras yo me ganaba el estrellato a base de trabajo? Antes de que pudiese preguntarle al respecto, Bray se alzó y sacó el bolsillo de su batín un .38 de cañón corto. Semejante juguete no impresionaría a Dan Fogarty, ni aun apuntando directamente contra su cara, pero, en mi caso, hizo que me temblasen las piernas cual puñetera heroína florero.  Si Helen no hubiese apretado otra vez sus senos contra mi espalda, me habría dejado matar como un secundario prescindible. Pero no hay mayor coraje que el que envuelve a un hombre entregado a una buena causa y pocas había mejores que ser digno de Helen Sinclair. Lancé un bramido de búfalo y cargué contra Bray; antes de que el malnacido llegase a disparar, mis hombros impactaron contra su estómago y mi mano libre lo obligaba a elevar el brazo, justo a tiempo para que una bala rebotase en el techo. Lejos de considerar terminada la batalla, seguí agarrando su muñeca mientras mi espada buscaba un hueco en su flanco; guiada por la Fortuna, la hoja se hundió en su pecho, paralizando su corazón podrido.

La ilusión se disipó. El lecho, la alfombra y el sillón con su proyector permanecieron allí; el resto de la estancia mostró verdadera faz. A los lados, protegidos por rejillas, se elevaban varios sarcófagos de piedra. Aplastado por uno de ellos, yacía Ben, con el cuerpo devorado, seguramente por la esquelética niña que yacía a su lado. Al otro extremo estaba Anthony, empalado por un trozo de madera que él había creído un puto unicornio rosa; no muy lejos, yacían otros dos muertos caníbales. Incluso mi espada había cambiado, para convertirse en un hierro oxidado.

—Bravo, Harry. Sabía que nos salvarías —la voz de Helen era pura miel.

Mi diosa se acercó a mí y me abrazó, apretando su pelvis contra la mía con fuerza suficiente para despertar a mi .45 largo. Por si no había captado el mensaje, empezó a desabrocharme la camisa.

—Nena, este no es lugar…

Antes de llegar a terminar mi queja, me encontré sobre el lecho de sábanas rojas, con Helen sentada a horcajadas sobre mí. Sus dedos jugueteaban con el vello de mi pecho al tiempo que su pelvis presionaba, cada vez más húmeda y cálida, contra mi entrepierna. Aún así no lograba entonar por completo a mi poderosa automática.

—Tranquilo. El Diablo ya se ha llevado seis almas, seguro que nos dejara en paz.

 Ella no cejaba en sus atenciones, pero yo no sentía su caricia ni la tentadora presión de su pelvis. Una voz congelaba mi libido a fuerza de repetir «seis almas». En la cripta mi diosa había mencionado que «el conde» se había cobrado cinco víctimas, pero hasta ahora no me había dado cuenta de un detalle: Helen no conocía la presencia de Liz. Yo no había tenido oportunidad de hablarle de ella y la cazadora no era uno de los invitados a la fiesta. Como mi amigo Dan, había caído en las manos de una preciosa mujer fatal. Por fortuna, ella no parecía darse cuenta de que la había pillado. Sus dedos empezaban a recrearse en mi pecho cuando reuní las fuerzas necesarias para empujarlas. No le di un puñetazo, me limité a apartarla hacia un lado del lecho, pero el impulso casi basto para lanzarla fuera de este. Rápido, me arrodillé sobre el colchón. Habría sido más sensato levantarme y recuperar mi hierro, pero las energías no me daban para tanta hazaña.

Además, la mirada de la pelirroja había vuelto a hechizarme. Sin dar muestras de dolor ni indignación, todavía retorcida sobre la cama, me premió con una sonrisa cruel. Si esta era siniestra aún lo fue más el brillo rojizo que se apoderó de sus ojos durante unos segundos.

—Eres un chico listo, Harry —sus uñas subieron por mi pecho, jugando con de nuevo el vello, sin llegar a herirme. En esos momentos no sabía si me sentía cachondo o aterrorizado—. La pregunta es ¿Eres lo bastante listo? —su diestra me agarró por el cuello.

Intenté debatirme, pero su presa era podía rivalizar con la de un matón de puerto con ganas de jarana.

—Aunque Bray no pudo reconocerme, yo conseguí que vendiese su alma hace años. Ahora tengo una oferta para ti; una mucho más atractiva. Mi amo está dispuesto compartir contigo el Poder. Esa sonrisa tuya podía arrastrar las almas de muchas jovencitas a la perdición… —su mano aflojó la presa.

—Muérete, maldita bruja —escupí sin pensar.

Sus mano empezó a apretar; la sangre arroyó por mi cuello cuando sus uñas penetraron en mi piel. Me había resignado a arder en las calderas del Averno, cuando un disparo restalló en la sala. Helen se llevó las manos al rostro, mientras el humo se escapaba entre sus dedos; su cuerpo empezó a arrugarse y volverse flácido; un par de verrugas se apoderaron de su seno izquierdo, un segundo antes de que ella cayera al suelo.

Al girarme vi a Liz en lo alto de una escalera recién abierta en el suelo.  No llevaba camisa, solo la chaqueta del esmoquin abierta, dejando entrever unos senos suculentos; tenía vendada la mano derecha, también parte del torso y su hombro izquierdo. En el cinturón, lucía cruzado el cuchillo que yo perdiera.

—Ningún O´Hara sale de caza sin saber curar a fuego sus heridas —Liz me premió con una sonrisa torva—. Hola, Harry, quédate quietecito mientras yo saldo las cuentas con nuestra amiga.

La horrenda criatura había vuelto a ponerse en pie; aún le salía humo de la cara, pero no parecía dispuesta a morir.

—Siempre supe que quienes decían que Helen Sinclair era una bruja estaban más acertados de lo que pensaban. Pero debo reconocer que me sorprendiste. No me imaginé que tu chulo te hubiese dado poderes nigrománticos. A no ser que el trabajo sucio lo hiciera él y tú solo estuvieses aquí para encargarte de la rapiña…

La automática apuntaba directamente contra la bruja. Pero esta no daba muestras de sentirse asustada, tampoco de haber escuchado las palabras de Liz.

—¿Piensas derrotarme con plata, cazadora? Deberías saber que no puede matarme.

—Lo sé, pero ya ha logrado desbaratar tu hechizo de glamur.

La hechicera se miró las manos y entonó una canción en un idioma extraño; los cadáveres, incluidos mis amigos, empezaron a temblar. Resonaron dos nuevos disparos. Helen gritó; los muertos se paralizaron. Aquella jodida arpía comenzó a recular, sin apartar la mirada de la automática.

Solo era una estratagema. Rauda como una serpiente, lanzó un golpe contra Liz; parecía que se había quedado corta, pero su brazo se alargó, semejando una rama reseca, terminada en cinco  garras. Arañó el costado de la cazadora, que aún acertó a disparar dos veces. La primera bala rebotó contra el muro, la segunda se hundió en el costado de la bruja. Esto no la hizo retroceder. Siguió atacando, aunque no parecía ser ya capaz de alargar su cuerpo y Elisabeth iba esquivando con más facilidad sus zarpazos. Por desgracia, eso no ayudaba a aquel bombón a ganar la batalla. Sus disparos fallaban en ocasiones y, aunque acertasen, no lograban hacer caer a su enemiga. Cada uno de sus movimientos era acompañado de regueros de sangre y una cortinilla de humo, pero no caía. Al mismo tiempo, el escenario no dejaba de cambiar; la alfombra había desaparecido, más huesos poblaban el suelo, incluso mi cama había cambiado, pero yo no me atrevía a desviar la mirada de la batalla.  

