Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar II

Carla no se detuvo a pensar cuando vio que una puerta se abría a su izquierda, se lanzó dentro del hueco. Las piernas empezaban a temblarle, el resuello a faltarle. Si el Minotauro no la había atrapado todavía, era por disfrutar del placer de atemorizarla, estaba segura.

Lo que no resultó tan seguro fue su paso. En su ímpetu por ganar la habitación, la joven trastabilló e, incapaz de mantener el equilibro, cayó rodando por el suelo. Antes de tener ocasión de reaccionar, su perseguidor llegó a su altura. No se abalanzó sobre ella, se la quedó mirando con ojos tan duros como el azabache. No resoplaba; su respiración era calmada, pese a que el sudor cubría su cuerpo musculado de un modo que resultaría erótico en otras circunstancias.

«¡Erótico! ¡Qué mierda tienes en la cabeza, Carla!», se maldijo.

No tiene sentido correr. Sucumbirás, como las doncellas que me ofrecían en Creta.

La bestia se inclinó sobre ella, brindándole un perfecto plano medio de su faldilla, ya ligeramente abultada. Carla descargó una patada contra la entrepierna de su atacante; la dura puntera de la bota de corte montañero impactó de lleno y obligó al toro a doblarse sobre sí mismo, al tiempo que retrocedía. La actriz aprovechó la ocasión para ponerse en pie; apenas lo hubo hecho, se vio obligada a agacharse para evitar que los brazos del Minotauro la atraparan; rauda, lanzó la mano contra el rostro de su rival. Su intención era golpearlo; en su lugar, atrapó la anilla que el monstruo lucía en las fosas nasales. Un bramido hizo temblar la habitación cuando la muchacha tiró del abalorio, salpicando su propio rostro de la sangre de su perseguidor.

Sin dejar de bramar, la bestia se llevó las manos al morro herido. Sus sentidos parecían estar nublados por el dolor y Carla aprovechó la ocasión retomar la huida. No llegó a dar más que un par de pasos. En su ciega lucha no había percibido cómo una parte del suelo se deslizaba, y fue incapaz de desviar su camino antes de que su pie derecho diese una potente zancada en el vacío.

Sin llegar a tener ocasión siquiera de agitar los brazos para mantener el equilibrio, cayó rodando por un túnel antes de aterrizar sobre un polvoriento colchón de huesos y ropas raídas.

Ahora es cuando viene lo interesante —sonrió San José.

En la pantalla, Carla se incorporaba a cuatro patas y comenzaba a mirar a su alrededor, a familiarizarse con una cámara apenas iluminada, que servía a los amos del peculiar centro comercial de despensa y lugar donde acumular los huesos de las presas allí cazadas.

El barbudo contempló al prisionero. Su mirada era un pozo de curiosidad morbosa.

¿Le sorprende nuestra pequeña despensa? —El vigilante se limitó a asentir—. A todos os pasa. No te causará demasiada molestia. Los vampiros no le hacemos ascos a la sangre de rata y otros, como nuestra pareja de licántropos, se encargan de que la carne de nuestras víctimas no llegue a pudrirse. Además, a la mujer gata le pirran los roedores cocinados al vapor y aromatizados con un poco de romero. Equidna, nuestra mujer serpiente, los prefiere crudos, cuando le da por comer bajo su aspecto de bestia.

El vigilante empalideció, aunque no tardó en recuperar el color y el gesto de curiosidad.

Tranquilo, se irá acostumbrando a nuestras peculiaridades. Volviendo a lo de antes, no tendrá que preocuparse por el cuarto. No aparece en los planos que tiene el Ayuntamiento, al igual que el laberinto, y la mayor parte de las presas son mendigos o ladrones que se cuelan en el centro. A veces podemos cazar algún niño perdido, o a alguna choni borracha que se queda dormida en los baños, pero son las menos; siempre anteponemos la discreción y la seguridad al placer de la caza.

El vigilante hizo un asentimiento y adelantó su cuerpo en la silla todo lo que las ligaduras le permitían. En la pantalla, Carla seguía petrificada en medio del mar de esqueletos.

Carla tenía miedo de moverse. Los huesos se quebraban cada vez que lo hacía y un estremecimiento azotaba su columna en cada crujido. Sin hacer movimientos bruscos, miró a su alrededor. No parecía haber salida, aunque eso no le extrañaba; la celda era redonda y algunos grilletes pendían de las paredes. No había cuerpos en descomposición, pese a verse ropa en buen estado, solo huesos.

Conteniendo una arcada, se puso en pie y se desprendió del anorak de plumas. Entre el calor allí reinante y la tensión, empezaba a sudar como un jodido pollo. La camisa vaquera se le pegaba al cuerpo delatando la ausencia de sujetador y cierto endurecimiento en sus pezones.

¡Joder, Carla! ¿Ahora te pone cachonda que un puto hombre buey te persiga por un jodido laberinto? —masculló por lo bajo.

Lo cierto era que se sentía un poco excitada. Sería cosa de la adrenalina, o tal vez algún cómplice del tarado de los cuernos le había echado algo en su botellín de agua. Tampoco importaba demasiado eso ahora, solo salir de allí y escurrirse del cornudo. Raro era que no estuviese ya allí abajo, demostrándole su estado de celo o su cabreo por haberlo desnarigado.

