Hollywood Hell IV (final)

Tiempo estimado de lectura 7 minutos.

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—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

—Siempre supe que eras un jodido cabrón, Arthur, pero nunca pensé que fueses capaz de tanto —fue todo lo que se me ocurrió decir.

—Tendríais que haberos visto, peleándoos con el aire, dejándoos caer en las garras de mis muertos, empalar con un trozo de tapa de un ataúd…  

Helen se apretó contra mi espalda, dándome el coraje que necesitaba para volver a alzar el arma.

—¿Qué juego es este Arthie?

—El más antiguo de todos, la recolección de almas. Hace tiempo vendí la mía a cambio de ser un emperador en Hollywood; esta noche mi amo me ha ofrecido la posibilidad de recuperarla, ayudándolo a recolectar las de otros incautos. Mi señor podría haber tomado las de la mayoría de vosotros sin mi ayuda, pero ha pasado tanto tiempo en nuestro mundillo que, de vez en cuando, necesita un buen espectáculo. Y nadie mejor que Arthur Bray para proporcionárselo. Habría preferido que cayeseis víctimas de nuestras trampas, pero supongo dará igual que muráis por mi mano.

¡Joder! ¿Es que medio Hollywood había pactado con el Diablo mientras yo me ganaba el estrellato a base de trabajo? Antes de que pudiese preguntarle al respecto, Bray se alzó y sacó el bolsillo de su batín un .38 de cañón corto. Semejante juguete no impresionaría a Dan Fogarty, ni aun apuntando directamente contra su cara, pero, en mi caso, hizo que me temblasen las piernas cual puñetera heroína florero.  Si Helen no hubiese apretado otra vez sus senos contra mi espalda, me habría dejado matar como un secundario prescindible. Pero no hay mayor coraje que el que envuelve a un hombre entregado a una buena causa y pocas había mejores que ser digno de Helen Sinclair. Lancé un bramido de búfalo y cargué contra Bray; antes de que el malnacido llegase a disparar, mis hombros impactaron contra su estómago y mi mano libre lo obligaba a elevar el brazo, justo a tiempo para que una bala rebotase en el techo. Lejos de considerar terminada la batalla, seguí agarrando su muñeca mientras mi espada buscaba un hueco en su flanco; guiada por la Fortuna, la hoja se hundió en su pecho, paralizando su corazón podrido.

La ilusión se disipó. El lecho, la alfombra y el sillón con su proyector permanecieron allí; el resto de la estancia mostró verdadera faz. A los lados, protegidos por rejillas, se elevaban varios sarcófagos de piedra. Aplastado por uno de ellos, yacía Ben, con el cuerpo devorado, seguramente por la esquelética niña que yacía a su lado. Al otro extremo estaba Anthony, empalado por un trozo de madera que él había creído un puto unicornio rosa; no muy lejos, yacían otros dos muertos caníbales. Incluso mi espada había cambiado, para convertirse en un hierro oxidado.

—Bravo, Harry. Sabía que nos salvarías —la voz de Helen era pura miel.

Mi diosa se acercó a mí y me abrazó, apretando su pelvis contra la mía con fuerza suficiente para despertar a mi .45 largo. Por si no había captado el mensaje, empezó a desabrocharme la camisa.

—Nena, este no es lugar…

Antes de llegar a terminar mi queja, me encontré sobre el lecho de sábanas rojas, con Helen sentada a horcajadas sobre mí. Sus dedos jugueteaban con el vello de mi pecho al tiempo que su pelvis presionaba, cada vez más húmeda y cálida, contra mi entrepierna. Aún así no lograba entonar por completo a mi poderosa automática.

—Tranquilo. El Diablo ya se ha llevado seis almas, seguro que nos dejara en paz.

 Ella no cejaba en sus atenciones, pero yo no sentía su caricia ni la tentadora presión de su pelvis. Una voz congelaba mi libido a fuerza de repetir «seis almas». En la cripta mi diosa había mencionado que «el conde» se había cobrado cinco víctimas, pero hasta ahora no me había dado cuenta de un detalle: Helen no conocía la presencia de Liz. Yo no había tenido oportunidad de hablarle de ella y la cazadora no era uno de los invitados a la fiesta. Como mi amigo Dan, había caído en las manos de una preciosa mujer fatal. Por fortuna, ella no parecía darse cuenta de que la había pillado. Sus dedos empezaban a recrearse en mi pecho cuando reuní las fuerzas necesarias para empujarlas. No le di un puñetazo, me limité a apartarla hacia un lado del lecho, pero el impulso casi basto para lanzarla fuera de este. Rápido, me arrodillé sobre el colchón. Habría sido más sensato levantarme y recuperar mi hierro, pero las energías no me daban para tanta hazaña.

