Hollywood Hell I

La presente historia es una versión ampliada y revisada del relato publicado originalmente en Halloween Tales 2015.  (Tiempo estimado de lectura 5 minutos) 

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Las fiestas organizada por Arthur Bray, emperador de Comet Productions, eran impredecibles. Sin embargo, una cosa era ver Joseph Breen tratando de arrancar a mordiscos la liga de Mae West y otra muy distinta pelear contra una banda de pigmeos priápicos con cabezas de calabaza tan grandes como su polla.

Pero allí estaba yo, Harry Turner, actor estrella de la productora, desprendiéndome de una patada del enésimo calabazón dispuesto a encularme, al tiempo que reventaba la cabeza de otro de un puñetazo. Minutos antes estaba en la enésima fiesta privada de Bray, hablando con mi diosa particular de cabello flamígero: Helen Sinclair. Esa noche estaba más hermosa que nunca y, si juzgaba bien sus guiños, parecía dispuesta a que hiciese resonar mi batuta contra su portentoso pandero.  Por desgracia, en lugar de partiendo somieres con ella, me encontraba ahora haciendo puré de calabaza a base de puñetazos. No recordaba haberme emborrachado, menos aún cómo había llegado a un jodido cuarto digno de los engendros que me vi obligado a protagonizar para Kane Pictures, pero los energúmenos empalmados eran muy reales y también mi cansancio.

Me pasé la manga del esmoquin por la frente. Por cada engendro caído, otro brotaba del puré de sesos; además las últimas orgías me habían dejado en baja forma. Pero si los enanos querían mi culo, tendrían que matarme primero. Alcé los puños, mientras retrocedía un par de pasos. Fue un error de novato. El pigmeo que intentara asaltarme por la espalda no había quedado reducido a pulpa. Sus zarpas agarraron el tobillo derecho y tiraron con fuerza suficiente para hacerme caer de espaldas sobre el suelo.

La lenta horda de cabezones priápicos comenzó a rodearme. Y nadie estaba dispuesto a gritar ¡Corten! Me temo que había cerrado los ojos como una damisela en apuros cuando el disparo resonó en la habitación. No era un trueno imponente, sino uno de esos estornudos propios de las automáticas que les gustan a las mujeres. La bala rozó mi oreja derecha y, antes de darme cuenta, tenía la camisa teñida de una sustancia verdosa de aroma putrefacto; como esto parecía ser demasiado racional para el cabrón del destino, dejé de sentir la presión de las garras en el tobillo y mis brazos ya no chapotearon en puré. Los pigmeos se hicieron poco a poco transparentes, luego desaparecieron. 

Incapaz todavía de levantarme, me giré y entreví una figura vestida de esmoquin. Una melena morena a lo Louise Brooks rodeaba un rostro pálido desde el que dos ojos azules me taladraban con gesto de burla. Ni siquiera recordaba que Liz O´Hara, una de tantas secundarias de la productora, estuviese invitada a la fiesta. Aunque su look andrógino entraba dentro del ratio de excentricidad que Bray exigía a sus invitados menos selectos. La joven sostenía un .32 de cachas de madreperla, todavía humeante.

—¿Qué…?

—No hace falta que me des las gracias por salvarte la vida —respondió, señalando con el cañón un punto junto a mis pies.  

Allí donde esperaba ver vacío o un enano empalmado, encontré el cadáver más realista con el que me había cruzado en toda mi carrera. Aún lucía los harapos de un vestido y un collar de perlas, típico de una vieja estirada, se hincaba en su cuello pellejudo. Le habían volado media cara y la herida supuraba la misma sustancia verdosa que manchaba mi camisa. Me habría gustado preguntar qué coño era eso, pero estaba demasiado ocupado conteniendo una arcada. Había otros cadáveres, algunos de niños. Todos con la cabeza reventada o el cuello roto.

—No era un muñeco —acerté a susurrar.                                

—No. Nuestro maestro de ceremonias parece ser amante del realismo. Será mejor que nos vayamos de aquí —sugirió, mientras se subía una pernera del pantalón.

—¿Y por dónde cojones…?

No llegué a terminar la frase antes de ser premiado con una sonrisa sarcástica. Liz no necesitó palabras para transmitirme su mensaje «¿Acaso piensas que me filtré por la puta pared para salvarte el culo, pedazo de capullo».

