Relato Halloween: Crueldades del Azar

Continuando con la operación “Desempolvado de Blog” hoy recupero uno de mis primeros relatos publicados en papel. “Crueldades del azar”, incluido en su momento en Horror Hispano Más Allá. El relato se aleja bastante en tono y estilo de mis obras actuales, pero sigue siendo una de esas historias a las que tengo un cariño especial.

Tiempo de lectura aproximado: 4 minutos.

Crueldades del Azar

 

Una barrera infranqueable la separaba del mundo desde hacía décadas. No sabía cuántas, pues hacía tiempo que la horrible monotonía de su vida le había hecho perder la cuenta. La vida de un fantasma no era tan apasionante como la pintaban los cuentos que tanto le gustaba leer cuando estaba viva. Nada tenía que ver su existencia con las historias de E.F. Benson o Edith Wharton. Su rutina era un calvario, sufrido en un caserón ahora decrepito. Por el día podía escaparse de él; por las noches, el destino la traía de regreso hasta el lugar donde había muerto. Entonces quedaba sola con sus recuerdos. Sucesos que revivía con la misma fuerza que aquel fatídico día y que la convertían en una trémula masa de ectoplasma.

Tal y como estaba ocurriendo en ese momento.

Aun convulsionado por el dolor del recuerdo, el rostro espectral de Helen Grant seguía conservando la belleza serena que la había convertido en vida en una cotizada soltera. Sus manos estrujaban un pañuelo inexistente, mientras su mente viajaba a varios años atrás, más de cincuenta, aunque ella no lo supiese con exactitud. Casi podía verse sobre el suelo, debatiéndose para librarse de la presa de su agresor, luchando en vano, tratando de respirar bajo el peso del señor Roberts, el padre de su prometido. Alzando las manos en un intento de atacarle, para limitarse a arañar el aire. Era capaz oír con toda claridad el sonido de su ropa siendo desgarrada. Su cuerpo volvía a temblar de dolor al rememorar la brutal embestida del hombre. Y su olfato aún percibía el aroma de la sangre fresca, su sangre, y de la tierra en la que el hombre la enterró, aún viva, en el sótano de aquella maldita casa abandonada.  Todavía podía evocar su sorpresa cuando se despertó siendo un fantasma. ¡Qué ironía! Precisamente cayó en las redes de su asesino cuando el hombre se ofreció para llevarla a casa a la salida del cine. Helen había estado viendo El Fantasma y Mrs. Muir, siempre veía todas las películas de Gene Tierney. Ahora ella era un fantasma, como el viejo marino y como él debía de romper el lazo que la unía al mundo terrenal para encontrar descanso.

El problema era que desconocía con exactitud cual era ese lastre.

Al principio creyó que la clave estaba en sus padres. Los pobres no sabían qué había sido de ella, si estaba viva o muerta y vivían sumidos en la angustia. Intentó comunicarse con ellos. Se fue a su casa, primero trató de hablar con su madre, pero pasó a través de ella, como si fuese niebla; luego lo intentó con su padre, pero el hombre tenía la mirada perdida en el vacío. Ni siquiera el viejo Bobby le ladró. Debía ser el único perro impermeable a presencias fantasmales. Un día perdido. Parecía imposible que ocurriese nada peor que aquella dolorosa ignorancia; por desgracia, al llegar la noche una fuerza sobrenatural tiró de ella hacia la casa, hacia el recuerdo del último estertor bajo tierra húmeda.

Probó entonces a erigirse como espíritu vengador, recordando historias que otrora leyera a escondidas de sus padres, a la luz de una vela. Narraciones en las que el asesinado se presentaba ante su verdugo y este, convulsionado por la culpa se suicidaba o se entregaba a la policía.

Pero tampoco aquello funcionó.

Se enfrentó a su captor y el hombre la vio. Pero no se conmovió ni asustó, más bien pareció sentirse divertido. Divertido, esa era la palabra. Su presencia parecía complacer a aquel depravado. Él mismo terminaría por confesarle que la experiencia de violarla y matarla había resultado tan excitante que pensaba repetirla. Fue justo antes de traer una nueva presa a la casa. La primera de muchas. Llevaba a sus víctimas al viejo caserón y las vejaba delante de ella, luego arrojaba sus cuerpos a la carretera o a cualquier otro lugar donde pudiesen ser descubiertos. «No quería arriesgarse, decía, a tener una recua de espectros a sus espaldas. Con un fantasma le bastaba.» No necesitaba más espectadores. Y es que según la teoría del hombre esa era la función para la que ella estaba destinada: contemplar su obra. Ver lo que inconscientemente había impulsado. Una víctima castigada, eso era Helen.

Solo una vez tuvo la esperanza de abandonar aquella espiral de dolor. Un día una de las jóvenes destinadas a complacer los deseos homicidas del hombre la vio. Helen lo supo por cómo sus pupilas se dilataban, por la tensión con la que su mano se cerró en un puño, por el grito que lanzó antes de voltear el bolso y golpear al hombre que la había atraído hacia aquel lugar con la excusa de un casting. Y luego salir corriendo, ante la mirada estupefacta y furiosa del maniaco, que intentó encararse con la fantasma. Viendo aquellas manos asesinas aletear en el aire tan inútilmente como sus víctimas, Helen descubrió lo que era la risa espectral. Una carcajada tan fría que helaba la sangre, casi lo logró con el malvado. Pero fue una excepción. El deseo sádico del asesino era mayor al miedo que hubiese podido sentir aquel día, tanto a la policía como al espectro de su primera víctima.