Además, la mirada de la pelirroja había vuelto a hechizarme. Sin dar muestras de dolor ni indignación, todavía retorcida sobre la cama, me premió con una sonrisa cruel. Si esta era siniestra aún lo fue más el brillo rojizo que se apoderó de sus ojos durante unos segundos.

—Eres un chico listo, Harry —sus uñas subieron por mi pecho, jugando con de nuevo el vello, sin llegar a herirme. En esos momentos no sabía si me sentía cachondo o aterrorizado—. La pregunta es ¿Eres lo bastante listo? —su diestra me agarró por el cuello.

Intenté debatirme, pero su presa era podía rivalizar con la de un matón de puerto con ganas de jarana.

—Aunque Bray no pudo reconocerme, yo conseguí que vendiese su alma hace años. Ahora tengo una oferta para ti; una mucho más atractiva. Mi amo está dispuesto compartir contigo el Poder. Esa sonrisa tuya podía arrastrar las almas de muchas jovencitas a la perdición… —su mano aflojó la presa.

—Muérete, maldita bruja —escupí sin pensar.

Sus mano empezó a apretar; la sangre arroyó por mi cuello cuando sus uñas penetraron en mi piel. Me había resignado a arder en las calderas del Averno, cuando un disparo restalló en la sala. Helen se llevó las manos al rostro, mientras el humo se escapaba entre sus dedos; su cuerpo empezó a arrugarse y volverse flácido; un par de verrugas se apoderaron de su seno izquierdo, un segundo antes de que ella cayera al suelo.

Al girarme vi a Liz en lo alto de una escalera recién abierta en el suelo.  No llevaba camisa, solo la chaqueta del esmoquin abierta, dejando entrever unos senos suculentos; tenía vendada la mano derecha, también parte del torso y su hombro izquierdo. En el cinturón, lucía cruzado el cuchillo que yo perdiera.

—Ningún O´Hara sale de caza sin saber curar a fuego sus heridas —Liz me premió con una sonrisa torva—. Hola, Harry, quédate quietecito mientras yo saldo las cuentas con nuestra amiga.

La horrenda criatura había vuelto a ponerse en pie; aún le salía humo de la cara, pero no parecía dispuesta a morir.

—Siempre supe que quienes decían que Helen Sinclair era una bruja estaban más acertados de lo que pensaban. Pero debo reconocer que me sorprendiste. No me imaginé que tu chulo te hubiese dado poderes nigrománticos. A no ser que el trabajo sucio lo hiciera él y tú solo estuvieses aquí para encargarte de la rapiña…

La automática apuntaba directamente contra la bruja. Pero esta no daba muestras de sentirse asustada, tampoco de haber escuchado las palabras de Liz.

—¿Piensas derrotarme con plata, cazadora? Deberías saber que no puede matarme.

—Lo sé, pero ya ha logrado desbaratar tu hechizo de glamur.

La hechicera se miró las manos y entonó una canción en un idioma extraño; los cadáveres, incluidos mis amigos, empezaron a temblar. Resonaron dos nuevos disparos. Helen gritó; los muertos se paralizaron. Aquella jodida arpía comenzó a recular, sin apartar la mirada de la automática.

Solo era una estratagema. Rauda como una serpiente, lanzó un golpe contra Liz; parecía que se había quedado corta, pero su brazo se alargó, semejando una rama reseca, terminada en cinco  garras. Arañó el costado de la cazadora, que aún acertó a disparar dos veces. La primera bala rebotó contra el muro, la segunda se hundió en el costado de la bruja. Esto no la hizo retroceder. Siguió atacando, aunque no parecía ser ya capaz de alargar su cuerpo y Elisabeth iba esquivando con más facilidad sus zarpazos. Por desgracia, eso no ayudaba a aquel bombón a ganar la batalla. Sus disparos fallaban en ocasiones y, aunque acertasen, no lograban hacer caer a su enemiga. Cada uno de sus movimientos era acompañado de regueros de sangre y una cortinilla de humo, pero no caía. Al mismo tiempo, el escenario no dejaba de cambiar; la alfombra había desaparecido, más huesos poblaban el suelo, incluso mi cama había cambiado, pero yo no me atrevía a desviar la mirada de la batalla.  

Cuando la bruja la tenía tan arrinconada contra una pared que las teas parecían a punto de quemar su pelo, la automática de Liz se declaró exhausta.

—¡Bravo, cazadora! —la risa de la bruja reverberó siniestra en la sala—. Has agotado todas tus balas y yo todavía estoy en pie. ¿Piensas matarme con tu cuchillo?

En algún punto de la lucha, Liz había tenido ocasión de desenfundar el puñal y lo usaba ahora para mantener alejada a la hechicera. Sus labios dibujaron una sonrisa más propia de Dan Fogarty que de una cazadora derrotada. El bombón más peligroso de Hollywood alargó la zurda hacía una de las teas. Sin dejar de apuntar a la otra con el cuchillo, la descolgó del soporte.

