Lust for a Vampire

Mircalla, la hermosa condesa vampira, regresa de la tumba para convertir un bucólico internado para señoritas en su coto de caza particular.

Director:Jimmy Sangsteer / Productores: Harry Fine, Michael Style / Guión:Sheridan Le Fanu (personajes) , Tudor Gates / Fotografía: David Muir  / Música: Harry Robinson  /Montaje: Spencer Reeve / /Intérpretes: Michael Jonson ( Richard Lestrage), Yutte Stensgaard (Mircalla), Ralph Bates ( Giles Barton), Susana Leight ( Janet), Pippa Steele (Susan), Mike Raven, Helen Christie, David Healy, Judy Matheson, .. Nacionalidad y año: Gran Bretaña, 1971 / Duración y datos técnicos: Color, 91min.

Lujuria para un Vampiro ( Lust For a Vampire , 1971) es posiblemente uno de los puntos más bajos dentro de la temática vampirica de la Hammer y con toda claridad la más floja de las que componen la trilogía de los Karnstein. 

Los defectos de la película son innumerables y el primero de ellos (y causa de muchos posteriores) es querer generar cierta duda en torno a quién es la vampira. Decisión por completo absurda, puesto que todo aquel familiarizado con el personaje sabrá quién es en cuanto pronuncie su nombre. Este error de partida redunda negativamente en la dirección de Sangsteer, puesto que se ve obligado a mostrar los primeros ataques de la chupasangres haciendo uso de la cámara subjetiva, logrando así un efecto bochornoso, más propio de un amateur, al tener que pegar su victima la cara a la pantalla.

Pero los despropósitos no terminan aquí y es que, para colmo de males, Lujuria para un Vampiro ( Lust For a Vampire , 1971) goza de una de las peores direcciones de actores de la historia de la productora. El gran Ralph Bates parece una parodia (tal vez intencionada) de sí mismo, los normalmente efectivos secundarios están flojos e inexpresivos y ¿que decir de la protagonista?…..Yutte Stensgaard gozaba el físico de una muñeca Barbie y su expresividad es aún menor que el de la famosa muñeca de plástico.

Lo cierto es que vista hoy en día da la sensación que la película se realizó con un valor o, mejor dicho, una intención puramente crematística, como una explotation cuyo único fin es aprovechar el filón comercial de su predecesora la notable Las Amantes Vampiro (The Vampire Lovers, 1970).

Tan paupérrima es la calidad de la película que, siendo generosos, solo son resecables dos escenas: el prologo, donde se nos narra la resurrección de la vampira, y el momento en que el personaje de Bates se encara con ella. Por desgracia y siguiendo la tónica de este producto, el buen resultado del prologo queda minimizado por una nueva visón de este momento, avanzada ya la película, cuando se nos desvela (¡oh sorpresa!) la identidad de la chupasangres. Además de su identidad el espectador descubre que la vampira ha regresado de la muerte despeinada,  pero, eso sí, gloriosamente maquillada (sombra de ojos azul incluida).

El resto es una sucesión de escenas que van de lo anodino a lo mediocre, llegando incluso a lo directamente bochornoso, siendo coronadas todas ellas por una de las muertes más lamentables que haya podido tener un vampiro en la gran pantalla.

 

Anécdotas

*El papel de Giles Barton estaba pensado para Peter Cusingh , por desgracia el actor tuvo que abandonar el rodaje debido a la grave enfermedad de su mujer. * El director inicialmente previsto Terence Fisher.* Ingrid Pitt se libró de volver a interpretar a la condesa Karnstein por encontrase rodando La Condesa Drácula ( Countess Dracula, 1971)* Algunas malas lenguas llegaron a apuntar , injustamente, que Yutte Stensgaard pertenecía a una Secta Satánica.

Fantasmas entre las Sombras III

Tiempo aproximado de lectura: 7 minutos. 

Las montañas cobijaban un estrecho valle, y este, un refugio de ladrones. Empezaba a caer la oscuridad y resultaba complicado distinguir el color de las vestiduras de los hombres, pero su silueta era perfectamente clara para los ojos cubiertos por gafas de visión nocturna de las dos pistoleras.

Las dos mujeres se ocultaban tras las rocas. Sus ropas habían dejado de ser del color de la nieve y se mimetizaban con la oscuridad. Habían dejado a un lado bufandas y sombreros, para cubrir sus cabellos con sendos pañuelos negros. Mientras Lillian terminaba de encajar las piezas de su rifle desmontable, Kelly vigilaba el campamento. Cuatro hombres se paseaban por él. Uno revisando las motocicletas; otro, vigilando el campamento, lanzando ocasionales miradas a lo alto. Los otros dos trataban de entonar canciones de taberna, con voz pastosa. Y alguno más se ocultaría en la cabaña, junto con el botín y los prisioneros. Si los había. No se habían topado con más cuerpos, pero….

Lillian terminó de enroscar un cilindro en la punta del cañón. El arma era un hermoso heraldo de muerte; más en manos de la pistolera de cabellera plateada. A la ventaja de estar dotado de un cargador trasversal, capaz de cargar treinta balas, el doble de muchos Winchester, se añadía su infalibilidad como tiradora. En el viejo circo Abott sus disparos se contaban por dianas; como agente, por enemigos caídos.

—¿Crees que realmente esa cosa evitará que se oigan los disparos?

—Pronto los descubriremos. Prepárate para atacar la cabaña, si es necesario.

Kelly asintió, antes de, camuflada en la oscuridad, empezar a descender por un estrecho camino en dirección al valle.

