El misterio Guinness

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos

 

Julia avanzó con paso tímido por el local, cohibida ante la multitud, asustada por los ruidos y la atmósfera viciada que se respiraba en el mismo. Pese a que llevaba años preparándose para aquella misión, estar sobre el terreno la hacía dudar de sus capacidades para afrontarla. Y el suyo sería el último cartucho que la Nación Terrana quemaría para llevar a cabo la investigación; no podían permitirse seguir perdiendo gente por su ansia de desvelar el conocido como «Misterio Guinness».

Se deslizó hasta lo que había aprendido a identificar como «barra» y buscó un hueco entre la gente allí agolpada, cuidando de no rozarse con nadie y, sobre todo, de no mirar a nadie de forma demasiado fija. «Recordad que eran los Tiempos Bárbaros —decían los instructores—. Una mirada fija no era una invitación para cotejar el grado de complementariedad espiritual. Era una intrusión que podía castigarse con un acto violento.»

Y la violencia había sido desterrada de la sociedad medio siglo antes de que Julia naciera. Por eso le daba tanto miedo la posibilidad de tener que ser testigo de uno de tales actos.

—¿Hola, guapa, qué te pongo? —preguntó una joven, que debía de ser lo que le habían enseñado a identificar como «camarera», en una de las lenguas muertas con las que la investigadora llevaba años familiarizándose  

Julia se quedó parada. No había analizado la barra y no sabía si la habrían proyectado en el lugar adecuado. ¿Qué pasaría si habían errado los cálculos y aquel lugar no la tenía? En ese caso tendría que improvisar, pensó mirando la diminuta pantalla que sostenía en su mano; no le habían dejado instrucciones para esto.

—Una Guinness —titubeó.

—¿Caña o pinta?

De nuevo, se quedó paralizada. Eso no había entrado en las lecciones. Pero lo de «caña» le recordaba a cosas de pesca, así que no podía ser una cerveza. Debía de ser una especie de broma de la camarera.

—Pinta —contestó finalmente.

Cuando la joven se fue a servir la bebida, Julia sacó una libreta del bolso del pantalón; era una pieza de museo elaborada en papel y le resultaba muy raro escribir en ella, pero había que minimizar el número de anacronismos. Ya suponía bastante peligro la tablilla temporal, guía a la que acogerse durante el transcurso de la misión y la llave de regreso a casa.

Empezó a tomar notas del famoso ritual de la Guinness, que tantos debates seguía suscitando en la Nación Terrana. Hacía tiempo que su mundo había desterrado el alcohol, junto con el fútbol, la política y otras fuentes de violencia. Pero la Guinness estaba revestida de un carácter mítico, pues era citada con frecuencia en el El libro rosa, uno de los pilares sobre los que se había asentado su sociedad, después de que la tercera y la cuarta guerra mundial casi acabasen con la vida en la Tierra. El libro rosa era una obra de ficción, una novela, donde dos personajes alcanzaban la armonía de espíritu gracias al intercambio espiritual de fluidos y a la famosa Guinness, cuyo consumo parecía exigir una liturgia rayana con lo religioso.

En la novela, y en algunos vídeos que conservaban en el museo de los Tiempos Bárbaros, hablaban todo el rato del «tiempo de servicio»; era el primer objeto de debate entre los científicos terrános, porque se hablaba de servirla con lentitud, nada más. Unos interpretaban que el sagrado servicio se extendería durante días; otros, que serían unos minutos,  la sociedad bárbara era muy impaciente; los filosóficos decían que el tiempo era relativo y dependería del estado espiritual del servido y el servidor.

Al final, fueron unos diez minutos; el tiempo que en su época se invertía en preparar «algo rápido». Punto para los defensores de la impaciencia de los hombres de las edades bárbaras.

Ahora tocaba la fase visual. Era una lástima no poder tomar una holoimagen. La famosa Guinness era hermosa, resultaría bella incluso en su sociedad civilizada y sin fronteras. Negra, como la piedra mítica del azabache, con la blanca espuma cremosa rematándola. Etéreos trazos de esa última revoloteaban entre el líquido, hasta depositarse en el fondo del vaso.  El libro rosa se había quedado corto a la hora de describir la hermosura de la mítica bebida.

La cogió con miedo; se suponía que estaba inmunizada contra los efectos nocivos del alcohol, pero…. Dio un trago, estaba fresca y tenía un regusto amargo muy agradable. Invitaba a seguir bebiendo; no obstante, dejó el vaso sobre la mesa. Sus órdenes eran precisas, además del Misterio Guinness, debía estudiar los rituales de ocio bárbaros, sus técnicas de acercamiento y, si se le presentaba la ocasión, sus rituales de cópula. Aunque, si podía, pensaba eludir lo último. Los libros de historia recogían la figura del urinario como lugar habitual para tales cópulas improvisadas y, después de haber aparecido en uno de ellos, no tenía demasiadas ganas de baño.

