Hollywood Hell III

Tiempo estimado de lectura. 5 minutos

halloween-tales-2014-web

Nuestro director nos guiaba a través de túnel interminable, como a ovejitas dispuestas a ir al matadero. No se escuchaban gritos, pero yo no dejaba de pensar en cuál podía ser el destino de mi pelirroja favorita. No necesitaba cerrar los ojos para imaginarme a una pareja de muertos putrefactos deleitándose con la carne de sus impresionantes tetas.

—Harry.

La voz de Liz me sacó de mis sangrientos temores. Pero no me libró del miedo. En pleno corredor, a no más de cincuenta metros de donde estábamos se abría una inmensa boca. No estoy usando una de estas metáforas a las que tan aficionados son los aporreateclados. Era una gran boca dotada de dientes afilados como puñales; solo le faltaba una lengua relamiendo los gruesos labios para corroborarnos lo obvio: estaba ansiosa por convertirnos en su aperitivo.

—¡Retrocedamos! —grité.

Nada más girar la cabeza descubrí que hacer tal cosa era más difícil que encontrar una virgen en medio de una fiesta de Hollywood. Con un sigilo digno de la Sombra, un muro había tapiado el pasillo. Y ahora avanzaba hacia nosotros, dispuesto a lanzarnos dentro de la gran boca.

—Harry. No corras. Es otra ilusión —me gritó ella.

Pero yo solo prestaba atención a aquella mole de piedra, que parecía ir incrementando su velocidad cada segundo. El cerebro me animaba a hacer caso a Liz, pero mis piernas temblaban, deseosas de ceder al miedo y salir corriendo. Y nunca he sabido decir que no a hembra alguna, menos a un par de gemelas. Apenas hube dado un par de zancadas, la pared casi estaba a la altura de Liz; pero ella se limitaba a permanecer allí parada sin dejar de gritarme.  Ante mi espanto, vi cómo el muro engullía a la bella cazadora salpicando el pasillo de sangre, sin que ella llegase a gritar o a tratar de huir. Apresuré mi paso, sin dejar de mirar la pared que ahora avanzaba hacia mí teñida de carmesí. En mi siguiente paso, mis pies tocaron terreno blando, húmedo y ligeramente curvado, como unos labios.

 ***

Me desperté creyendo haber regresado a mi viejo éxito El castigo de Torquemada. Un líquido goteaba sobre mi sien, como si volviese a ser víctima de la tortura de la «gota de agua». Mis párpados se resistían a abrirse; el rítmico golpeteo del que eran victimas mis sienes los tenía acojonados. Tampoco mis brazos y piernas servían de gran cosa; poco a poco me iba poniendo a cuatro patas, pero mi equilibrio habría sido mejor si mis extremidades estuviesen fabricadas en gelatina.

«Venga, ¿Dónde está el tío más duro de Hollywood?» —susurró la vocecilla en mi cabeza.

Acerté a ponerme en pie y abrir los ojos. Cerca estuve de echar hasta mi primera papilla al mirar a mi alrededor. Si no lo hice, fue porque me había levantado con resaca y no tenía más alimento en el cuerpo que el Manhattan con huevo crudo que había desayunado antes de salir para la fiesta.

—Jack, maldito capullo. Hasta para morir tenías que echar tu mierda encima de otro —mascullé, sin poder apartar la mirada del techo de la mazmorra.

El pobre colgaba de un gancho que le atravesaba la garganta; su cuerpo estaba lo bastante caliente como para que la sangre le arroyase por la herida. Si bien ahora caía sobre el suelo, durante mi inconsciencia se había estado derramando sobre mi cogote.

El resto de la celda era el escenario soñado por un conde Dracula al servicio de la Metro: teas encendidas sembrando las paredes, huesos alfombrando el suelo, cadáveres resecos colgados como reses y restos de sogas en las columnas… todo muy limpito y reluciente. El escenario podía haber resultado incluso ridículo de no ser por la presencia de una figura inmóvil atada a una de las columnas. No se le veía el rostro, pero tanto el vestido dorado como la cabellera flamígera resultaban inconfundibles: era mi Helen. Tendría que haberlo intuido. Ella y Jack habían sido protagonistas de un patético remedo de Dracula que sus productores habían enterrado en el desierto de Nevada, después del fracaso en taquilla.

 Me olvidé del mareo y corrí hacía Helen. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y el vestido tan desgarrado que me permitía ver por primera vez sus esplendorosas tetas. Sin poder evitar rozar un pezón como una fresa madura, le tomé el pulso. ¡Estaba viva!

