Fantasmas entre las Sombras II

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

La distancia había vuelto a abrirse. Desde hacia más de media hora ascendían por las montañas y, aunque el camino no era malo, la prudencia las había obligado a dejar las motocicletas a resguardo. No podían correr el riesgo de que los forajidos viesen el humo de sus calderas. Ellos, en cambio, aún viajaban sobre sus monturas.

La sangre y las rodadas seguían marcando el camino a seguir en la nieve. No trapeaba, pero la pendiente dificultaba en muchos puntos el avance. En una zona de descansillo, cerca estuvieron de tropezar con un bulto caído en pleno camino. Era demasiado pequeño para ser un hombre, aunque no tan grande como para no poder ser un niño de corta edad.

O una niña con una herida en la pierna y la tez tan pálida como el propio manto donde yacía.

—Seguramente intentó huir y la hirieron —murmuró Lillian, agachándose a su lado—Y arrojaron su cuerpo cuando vieron que había muerto…

—¿Qué vamos a hacer? 

Lillian miró a su alrededor. Solo había camino y nieve. Dejar a la criatura en el sendero no era, desde luego, una opción decorosa, pero no debían demorarse. Un retraso, bien podía implicar nuevas muertes o más sufrimiento para los cautivos. A lo sumo, podían dejar el cuerpo en una de las cunetas.

—No tenemos mucha opción, ¿no? —su voz subió unas octavas. Lillian respiró hondo, para serenarse, antes de seguir hablando—. La caza es la prioridad.

—¿Te habría gustado que Scarlett dejase a nuestros padres, Cuervo Rojo y… —la voz de Kelly se llenó de lágrimas durante unos instantes, al recordar al miembro del desaparecido circo Abott por quien su corazón seguía teñido de luto—.  Y a Joe —acertó a decir al fin—, ser comida de buitres en lugar de enterrarlos.

En realidad, su mentora y amiga se había limitado a quemarlos, pero eso solo Lillian lo sabía. Durante unos segundos, la pistolera de cabellera plateada no estuvo en una montaña en medio de la nieve, sino en un cuarto con las paredes tapizadas con cabezas cercenadas de mujer, encadenada a un lecho, aterrada… tras haber sido vendida por el Buhonero Oscuro, el asesino de sus padres, a un monstruo mayor que él.

—Si con eso hubiese podido evitar que un salteador disfrazado de confederado me violase,  sí —contestó en tono áspero.

—Lillian yo…

—Ayúdame a llevar el cuerpo hacia esa cuneta. Lo taparemos con una manta, al menos su familia no tendrá que verla, si llegamos a tiempo para rescatarlos. Luego le proporcionaremos un entierro decente.

 

 Hasta que Scarlett Blade entró en su vida, las habladurías de Shadow Town habían situado a Richard Carter y Anabelle Clark como amantes, al menos potenciales. No se debía solo al hecho de que el sheriff, siendo aún un agente de campo con dos manos humanas, hubiese liderado al grupo de servidores de las Sombras que habían salvado secretamente la vida de la mujer. Los unían más cosas: la belleza delicada de ella; la apostura viril de él. Richard era viudo; Anabelle deseaba ser viuda de Alistair Davenport. La integridad de Richard a la hora de enfrentarse a un potentado local, cuando aún era un sheriff de un pueblo de Texas, había llevado a la muerte a su mujer y a un hijo de dos años. El valor de Anabelle para intentar desvelar el secreto oculto tras la fachada de hombre respetable de su esposo, a convertirse en una perdida a ojos de sus padres aun antes de su supuesta muerte. 

Sin embargo, los dos habían sabido ya en ese entonces un detalle desconocido por las comadres; desde el punto de vista romántico, eran invisibles el uno a ojos del otro. Scarlett era ya en esos días la dueña de la mirada de Rick; el dolor y el miedo, los amos de la de la antigua Clarissa Davenport.

—Cuando te vea así, Scarlett tendrá que comerse sus gruñidos —sonrió Anabelle. Normalmente su sonrisa era ancha, pero esa vez apenas era una sombra de sí misma.

—¿Estás bien? —se preocupó el sheriff. Los últimos compases del año solían ser pródigos en recuerdos amargos para los habitantes de St. James.

—Supongo que no sabrás nada de Lillian y Kelly.

El sheriff se limitó a negar con la cabeza, sintiéndose ligeramente incómodo. Anabelle había desarrollado cierta amistad con las Abott, pero, hasta ese momento, lo había tomado como otra de tantas relaciones de cortesía de la modista, no como uno de esos lazos de verdadera complicidad que tanto le costaba tejer.

—Tendrías que haber mandando a más gente, Rick.

Esa decisión no dependía de él, ni siquiera de Scarlett, y Anabelle lo sabía, pero el sheriff no podía responder eso. O más bien no deseaba dar tal réplica.

—Esas dos son más peligrosas que todo un ejército, Annie. Eso dice siempre Scarlett —Rick hizo un torpe intento de sonreír.

—Hablamos de la banda Davenport, Richard. Esas bestias son peor que mil ejércitos —los labios de la costurera temblaban.

El sheriff contuvo un suspiro. Tendría que haberse dado cuenta; los malditos rumores habían llegado ya al taller de costura.

—No deberías hacer caso de los rumores, Annie. No hay nada que nos haga pensar que sean ellos —la mano biónica de Rick acarició la mejilla de la joven, interceptando una lágrima furtiva—. Además, mañana es la última noche del año. Y todo Shadow Town tiene que celebrarlo. No pueden fallar.

»Venga —añadió al ver que la otra no se dejaba engañar por sus buenas palabras—, ¿crees que Kelly Jane se moriría sin llegar a estrenar su nuevo vestido?

Anabelle desvío un segundo la mirada hacia una de las dos prendas colgadas de la barra destinada a los encargos de fin de año: un sensual vestido verde botella, con bordados granates. El otro era un traje gris marengo, adecuado para un caballero menudo o para una pistolera que solo lucía ropa femenina cuando lo imponía una misión.

—Y seguro que a Lillian no de gustaría dejarte sin el placer de ver lo bien que le sienta su nuevo traje —remató, al notar un atisbo de relajación en el gesto de su amiga.

—Lo hice gris perla, la camisa quiero decir, a juego con su pelo —la costurera se ruborizó ligeramente, haciendo parecer aún más pálido su delicado rostro rodeado de tirabuzones azabaches.

—Será mejor que me cambie —dijo Rick al cabo de un rato de incómodo silencio—. La fiesta del último día no se coordina sola.

 

 

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