Fantasmas entre las Sombras I

* El presente relato está ambientado en el mismo universo que “La venganza tiene rostro de Diablo”, historia incluida en la antología Steam Tales. 

30 de diciembre de 1889

 

La nieve caía ahora más copiosa, dificultando el avance de dos figuras, casi camufladas con el blanco y desnudo paisaje. Solo los mechones flamígeros escapados del sombrero de una de ellas rompían la monotonía; la cabellera de la otra, aún siendo igual de rebelde, se mezclaba con las vestiduras, merced a su color plateado, casi blanco. El vapor se escapaba por las grupas de sus monturas, dos motocicletas preparadas para no hundirse en la nieve.

La de cabellera plateada bloqueó las ruedas, sin apagar la caldera, y se bajó de la suya. Durante unos segundos, se limitó a analizar el suelo, amparada tras los cristales de unas gafas protectoras. La nieve había empezado a caer hacía una media hora, pero no había llegado a cubrir del todo unas profundas rodadas, pertenecientes a vehículos no muy diferentes a los suyos. Uno de ellos, al menos, parecía llevar un carro de transporte acoplado al costado derecho. 

—Han continuado por aquí —murmuró al cabo de un rato. Su voz volaba amortiguada por la bufanda que le cubría la mitad inferior del rostro; no obstante, las palabras llegaron claras a oídos de su compañera.

—¿Un rastro reciente? —preguntó la otra.

La rastreadora se limitó a asentir, mientras regresaba a su montura.

—No creo que tenga más de dos horas —dijo poniendo en marcha la moto.

Nada más hablaron; se limitaron a seguir la estela marcada por las huellas. La proximidad del rastro indicaba dos cosas: pronto volverían a cantar las pistolas y algo estaba retrasando a los perseguidos. No podía deberse a la fatiga de sus monturas pues ellos también viajaban sobre «caballos de vapor». Con un poco de suerte, alguien había salido vivo de La Despensa de Bill y estaba presentando batalla. Solo restaba esperar que aún viviese. Después de dos días buscándolos, hacía dos horas que habían dado con una pista de los forajidos. Una tienda asaltada, el cuerpo acribillado de un hombre yaciendo sobre una cama de harina. La sangre sobre su pecho, todavía roja…

Al cabo de pocos metros, el carmesí empezó a acompañar las marcas de rodadas. Las dos mujeres no se detuvieron. Tampoco intercambiaron palabra alguna. Eran agentes de Las Sombras y su deber era apresar a los forajidos, no dejarse llevar por el miedo, ni menos aún por el temor a que ciertos rumores, escuchados a lo largo del camino, fuesen ciertos. La crueldad de los asaltos, el hecho de no dejar testigos atrás, incluso a costa de secuestrar a los supervivientes… bien podía ser una indicación de que no perseguían a unos bandidos cualesquiera, sino a un grupúsculo perteneciente a la peor de todas: La Banda Davenport. Llevaban tiempo sin dar señales de vida y Colorado no solía entrar dentro de su campo de operaciones; sin embargo, aunque no deseasen admitirlo, una parte de ellas empezaba a dar crédito a semejantes rumores.

 ***

Un posadero de aves, lleno de cables y luces parpadeantes, trataba de sostener la mirada de la mujer sentada frente a la mesa donde él estaba situado. No era una tarea fácil, pues la mujer era el mismísimo Diablo. La mitad izquierda de su rostro, la única visible tras una cortina de melena dorada, era un mar de láminas de metal negro, salvo en la barbilla, torbellino de quemaduras; en la cuenca del océano negro brillaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Dido no va a venir porque te quedes mirando toda la mañana el posadero —susurró una voz masculina a sus espaldas.

Era cálida, como las manos que acariciaron los hombros de la mujer, cobijados por una camisa masculina, hurtada tras una noche de pasión. La agente Scarlett Blade se dejó querer mientras las manos del hombre retiraban el cabello de la hermosa mitad derecha de su cara, con la osada intención de recorrer la curvatura de su cuello con sus labios. Disfrutó de aquel beso cálido, del agradable cosquilleo de la barba de su amante, de la caricia de sus manos bajo la camisa… Lo único bueno de verse obligada a permanecer en la retaguardia era disfrutar de Richard y sus atenciones. Aun así, esa mañana se sentía incapaz de relajarse por completo. 