Hacía calor. Pensó en quitarse la cazadora, pero se sentía extraña imaginándose en medio de tanta gente vestida únicamente con una camiseta de tirantes escotada, en lugar de la habitual túnica vaporosa. Ya se había exhibido así de ceñida en el salón holográfico, pero ahora la rodeaba gente de carne y hueso, no proyecciones. Aunque… Paseó una mirada discreta por el bar; el resto de mujeres de su edad lucía cosas más reveladoras y asfixiantes que su camiseta. Decidida, deslizó la chaqueta por sus brazos y la colocó en su regazo.

Nadie la miró de modo extraño. Al menos, los modistos de la unidad de historia bárbara no se habían confundido con las vestimentas. Aún circulaban rumores sobre lo sucedido a unas investigadoras a las que habían proyectado en medio de la Inglaterra victoriana, vestidas con lo que los investigadores habían identificado como ropas de la época, por llamarse algo así como Secreto de Victoria. Por suerte, las muchachas habían podido accionar sus llaves temporales antes de que la muchedumbre enfervorecida las quemase, acusándolas de ser diablos.

Aquí el único diablo que hay soy yo.

Bebió otro trago de cerveza y se sintió un poco más relajada. Seguía encontrándose en un ambiente hostil, pestilente, ruidoso y agresivo, pero también empezaba a verle cosas agradables. El ruido tenía, en ocasiones, cierta armonía. El olor, pasado un tiempo, empezaba a no notarse tanto y variaba en función de a quién tuviese cerca. La amenaza de violencia seguía atemorizándola. Se notaba en cada gesto de aquellas gentes, en sus movimientos, tan lejanos de la armonía de la Nación Terrana.

Además estaban los desaparecidos. Nadie había regresado de la encomienda, incluidos compañeros suyos de promoción que habían quedado por encima de ella en las pruebas de aptitud. Por qué iba a ser ella la excepción.

Nerviosa, dio otro trago a la cerveza y analizó a la multitud, teniendo la precaución de no centrarse en la misma persona durante excesivo tiempo. Nadie parecía representar una amenaza.. Pero seguía sintiendo ese frío en el estómago.

—Hola —saludó una voz cerca de su oído—. ¿Puedo invitarte a otra de lo que estés tomando?

Julia levantó la cerveza aún llena en dos tercios.

—Aún no he pagado esta —titubeó, sin tener claro si la respuesta sería adecuada. 

Su interlocutor se limitó a sonreír, al tiempo que se sentaba a su lado. El tipo parecía ser un digno representante del marcado heterocentrismo de la sociedad bárbara. Marcaba cada rasgo de su masculinidad, ora con barba de dos días, ora con camiseta que parecía una segunda piel, ora con unos pantalones que dejaban sin oxígeno a sus genitales. Además, no apartaba la mirada de las glándulas mamarias de la joven, rasgo físico este que en la sociedad futura había perdido su viejo misticismo sexual. En realidad, había perdido sentido la noción de la cópula incentivada por razones de mera atracción animal o reproductiva. Lo primero había sido sustituido por sesiones atléticas de intercambio de fluidos en el aséptico marco de las salas de retozo de los gimnasios; lo segundo, por la fecundación en laboratorios.

Sin embargo, y por erradicados que estuviesen los instintos primarios de su ADN, Julia se sentía extrañamente halagada ante esa mirada intensa, casi propia de su mundo por su persistencia. 

No hablaron, solo se miraron, hasta que la llegada de la camarera les obligó a desviar la atención. Ella se quedó con su Guinness, él pidió una bebida que a Julia le sonó algo así como a «chico malo» en otra de las lenguas muertas de la tierra, el inglés. Resultó ser un tipo de cerveza; aunque se bebía directamente desde la botella.

El hombre vacío de un trago más de la mitad de la misma, haciendo movimientos espasmódicos con la garganta delatores de su ruda naturaleza. Resultaba muy instructivo para una viajera en el tiempo e investigadora como ella. Julia no se atrevía a tomar notas, pero analizó cada movimiento del tipo, para poder consignarlo en los informes.

Si regresaba.

Nadie había regresado de la misión Guinness.

¿Sería aquel hombre un enemigo para ella? ¿Un terrorista temporal? ¿Un policía? Nadie les aseguraba, por más legal que fuese hoy su misión, en un futuro fuese interpretada como un peligro temporal que debía ser abortado. 

Bebió un nuevo trago, sintiéndose más relajada. Aquel tipo no podía venir de su época ni del futuro, se le veía demasiado integrado en el ambiente bárbaro.