No lo había hecho, como se pueden esperar. A sus espaldas, se abría ahora un hueco rectangular, que daba a un pasillo iluminado por teas.

—Toma esto, úsalo contra cualquier cosa extraña que te ataque —Liz me tendió un reluciente puñal de doble filo—. Con un poco de suerte herirás a los muertos y no a las ilusiones.

Al cogerlo, observé que el cuello de su camisa estaba abierto y dejaba a la vista la cruz de Santa Bridget, patrona de los irlandeses. Además, la prenda estaba salpicada de sangre y otros fluidos verdosos. Sin esperar mi respuesta, se adentró en el pasillo, obligándome a seguirla con mi mejor cara de corderito apaleado durante los diez pasos necesarios para recuperar mi cordura.

—¿No sería mejor que llevase yo la pipa, muñeca? He sido Dan Fogarty a lo largo de seis películas—constaté, marcando las palabras con el tono autoritario de mi personaje estrella.

—Y yo soy la que salvó tu puta vida. Conténtate con que te deje usar el cuchillo.

—Ya. Si eres tan lista, por qué no nos has sacado ya de este puto laberinto —contraataqué.

—Ni siquiera yo puedo ver a través de esas ilusiones —me sorprendió—. Podía ver la falsedad de los cabezones que querían empalarte, pero estos muros son sólidos también para mí.

Liz hizo resonar sus nudillos contra la pared antes de continuar camino. Permanecí unos segundos parado antes de seguirla. Ser Dan Fogarty me había proporcionado olfato de detective y no me cabía duda de que ninguna mujer fatal había guardado más secretos que esa monada.

—Tú sabes más de lo que estás contando —la increpé.

—Tengo mis sospechas —admitió, mirándome resignación. Por un segundo, creí que iba a sincerarse; sin embargo, la muy bruja tenía reservada otra ración de desdén: —Pero no estás preparado para escucharlas. Solo te diré que tú y el resto de corderitos formabais un grupo muy divertido mientras seguíais a Bray hacia la cripta de su mansión. Parecíais ratas husmeando el culo del flautista de Hamelin.

—Así que ese gusano de Bray está detrás de todo —escupí. Por alguna razón, y por más que fuese el organizador de la maldita fiesta, no había terminado de verlo como artífice de semejante pesadilla.

—No he dicho que sea así —suspiró, retomando camino.

—Pero has dicho que nos viste seguirlo…

—También dije que entrasteis en la cripta, y este laberinto es demasiado grande para pertenecer a esa puñetera covacha —gruñó.

En ese momento, alcanzamos un cruce de caminos. De un amplio descansillo partían dos corredores: uno hacia la derecha, el otro en sentido opuesto. Frente a nosotros se erguía una pared donde habían pintado una representación de las orgias del puñetero Averno. Decenas de mujeres desnudas servían de diversión a diablos de pies de cabra y erecciones descomunales. Muchas estaban encadenadas, no pocas heridas o incluso mutiladas; también había un grupo retozando en un estanque rojizo y humeante.

—Hay grandes fuerzas actuando esta noche y ni yo soy por completo inmune a ellas —añadió Liz, pero yo solo la escuchaba a medias. No podía apartar la mirada del fresco.

—¿Tú también lo ves?

La lunga orgia dei demoni. La película que nuestro amigo Bray lamentó haber coproducido con Carlo Ferroni.  

Si en ese momento hubiese aparecido un mono bailando claqué en medio del pasillo, me habría desconcertado menos que las palabras de Liz.  Había podido acudir a un pase de la película maldita de Bray,  meses después de su preestreno privado eso sí, y no recordaba ninguna escena parecida a eso. Hombres con cuernos en la frente seduciendo a un grupo de colegialas y sus profesoras en un internado aislado por un temporal sí, pero nada como eso. Iba a preguntarle por qué estaba tan segura de que el fresco se refería a esa película cuando un grito retumbó en el corredor izquierdo. Siempre me he considerado un tipo duro, pero el alarido se clavó en mi espalda como un puñal de hielo y me dejó los cojones como dos puñeteras nueces.  Durante unos segundos, ambos nos miramos sin decir nada.

Continuará…

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Un comentario el “Hollywood Hell I

  1. […] Para leer la entrega anterior: https://escritorapulp.wordpress.com/2015/03/03/hollywood-hell-i/ […]

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