Cuando la bruja la tenía tan arrinconada contra una pared que las teas parecían a punto de quemar su pelo, la automática de Liz se declaró exhausta.

—¡Bravo, cazadora! —la risa de la bruja reverberó siniestra en la sala—. Has agotado todas tus balas y yo todavía estoy en pie. ¿Piensas matarme con tu cuchillo?

En algún punto de la lucha, Liz había tenido ocasión de desenfundar el puñal y lo usaba ahora para mantener alejada a la hechicera. Sus labios dibujaron una sonrisa más propia de Dan Fogarty que de una cazadora derrotada. El bombón más peligroso de Hollywood alargó la zurda hacía una de las teas. Sin dejar de apuntar a la otra con el cuchillo, la descolgó del soporte.

—Solo te estaba debilitando para tener claro qué antorchas eran reales.

El adefesio trató de abalanzarse sobre Liz, pero esta fue más rápida y logró hundir la tea en el pecho de su enemiga. La espantosa criatura lanzó un grito patético, mientras las llamas prendían sus ropas; en apenas unos segundos comenzó a arder, a derretirse como si, en lugar de un ser de carne y hueso, fuese un monigote de cera. Mientras ella se quemaba, yo notaba cómo el lecho se iba haciendo más duro y estrecho. Cuando bajé la mirada, cerca estuve de convertirme en nuevo habitante del Reino de los Muertos. ¡Había estando a punto de fornicar con una bruja en un puñetero ataúd! Estaba deshabitado, pero eso no daba energías a mis piernas inmóviles.

—¡Espabila de una vez, Harry!

Elisabeth tiró de mí, obligándome a saltar del sarcófago con tanto ímpetu que casi rodamos por el suelo. El reguero de cera derretida y fuego había prendido el cadáver de Bray y amenazaba con extenderse hacia el resto de la sala. Trastabillando, más que corriendo, nos adentramos en el pasillo, a cuyos lados se extendían pequeñas capillas donde yacían los cuerpos de nuestros compañeros. Pese a que algunos ataúdes importunaban nuestro camino, logramos alcanzar una escalera de caracol antes de que las llamas nos chamuscasen.

A través de ella, llegamos al exterior. No se oía el canto de animal alguno, ni había más señal de presencia humana que nuestros propios coches aparcados. La mansión de Bray siempre había sido una fortaleza solitaria; no obstante, sumido en semejante quietud, temí por unos instantes ser víctima de otra ilusión de la bruja de tetas verrugosas o su amo. Sin embargo, Liz se guardó el cuchillo y empezó a abrochar su americana con gesto tranquilo.

—Será mejor que nos vayamos —ordenó.

—¡¿Qué?! ¿Vamos a huir? —exclamé, agarrándola por el brazo.

Ella se deshizo de mi presa y me miró con dolorosa condescendencia.

—Si quieres, nos quedamos para explicarle a la policía que hemos matado a una bruja y a un gilipollas que había venido su alma al diablo. A lo mejor nos mandan al psiquiátrico, en vez de meternos en la puta trena —a media contestación, había iniciado camino, rumbo a mi flamante Cadillac.

—Y si nos marchamos alguien podría vernos —grité, sin dejar de perseguirla por el camino desierto.

—Bah, ningún policía es tan poderoso como Hedda —desdeñó, al llegar al coche. Yo la miré con gesto de no entender qué pintaba la segunda peor cotilla de Hollywood en esto—. Y tiene una deuda pendiente con la cazadora que evitó que su hijo William se convirtiese en esclavo de un súcubo.

Ante semejante revelación, solo pude mirarla con gesto asombrado.

—Y yo que me imaginaba a esa cabrona trabajando para tu enemigo…  —me encontré diciendo. De pronto, hablar de pactos con el diablo me parecía tan normal como discutir sobre la tiranía de nuestros productores.

—No, él prefirió a Louella. Tal vez un día tenga que encargarme de ella —añadió con gesto pensativo, mientras abría la puerta del conductor.

¡De mí asiento! ¿Después de ser ella quien me salvase el culo, también iba a reducirme a un florero aparcado en el asiento del copiloto?

—¿Y a dónde pretendes que vayamos? —pregunté, sin atreverme a apartarla de donde estaba.

—A tu casa, muñeco —sonrió burlona—. El premio de todo héroe es un revolcón con la damisela en apuros. ¿Recuerdas?

Ella se apretó contra mí, despertando por segunda vez en esa noche a mi .45 largo. Tenía razón, pero que un rayo me partiese si tenía claro quién era quién en esta película. Si era sincero, empezaba a importarme una mierda.

La Maldición de Hill House. Entrega final.

Hill House al cine

Hasta ahora la novela ha sido trasladada dos veces a la gran pantalla: en 1963, no mucho después de ser publicada, y en 1999. La primera fue dirigida por el versátil Robert Wise; la segunda por el palomitero Jan de Bont.

En los dos próximos apartados de este artículo daré unas pinceladas sobre ambas valorándolas como adaptación del texto originario.

Imagen promocional de “The Haunting” (Robert Wise)

The Haunting, 1963

Señalar, antes que nada, que esta versión no llegaría a ser estrenada en nuestro país en los cines. Tendríamos que esperar al mercado del video para que viese la luz como La mansión encantada.

La adaptación que realizó el guionista Nelson Gidding resulta bastante fiel al texto original, sobre todo en lo que se refiere a trasladar la ambigüedad existente en la obra de Jackson. Las mayores diferencias entre ambos, amén de la supresión de algunas escenas claves del libro, radica en parte de los matices que caracterizan a personajes como: Theodora, Luke o el Dr. Montague (Markway en la película) y su esposa. Estas diferencias no cambian sustancialmente el espíritu de la trama y se antojan necesarios a la hora de sintetizar el texto de Jackson, corto pero prolijo en situaciones, en una película de 112 minutos.

Parte de las infidelidades a la hora de adaptar el personaje de Theo, pueden deberse a la censura cinematográfica aún imperante en esos años; si bien por aquellos años resultaba difícil introducir un personaje homosexual en una novela (al menos de un modo relativamente positivo) en la gran pantalla era casi un imposible. Se pierde, por ejemplo, la aparición del personaje en el prologo de la película; en el libro esta breve mención resultaba necesaria para entender al personaje y sus motivaciones. También desaparece el pasaje en el que la joven sufre el ataque de la “casa” cuando parece empezar a entrever que Eleanor puede estar detrás, consciente o inconscientemente de los fenómenos, decantándose así la película más hacia la explicación sobrenatural.

Luke tiene un papel mucho más secundario en la película. Al desaparecer su rol como interés romántico de Nell, se convierte en un mero convidado de piedra que sirve para dar una visión más a pie de calle de la historia.

El Dr. Montague (Markway) es rejuvenecido y se trasforma en el interés romántico de Nell, añadiendo matices distintos al triangulo amoroso resultante; la atracción de Nell hacia Luke en el libro, tenia cierto matiz de atracción condescendiente, en cambio con el Dr. Markway puede entenderse como la necesidad de encontrar una figura paterna o al menos de autoridad que la arrope que la proteja lo que acentúa la fragilidad del personaje.

Por otro lado señalar que el citado triangulo queda más difuso en la novela que en la película. En el texto de Jackson más que un triangulo propiamente dicho, había que hablar de los sentimientos fluctuantes de Eleanor. De hecho en ningún momento llega a producirse hostilidad entre Theo y Luke, lo que sería normal en una situación de sentimientos más extremos; aún más, durante toda la novela ambos personajes llegan a trabar cierto grado de amistad y complicidad que aumentará la paranoia de Eleanor.

