Hollywood Hell II

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.

Para leer la entrega anterior: https://escritorapulp.wordpress.com/2015/03/03/hollywood-hell-i/

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—Tal vez sea una trampa —susurró ella.

—O tal vez sea otro de nuestros compañeros en peligro, tú misma acabas de decir que no eres del todo inmune a… a las ilusiones —respondí.

Sin esperar contestación, me lancé por el pasillo, guiado por unos lamentos cada vez más agudos. No podía saber si Liz me estaba siguiendo; solo captaba aquellos aullidos de terror y, un poco más adelante, el aroma a sangre y miedo. Esos últimos parecían pegarse a mi piel, además de a mis pulmones. Distaban de ser la parte más horrenda del espectáculo. Al doblar un recodo, me encontré en medio de una cámara de torturas perfectamente equipada; desde los potros, jaulas e incluso una virgen de hierro abierta, me contemplaba una familia de sonrientes esqueletos. Inmóviles, por fortuna.

Desgraciadamente, no eran los únicos habitantes del lugar.

Encadenada a un altar, yacía una mujer viva; antaño su melena había sido rubia, ahora estaba teñida por su propia sangre. A pesar de estar desfigurada, su rostro me resultaba reconocible; había acariciado aquellos pómulos orgullosos, ahora surcados de heridas; había besado los labios gruesos, ahora reventados; y lamido el perfil de una nariz respingona ahora desaparecida. En el torso malherido, ya no se bamboleaban dos hermosas lunas gemelas, sino que permanecían inmóviles dos montañas carmesís. Eleanor Prince no volvería a llevar a ningún hombre a la perdición. La vampiresa más inolvidable de las películas de la Comet se había convertido en diversión de un verdugo tuerto, de rostro asimétrico, que ahora culminaba los sueños húmedos de muchos pervertidos. Ignorando mi presencia, el torturador sumergió su cara en el cuello de la actriz sin perder el ritmo de su vaivén de caderas. Solo en ese momento, recordé el cuchillo.

«Úsalo contra cualquier cosa extraña».

Esas habían sido las palabras de Liz. Pocas cosas había más extrañas que ese maldito monstruo. Con un grito animal, me lancé contra el tuerto. Mi técnica no habría despertado la admiración de mi alter ego; él habría apuñalado al violador en pleno vuelo, para luego aterrizar de pie al otro lado de altar; yo choqué contra él y caímos al suelo, unidos en un abrazo nauseabundo. Mientras contenía las ganas de vomitar, y me congratulaba por no haber perdido mi arma, lanzó las manos contra mi cuello; apretó, al tiempo que yo apuñalaba a ciegas. No podía saber si estaba apiolando a un ser tangible, pero la presión se iba relajando a cada cuchillada y más mierda putrefacta llovía sombre mi pecho, hasta obligarme a contener el aliento. No era la opción más sensata para un tipo al que intentan ahogar; sin embargo, no podía evitar hacerlo; el aroma de aquella mierda solo era comparable al de unos calcetines que hubiesen pasado dos años sumergidos en una fosa séptica llena de cadáveres.

Empezaba a desfilar ante mis ojos un harén de beldades celestiales cuando una voz me obligó a reaccionar.

—Ataca a su ojo.

No necesité una segunda advertencia. Imbuido por la rabia, tal vez, logré reunir fuerzas suficientes para desviar la trayectoria del cuchillo y clavarlo contra el único ojo sano del estrangulador. La hoja se hundió en el blanco con facilidad, provocando otra cascada purulenta; sin embargo, en esta ocasión, la pestilencia me olio tan bien como una amante fogosa recién salida de la dicha. Aun no había recuperado por completo el aliento cuando extraje el puñal; no me dio tiempo a rodar por el suelo antes de que el verdugo cayese sobre mí. Lo aparté a un lado de una patada y me puse en pie.

Su muerte apenas trajo cambios a la cámara de torturas. Los esqueletos permanecían en sus puestos, todavía sonrientes; mi rival aún era un jorobado deforme; si acaso su piel tenía un nuevo tinte grisáceo y dejaba entrever hueso en algunas zonas. Liz me miraba severa desde el umbral; Eleanor yacía inmóvil sobre el altar. No podía haber gritado; nadie sería capaz de hacerlo con la mitad de la carne de garganta y torso arrancados.

Liz se acercó a ella y murmuró algo como «gul».

—¿Era real? —pregunté, tras ponerme en pie, señalando al jorobado.