—Debería estar con ellas, no aquí —murmuró.

No hacia falta especificar quiénes eran «ellas»; desde hacía dos años, el otrora Diablo solitario siempre cabalgaba al lado de las agentes Silver y Ginger o, lo que era lo mismo, Lillian y Kelly Jane Abott.

—Las chicas han demostrado ser muy capaces de arreglárselas solas, Scarlett —contestó él, en tono paciente, abandonando ya todo intento de seducción.

Scarlett se giró para encararse con uno de los hombres más deseados de St. James, la ciudad de Las Sombras, el sheriff Rick Copper Hand. La mirada del hombre parecía aún más triste de lo habitual y ni siquiera un diablo podía ser inmune al poder de semejantes ojos ni a la verdad destilada por las palabras de su dueño.

—Lo sé, pero no me acostumbro a estar en la retaguardia —confesó.

No era su único desvelo. La fría mentalidad de Scarlett le decía que las pistas eran claras; los ataques habían sido a casas aisladas, que pocas cosas valiosas contenían y menos posibilidades tenían de defenderse. Los forajidos eran simples carroñeros, no miembros de la poderosa Banda Davenport, siempre aficionada a los botines suculentos. Sin embargo, ni siquiera ella era por completo inmune a los rumores.

—Pero algún día tendrás que hacerlo. Algún día tendrás que aceptar convertirte en parte del mando de Las Sombras.

Scarlett se limitó a asentir, sin atreverse a mencionar la realidad: ella no concebía su existencia sin ser agente de campo. Por alguna razón, tales declaraciones entristecían a Richard. No podía ser amor. Era imposible que un hombre encantador, atractivo, incluso con una mano derecha artificial, amase a una mujer como ella, marcada a lo largo de casi la mitad de su cuerpo por las quemaduras y los implantes del horrible metal negro creado por el Buhonero Oscuro.

—Supongo que tienes razón —admitió—. ¿Dónde vas tú tan elegante?

El sheriff se había cambiado las ropas del día anterior por unos pantalones bien planchados y una camisa inmaculada, en la que brillaba la estrella de cinco puntas. El hombre se demoró en enfundarse un chaquetón de piel antes de responder.

—Tengo que ir al taller de Anabelle a recoger mi traje para la Última Noche —dijo con prudencia.

Había un sastre en Shadow Town, pero los hombres solo lo usaban para la ropa de diario y, ocasionalmente, para los uniformes de combate; si alguien buscaba la elegancia, fuese para una de las dos festividades del año o para una misión, acudía a Anabelle Clark. Sin embargo, hasta ese día, Richard jamás le había encargado un traje de fiesta. A imitación de Scarlett, disfrutaba del jolgorio vestido con sus atavíos cotidianos.

—El Día del Agradecimiento Lillian y ahora tú. ¿Es que me voy a quedar sola combatir la cursilería de esa señoritinga de Virginia?

—No estás siendo justa con Anabelle, Scarlett. Es una buena chica y hay pocos hayan sufrido más que ella en este pueblo… O que trabajen más por los agentes de las Sombras.

Richard tenía razón, no podía negarlo; sobre todo, en la primera de las afirmaciones. Para Anabelle Clark, las puñaladas que cerca estuvieron de segarle la vida cuatro años antes habían sido la culminación de una pesadilla y, a su modo, el inicio de una nueva. Su verdugo y marido seguía libre y no era otro que Alistair Davenport, el líder de la temida banda de forajidos. En cuanto a su compromiso con Las Sombras, tampoco cabía dudar. De su taller salía la mayor parte de los disfraces y trajes de combate. Aunque eran muchas las trabajadoras del establecimiento, los diseños partían de la mente de la antigua aristócrata, también muchos informes capitales a la hora de valorar el comportamiento de los tejidos especiales.

—Lo sé —gruñó—.  Yo también formaba parte de esa misión, ¿recuerdas? Pero puede llegar a ser tan cargante con eso de la ropa…

—Es su forma de luchar, Scarlett. Lo mismo que para otros lo es ser agentes de campo, o para mí fingir que mantengo la paz en St. James —dijo, calándose el sombrero.

 

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