El cambio más sustancial, no obstante, se da en el personaje de la señora Montague (Markway). En el libro es una espiritista aficionada que colabora activamente en las investigaciones de su marido; en la película, una escéptica que casi si avergüenza de la afición de su esposo por lo extraño. En ambos casos se mantiene, eso, si el carácter autoritario de la mujer que rompe la armonía que parece existir entre los cuatro protagonistas y el efecto que esto tiene sobre la frágil psique de Eleanor.

La razón de este cambio, puede deberse en parte a que introducir la trama de la señora Montague fielmente alargaría aún más la película. Pero también podría deberse a que, el personaje y las situaciones vividas merced a él tienen cierto halo de humor negro que quedaría un tanto chocante trasladándolo a la gran pantalla.

Fuera de las cuestiones puramente argumentales. Señalar que la recreación de la casa es excelente, y que  el polifacético Robert Wise vuelve aquí a demostrar la habilidad que ya se intuía en su debut como director en The curse of the Cat People, 1944, para retratar escenarios tétricos  y fantasiosos, hasta el punto de convertirlos en un personaje más dentro de la trama. Al igual que los personajes, el espectador siente cómo la casa lo contempla, juega con él y le hiela el corazón. Además del uso de la mansión como si fuera otro personaje más, otro de los grandes aciertos técnicos de la película, a la hora de recrear el tono de la novela, es el uso ocasional de la voz en off de Nell para recrear el tono de monologo interior de la obra original.  Destacar por último, la acertada elección de todo el reparto donde cabe destacar la grandiosa labor de Julie Harris  como Nell, en una interpretación donde capta toda la fragilidad y la complejidad de sentimientos de su original literario sin necesidad de recurrir a la sobreactuación o el histrionismo . La actriz, poco conocida al vez por el público español, siempre estuvo  muy reputada en su país (tanto en cine, televisión (sería 11 veces nominada al Emmy y lo ganaría 3), como en el teatro (ganaría 5 Tonys) , hasta el punto que, el 28 de agosto de 2013, cuatro días después de la muerte de Harris de un paro cardiaco, los teatros de todo Broadway atenuaron sus luces durante un minuto en honor a la intérprete. 

Comentar, a modo de anécdota, que, pese a haber dirigido esta y otra grandes obras de corte fantástico, los dos mayores éxitos de Wise como director (también fue montador y productor), tanto en premios como a nivel económico, llegarían de la mano del cine musical con West Side Story ( 1961) y Sonrisas y Lágrimas (The Sound of Music) , 1965

 

The Haunting, 1999

Poco me detendré en esta película porque como adaptación es un verdadero engendro. De la historia original conserva al casa y los nombres de los personajes; a partir de ahí se inventan la mayor parte de las situaciones incluso de la trama.

La deliciosa ambigüedad de la novela de Jackson y la película de Wise, se convierte en la más burda pirotecnia. Los complejos personajes tienen aquí la profundidad de una hoja de papel y el final es un verdadero despropósito que haría revolverse en la tumba a la novelista americana.

Hollywood Hell III

Tiempo estimado de lectura. 5 minutos

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Nuestro director nos guiaba a través de túnel interminable, como a ovejitas dispuestas a ir al matadero. No se escuchaban gritos, pero yo no dejaba de pensar en cuál podía ser el destino de mi pelirroja favorita. No necesitaba cerrar los ojos para imaginarme a una pareja de muertos putrefactos deleitándose con la carne de sus impresionantes tetas.

—Harry.

La voz de Liz me sacó de mis sangrientos temores. Pero no me libró del miedo. En pleno corredor, a no más de cincuenta metros de donde estábamos se abría una inmensa boca. No estoy usando una de estas metáforas a las que tan aficionados son los aporreateclados. Era una gran boca dotada de dientes afilados como puñales; solo le faltaba una lengua relamiendo los gruesos labios para corroborarnos lo obvio: estaba ansiosa por convertirnos en su aperitivo.

—¡Retrocedamos! —grité.

Nada más girar la cabeza descubrí que hacer tal cosa era más difícil que encontrar una virgen en medio de una fiesta de Hollywood. Con un sigilo digno de la Sombra, un muro había tapiado el pasillo. Y ahora avanzaba hacia nosotros, dispuesto a lanzarnos dentro de la gran boca.

—Harry. No corras. Es otra ilusión —me gritó ella.

Pero yo solo prestaba atención a aquella mole de piedra, que parecía ir incrementando su velocidad cada segundo. El cerebro me animaba a hacer caso a Liz, pero mis piernas temblaban, deseosas de ceder al miedo y salir corriendo. Y nunca he sabido decir que no a hembra alguna, menos a un par de gemelas. Apenas hube dado un par de zancadas, la pared casi estaba a la altura de Liz; pero ella se limitaba a permanecer allí parada sin dejar de gritarme.  Ante mi espanto, vi cómo el muro engullía a la bella cazadora salpicando el pasillo de sangre, sin que ella llegase a gritar o a tratar de huir. Apresuré mi paso, sin dejar de mirar la pared que ahora avanzaba hacia mí teñida de carmesí. En mi siguiente paso, mis pies tocaron terreno blando, húmedo y ligeramente curvado, como unos labios.

 ***

Me desperté creyendo haber regresado a mi viejo éxito El castigo de Torquemada. Un líquido goteaba sobre mi sien, como si volviese a ser víctima de la tortura de la «gota de agua». Mis párpados se resistían a abrirse; el rítmico golpeteo del que eran victimas mis sienes los tenía acojonados. Tampoco mis brazos y piernas servían de gran cosa; poco a poco me iba poniendo a cuatro patas, pero mi equilibrio habría sido mejor si mis extremidades estuviesen fabricadas en gelatina.

«Venga, ¿Dónde está el tío más duro de Hollywood?» —susurró la vocecilla en mi cabeza.

Acerté a ponerme en pie y abrir los ojos. Cerca estuve de echar hasta mi primera papilla al mirar a mi alrededor. Si no lo hice, fue porque me había levantado con resaca y no tenía más alimento en el cuerpo que el Manhattan con huevo crudo que había desayunado antes de salir para la fiesta.

—Jack, maldito capullo. Hasta para morir tenías que echar tu mierda encima de otro —mascullé, sin poder apartar la mirada del techo de la mazmorra.

El pobre colgaba de un gancho que le atravesaba la garganta; su cuerpo estaba lo bastante caliente como para que la sangre le arroyase por la herida. Si bien ahora caía sobre el suelo, durante mi inconsciencia se había estado derramando sobre mi cogote.

El resto de la celda era el escenario soñado por un conde Dracula al servicio de la Metro: teas encendidas sembrando las paredes, huesos alfombrando el suelo, cadáveres resecos colgados como reses y restos de sogas en las columnas… todo muy limpito y reluciente. El escenario podía haber resultado incluso ridículo de no ser por la presencia de una figura inmóvil atada a una de las columnas. No se le veía el rostro, pero tanto el vestido dorado como la cabellera flamígera resultaban inconfundibles: era mi Helen. Tendría que haberlo intuido. Ella y Jack habían sido protagonistas de un patético remedo de Dracula que sus productores habían enterrado en el desierto de Nevada, después del fracaso en taquilla.

 Me olvidé del mareo y corrí hacía Helen. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y el vestido tan desgarrado que me permitía ver por primera vez sus esplendorosas tetas. Sin poder evitar rozar un pezón como una fresa madura, le tomé el pulso. ¡Estaba viva!

—¿Quién…?¿Harry? —susurró, mirándome con ojos vidriosos.

—El mismo que viste y calza, muñeca.