—Muy real —admitió Liz. Se guardó la automática en el bolsillo del esmoquin y tomó un hierro, colgado cerca de una jaula—. Supongo que parte de la ilusión se evaporó al morir Eleanor…

Descargó un golpe contra el esqueleto más cercano. Los huesos llovieron sobre el suelo, convertidos en polvo; si eso la contentó, no puedo decirlo, pero continuó su juego hasta reducir el resto de esqueletos a esquirlas.

—No conviene correr riesgos —la oí murmurar cuando hubo terminado.

—¿Y no habría sido menos arriesgado largarnos? —bramé.

—¿Cómo? ¿Atravesando las paredes? —Liz recorrió la cámara con la mano. Comprobé que la puerta por donde ambos llegáramos había sido sustituida por un muro. Era sólido, al igual que el resto, pude comprobar cuando ella lo golpeó con el hierro—. Usó a Eleanor para atraernos hasta aquí y tenernos encerrados hasta que se le ocurra un nuevo juego.

—¿Y por qué iba a hacer algo así en vez de matarnos?

—Porque le divierte jugar con vuestros pecados —Liz sonrió al ver mi gesto de sorpresa—. Venga, Harry, eres un chico listo. ¿No te dicen nada los escenarios?

Los pigmeos a los que me había enfrentando recordaban a los diablos priápicos creados por el Doctor Mortus en El terrible Doctor-M, una de las mayores manchas de mi currículum; pero no recordaba a Eleanor protagonizando película alguna sobre un tuerto violador. Sin embargo, el tuerto era real, aún apestaba cerca de mis pies; los enanos no. Miré de nuevo la sala de torturas.

La Abadía del Diablo —susurré. Eleanor me había confesado una noche de borrachera su presencia en aquella película depravada, situada en convento donde los ritos sadomasoquistas sustituían a los rezos.

—Y Las Meretrices de Baker Street, dirigida por Leonard Gray,  y Amor invencible, con guión de Ben Howard. A Ben, le avergonzaba haber escrito cine romántico —añadió, al ver mi gesto de sorpresa.

—¿Están… están también muertos?

Liz asintió. Por primera vez en su gesto no vi nota alguna de diversión, ni siquiera un rictus sarcástico, solo pura pesadumbre y tal vez un poco de culpa.

—Con ellos no llegué a tiempo.

—¿Y cuál fue tu pecado? —me apresuré a preguntar, por si se le ocurría dar más detalles sobre el fin de mis colegas.

—Ninguno, yo no era una invitada a la fiesta. Estoy aquí por trabajo. Mi familia lleva generaciones enfrentándose a criaturas extrañas, y Hollywood es terreno abonado para viejos y nuevos monstruos. O para pactos que se pagan en almas.

A pesar de lo irracional de sus palabras, me encontré asintiendo a su discurso y preguntando quién más formaba parte de la comitiva que ella viera acercándose a la cripta.

—Helen Sinclair, Jack Carpenter, Anthony Burton… y creo que nadie más.

Mi adorada diosa pelirroja, el mejor intérprete políticos corruptos de la industria y mi villano favorito.

—Y ahora tal vez estén siendo merienda de muertos vivientes, mientras nosotros estamos aquí encerrados. Por mi puta culpa —añadí, antes de sentarme en el suelo.

Liz no dijo nada; tras acomodarse a mi lado,  se llevó un cigarrillo a los labios y se demoró en soltar una calada con gesto chulesco.

—Tranquilo, muñeco. Le daremos a ese hijo de puta su merecido y, con un poco de suerte, habrá dejado a tu Helen para los postres.

Solté una exclamación indignada al escuchar su último comentario, pero eso no la impresionó; ni siquiera se mereció una de sus miradas burlonas. Liz siguió fumando sin inmutarse, hasta que yo mismo encendí un pitillo. Cinco cigarros después, se abrió un hueco al lado de la virgen de hierro.

Continuará…

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4 comentarios el “Hollywood Hell II

  1. rbarreiro dice:

    es que me gusto mucho. a seguir.

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  2. AnaM dice:

    Gracias. 😉 La semana que viene, colgaré otra “entrega” 😉

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  3. Esta historia, pintoresca como todas las historias de Ana, se pone cada vez más interesante. Pinta que el final nos va a dejar mirando estrellitas.

    Le gusta a 1 persona

  4. AnaM dice:

    Gracias, William, a ver si no os decepciona la cosa. Sí puedo adelantar que la conclusión será muy … pulp 😛

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