Mientras tanto, su hermana buscaba su primer blanco. Su respiración era tranquila. Su pulso firme. Ella y el rifle eran uno, e infalibles. La mirilla se detuvo en el corazón del hombre encargado de la vigilancia. Lillian contuvo el aliento y disparó. El forajido cayó al suelo, de frente. Sus compañeros se apresuraron en su dirección. La agente buscó el siguiente objetivo. El hombre de las motos. De nuevo, su gatillo no falló. Los otros dos se quedaron parados; temerosos tal vez de aquella muerte silenciosa, desenfundaron sus armas, mirando a su alrededor. Semejante falta de reflejos proporcionaba demasiada ventaja a la rival con quien se enfrentaban, si deseaban continuar con vida. Y eso fue algo que no tardaron en descubrir. Un nuevo disparo y ya era solo uno el forajido en pie. Alzó la pistola. Lillian logró abatirlo, pero no impedir que apretase el gatillo ahogando con su tronar la sensación de completo triunfo de la agente. 

Soltó aire. En el cargador aún quedaba suficiente munición. El problema estribaba en cómo reaccionarían los de la cabaña tras oír la detonación, y en si Kelly, cosa difícil, había llegado a la altura de la misma.

La primera de sus preguntas no tardó en contestarse. Un hombre salió a la puerta del refugio, revólver en ristre. Tenía la camisa medio abierta y no llevaba sombrero. Miraba a su alrededor, sin atreverse a traspasar el umbral, sin entender del todo, seguramente, por qué habían caído sus cuatro compañeros. Solo habían escuchado una detonación y, sin embargo, cuatro cuerpos yacían sobre el suelto pedregosos. Lillian se lo explicó de un certero balazo.

Los otros componentes de la banda fueron más listos. Antes de que Lillian tuviese ocasión de buscar un blanco, el cuerpo del caído rodó sobre el suelo polvoriento y la puerta se cerró, resonando en la moribunda quietud del valle. En el interior de la cabaña, las luces se extinguieron. Eso podía ser un punto a favor de las agentes de Las Sombras. Pero otros elementos se habían aliado en su contra; los forajidos cobijados en la vivienda se habían apostado a los lados de las ventanas no frente a estas. La pistolera intuía siluetas cerca de las mismas, pero ni siquiera ella podía lograr un blanco en tales condiciones.

No podía saber, ni siquiera con la ayuda de la mira de la escopeta, si Kelly estaba cerca de la cabaña. Habría que recurrir al plan de emergencia e iniciar un acercamiento lateral. Se cruzó el rifle a la espalda y desenfundó su propio revólver. No era un arma al uso, tanto el cañón como el tambor eran más anchos que los de los de un revólver normal y todo él, incluida la empuñadura, se mimetizaba con la noche mientras Lillian descendía por el camino, lleno de piedra suelta. En su avance, dirigía ocasionales miradas a la casa. No le gustaba dejar su flanco al descubierto durante demasiado tiempo. Aun así, el verdadero peligro llegaría cuando se moviese por el valle. Incluso llevando la melena cubierta con un pañuelo azabache y el abrigo reversible por su parte negra, podía ser vista. Y también Kelly.

 

Mientras su hermana descendía, Kelly Jane había llegado a la fachada trasera de la cabaña. En ese punto, solo se abría un ventanuco, estrecho, insignificante para unos hombres seguros de estar siendo atacados desde el frente. Era suficiente, no obstante, para analizar el interior. El panorama era más desagradable de lo esperado. Tres hombres permanecían en el improvisado fortín. Uno, armado con un rifle, vigilaba una ventana cercana a la puerta. De los otros dos, pertrechados con pistolas, uno miraba por la ventana de la derecha; su compañero, alternaba su atención entre la de la izquierda y una cama en la que yacía atada una mujer, casi una niña, india o mestiza. Su negra melena caía revuelta sobre la almohada; sus piernas se abrían, hasta quedar sus tobillos atados a ambos laterales de la cama, aunque su vestido estaba intacto. Una rehén. Tres pistoleros.

Demasiado para ella sola. Su puntería no era la de Lillian ni el ventanuco el mejor puesto para disparar.

Tocaría contener su ímpetu y seguir el plan acordado de antemano. Sin embargo, aún curtida ya en demasiadas misiones, Kelly no podía dejar de mirar a la chiquilla. Incluso a través del cristal, y teñido del color verdoso de las gafas de visión nocturna, la mueca de dolor y miedo de la muchacha resultaban claros; tampoco le pasaban desapercibidas las manos que, en su esfuerzo por aflojar las ligaduras, hincaban más estas en su carne. Contemplándola, Kelly Jane no podía evitar imaginarse a Lilly en manos del depravado al que la había vendido el Buhonero Oscuro. ¿Habría temblado así? ¿Llorado? Había visto las heridas de Lillian, la había oído mencionar las cabezas cercenadas, pero jamás habían profundizado en los sentimientos que la habían invadido esa noche horrible. Como mujer, Kelly podía imaginárselos, pero a veces se preguntaba si el hermetismo y el aislamiento de Lillian eran sanos. Su hermana no había estado con nadie desde entonces; ella misma, con el corazón guardando luto todavía por Joe, había tenido un par de encuentros antes de admitir que aún no estaba preparada para entregarse a un amante.

—Art, alguien se acerca —susurró el vigilante de la izquierda.

El hilo de los pensamientos de Kelly murió de repente; esa noche era la agente Ginger, de Las Sombras, no Kelly Jane Abott, la hermana preocupada. Aprovechando que su presencia seguía sin ser advertida, se preparó para disparar.