En realidad, estaba preguntándome dónde estaría mi maldito cuchillo; las sogas eran gruesas y los nudos que las aseguraban habrían despertado la frustración del puñetero Houdini. A mí, directamente, me despertaban ganas de intentar derribar la columna a cabezazos.

—Quédate aquí mientras busco algo para desatarte —susurré, aún en mi rol de tipo duro.

 Regresé a la zona donde había caído y revolví los huesos. No pude localizarlo, pero no me importó demasiado. Topé con algo mejor, una espada de hoja corta, destinada a ser enarbolada a una mano. Era solida y estaba bien afilada. No fue complicado cortar las ligaduras de Helen y dejar que la dulce criatura se deslizase entre mis brazos, antes de apoyar su bella cabecita en mi pecho.

—Jack, Anthony… —sollozó.

—¿También Tony ha caído?

—Lo encontramos empalado por un unicornio rosa; ya sabes, como el de esa película que siempre le mencionabas para provocarlo. Los alegres seres del Arcoíris.

—Así que solo quedamos nosotros —susurré, estrechándola aún más entre mis brazos.

Ella alzó los ojos en mi dirección, suplicante; movió los labios, como disponiéndose a decir «Tú nos salvarás, ¿verdad, Harry?», pero su rostro quedó petrificado cuando captamos un sonido de pasos.

—¡Es él! —Me clavó las uñas en el brazo izquierdo, con fuerza suficiente para hacerme sangre—. ¡El conde!

En ese momento comprobé que su cuello estaba marcado por la mordedura de unos colmillos. Hice ademán de avanzar en dirección a los pasos, pero Helen me detuvo.

—¡Ya ha matado a cinco de nosotros, Harry! ¡Huyamos!

¿Dónde?, quise gritar, pero la figura enlutada ya había descendido por la escalera de caracol y alzaba sus pálidas manos en mi dirección. Me retaba el muy cabrón. Pues iba a aprender de qué estaba hecho el hombre tras Dan Fogarty.

—Harry Turner jamás ha perdido un combate, muñeca —gruñí antes de cargar.

La reacción de mi enemigo fue la más extraña que ningún rival hubiera tenido: cruzó las manos sobre el rostro, intentando parar mi estocada, pero sin atacar; la hoja abrió un reguero carmesí en su diestra, mientras la criatura retrocedía. No me dejé conmover; descargué un tajo contra la oscuridad de su capa, luego otro, dos, media docena más, tal vez, mientras él gruñía y alargaba sus patéticas manos engarfiadas hacia mí. Por fin, cayó exánime, sin que la mazmorra variase en ningún aspecto. Extrañado, hice ademán de agacharme, dispuesto a descubrir a qué me había enfrentando en esta ocasión. La mano de Helen, no obstante, se aferró a mi brazo cuando aun no había llegado a flexionar las piernas.

—Harry —suplicó.

Y yo no pude resistirme a aquellas lágrimas perlando sus jades. El nuevo engendro tendría que prescindir del honor de desvelar su verdadero rostro ante la mirada de Harry Turner. Ascendimos por la escalera sin encontrarnos con nuevos problemas, ni siquiera los escalones amenazaban con precipitarnos hacia la mazmorra de un resbalón. Por desgracia este solo fue un soplo efímero de normalidad. En la primera planta ya no se desplegaba un laberinto, sino una cripta reformada. Por desgracia, esta seguía atufando a escenario de película de serie b. Media docena de ataúdes rotos se amontonaban en los laterales del único corredor de la estancia. El extremo derecho del mismo estaba tapiado; el fondo del izquierdo se abría una puerta a través de la que se colaba una tenue iluminación con aroma a nueva batalla.

Afiancé la presa sobre la espada y obligué a avanzar a Helen; si el culpable de nuestras desgracias se ocultaba tras esa luz iba a encargarme de él al más puro estilo Dan Fogarty: con una sonrisa irónica en los labios y la nena más maciza de la historia contemplándome con admiración. Por desgracia nuestro narrador sequía empeñado en dejarme en ridículo, aunque hasta mi alter ego habría perdido el aplomo al cruzar el umbral. Repantingado en un sillón, al lado de una cámara que no dejaba de grabar, sonreía nuestro productor favorito.

—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

Continuará…

Noticias variadas

Hoy dejo un poco aparcados artículos, relatos y reseñas, para publicar una entrada más personal informando de algunas novedades en mi faceta de autora. 

1. Por un lado, esta semana se ha inaugurado la página oficial del Facebook, del proyecto Weird West, editado por DLorean, del que yo formo parte. Se trata de una colección de bolsilibros, editados en recopilatorios de 3 novelas cortas por tomo, donde el Salvaje Oeste se hermana con el terror, siempre con un toque desenfadado, herencia de las películas de la Hammer. De momento, ya se han publicado dos entregas y mi aportación irá en el tercer tomo. Os puedo adelantar dos cosas: se titula Infierno de Plata y, además de estar muy contenta con el resultado, me lo he pasado en grande homenajeando alguna de mis películas favoritas dentro del terror clásico. Para saber cuál es… tocará esperar a la salida del libro. 

Además de noticias, ilustraciones o entrevistas, en la página del proyecto podréis seguir el serial ambientado en este universo que el compañero Raul Montesdeoca está publicando todos los martes desde la web de proyecto pulp y en la propia página de la editorial.

2. Sin salirnos de DLorean, puedo anunciaros que mi serial Olimpo Renacido ( o Pimpollo Renacido, para el corrector de Word)  empezará a publicarse en papel en  Área 51, una revista donde se pueden encontrar seriales en cómic, literarios, entrevistas… todo con colaboradores de gran nivel. La serie será debidamente revisada y resmasterizada para su paso al papel, por supuesto.

3. Por último, os dejo el enlace a una reseña de una de las antologías en las que publiqué el año pasado Dimensión B , 14 historias de género bastardo, editada por la Pastilla Azul. En la que ” El wendigo del planeta Gluck”,  mi pintoresco alienígena de serie B no sala nada mal parado.

La maldición de Hill House, crónica de una vivienda impía III

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Analizando la Novela II

Tres aproximaciones al misterio

La mejor baza de la Maldición de Hill House en particular y de buena parte de la obra de Jackson (como por ejemplo en el ya citado Los Veraneantes) es la ambigüedad con que trata el misterio. Seguramente cada lector que disfrute de esta novela tendrá una visión y una teoría diferente de la misma; incluso, uno mismo puede variar en sucesivas relecturas sus impresiones sobre los sucesos de la casa. Al menos, en mi caso es lo que me ha pasado.

No es por tanto mi intención sentar cátedra alguna sobre la interpretación de la historia, cada lector tendrá la suya tan válida o más que las que pueda ofrecer yo aquí. Sin embargo, me interesa realizar tres aproximaciones básicas al misterio de la casa que serán muy útiles de cara a analizar las dos adaptaciones cinematográficas de las que ha gozado la novela de Jackson.

Aproximación sobrenatural

En Hill House hay verdaderas presencias sobrenaturales. La historia de la casa parece reforzar esta opinión. Hugh Crain perdió a su primera mujer justo antes de estrenar la casa; su segunda esposa perecería en una extraña caída dentro de la mansión; finalmente tras el fallecimiento del propio Crain y su tercera esposa en Europa, las dos hijas que éste había tenido en su primer matrimonio entablaron una agria disputa por la posesión de la casa. Finalmente se instalaría en ella la hermana mayor quien fallecería ya de anciana debido a una gripe y, según algunas habladurías, a la negligencia de su dama de compañía. Está última heredaría la mansión y se suicidaría al sentirse acosada por presencias extrañas.