—Solo te estaba debilitando para tener claro qué antorchas eran reales.

El adefesio trató de abalanzarse sobre Liz, pero esta fue más rápida y logró hundir la tea en el pecho de su enemiga. La espantosa criatura lanzó un grito patético, mientras las llamas prendían sus ropas; en apenas unos segundos comenzó a arder, a derretirse como si, en lugar de un ser de carne y hueso, fuese un monigote de cera. Mientras ella se quemaba, yo notaba cómo el lecho se iba haciendo más duro y estrecho. Cuando bajé la mirada, cerca estuve de convertirme en nuevo habitante del Reino de los Muertos. ¡Había estando a punto de fornicar con una bruja en un puñetero ataúd! Estaba deshabitado, pero eso no daba energías a mis piernas inmóviles.

—¡Espabila de una vez, Harry!

Elisabeth tiró de mí, obligándome a saltar del sarcófago con tanto ímpetu que casi rodamos por el suelo. El reguero de cera derretida y fuego había prendido el cadáver de Bray y amenazaba con extenderse hacia el resto de la sala. Trastabillando, más que corriendo, nos adentramos en el pasillo, a cuyos lados se extendían pequeñas capillas donde yacían los cuerpos de nuestros compañeros. Pese a que algunos ataúdes importunaban nuestro camino, logramos alcanzar una escalera de caracol antes de que las llamas nos chamuscasen.

A través de ella, llegamos al exterior. No se oía el canto de animal alguno, ni había más señal de presencia humana que nuestros propios coches aparcados. La mansión de Bray siempre había sido una fortaleza solitaria; no obstante, sumido en semejante quietud, temí por unos instantes ser víctima de otra ilusión de la bruja de tetas verrugosas o su amo. Sin embargo, Liz se guardó el cuchillo y empezó a abrochar su americana con gesto tranquilo.

—Será mejor que nos vayamos —ordenó.

—¡¿Qué?! ¿Vamos a huir? —exclamé, agarrándola por el brazo.

Ella se deshizo de mi presa y me miró con dolorosa condescendencia.

—Si quieres, nos quedamos para explicarle a la policía que hemos matado a una bruja y a un gilipollas que había venido su alma al diablo. A lo mejor nos mandan al psiquiátrico, en vez de meternos en la puta trena —a media contestación, había iniciado camino, rumbo a mi flamante Cadillac.

—Y si nos marchamos alguien podría vernos —grité, sin dejar de perseguirla por el camino desierto.

—Bah, ningún policía es tan poderoso como Hedda —desdeñó, al llegar al coche. Yo la miré con gesto de no entender qué pintaba la segunda peor cotilla de Hollywood en esto—. Y tiene una deuda pendiente con la cazadora que evitó que su hijo William se convirtiese en esclavo de un súcubo.

Ante semejante revelación, solo pude mirarla con gesto asombrado.

—Y yo que me imaginaba a esa cabrona trabajando para tu enemigo…  —me encontré diciendo. De pronto, hablar de pactos con el diablo me parecía tan normal como discutir sobre la tiranía de nuestros productores.

—No, él prefirió a Louella. Tal vez un día tenga que encargarme de ella —añadió con gesto pensativo, mientras abría la puerta del conductor.

¡De mí asiento! ¿Después de ser ella quien me salvase el culo, también iba a reducirme a un florero aparcado en el asiento del copiloto?

—¿Y a dónde pretendes que vayamos? —pregunté, sin atreverme a apartarla de donde estaba.

—A tu casa, muñeco —sonrió burlona—. El premio de todo héroe es un revolcón con la damisela en apuros. ¿Recuerdas?

Ella se apretó contra mí, despertando por segunda vez en esa noche a mi .45 largo. Tenía razón, pero que un rayo me partiese si tenía claro quién era quién en esta película. Si era sincero, empezaba a importarme una mierda.

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4 comentarios el “Hollywood Hell IV (final)

  1. rbarreiro dice:

    me he divertido mucho mucho con la historia. Ambos personajes merecen volver de aventuras

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  2. AnaM dice:

    Gracias. Intención de que Liz, al menos, vuelva a salir en más historias hay, otra cosa será que la musa se inspire para ello 😉

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  3. Excelente final, gran vuelta de tuerca e inversión de roles de los personajes. Y la sazón que le da el estilo Guarro de Ana hacen de esta tremenda aventura. Espero que en el futuro estos personajes sigan echando broma

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  4. AnaM dice:

    Gracias. 😉
    En este caso, el estilo tiene mucho mío, es cierto, pero también toma elementos de tono y ambientación de las historias de Dan Turner (aunque con la inversión de roles, por supuesto), un detective pulp del que pienso escribir algún articulillo para el blog.

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