—¿Por dónde?, yo no veo nada —se inquietó el de la ventana.

—Vi una sombra cruzando cerca de las motos. Ahí está otra vez.

El hombre de la ventana se apresuró hacia su compañero. El situado cerca de la niña permaneció en su puesto. Kelly ya tenía claro cuál sería su blanco. Con cuidado, cambió de posición, buscando un mejor ángulo de disparo. Su puntería distaba de ser la de Lillian; necesitaba cualquier ventaja digna de ser aprovechada.

La pelirroja tomó aliento, esperando una señal en forma de disparos.

Estos fueron precedidos de un canto de cristales rotos. Tronaron revólver y rifle en sincronía. Sin recibir respuesta.

—¿Crees que le hemos dado?

—Pareció caer… —dudó el tal Art, bajando, al igual que su compañero, ligeramente su arma.

Kelly contuvo el aliento. La cordura le decía que Lillian no podía estar muerta. Ambas llevaban ropas especiales de Las Sombras, capaces de amortiguar y hasta de detener, el efecto de una bala normal. Sin embargo, no podía evitar ser una hermana.

Una hermana muy orgullosa de compartir sangre con la mejor pistolera de todo el Oeste. Cuando los forajidos se creían ganadores, llegó la réplica a sus disparos. El primer tiro abatió a Art; su compañero intentó reaccionar, pero el gatillo de Lillian fue más rápido. Mientras tanto, Kelly no se había quedado parada; tampoco el vigilante de la muchacha, que hizo ademán de inclinarse sobre ella, fuera con intención de matarla o de usarla de escudo. Kelly no pensaba consentir ni una cosa ni la otra; su disparo perforó el cristal en medio de un estruendo; otro proyectil habría perdido fuerza al romper semejante barrera, la munición especial de Las Sombras podía atravesar un tablón de madera y matar al rival cobijado tras él. Por desgracia, el proyectil se hundió varios dedos por encima de lo debido. El hombre cayó al suelo, herido en su hombro izquierdo, pero aún vivo y armado para disparar contra el ventanuco. Y con buena puntería. Una bala pasó rozando la mejilla de la pelirroja antes de que acertase a echar cuerpo a tierra. Llovió la pólvora, luego hubo silencio.

Seguramente el pistolero estaría intentando recargar.

—¡Malditas zorras! —oyó bramar mientras se ponía en pie—. Intentad dispararme y esta putita tendrá una segunda boca.

El revólver del forajido estaba caído sobre el suelo. En su mano derecha sostenía un cuchillo, colocado tan cerca del cuello de la prisionera que Kelly creyó ver un hilillo de sangre descendiendo por su garganta. Lillian se erguía impasible frente la ventana, con la pistola lista para ser disparada. La pelirroja siguió el ejemplo de su hermana y apuntó al forajido, a través del ventanuco.

—Os lo advierto. Mi cuchillo nunca falla —presumió, presionando un poco más la hoja contra la delicada carne.

—Tampoco mi gatillo. Hoy uno de los dos perderá su imbatibilidad  —contestó Lillian en tono gélido—. A no ser que quieras ser inteligente y soltar tu cuchillo.

 Las últimas palabras eran un mero añadido para dar a Kelly la oportunidad de ver hacia dónde apuntaba el cañón de su hermana y centrar su blanco. Cualquier agente curtido sería consciente de que se enfrentaban a un rival dispuesto a morir arrancado todas las vidas posibles hasta la llegada de su último estertor.

—Ríndete tú, zorra —escupió al bandido.

La contrarréplica llegó en forma de dos disparos separados apenas por segundos. Cada uno con una diana; la bala de Lillian se hundió en la muñeca del asesino, obligándolo a soltar el cuchillo un segundo antes de que el disparo de Kelly detuviese por siempre el latido de su negro corazón.

La pelirroja se permitió un hondo suspiro tras ver caer al hombre. Habían vivido esa situación en otras ocasiones; en la primera Kelly había estado en el mismo lugar de la secuestrada, en calidad de rehén del Buhonero Oscuro, y Lillian y Scarlett tras las pistolas; sin embargo, seguía conteniendo el aliento, como aquella angustiosa primera vez, siempre que reproducían el agónico tiroteo.


The Vampire Lovers

La Condesa Karnstein es una hermosa mujer que sufre el estigma del vampirismo, de vez en cuando siente una fascinación por alguna de sus victimas rayana con el enamoramiento, para poder conseguir su objetivo no dudará en introducirse la vida de estos. 

Director: Roy Ward Baker / Productores:Harry Fine, Michael Style  / Guión:Sheridan Le Fanu (novela), Harry Fine (adaptación) /Fotografía:Moray Grant  / Música: Harry Robinson / Montaje: James Grant / Intérpretes:Ingrid Pitt ( Carmilla), Madeline Smith (Emma Morton), George Cole (Geroge Morton), Kate O’Mara( Madame Perrodot), Peter Cushing,( General von Spielsdorf), Dawn Addams ( La Condesa), Jon Finch ( Carl Ubhart), Pippa Steel (Laura), Douglas Wilmer ( Barón Hartog), Ferdy Mayne,  Kirsten Lindholm, Janet Key, Harvey Hall, John Forbes-Robertson, Charles Farrell  / Nacionalidad y año: Gran Bretaña, 1970  / Duración y datos técnicos: Color, 91min.