De este modo, Eleanor se convertiría en el principal foco de atención de los fenómenos, en una víctima de las iras de la casa; no en vano su historia guarda cierto paralelismo con la de la joven dama de compañía de Abigail Crain, ya que la madre de Eleanor falleció en circunstancias similares a la señora de Hill House. Esto explicaría  por qué la mayor parte de los virulentos ataques que se producen en la casa tienen por objeto a Eleanor. Incluso su nombre llega a parecer en algunas pintadas que le dan la bienvenida a Hill House como si de una hija pródiga se tratase.

Esta explicación pierde consistencia cuando la casa escoge como víctima de uno de sus más ataques impactantes a Theodora, poco después de que se nos deje todo lo claro que se nos puede dejar, al no tener nunca sus punto de vista de la historia, que esta parece intuir que de un mondo consciente o no es Nell quien produce los fenómenos.

 

Aproximación realista

Dado que vemos la mayor parte de la historia desde el punto de vista de Eleanor, todo se produce en su cabeza. Los ruidos, pintadas y demás son alucinaciones de una mujer excesivamente frágil y fantasiosa.

El principal sustento para esta teoría lo encontraríamos en el retrato que nos hace Jackson del viaje de Nell desde su casa a Hill House. Gracias a la técnica de monólogo interior percibimos los miedos de Eleanor; su visón del viaje como el inicio de una nueva vida y, más importante aún, sus fantasías en las que se ve como señora de alguna de las casas que se ven por el camino. También veremos más adelante, cómo algunos elementos que le han llamado la atención durante el trayecto serán asimilados más tarde por la joven para crearse una nueva vida ante el resto de invitados en Hill House.

El problema al que se enfrenta la teoría son los fenómenos que son vistos y padecidos por varias personas; podría percibirse como algún tipo de alucinación colectiva o, incluso, como que toda o casi toda la historia trascurre únicamente en la mente de Nell, pero se me antoja demasiado rebuscado.

Aproximación mixta

Si mezclásemos las dos aproximaciones anteriores obtendríamos la que se me antoja como la más plausible de las explicaciones al fenómeno: los fenómenos son reales, pero no estarán producidos por ninguna entidad sobrenatural sino por Eleanor, quien catalizaría las fuerzas que moran en la mansión en forma de fenómenos poltergeist.

Esta explicación entroncaría con aproximaciones al fenómeno poltergeist que abogan por una explicación más antropomórfica del mismo. Según estas, las manifestaciones podrían estar producidas por personas sometidas a ciertas condiciones de estrés mental que tienen la mala suerte de recaer en algún enclave que cataliza esas inseguridades en forma de ruidos, caídas de muebles y demás fenómenos atribuidos tradicionalmente a espíritus burlones. Jackson era una mujer con amplios conocimientos sobre el mundo sobrenatural y, sobre el campo de las investigaciones paracientíficas; sus propias teorías apuntaban a que el componente psicológico resultaba clave a la hora de percibir de una u otra forma los supuestos fenómenos que se produjesen en una vivienda encantada; no sería de extrañar que aplicase esas teorías a la hora de recrear el misterio de Hill House.

Pero la validez de esta explicación a los fenómenos no se sustenta solo en las teorías esotéricas de su autora, sino también en el propio texto.

Tenemos por un lado los sentimientos ambivalentes de Nell hacia la casa: repulsión y ganas de convertirla en su hogar. De ahí las manifestaciones en forma de ruidos, que la asustan pero también la recargan de energía, o esas siniestras pintadas que le dan la bienvenida a casa.

Su propio sentimiento de culpa por la muerte de su madre se entremezclaría con la historia de la dama de compañía haciendo aún más inestable su psique. No olvidemos además que algunos de los golpes recuerdan a Eleanor la forma en que su madre la llamaba por las noches.

La propia fluctuación de sus sentimientos románticos también se traduce en parte de los fenómenos. En un primer momento parece existir cierta atracción mutua entre Theodora, quien llega a la casa tras una fuerte discusión con su novia, y ella. Cuando la primera comienza a mostrarse indiferente, incluso mordaz con Nell, los sentimientos de ésta parecen dirigirse hacia la Luke, pese a que ella misma se da cuenta de lo poco recomendable que es el joven. Es en este momento cuando los sentimientos de Eleanor hacía Theo se tornan en resentimiento, casi en odio, y se produce el ataque que comenté hace un par de apartados. Cuando finalmente los sentimientos de Nell parezcan decantarse hacia Theodora el citado fenómeno desaparecerá.

En relación con esta fluctuación de los sentimientos de Eleanor, que incluso podemos entender como una búsqueda de asimilar su propia identidad sexual, hay que considerar otro factor. Theo se nos presenta como una persona con unas capacidades telepáticas importantes; Ya en su primer encuentro con Nell, vemos como está percibe que Theodora parece tener la capacidad de “ver en su interior” de adelantarse, incluso, a sus pensamientos. Tal circunstancia invita a pensar que tal vez ésta perciba o intuya la vinculación de Nell con parte de los fenómenos lo que poco haría por mitigar la hostilidad que llega a generarse entre ellas a media trama. Otro factor importante, de cara a sustentar esta teoría, es el hecho de que, ya al final, cuando Eleanor cerca está de producir una tragedia al subir en trance la escalera de la biblioteca, la misma en la que se había suicidado la dama de compañía, sea Theo  la única que le brinda compresión y apoyo en lugar de hostilidad y reproches; tal vez porque comprende la complejidad de los sentimientos que acosan a Nell.

Valoración general del libro

El estilo de Shirley Jackson en esta novela puede definirse como aparentemente sencillo. No hace uso de un lenguaje ampuloso o barroco que dificulte la compresión del texto y lo dote de grandilocuencia; una persona con unos mínimos conocimientos de inglés podría seguir la trama sin excesivos problemas (de hecho yo leí la novela por primera vez en el idioma original y no me perdí en ningún momento) porque ni la historia ni el estilo lo requieren. Es más, dada la técnica de monologo interior escogida, un estilo demasiado recargado habría restado credibilidad al libro; Nell es una mujer a la que los avatares de la vida no le han permitido obtener una gran formación académica.

Jackson maneja esta compleja técnica literaria con maestría y no es nada fácil. El monologo interior se basa en ver las escena desde los ojos, los pensamientos incluso de un personaje pero narrado en tercera persona. Lo difícil, a mi juicio, de esta técnica, es dejar claro al lector que pese, al uso de una persona narrativa asociada con la objetividad, está leyendo una visión totalmente subjetiva de los hechos. No es fácil, pero Jackson lo logra. Siempre tenemos claro que, salvo el prologo y el epílogo, vemos las cosas desde la perspectiva de Nell; con sus complejos y sus prejuicios; con sus dudas. Percibimos cómo, por mucho que lo oculte, la casa va a afectándola poco a poco, generando en nosotros mayor inquietud de lo que la haría cualquier otra perspectiva de la historia.

Otro de los puntos fuertes de la autora son los diálogos. Por un lado la forma que cada personaje tiene de hablar resulta de acorde con su personalidad y formación. El Doctor Montague, en los momentos que ha de explicar la historia de la casa, lo hace como lo haría un profesor impartiendo la lección, y esa es su profesión; en Luke se percibe esa superficial simpatía de quienes están acostumbrados a aprovecharse el buen corazón de terceros; en el tono despreocupado o el humor cruel de Theo se traslucen sus propias inseguridades, los secretos no desvelados. Y no nos olvidemos de ese secundario que es la señora Dudley, gracias a esa forma robótica que tiene de hablar, el lector casi puede oír el tono monótono de su voz cuando lee sus diálogos.