Tras un breve lapso de espera, volvió a matar. Siguió extinguiendo vidas mientras su cuerpo aguantó, mientras fue lo bastante fuerte para aprisionar y violar jóvenes inocentes.

Ya de viejo falleció en la cama, sin arrepentirse nunca de unos crímenes a los que su dolida familia era completamente ajena.

Helen siguió languideciendo en su prisión, atormentándose con el recuerdo, viendo pasar las décadas. Los coches cambiaban, la pequeña carretera era ahora una salida de autovía bien asfaltada, las mujeres lucían pantalones ajustados, no llevaban sombreros y se teñían los cabellos de pintorescos colores; los hombres se dejaban pelo largo y se perforaban las orejas para lucir pendientes. Todo mutaba a su alrededor, menos la casa, menos ella, menos su imposibilidad de encontrar descanso o de, al menos, comunicarse con alguien. ¡Oh, sí!, uno pocos elegidos eran capaces de verla, sobre todo algún niño valiente que se acercaba al viejo caserón, o los vagabundos que se refugiaban a pasar las noches de tormenta. Pero se limitaban a contemplarla y salir corriendo, mientras que ella, desesperada, se evaporaba.

Un día algo rompió la monotonía, brindándole una brizna de esperanza. El caserón estaba tan ruinoso que el ayuntamiento decidió hacerse cargo de él antes de que uno de los curiosos que se adentraban entre sus quebradizos maderos se accidentase. Pusieron vigilancia, día y noche, mientras decidían qué hacer con aquella ruina. Helen se pasaba todo el tiempo en la vieja casa, espiando, esperando sentir la dulce noticia de que iban a restaurar hogar maldito. Tal vez entonces descubriesen su cuerpo y pudiese descansar. Pero la noticia no llegaba. Es más, cada vez cobraban más solidez los rumores que apuntaban a la demolición del edificio. Pocas posibilidades habría entonces de ser descubierta. Y entonces ¿qué sería? Un espectro sin hogar, un alma en pena sin descanso, ni dominios que encantar.

Pero esta vez la fortuna se alió con ella. Un día uno de los vigilantes que rondaban la casa, creyó ver a alguien colándose en el interior. Entró en la polvorienta vivienda pisando con cuidado sobre los carcomidos tablones. No localizó a nadie, pero quisieron los hados que los temores del ayuntamiento se cumpliesen en ese momento. Para horror del hombre uno de los maderos cedió y su pierna derecha se hundió hasta medio muslo. Cuando sus compañeros pudieron rescatarle, comprobaron que los tablones le habían provocado un feo corte en la pierna. Necesitaría puntos y unos días de reposo.

A la noche siguiente fue sustituido por una compañera, una joven.

Al principio la fantasma apenas le prestó atención, estaba ya cansada de ver rostros desconocidos cada día y casi no miraba los rostros. A fin de cuentas lo que le interesaba eran las noticias que pudiesen traer sus dueños. Pero el azar hizo que se topase frente a frente con la vigilante. Ambas se quedaron paradas, heladas. Era la primera vez que rompía la barrera en mucho tiempo. Pero lo más extraño no era eso, sino el rostro de la chica. El corte y el color del pelo variaban, también la complexión y la altura de la desconocida eran ligeramente diferentes. Pero, sus ojos, la forma de su cara… se parecía tanto a aquella muchacha a la que salvase de la muerte tanto tiempo atrás. Mostraba una expresión a medio camino entre el reconocimiento y la sorpresa. No podía ser ella, constató Helen, pero el parecido invitaba a pensar en una descendiente.

La voz de la vigilante corroboró sus esperanzas.

«Entonces, era cierto».

A Helen no le dio tiempo a contestar, se vio sacudida por un súbito temblor. Sin embargo, esta vez no era un acto reflejo del dolor, sino la reverberación de su alma siendo liberada. Era el temblor de un espectro encontrando, por fin, la paz.

De zoantropas, telerañas y antologías.

¡Madre mía! ¡Cómo está esto! No sé si usar el plumero o tirar directamente de katana para acabar con las telarañas y sus peludos habitantes.

Llevo ya unos meses sin pasarme por la cueva, en parte por la relativa escasez de noticias, en parte porque he estado con la cabeza en otros asuntos y no terminaba de encontrar un hueco para desempolvar, redecorar y cuidar este rincón tal y como se merece. Hoy toca, por fin, enfrentarse al octavo regimiento arácnido para daros una buena noticia. Mi relato ” Su verdadera piel”  pronto saldrá en una antología publicada por la editorial Café con Leche, especializada en género fantástico y erótico.

Se trata de una colección de relatos centrados en la exploración de distintas formas de zoantropía ( o distintos tipos de metamorfos), desde la perspectiva de un personaje femenino, que no huye de los toques eróticos ni del riesgo. Para saber cuál es el tipo de zoántropa escogido por esta humilde escritora o si, como de costumbre, la cabra ha tirado por el monte erótico festivo, deberéis hincarle el colmillo (o el pico, o las zarpas o los tentáculos succionadores…) al libro en cuestión.

En un principio, la idea es que salga publicando a finales de este mes de octubre, tanto en formato físico como digital.  De este modo,  se mantendrá mi tradición de publicar alguna historia de tintes macabros en Halloween (o Samhain, que para algo soy del norte de España).

El fallo completo lo podéis leer en el siguiente enlace. 

Ella también tiene ganas de leerse la antología

En próximos días iré editando con más información, tanto de este proyecto, como de otros que tengo en marcha. También prometo enmendarme y subir material nuevo al blog.