 

Carmilla, novela corta escrita por el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu, es uno de los relatos claves ya no solo del género vampírico en particular sino de toda la novela gótica en general. Fuente de inspiración para el Drácula de Stocker , Carmilla es sin duda una de esas historias a la espera de una “adaptación definitiva” y es que la visual narración de Le Fanu tiene todos los ingredientes para dar lugar a una pequeña gema del género, pero aún no ha sido objeto de una versión por completo redonda. Pese a ello, ha tenido adaptaciones interesantes, como La Cripta e l´incubo, dirigida por Camillo Mastrocinque, o la obra que hoy nos ocupa. 

The Vampire Lovers atesora una interesante calidad cinematográfica y como adaptación, pese a nacer en el llamado periodo de decadencia de la Hammer y  a buscar, como era habitual en esas fechas, taquilla de un modo facilón, a fuerza de exponer carne femenina de modo no siempre justificado en la trama. Handicap este último que, en cierto modo, comparte con el Fantaterror español, bastante influido por la productora británica, se iniciaban los años de crisis del terror patrio y muchos creían que dar un toque de erotismo a sus productos podría mitigar los daños y atraer a un público dispuesto a abandonarlos por obras foráneas. Por desgracia, en la mayoría de los casos el reclamo comercial no cuajaba y la calidad de las películas se resentía con este toque erótico festivo que, vistas esas obras hoy en día, es uno de los elementos que peor llevan el paso del tiempo, hasta el punto de resultar cursi y ridículo en muchas ocasiones. 

Pero mejor me centro en la película objeto de esta reseña The Vampire Lovers. Erotismo cursilón aparte, nos encontramos ante una adaptación bastante fiel de la novela, tanto en forma como en fondo. Cosa que no ocurría, por ejemplo, con la excelente versión de Dracula realizada por Terence Fisher, donde, si bien se captaba a la perfección el discurso “oculto” de la obra de Stoker ( aunque fuese para pervertirlo) el guión se tomaba muchas licencias respecto a los acontecimientos y personajes protagonistas de la novela. En este Vampire Lovers las modificaciones más evidentes se dan en los nombres de los personajes (la Emma de la película es la Laura del libro; el personaje de Kate O´Mara es una suma, y a la vez modificación de varios secundarios de la novela,) y en la estructura narrativa. Este último se nota especialmente en la parte en que interviene Cushing; su historia es narrada en el libro a modo de flashbacks , mientras que en la película hace las veces de un primer episodio.

Destaca, de este modo,  el guión de Harry Fine por haber adoptado con tino el espíritu de la novela y por saber aprovechar hasta los elementos más aparente nimios de esta. De este modo tenemos fragmentos como el prólogo protagonizado por el Barón Hartog que, si bien es un elemento nuevo,  se relaciona con hechos insinuados en el texto original. Fine aprovecha también con éxito las ligeras indicaciones de la novela de que la vampira no actúa de un modo completamente libre, que tal vez exista otro poder detrás de ella. Para plasmar este último hecho ayuda también la interpretación de Ingrid Pitt quien, sin ser una actriz de grandes registros, consigue reflejar con bastante efectividad ese autorechazo y esa dualidad (apariencia fuerte , pero cierta debilidad física) de la que hacía gala la Carmilla literaria.

Lo cierto es que una de las grandes bazas de esta película es su reparto, ya no solo por la buena labor interpretativa de los actores, sino por su gran adecuación a sus respectivos papeles. Cushing vuelve a demostrar, Madeline Smith resulta por completo frágil, inocente y angelical, sin perder el encanto, Kate O ´Mara se muestra capaz de reflejar sin estridencias la atracción que su personaje siente por la hermosa vampira desde un primer momento… y los secundarios habituales vuelven a demostrar su profesionalidad. 

En el aspecto negativo de la película, tenemos los desmanes estéticos propios de la época, entre los que destacan unas escenas oníricas que parecen sacadas de un videoclip especialmente piscotrónico, y los toques de erotismo que, si bien en su época se podían ver picantes, hoy resultan ñoños y hasta un poco ridículos . Sin embargo, y afortunadamente la mayor parte de la narración es bastante clásica gracias a lo cual la película ha soportado (salvo detalles puntuales)  bien el paso del tiempo y sigue siendo una de las grandes películas de la Hammer de los 70.

 Bibliografía

Novela Corta: Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu, publicado dentro de la antología Vampiras , colección Club Diógenes , editorial Valdemar. Traducido por Juan Antono Molina Foix.

La Sombra regresa

Tras estar parada desde septiembre por cuestiones creativas, mi versión de La Sombra regresa a la programación de Action Tales, con la publicación del número 5 de este serial donde el amo de la oscuridad combate al mal en un escenario heredero del universo que creé para ubicar las aventuras de Diana Hunt. Es este un mundo, donde el vigilante, además de ser azote de extraños cultos orientales, triadas, gangsters y supercriminales humanos,  ha de luchar con bandas de mestizos y zoomorfos, muchas veces combinados con alguno de los elementos previos. La razón de este cambio, además de lo cómoda que me siente en ese mundo alternativo, es jugar con los elementos más fascinantes y exóticos de los pulp originales sin correr el riesgo de caer en tópicos políticamente incorrectos o prejuiciosos, además de poder dar más peso a los personajes femeninos sin convertirlos en anacronismos e incongruencias andantes.  

El presente número, segunda parte del arco argumental “Lobos sobre Broadway”, resume bien ese enfoque personal. Por un lado, es una historia de extorsión y bandas criminales, donde los agentes de La Sombra soportan el mayor peso de la historia al tiempo que su señor es una presencia oscura, misteriosa y elusiva que flota a lo largo de la trama. Por otro lado, los criminales son zoomorfos y mestizos lupinos, con las peculiaridades de conducta y ambientación que eso provocará. Además, la idea del supervillano está presente, a su modo, pues esta banda parece gozar de la protección del único malvado capaz de escurrirse entre las manos del amo de la oscuridad: El Dragón de Jade. 