Por otro, Jackson usa los diálogos para marcarnos cuándo los personajes están en estado de tensión, no siempre generado por los fenómenos de la casa. No recurre a los típicos y tópicos “tengo miedo”, “no entres ahí” de película de terror ramplona, sino a algo más realista: esos diálogos absurdos que somos capaces de entablar los humanos cuando queremos demostrar estar tranquilos y deseamos descargar tensión a través de la “risoterapia”.

La novela no está exenta de cierto grado de humor. Desde el más sencillo como los diálogos antes mencionados, al más negro, personificado por las reacciones que causa la siniestra señora Dudley en sus pobres invitados, o ya en la recta final, el peculiar personaje de la señora Montague. Eso sí, estos episodios siempre están integrados en la trama y son coherentes con el desarrollo de la historia.

Todos estos factores convierten a La maldición de Hill House en una sólida novela de terror y, tal vez, en la obra cumbre de las historias de casas encantadas. Otros autores han tratado de tomar el esquema de Jackson y superar su propuesta, pero, a mi juicio, no han logrado captar la sutilidad y los matices que tienen esta novela y, sobre todo, sus personajes. 

 

Hollywood Hell II

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.

Para leer la entrega anterior: https://escritorapulp.wordpress.com/2015/03/03/hollywood-hell-i/

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—Tal vez sea una trampa —susurró ella.

—O tal vez sea otro de nuestros compañeros en peligro, tú misma acabas de decir que no eres del todo inmune a… a las ilusiones —respondí.

Sin esperar contestación, me lancé por el pasillo, guiado por unos lamentos cada vez más agudos. No podía saber si Liz me estaba siguiendo; solo captaba aquellos aullidos de terror y, un poco más adelante, el aroma a sangre y miedo. Esos últimos parecían pegarse a mi piel, además de a mis pulmones. Distaban de ser la parte más horrenda del espectáculo. Al doblar un recodo, me encontré en medio de una cámara de torturas perfectamente equipada; desde los potros, jaulas e incluso una virgen de hierro abierta, me contemplaba una familia de sonrientes esqueletos. Inmóviles, por fortuna.

Desgraciadamente, no eran los únicos habitantes del lugar.

Encadenada a un altar, yacía una mujer viva; antaño su melena había sido rubia, ahora estaba teñida por su propia sangre. A pesar de estar desfigurada, su rostro me resultaba reconocible; había acariciado aquellos pómulos orgullosos, ahora surcados de heridas; había besado los labios gruesos, ahora reventados; y lamido el perfil de una nariz respingona ahora desaparecida. En el torso malherido, ya no se bamboleaban dos hermosas lunas gemelas, sino que permanecían inmóviles dos montañas carmesís. Eleanor Prince no volvería a llevar a ningún hombre a la perdición. La vampiresa más inolvidable de las películas de la Comet se había convertido en diversión de un verdugo tuerto, de rostro asimétrico, que ahora culminaba los sueños húmedos de muchos pervertidos. Ignorando mi presencia, el torturador sumergió su cara en el cuello de la actriz sin perder el ritmo de su vaivén de caderas. Solo en ese momento, recordé el cuchillo.

«Úsalo contra cualquier cosa extraña».

Esas habían sido las palabras de Liz. Pocas cosas había más extrañas que ese maldito monstruo. Con un grito animal, me lancé contra el tuerto. Mi técnica no habría despertado la admiración de mi alter ego; él habría apuñalado al violador en pleno vuelo, para luego aterrizar de pie al otro lado de altar; yo choqué contra él y caímos al suelo, unidos en un abrazo nauseabundo. Mientras contenía las ganas de vomitar, y me congratulaba por no haber perdido mi arma, lanzó las manos contra mi cuello; apretó, al tiempo que yo apuñalaba a ciegas. No podía saber si estaba apiolando a un ser tangible, pero la presión se iba relajando a cada cuchillada y más mierda putrefacta llovía sombre mi pecho, hasta obligarme a contener el aliento. No era la opción más sensata para un tipo al que intentan ahogar; sin embargo, no podía evitar hacerlo; el aroma de aquella mierda solo era comparable al de unos calcetines que hubiesen pasado dos años sumergidos en una fosa séptica llena de cadáveres.

Empezaba a desfilar ante mis ojos un harén de beldades celestiales cuando una voz me obligó a reaccionar.

—Ataca a su ojo.

No necesité una segunda advertencia. Imbuido por la rabia, tal vez, logré reunir fuerzas suficientes para desviar la trayectoria del cuchillo y clavarlo contra el único ojo sano del estrangulador. La hoja se hundió en el blanco con facilidad, provocando otra cascada purulenta; sin embargo, en esta ocasión, la pestilencia me olio tan bien como una amante fogosa recién salida de la dicha. Aun no había recuperado por completo el aliento cuando extraje el puñal; no me dio tiempo a rodar por el suelo antes de que el verdugo cayese sobre mí. Lo aparté a un lado de una patada y me puse en pie.

Su muerte apenas trajo cambios a la cámara de torturas. Los esqueletos permanecían en sus puestos, todavía sonrientes; mi rival aún era un jorobado deforme; si acaso su piel tenía un nuevo tinte grisáceo y dejaba entrever hueso en algunas zonas. Liz me miraba severa desde el umbral; Eleanor yacía inmóvil sobre el altar. No podía haber gritado; nadie sería capaz de hacerlo con la mitad de la carne de garganta y torso arrancados.

Liz se acercó a ella y murmuró algo como «gul».

—¿Era real? —pregunté, tras ponerme en pie, señalando al jorobado.

—Muy real —admitió Liz. Se guardó la automática en el bolsillo del esmoquin y tomó un hierro, colgado cerca de una jaula—. Supongo que parte de la ilusión se evaporó al morir Eleanor…

Descargó un golpe contra el esqueleto más cercano. Los huesos llovieron sobre el suelo, convertidos en polvo; si eso la contentó, no puedo decirlo, pero continuó su juego hasta reducir el resto de esqueletos a esquirlas.

—No conviene correr riesgos —la oí murmurar cuando hubo terminado.

—¿Y no habría sido menos arriesgado largarnos? —bramé.

—¿Cómo? ¿Atravesando las paredes? —Liz recorrió la cámara con la mano. Comprobé que la puerta por donde ambos llegáramos había sido sustituida por un muro. Era sólido, al igual que el resto, pude comprobar cuando ella lo golpeó con el hierro—. Usó a Eleanor para atraernos hasta aquí y tenernos encerrados hasta que se le ocurra un nuevo juego.

—¿Y por qué iba a hacer algo así en vez de matarnos?

—Porque le divierte jugar con vuestros pecados —Liz sonrió al ver mi gesto de sorpresa—. Venga, Harry, eres un chico listo. ¿No te dicen nada los escenarios?

Los pigmeos a los que me había enfrentando recordaban a los diablos priápicos creados por el Doctor Mortus en El terrible Doctor-M, una de las mayores manchas de mi currículum; pero no recordaba a Eleanor protagonizando película alguna sobre un tuerto violador. Sin embargo, el tuerto era real, aún apestaba cerca de mis pies; los enanos no. Miré de nuevo la sala de torturas.

La Abadía del Diablo —susurré. Eleanor me había confesado una noche de borrachera su presencia en aquella película depravada, situada en convento donde los ritos sadomasoquistas sustituían a los rezos.

—Y Las Meretrices de Baker Street, dirigida por Leonard Gray,  y Amor invencible, con guión de Ben Howard. A Ben, le avergonzaba haber escrito cine romántico —añadió, al ver mi gesto de sorpresa.