Las manos del hombre comenzaron a deslizarse por las piernas desnudas de Julia, tentando el borde de su falda, sin sumergirse bajo ella, trepando por su vientre hasta coronar en sus senos. Se demoraron en estos, apretándolos, acariciándolos como nadie lo había hecho jamás, haciendo reaccionar a la muchacha de un modo que se le antojaba imposible; estaba empezando a experimentar placer. Los pezones estaban endurecidos y le dolían un poco cuando él se los rozaba, pero era un dolor agradable. Y estaba el calor que la invadía, en nada parecido al que la había obligado a desproveerse de su cazadora.

Él se inclinó sobre su cuello y empezó a besarla.

—¿Qué te parece si hacemos una escapadita al baño?

Julia lo apartó de un empujón. Para nada deseaba meterse en aquel lugar cochambroso. El hombre sonrió, y la contempló de forma aún más intensa,

—Así que te gusta hacerte la difícil…

Bebió otro trago de cerveza y, sin apartar la mirada de Julia, se pasó la lengua por los labios, mientras sus manos elevaban el pantalón para que resaltase aún más el área genital.

Julia dio un nuevo trago a su bebida, dividida entre su asco hacia el baño, su sentido del deber como investigadora temporal… y una sensación muy extraña que no sabía definir. Una sensación… primitiva.

Cuando el hombre volvió a la carga con sus atenciones, la joven accedió a desplazarse hasta el baño.  Su cubículo estaba más limpio que el primero donde ella apareciera. Sin embargo, seguía resultando pestilente.

Su bárbaro favorito la estampó contra una de las paredes y empezó a acariciarla de modo más intenso e intrusivo. Sus manos se sumergieron bajo la falda de la muchacha, y no se les pasó por alto la liga en la que guardaba la llave temporal. Sin darle ocasión a reaccionar, él se la arrancó y la arrojó al inodoro. Luego, tiró de la cadena.

—¿Qué? —balbució, presa del terror.

—No necesitas eso, Julia.

Al final sí que iban a existir los policías temporales, los terroristas o lo que fuese. Julia no se planteó huir; estaba empotrada contra la pared del baño y nadie la había enseñado a usar la violencia.

—¿Eres… Eres un policía temporal?                                              

El hombre lanzó una sonora carcajada, antes de apoyar las manos contra el tabique y mover la pelvis para que quedase muy próxima a la de la muchacha.

—¿Policía temporal? No. Soy Augustus Soderling III, profesor emérito de la Universidad de Cork, en Venus.

Julia lo miró confusa. Venus era un mundo inhabitable incluso en su época.

—Imposible. Venus…

—¿Es inhabitable? Sí, supongo que para un pacato terrano Venus es inhabitable. Allí se trasladaron los terranos que querían conservar las cosas buenas de la Madre Tierra. Como la lujuria —le susurró al oído, mientras su mano se sumergía bajo las bragas de Julia—. O la cerveza…

»Brown regresó del primer viaje para descubrir vuestro misterio Guinness, pero hubo un error en las coordenadas y apareció en uno de nuestros laboratorios.

»Pronto adaptó el credo de su nuevo planeta-nación. Declaró a su vieja patria indigna de conocer el Misterio y nos ayudó a monitorizar vuestros viajes. Desde entonces, hemos ido interceptando a cada uno de vosotros.

—Pero ¿y las paradojas temporales?

Soderling se carcajeó.

—¿Qué paradojas? Nadie viajó al futuro para sacar una lista de investigadores; os hemos espiado en tiempo real. La única paradoja es que, para descubrir el misterio de la Guinness, habéis tenido que dejar de ser terranos.

Fascinada por todo aquello, Julia apenas fue consciente de haber mandado las bragas al otro extremo del baño de una patada.

—Y que el único secreto de la Guinness es que está casi tan buena como tú —añadió el venusiano.

El hombre la alzó sobre sus caderas y se deslizó en su interior, con sorprendente suavidad. A pelo; el cerebro de historiadora de Julia le recordó que en aquellos tiempos oscuros, los hombres enfundaban su falo en una cosa llamada «condón» para no caer víctima de oscuras plagas de transmisión sexual.

—¡Espera!, ¿y las Temibles Venéreas? —suspiró más que gritó, tan aterrada como sumida en un estado de frenesí animal nada desagradable.

—En Venus también las hemos erradicado —susurró él en su oído—. Y ahora —ordenó—, disfrutemos del intercambio cultural hasta que nos lleven de regreso a casa.

 

 

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3 comentarios el “El misterio Guinness

  1. Excelente Relato. Me ha gustado mucho la historia. Tengo una duda ¿Cómo calculas el tiempo estimado de lectura?

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  2. AnaM dice:

    Gracias; es una locura a la que tengo cariño.
    Para el tiempo estimado de lectura. Hay aplicaciones que puedes instalar. Yo, de momento no lo he hecho, pero he buscado info por ahí y se calcula una media de 250-300 palabras de velocidad media para una persona leyendo en pantalla. Luego todo es tirar de regla de tres según la logitud del texto.

    Le gusta a 1 persona

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