Sin más os dejo con el enlace para descargar el número: http://dreamers.com/actiontales/encru/sombra/sombra5.htm

Si no habíais leído los números anteriores, o deseáis refrescar la memoria, los tenéis todos ordenados en el siguiente enlace: http://dreamers.com/actiontales/sombra.htm

Y aquí podéis leer todas las novedades de abril en AT http://dreamers.com/actiontales/seriesmv.htm

sombra5

Para abrir boca os dejo con la espectacular portada, obra de uno de los cracks de Action Tales, José Baixauli, y la sinopsis.

Prosigue el enfrentamiento contra los Amos de la Noche. ¿Logrará La Sombra rescatar a Cliff Marsland de la trampa tejida por Selene? ¿Cuál será el destino de Arline Griscom?  ¿Qué pálpito puede tener Joe Cardona al ver los cadáveres de seis lobos alfombrando una calle de Broadway?
Solo La Sombra lo sabe…

Fantasmas entre las Sombras II

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

La distancia había vuelto a abrirse. Desde hacia más de media hora ascendían por las montañas y, aunque el camino no era malo, la prudencia las había obligado a dejar las motocicletas a resguardo. No podían correr el riesgo de que los forajidos viesen el humo de sus calderas. Ellos, en cambio, aún viajaban sobre sus monturas.

La sangre y las rodadas seguían marcando el camino a seguir en la nieve. No trapeaba, pero la pendiente dificultaba en muchos puntos el avance. En una zona de descansillo, cerca estuvieron de tropezar con un bulto caído en pleno camino. Era demasiado pequeño para ser un hombre, aunque no tan grande como para no poder ser un niño de corta edad.

O una niña con una herida en la pierna y la tez tan pálida como el propio manto donde yacía.

—Seguramente intentó huir y la hirieron —murmuró Lillian, agachándose a su lado—Y arrojaron su cuerpo cuando vieron que había muerto…

—¿Qué vamos a hacer? 

Lillian miró a su alrededor. Solo había camino y nieve. Dejar a la criatura en el sendero no era, desde luego, una opción decorosa, pero no debían demorarse. Un retraso, bien podía implicar nuevas muertes o más sufrimiento para los cautivos. A lo sumo, podían dejar el cuerpo en una de las cunetas.

—No tenemos mucha opción, ¿no? —su voz subió unas octavas. Lillian respiró hondo, para serenarse, antes de seguir hablando—. La caza es la prioridad.

—¿Te habría gustado que Scarlett dejase a nuestros padres, Cuervo Rojo y… —la voz de Kelly se llenó de lágrimas durante unos instantes, al recordar al miembro del desaparecido circo Abott por quien su corazón seguía teñido de luto—.  Y a Joe —acertó a decir al fin—, ser comida de buitres en lugar de enterrarlos.

En realidad, su mentora y amiga se había limitado a quemarlos, pero eso solo Lillian lo sabía. Durante unos segundos, la pistolera de cabellera plateada no estuvo en una montaña en medio de la nieve, sino en un cuarto con las paredes tapizadas con cabezas cercenadas de mujer, encadenada a un lecho, aterrada… tras haber sido vendida por el Buhonero Oscuro, el asesino de sus padres, a un monstruo mayor que él.

—Si con eso hubiese podido evitar que un salteador disfrazado de confederado me violase,  sí —contestó en tono áspero.

—Lillian yo…

—Ayúdame a llevar el cuerpo hacia esa cuneta. Lo taparemos con una manta, al menos su familia no tendrá que verla, si llegamos a tiempo para rescatarlos. Luego le proporcionaremos un entierro decente.

 

 Hasta que Scarlett Blade entró en su vida, las habladurías de Shadow Town habían situado a Richard Carter y Anabelle Clark como amantes, al menos potenciales. No se debía solo al hecho de que el sheriff, siendo aún un agente de campo con dos manos humanas, hubiese liderado al grupo de servidores de las Sombras que habían salvado secretamente la vida de la mujer. Los unían más cosas: la belleza delicada de ella; la apostura viril de él. Richard era viudo; Anabelle deseaba ser viuda de Alistair Davenport. La integridad de Richard a la hora de enfrentarse a un potentado local, cuando aún era un sheriff de un pueblo de Texas, había llevado a la muerte a su mujer y a un hijo de dos años. El valor de Anabelle para intentar desvelar el secreto oculto tras la fachada de hombre respetable de su esposo, a convertirse en una perdida a ojos de sus padres aun antes de su supuesta muerte. 

Sin embargo, los dos habían sabido ya en ese entonces un detalle desconocido por las comadres; desde el punto de vista romántico, eran invisibles el uno a ojos del otro. Scarlett era ya en esos días la dueña de la mirada de Rick; el dolor y el miedo, los amos de la de la antigua Clarissa Davenport.

—Cuando te vea así, Scarlett tendrá que comerse sus gruñidos —sonrió Anabelle. Normalmente su sonrisa era ancha, pero esa vez apenas era una sombra de sí misma.

—¿Estás bien? —se preocupó el sheriff. Los últimos compases del año solían ser pródigos en recuerdos amargos para los habitantes de St. James.

—Supongo que no sabrás nada de Lillian y Kelly.

El sheriff se limitó a negar con la cabeza, sintiéndose ligeramente incómodo. Anabelle había desarrollado cierta amistad con las Abott, pero, hasta ese momento, lo había tomado como otra de tantas relaciones de cortesía de la modista, no como uno de esos lazos de verdadera complicidad que tanto le costaba tejer.