—¿Están… están también muertos?

Liz asintió. Por primera vez en su gesto no vi nota alguna de diversión, ni siquiera un rictus sarcástico, solo pura pesadumbre y tal vez un poco de culpa.

—Con ellos no llegué a tiempo.

—¿Y cuál fue tu pecado? —me apresuré a preguntar, por si se le ocurría dar más detalles sobre el fin de mis colegas.

—Ninguno, yo no era una invitada a la fiesta. Estoy aquí por trabajo. Mi familia lleva generaciones enfrentándose a criaturas extrañas, y Hollywood es terreno abonado para viejos y nuevos monstruos. O para pactos que se pagan en almas.

A pesar de lo irracional de sus palabras, me encontré asintiendo a su discurso y preguntando quién más formaba parte de la comitiva que ella viera acercándose a la cripta.

—Helen Sinclair, Jack Carpenter, Anthony Burton… y creo que nadie más.

Mi adorada diosa pelirroja, el mejor intérprete políticos corruptos de la industria y mi villano favorito.

—Y ahora tal vez estén siendo merienda de muertos vivientes, mientras nosotros estamos aquí encerrados. Por mi puta culpa —añadí, antes de sentarme en el suelo.

Liz no dijo nada; tras acomodarse a mi lado,  se llevó un cigarrillo a los labios y se demoró en soltar una calada con gesto chulesco.

—Tranquilo, muñeco. Le daremos a ese hijo de puta su merecido y, con un poco de suerte, habrá dejado a tu Helen para los postres.

Solté una exclamación indignada al escuchar su último comentario, pero eso no la impresionó; ni siquiera se mereció una de sus miradas burlonas. Liz siguió fumando sin inmutarse, hasta que yo mismo encendí un pitillo. Cinco cigarros después, se abrió un hueco al lado de la virgen de hierro.

Continuará…

Dr. Jekyll y su Hermana Hyde ( Doctor Jekyll and Sister Hyde)

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.

El Doctor Jekyll es un científico entregado a su trabajo que cree haber descubierto un “antivirus “capaz de curar casi cualquier enfermedad, sin embargo para concluir sus investigaciones debería vivir mas de cien años. Deseoso de continuar con esa investigación, idea un elixir de la vida compuesto entre, otras cosas, por hormonas femeninas. Su búsqueda de esta materia prima le inducirá incluso a matar.

Director: Roy Ward Baker / Productor: Brian Clemens y Albert Fennel  / Guión: Brian Clemens , según la novela de Stevenson Dr Jeckyll y Mister Hyde / Fotografía: Norman Warwick / Música: David Withaker / Montaje: James Needs / Vestuario: Rosemary Burrows / Intérpretes: Ralph Bates (  Dr. Jekyll ), Martine Beswick ( Sister Hyde ), Gerald Sim (Profesor Robertson), Lewis Fiander(Howard ),  Susan Broderick (Susan ),  Dorothy Alison (Mrs. Spencer ),  Ivor Dean(Burke ), Philip Madoc ( Byker), Irene Bradshaw(Yvonne ) Tony Calvin ( Hare), Neil Wilson , Paul Whitsun-Jones , Dan Meaden , Virginia Wetherell, Geoffrey Kenion …. 

/ Gran Bretaña 1971 / Duración y datos técnicos: 95 minutos, technicolor

He de confesar que tengo especial cariño a esta ecléctica película de la Hammer, tal vez por que, bajo su aparente falta de pretensiones, encontramos un sustrato mucho más rico. La combinación de los mitos de Jekyll y Hyde con la figura del Destripador, unido a la elección de una figura femenina como representante del lado oscuro del científico, dan lugar a un juego de interpretaciones que se aprecian mejor en un segundo visionado. Si en el primero, además de la arrolladora interpretación de Martine Beswick, el espectador disfruta con el eclecticismo y cierto toque de ligereza y humor negro del guión (no en vano Brian Clemens fue uno de los creadores y guionista de la mítica serie Los Vengadores); en posteriores acercamientos a la obra, se observa una crítica a la hipocresía y a la moral victoriana, y a los herederos de esta, hija directa de la realizada por Terence Fisher y Jimmy Sangsteer en obras como Drácula (Horror Of Dracula, 1958)

Así Jekyll se nos presenta el típico victoriano que, por un lado desea ocultar sus impulsos y por otro carece de la suficiente fuerza de voluntad para luchar contra ellos.  Aparentemente rechaza la espiral de violencia que se ha generado por sus peculiares necesidades de materia prima, pero continúa con su experimentación sin llegar a plantearse, al menos en serio, dejar de sacrificar esas vidas prescindibles (las de las prostitutas).  Además, aunque al principio disfruta dando rienda suelta a la personalidad de su Hyde femenina, en cuanto esta demuestra tener una gran fuerza de voluntad, trata de anularla. A lo largo de todo le metraje su hipocresía se verá subrayada por su continua necesidad de justificar lo que está haciendo.

Hyde,  por el contrario, no se ampara en momento alguno en falsas coartadas, cuando mata lo hace por puro instinto de supervivencia, para proteger ambas personalidades convirtiéndose así en instrumento de Jekyll, que recurre a ella cuando no puede actuar bajo su verdadera apariencia. Es además una mujer que no acepta el rol impuesto por la sociedad que le ha tocado padecer, tiene una personalidad fuerte y también tiene claro lo que quiere sea en el plano material, sea en el plano sexual . En cierto modo, y aunque Hyde represente el lado oscuro que todos tenemos, en esta obra es la personalidad que mas simpatías despierta. En parte, esto se debe el contraste ya antes citado entre la hipocresía (y cierta creencia en la propia superioridad) de la que hace gala el científico, frente a la sinceridad de Hyde, aunque también ayuda la labor de los intérpretes. El añorado Ralph Bates era un intérprete idóneo para personajes con un punto repelente y odioso y aquí realiza tal vez su mejor papel para la Hammer; el actor logra hacer creíble en todo a momento a su Jekyll, tanto a la hora de presentárnoslo como un investigador altruista, como en el reflejo de su camino hacia el lado oscuro y del conflicto que tienen en su interior fascinación y rechazo. Martine Beswick devora la pantalla como Hyde. No era la primera elección para el papel, se llegó a valorar a Kate O´Mara o incluso usar a un Bates travestido, pero, vista la película hoy en día, nadie mejor que ella para adoptar ese rol. Más allá de un físico que la hace creíble como contrapartida femenina de Bates, Beswick destila oscura sensualidad y hace gala de una mirada salvaje muy propia de un «yo» oculto. Además, hace gala de un carisma que eclipsa al resto de personajes cuando ella aparece en pantalla, justo como la personalidad de Hyde ha de arrollar a la de Jeckyll. El resto de actores, como suele ser habitual en las producciones más cuidadas de la Hammer, cumple su labor con solvencia y ayuda a asentar esa crítica a la doble moral y la mojigatería victorianas.

A la interesante relectura del mito de Jekyll y Hyde, hay que añadir un acertado retrato de una sociedad que decía repudiar los crímenes del destripador, pero que, por otro lado, no se esforzaban demasiado en ponerles solución; al fin y al cabo las víctimas de los crímenes eran meras prostitutas. La precariedad de presupuestos hacía que muchas veces las ambientaciones fuesen el punto flaco de las películas de la Hammer; sin embargo aquí nos ofrecen un Withechapel nada pintoresco; el barrio es oscuro, triste, lleno de peligros. Las prostitutas ahogan sus penas en alcohol y se convierten en presa fácil para los desaprensivos dentro de ese laberinto de calles.