—¿Quién…?¿Harry? —susurró, mirándome con ojos vidriosos.

—El mismo que viste y calza, muñeca.

En realidad, estaba preguntándome dónde estaría mi maldito cuchillo; las sogas eran gruesas y los nudos que las aseguraban habrían despertado la frustración del puñetero Houdini. A mí, directamente, me despertaban ganas de intentar derribar la columna a cabezazos.

—Quédate aquí mientras busco algo para desatarte —susurré, aún en mi rol de tipo duro.

 Regresé a la zona donde había caído y revolví los huesos. No pude localizarlo, pero no me importó demasiado. Topé con algo mejor, una espada de hoja corta, destinada a ser enarbolada a una mano. Era solida y estaba bien afilada. No fue complicado cortar las ligaduras de Helen y dejar que la dulce criatura se deslizase entre mis brazos, antes de apoyar su bella cabecita en mi pecho.

—Jack, Anthony… —sollozó.

—¿También Tony ha caído?

—Lo encontramos empalado por un unicornio rosa; ya sabes, como el de esa película que siempre le mencionabas para provocarlo. Los alegres seres del Arcoíris.

—Así que solo quedamos nosotros —susurré, estrechándola aún más entre mis brazos.

Ella alzó los ojos en mi dirección, suplicante; movió los labios, como disponiéndose a decir «Tú nos salvarás, ¿verdad, Harry?», pero su rostro quedó petrificado cuando captamos un sonido de pasos.

—¡Es él! —Me clavó las uñas en el brazo izquierdo, con fuerza suficiente para hacerme sangre—. ¡El conde!

En ese momento comprobé que su cuello estaba marcado por la mordedura de unos colmillos. Hice ademán de avanzar en dirección a los pasos, pero Helen me detuvo.

—¡Ya ha matado a cinco de nosotros, Harry! ¡Huyamos!

¿Dónde?, quise gritar, pero la figura enlutada ya había descendido por la escalera de caracol y alzaba sus pálidas manos en mi dirección. Me retaba el muy cabrón. Pues iba a aprender de qué estaba hecho el hombre tras Dan Fogarty.

—Harry Turner jamás ha perdido un combate, muñeca —gruñí antes de cargar.

La reacción de mi enemigo fue la más extraña que ningún rival hubiera tenido: cruzó las manos sobre el rostro, intentando parar mi estocada, pero sin atacar; la hoja abrió un reguero carmesí en su diestra, mientras la criatura retrocedía. No me dejé conmover; descargué un tajo contra la oscuridad de su capa, luego otro, dos, media docena más, tal vez, mientras él gruñía y alargaba sus patéticas manos engarfiadas hacia mí. Por fin, cayó exánime, sin que la mazmorra variase en ningún aspecto. Extrañado, hice ademán de agacharme, dispuesto a descubrir a qué me había enfrentando en esta ocasión. La mano de Helen, no obstante, se aferró a mi brazo cuando aun no había llegado a flexionar las piernas.

—Harry —suplicó.

Y yo no pude resistirme a aquellas lágrimas perlando sus jades. El nuevo engendro tendría que prescindir del honor de desvelar su verdadero rostro ante la mirada de Harry Turner. Ascendimos por la escalera sin encontrarnos con nuevos problemas, ni siquiera los escalones amenazaban con precipitarnos hacia la mazmorra de un resbalón. Por desgracia este solo fue un soplo efímero de normalidad. En la primera planta ya no se desplegaba un laberinto, sino una cripta reformada. Por desgracia, esta seguía atufando a escenario de película de serie b. Media docena de ataúdes rotos se amontonaban en los laterales del único corredor de la estancia. El extremo derecho del mismo estaba tapiado; el fondo del izquierdo se abría una puerta a través de la que se colaba una tenue iluminación con aroma a nueva batalla.

Afiancé la presa sobre la espada y obligué a avanzar a Helen; si el culpable de nuestras desgracias se ocultaba tras esa luz iba a encargarme de él al más puro estilo Dan Fogarty: con una sonrisa irónica en los labios y la nena más maciza de la historia contemplándome con admiración. Por desgracia nuestro narrador sequía empeñado en dejarme en ridículo, aunque hasta mi alter ego habría perdido el aplomo al cruzar el umbral. Repantingado en un sillón, al lado de una cámara que no dejaba de grabar, sonreía nuestro productor favorito.

—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

Continuará…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s