—Tendrías que haber mandando a más gente, Rick.

Esa decisión no dependía de él, ni siquiera de Scarlett, y Anabelle lo sabía, pero el sheriff no podía responder eso. O más bien no deseaba dar tal réplica.

—Esas dos son más peligrosas que todo un ejército, Annie. Eso dice siempre Scarlett —Rick hizo un torpe intento de sonreír.

—Hablamos de la banda Davenport, Richard. Esas bestias son peor que mil ejércitos —los labios de la costurera temblaban.

El sheriff contuvo un suspiro. Tendría que haberse dado cuenta; los malditos rumores habían llegado ya al taller de costura.

—No deberías hacer caso de los rumores, Annie. No hay nada que nos haga pensar que sean ellos —la mano biónica de Rick acarició la mejilla de la joven, interceptando una lágrima furtiva—. Además, mañana es la última noche del año. Y todo Shadow Town tiene que celebrarlo. No pueden fallar.

»Venga —añadió al ver que la otra no se dejaba engañar por sus buenas palabras—, ¿crees que Kelly Jane se moriría sin llegar a estrenar su nuevo vestido?

Anabelle desvío un segundo la mirada hacia una de las dos prendas colgadas de la barra destinada a los encargos de fin de año: un sensual vestido verde botella, con bordados granates. El otro era un traje gris marengo, adecuado para un caballero menudo o para una pistolera que solo lucía ropa femenina cuando lo imponía una misión.

—Y seguro que a Lillian no de gustaría dejarte sin el placer de ver lo bien que le sienta su nuevo traje —remató, al notar un atisbo de relajación en el gesto de su amiga.

—Lo hice gris perla, la camisa quiero decir, a juego con su pelo —la costurera se ruborizó ligeramente, haciendo parecer aún más pálido su delicado rostro rodeado de tirabuzones azabaches.

—Será mejor que me cambie —dijo Rick al cabo de un rato de incómodo silencio—. La fiesta del último día no se coordina sola.

 

 

Fantasmas entre las Sombras I

* El presente relato está ambientado en el mismo universo que “La venganza tiene rostro de Diablo”, historia incluida en la antología Steam Tales. 

30 de diciembre de 1889

 

La nieve caía ahora más copiosa, dificultando el avance de dos figuras, casi camufladas con el blanco y desnudo paisaje. Solo los mechones flamígeros escapados del sombrero de una de ellas rompían la monotonía; la cabellera de la otra, aún siendo igual de rebelde, se mezclaba con las vestiduras, merced a su color plateado, casi blanco. El vapor se escapaba por las grupas de sus monturas, dos motocicletas preparadas para no hundirse en la nieve.

La de cabellera plateada bloqueó las ruedas, sin apagar la caldera, y se bajó de la suya. Durante unos segundos, se limitó a analizar el suelo, amparada tras los cristales de unas gafas protectoras. La nieve había empezado a caer hacía una media hora, pero no había llegado a cubrir del todo unas profundas rodadas, pertenecientes a vehículos no muy diferentes a los suyos. Uno de ellos, al menos, parecía llevar un carro de transporte acoplado al costado derecho. 

—Han continuado por aquí —murmuró al cabo de un rato. Su voz volaba amortiguada por la bufanda que le cubría la mitad inferior del rostro; no obstante, las palabras llegaron claras a oídos de su compañera.

—¿Un rastro reciente? —preguntó la otra.

La rastreadora se limitó a asentir, mientras regresaba a su montura.

—No creo que tenga más de dos horas —dijo poniendo en marcha la moto.

Nada más hablaron; se limitaron a seguir la estela marcada por las huellas. La proximidad del rastro indicaba dos cosas: pronto volverían a cantar las pistolas y algo estaba retrasando a los perseguidos. No podía deberse a la fatiga de sus monturas pues ellos también viajaban sobre «caballos de vapor». Con un poco de suerte, alguien había salido vivo de La Despensa de Bill y estaba presentando batalla. Solo restaba esperar que aún viviese. Después de dos días buscándolos, hacía dos horas que habían dado con una pista de los forajidos. Una tienda asaltada, el cuerpo acribillado de un hombre yaciendo sobre una cama de harina. La sangre sobre su pecho, todavía roja…

Al cabo de pocos metros, el carmesí empezó a acompañar las marcas de rodadas. Las dos mujeres no se detuvieron. Tampoco intercambiaron palabra alguna. Eran agentes de Las Sombras y su deber era apresar a los forajidos, no dejarse llevar por el miedo, ni menos aún por el temor a que ciertos rumores, escuchados a lo largo del camino, fuesen ciertos. La crueldad de los asaltos, el hecho de no dejar testigos atrás, incluso a costa de secuestrar a los supervivientes… bien podía ser una indicación de que no perseguían a unos bandidos cualesquiera, sino a un grupúsculo perteneciente a la peor de todas: La Banda Davenport. Llevaban tiempo sin dar señales de vida y Colorado no solía entrar dentro de su campo de operaciones; sin embargo, aunque no deseasen admitirlo, una parte de ellas empezaba a dar crédito a semejantes rumores.

 ***

Un posadero de aves, lleno de cables y luces parpadeantes, trataba de sostener la mirada de la mujer sentada frente a la mesa donde él estaba situado. No era una tarea fácil, pues la mujer era el mismísimo Diablo. La mitad izquierda de su rostro, la única visible tras una cortina de melena dorada, era un mar de láminas de metal negro, salvo en la barbilla, torbellino de quemaduras; en la cuenca del océano negro brillaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Dido no va a venir porque te quedes mirando toda la mañana el posadero —susurró una voz masculina a sus espaldas.