Roy Ward Baker, hábil artesano de la Hammer logra aquí uno de sus mejores trabajos para la productora británica en los años en los que ésta exhalaba sus últimos estertores. Una obra que tal vez conecte mejor con el público de hoy en día, habituado a un cine donde las fronteras entre géneros son cada vez más difusas, que con el de una década de los 70, en la que la Hammer no pudo adaptarse a las nuevas corrientes. Una verdadera lástima porque, aunque la productora produjo mucha morralla en esa época, también otorgó obras notorias y originales en sus enfoques. Sin salirnos de lo victoriano ni de la figura del destripador, merece la pena señalar una de las obras menos conocidas de la Casa del Martillo: Las manos del destripador (Hands of the Ripper, 1971), que también tendrá su reseña en esta cueva. 

 

 
Anécdotas:

* Virginia Wetherell, quien interpreta a una de las prostitutas de Withechapel, se convertiría en la mujer de Ralph Bates tras el rodaje de la película; la pareja permanecería unida hasta la muerte de Bates por cáncer de Páncreas.

La maldición de Hill House, crónica de una vivienda impía II

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos.

Mansión Winchester

El Hill House real

En 1884 tras el fallecimiento de W.W. Winchester, fabricante de los famosos rifles de repetición emblema de la Conquista del Oeste, junto al Colt Peacemaker, su viuda Sarah, firme creyente espiritista, comienza a construir una mansión donde poder refugiarse de los espíritus de quienes fueron muertos por la creación de su difunto esposo. El enclave escogido es la localidad de San José, cerca de San Francisco. Las obras de la casa nunca llegaron a concluir puesto que se estuvo construyendo hasta el mismo día de la muerte de la adinerada viuda. Esta reforma continua se debía al consejo que le había dado una vidente: mientras los espíritus tuviesen un lugar donde morar no llegarían a acosarla.

Tan exagerado ritmo de construcción daría lugar a una casa de arquitectura sumamente extravagante, aberrante incluso, plagada de elementos aberrantes que juegan con la percepción humana; desde escaleras que no llevan a ninguna parte a ventanas que se abren para dar a una pared. Si a esto le unimos los posibles pasadizos secretos, muchos de ellos todavía no descubiertos, o que la casa contaba con la friolera de 160 habitaciones, 47 chimeneas y adelantos técnicos para la época como 3 ascensores, un sistema de luz de gas que ya usaba interruptor o alcantarillado, tenemos un escenario perfecto para inspirar todo tipo de leyendas e historias macabras.

Puerta a ninguna parte

Su influencia en la obra de Jackson es clara. Hill House es, ante todo, una siniestra aberración arquitectónica. Pero mientras que la mansión Winchester podría decirse que tal extravagancia obedecía a un fin defensivo, en la novela su creador no parece albergar tan buenas intenciones. Hugh Crain era, como se ve a lo largo de la trama, un hombre marcado un siniestro fanatismo religioso y cierto orgullo; este último hace al doctor Montangue especular sobre si el loco diseño de la casa pueda deberse al afán de convertirla en un lugar de interés turístico por parte de Crain, como era ya en el momento en que se desarrolla la acción la citada Mansión Winchester.

Entre los elementos de la mansión que Jackson traslada Hill House encontramos habitaciones totalmente interiores; las socorridas escaleras que no dan a ninguna parte. Añade de su cosecha: puertas peraltadas de tal forma que siempre se cierran solas; un mobiliario intencionadamente incómodo y el elemento más notorio del libro:  esa estatua, situada incongruentemente en un salón, que cada uno de los miembros del grupo interpreta y ve de de forma diametralmente diferente (un dragón, un grupo familiar…). 

Incluso sin necesidad de conocer el turbio pasado de la mansión este diseño provocaría la inquietud y la incomodidad del visitante. 

 

Analizando la novela

Escenario y actores

Hasta ahora he hablado bastante sobre la autora de la novela y sus posibles referentes a la hora de crear a su criatura. Sin embargo, no he mencionado apenas la trama o los personajes que intervienen en ella; se hace preciso por tanto hacer una pequeña semblanza de la misma.

La historia es sencilla. Un grupo de personas se reúne en una vieja mansión con fama de embrujada para realizar una investigación paranormal al estilo decimonónicos; esto es instalarse allí y ver qué pasa en lugar de realizar una investigación más activa.

La investigación la dirige el doctor Montague, filosofo interesado en el mundo de lo extraño. Le acompaña Luke, heredero de la casa al que su tía manda para vigilar que no dañen su propiedad y dos féminas con capacidades psíquicas: Eleanor, apocada y marcada por toda una vida cuidando de una madre enferma y castradora (recientemente fallecida) y Theodora, una enigmática jovencon sorprendentes capacidades telepáticas. Como personajes secundarios nos encontramos con la señora Dudley, una especie de ama de llaves a tiempo parcial que convierte a la Señora Danvers de Rebeca en Miss Simpatía, y la esposa del Dr. Montague.

Los cuatro actores principales llegan a Hill House acompañados de sus pequeños secretos, sus miedos y sus inseguridades; esto supone un abono perfecto para acrecentar la sensación de malestar que genera Hill House, sea por su propia extravagancia o por obra de algún ente oculto entre sus muros.  Hay que tener en cuenta, a la hora de analizar la psicología o la conducta de los distintos personajes, que la mayor parte de la historia la vemos desde el tamiz de la mirada de Eleanor. El lector por tanto, se verá obligado a leer entre líneas para tener una visión “objetiva” de los sucesos y separar los prejuicios de la joven de los hechos verdaderos. 

Retomando los personajes: hagamos una breve semblanza de los mismos: 

Nell es un personaje realmente complejo; marcada por la muerte de una madre a la que ha dedicado buena parte de su vida, ahora debe buscar un nuevo rumbo para la suya propia. Esa búsqueda de un lugar en el mundo se traduce en sus reacciones hacia la casa y hacia el resto de personajes, especialmente hacia Theodora. Eleanor es, de todo el grupo, quien establece un vínculo emocional más fuerte con la casa, con la que pronto desarrolla una insana relación de amor-odio.

El Doctor Montague, con ser el impulso de la historia, es tal vez el personaje con menor peso en ella; su rol es el de un observador, por lo que su vinculación emocional con la casa o con el resto de personajes es menor que en ningún otro. Esa visión se traduce en algunos momentos en una actitud fría, rígida; para él la investigación está por encima de todo y no puede permitir que ningún pequeño detalle condicione su validez.

Luke es el heredero de la mansión; un embaucador de poca monta. No es lo bastante canalla para dedicarse a las estafas a lo grande ni lo suficientemente fuerte para luchar contra sus instintos. Será objeto de interés romántico por parte de Eleanor.

Theodora es el más hermético de todos los personajes, en ningún momento de la historia llegamos a ver sus pensamientos. Es una persona impulsiva, irreflexiva por momentos y mordaz. Llega a Hill House por impulso, tras una discusión con su pareja y en un primer momento parece sentir cierta atracción hacia Eleanor.

Los prejuicios, peculiaridades y las interacciones entre los personajes serán el desencadenante de muchos de los fenómenos desatados en la casa. Otra cuestión será qué o quién se aprovecha de este mantillo ¿un fantasma? ¿imaginaciones desbocadas? ¿alguna fuerza manejada consciente o inconscientemente por uno de los personajes?

La respuesta, o más bien una batería de posibles repuestas la encontraréis en la próxima entrega de este artículo. 

Por cierto, acabo de enterarme de que podéis leer otro artículo sobre la novela en “Literatura con estrógenos”, el blog de mi colega y compañera de letras L. G. Morgan