Era cálida, como las manos que acariciaron los hombros de la mujer, cobijados por una camisa masculina, hurtada tras una noche de pasión. La agente Scarlett Blade se dejó querer mientras las manos del hombre retiraban el cabello de la hermosa mitad derecha de su cara, con la osada intención de recorrer la curvatura de su cuello con sus labios. Disfrutó de aquel beso cálido, del agradable cosquilleo de la barba de su amante, de la caricia de sus manos bajo la camisa… Lo único bueno de verse obligada a permanecer en la retaguardia era disfrutar de Richard y sus atenciones. Aun así, esa mañana se sentía incapaz de relajarse por completo. 

—Debería estar con ellas, no aquí —murmuró.

No hacia falta especificar quiénes eran «ellas»; desde hacía dos años, el otrora Diablo solitario siempre cabalgaba al lado de las agentes Silver y Ginger o, lo que era lo mismo, Lillian y Kelly Jane Abott.

—Las chicas han demostrado ser muy capaces de arreglárselas solas, Scarlett —contestó él, en tono paciente, abandonando ya todo intento de seducción.

Scarlett se giró para encararse con uno de los hombres más deseados de St. James, la ciudad de Las Sombras, el sheriff Rick Copper Hand. La mirada del hombre parecía aún más triste de lo habitual y ni siquiera un diablo podía ser inmune al poder de semejantes ojos ni a la verdad destilada por las palabras de su dueño.

—Lo sé, pero no me acostumbro a estar en la retaguardia —confesó.

No era su único desvelo. La fría mentalidad de Scarlett le decía que las pistas eran claras; los ataques habían sido a casas aisladas, que pocas cosas valiosas contenían y menos posibilidades tenían de defenderse. Los forajidos eran simples carroñeros, no miembros de la poderosa Banda Davenport, siempre aficionada a los botines suculentos. Sin embargo, ni siquiera ella era por completo inmune a los rumores.

—Pero algún día tendrás que hacerlo. Algún día tendrás que aceptar convertirte en parte del mando de Las Sombras.

Scarlett se limitó a asentir, sin atreverse a mencionar la realidad: ella no concebía su existencia sin ser agente de campo. Por alguna razón, tales declaraciones entristecían a Richard. No podía ser amor. Era imposible que un hombre encantador, atractivo, incluso con una mano derecha artificial, amase a una mujer como ella, marcada a lo largo de casi la mitad de su cuerpo por las quemaduras y los implantes del horrible metal negro creado por el Buhonero Oscuro.

—Supongo que tienes razón —admitió—. ¿Dónde vas tú tan elegante?

El sheriff se había cambiado las ropas del día anterior por unos pantalones bien planchados y una camisa inmaculada, en la que brillaba la estrella de cinco puntas. El hombre se demoró en enfundarse un chaquetón de piel antes de responder.

—Tengo que ir al taller de Anabelle a recoger mi traje para la Última Noche —dijo con prudencia.

Había un sastre en Shadow Town, pero los hombres solo lo usaban para la ropa de diario y, ocasionalmente, para los uniformes de combate; si alguien buscaba la elegancia, fuese para una de las dos festividades del año o para una misión, acudía a Anabelle Clark. Sin embargo, hasta ese día, Richard jamás le había encargado un traje de fiesta. A imitación de Scarlett, disfrutaba del jolgorio vestido con sus atavíos cotidianos.

—El Día del Agradecimiento Lillian y ahora tú. ¿Es que me voy a quedar sola combatir la cursilería de esa señoritinga de Virginia?

—No estás siendo justa con Anabelle, Scarlett. Es una buena chica y hay pocos hayan sufrido más que ella en este pueblo… O que trabajen más por los agentes de las Sombras.

Richard tenía razón, no podía negarlo; sobre todo, en la primera de las afirmaciones. Para Anabelle Clark, las puñaladas que cerca estuvieron de segarle la vida cuatro años antes habían sido la culminación de una pesadilla y, a su modo, el inicio de una nueva. Su verdugo y marido seguía libre y no era otro que Alistair Davenport, el líder de la temida banda de forajidos. En cuanto a su compromiso con Las Sombras, tampoco cabía dudar. De su taller salía la mayor parte de los disfraces y trajes de combate. Aunque eran muchas las trabajadoras del establecimiento, los diseños partían de la mente de la antigua aristócrata, también muchos informes capitales a la hora de valorar el comportamiento de los tejidos especiales.

—Lo sé —gruñó—.  Yo también formaba parte de esa misión, ¿recuerdas? Pero puede llegar a ser tan cargante con eso de la ropa…

—Es su forma de luchar, Scarlett. Lo mismo que para otros lo es ser agentes de campo, o para mí fingir que mantengo la paz en St. James —dijo, calándose el sombrero.

 

The giant claw

El ejército americano ha de enfrentarse a una especie de buitre gigante que amenaza con hacer de nuestro planeta su comedero. El problema es que al animal no sólo está dotado de un letal aliento ígneo, sino que trae campo de fuerza incorporado.

 

¡Ay! Si la película hiciese justicia al cartel…

Director: Fred F. Sears / Guión: Paul Gangelin, Samuel Newman / Intérpretes: Jeff Morrow (MacAfee), Mara Corday (Sally Caldwell), Morris Ankrum (General Edward Considine), Louis Merrill (Pierre Broussard), Edgar Barrier (Dr. Karol Noymann), Robert Shayne (Gen. Van Buskirk), Frank Griffin (Pete, piloto), Clark Howat (Mayor Bergen)/ País y año: USA, 1957 /Duración: 74 minutos / Blanco y negro.

 

He de confesarlo: entre mis muchos pecados cinematográficos destaca el de encontrar cierto gozo culpable al visionar películas con monstruos cutres, de esos que parecen hechos con un par de calcetines del abuelo o el envoltorio del bocata ( inolvidable, en este aspecto el tiburón de papel de Albal de la inenarrable Lost Continent, perpetrada por Michael Carreras). Por eso, en cuanto vi esa especie de muñeco de trapo gigante con cierto parecido con un buitre, que es el pajarraco que siembra el caos en esta historia, me propuse verla.

El grado de patetismo del monstruo satisfizo con creces mis expectativas, erigiéndose como una de las amenazas más lamentables a las que se ha enfrentado la humanidad —con permiso de la serpiente de mar que introdujera Amando de Ossorio en la película homónima—. Y es que no es sólo que al buitre gigante se le vea hecho con cuatro dólares, dos de ellos gastados en ponerle una cresta de pavo de navidad que anidará en nuestras retinas durante eones, sino el trabajo de Fred F. Sears. El director, un artesano de la serie b que un año antes había demostrado tener buena mano para la ciencia ficción de serie B con la mítica La tierra contra los platillos volantes (Earth vs the Fliying saucers, 1956), parece empecinado en descubrirnos las carencias de presupuesto y planificación de la película; de este modo, no solo nos ofrece primeros planos constantes del animal,  sino que no hace nada por disimular la repetición del mismo fotograma cada vez que nuestro entrañable esperpento ataca una avión y se merienda a alguien.

¿Pero a este no me lo habían merendado ayer? Pal buche, de todas formas.

Y es que, además de ser un monumento al cutrerio desvergonzado, esta película resulta ser una verdadera oda al reciclaje (practica, por otro lado, muy común en la serie b de la época). Así,  a la hora de narrar el ataque del bicho a Nueva York (¿Qué otra ciudad americana podría ser, si no? ),  Sears tomó material de obras tan diversas como Treinta segundos sobre Tokyo, La guerra de los mundos (¡de la que se usa un plano de la destrucción Los Ángeles para representar un ataque a Nueva York!), o La Tierra contra los Platillos Volantes, que contaba con los efectos visuales del futuro rey de la Stop Motion Ray Harryhausen. De esta última no queda del todo claro cuanto material se recicló, pero se sabe que la imagen de las destrucción del Monumento a Washington fue uno de los planos reutilizados. La leyenda sobre el “saqueo” sufrido por esta última cinta adquirió tales dimensiones que más de una fuente habla de The Giant Claw como un Harryhausen sin Harryhausen e, inclusive, se cuenta que se les coló un plano de un platillo volante en medio de la orgía de destrucción perpetrada por nuestro esperpento alado favorito.  Sobre esto,  he de confesar que, pese a estar pendiente, yo no lo llegué a ver.

New York, New York… ¡A Wonderful town!

Lo más triste de todo esto, en lo que se refiere a los aspectos técnicos de la película, es que la criatura podría haber sido mucho mejor, pues en un principio se ofreció su realización a Ray Harryhausen; por desgracia el maestro de la stop motion tenía en marcha en ese tiempo The Elemmentals, un proyecto personal con mimbres parecidos a la presente obra, lo que le hizo rechazar la oferta. Al final, y por desgracia para todas las partes y sobre todo el espectador, el técnico solo llegó a grabar algunas escenas de prueba para su obra y The Giant Claw se tuvo que conformar con relatar la terrible amenaza de un “pavobuitre” despeinado.  

Dejando a un lado a la estrella de la función, por suerte o por desgracia (dejo eso a juicio de los lectores), el resto de elementos no están a la altura de la misma en cuanto a esplendor esperpéntico. El argumento, si bien sencillo, no resulta más flojo o plano que el de la coetánea, y excelente, The Deadly Mantys; es más en The Giant Claw se introduce una pincelada de originalidad con respecto a otras obras del género (siempre más centradas en las explicaciones paracientíficas, como criaturas mutantes o seres prehistóricos rescatados del hielo, involuntariamente, a causa de las pruebas militares de rigor) al vincular a la criatura con ” La Carcagne”, con un supuesto personaje del folclore francocanadiense. Además, salvo en cierto pasaje del final, los tradicionales momentos de propaganda del ejército americano y los insertos “documentales” son más discretos que en otras obras de similar pelaje.  Por último, y no menos importante, resulta curioso comprobar que la desidia de Sears a la hora de ocultar las carencias técnicas del bichejo no se traducen en afrontar otras tareas, como puede ser la dirección de actores,  con idéntica negligencia;  el reparto, donde cabe destacar a Mara Corday, una de las estrellas femeninas de la serie B, realiza una labor solvente, que ayuda a disfrutar del producto, pese a las lagunas (por no llamarlas océanos) técnicas. 

El cuidado de estos últimos detalles, unido al deseo de contar en un primer momento con Harrhausen,  pensar que el presente era un proyecto serio, sin intención alguna de pasar al Olimpo del esperpento. Lástima, como he insinuado en otros puntos de esta reseña, que sus responsables no se aplicasen la máxima que Vicente Minelli, inspirado por el rodaje de La mujer pantera, enunció en Cautivos del Mal ( The Bad and the Beautiful): hay monstruos que impresionan más cuanto menos los vemos… Bueno, nuestro pajarraco sigue impresionando, pero por su entrañable cutrerio.