Procurando pisar con cuidado, estudió el cuarto. Cerca de la pared, enterrado entre huesos demasiado pequeños para pertenecer a un adulto, localizó un hierro, parecido a los que se usaban para atizar el fuego en las chimeneas. Carla dudó unos segundos. Resultaba demasiado oportuno encontrarse allí con semejante arma. Apestaba a trampa. Pero qué podía ocurrirle. ¿Que estuviese electrificado y ella terminase convertida en asado de aspirante a actriz?

Tampoco era tan mal final, se dijo, antes de tomar el arma, que demostró ser un inofensivo pedazo de hierro. No por ello dejaba de ocultar una nueva trampa. Al poco de hacerse Carla con él, una puerta se abrió en una de las paredes más lejanas para dar paso al Minotauro. Lejos de bufar o parecer furioso, sonreía satisfecho, sin moverse del umbral. Carla tomó el atizador con dos manos, colocándolo paralelo al cuerpo, y cargó contra su aspirante a secuestrador. Sin oposición por parte de su rival, embistió en el estómago, lanzándolo de espaldas contra el suelo, antes de caer ella también por culpa de la inercia.

Sin saber cómo ni ser consciente de haberse movido, se encontró sentada a horcajadas sobre el Minotauro, mientras este, ligeramente elevado sobre sus codos la desnudaba con la mirada. Como en un sueño, Carla recordó que aún tenía el hierro y lo elevó sobre su cabeza, dispuesta a terminar el juego reventando la cabeza de aquella maldita bestia.

San José miraba tenso la pantalla, ajeno a la presencia del vigilante atado a la silla. No temía por la integridad física de su amigo. Minos podía dejar inconsciente a Carla con una sola mano antes de que ella llegase a golpear. Pero la chica ya tendría que haber entrado en celo. Afrodita, cachonda ella, había brindado a Minos una irresistible capacidad de seducción; todas las doncellas que le ofrecieran como tributo habían caído rendidas a sus pies y aceptado formar parte de un harén subterráneo. Al menos, hasta que el capullo de Teseo las liquidó, siglos antes de que Minos se uniese a la familia monstruosa.

El barbudo chasqueó la lengua preocupado. En la pantalla Carla seguía con el brazo en el aire.

¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué era incapaz de descargar el golpe o de sostener la mirada de aquella maldita bestia inmunda?

«Nada de inmunda» Se sorprendió pensando.

Volvió de nuevo a contemplar los ojos negros del Minotauro. Un calor mayor que el que ya la invadía se adueñó de su cuerpo; no era la excitación de la lucha, sino puro celo animal. Carla arrojó el hierro a un lado, con fuerza suficiente para hacerlo rebotar contra las paredes del pasillo, y mudó la posición para quedar situada sobre la entrepierna del hombre toro. Sorprendiendo al lado más pragmático de su ser, no pudo contener un ronroneo al notar la presión de un imponente mandoble contra la tela de sus vaqueros.

El Minotauro sonrió, convertida su mirada en destilado de lascivia.

Y eso aún no es nada. Cuando se me pone a cien, puedo partir una tableta de turrón del duro con ella.

Carla se relamió los labios, mientras acariciaba sus propios senos. Las manos de la joven, se sumergieron en el escote de la camisa.

Eso tendrás que demostrármelo —retó a su amante, antes arrancarse la blusa de un tirón.

Parece que él tenía razón —sonrió San José.

En la pantalla, Minos había tendido a Carla sobre el suelo de piedra y tras bajarle los vaqueros, se la poseía como un toro poseería a una vaca. La muchacha no solo parecía complacida, sino que exigía más en cada carga. Confiaba en que mañana se tomase igual de bien el pequeño requisito de ser transformada en monstruo inmortal para poder convertirse en miembro de pleno derecho de la familia y compañera eterna de Minos. Además, por supuesto, de Virgen María en próximos belenes vivientes.

El vigilante se limitó a asentir, sin desviar la mirada de la pantalla.

¿Quiere que cambie a otro canal o…?

San José no terminó su oferta. La dilatación de la bragueta del segurata ya lo decía todo.

Veo que se va amoldando a su nuevo puesto de trabajo. Aún no puedo desatarlo, pero pronto podrá librarse de la mordaza. Yo he de salir de caza. Pero a Irene, nuestra mujer gata no le ha pasado desapercibida cómo la miraba esta tarde mientras ella trabajaba en la tienda de lencería y está deseando tomar una buena ración de leche. Si la deja contenta, tal vez en un futuro pueda hacer algo más con ella; hace tiempo que busca a un compañero al que convertir. Aunque, se lo advierto, no haga chistes sobre «gatitas» si no quiere terminar en la despensa.

Anuncios

Relato navideño: “Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar” I.

Relato publicado originalmente en el Especial Navidad 2014, de Vuelo de Cuervos. 

 

***

 

Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar

 

Lamento tener que tenerle atado, pero hemos comprobado que es lo mejor para dar la bienvenida a los guardias nuevos.

Las palabras resonaban cual eco de ultratumba en la sala de control. Amordazado y atado a la silla giratoria, temblaba un vigilante jurado, de unos treinta años; su camisa estaba abierta y dos arroyuelos de sangre paralelos discurrían por su pecho. A su lado se relamía el mismísimo San José.

No se preocupe, se acostumbrará a esto. Todos lo hacen. Además, los chicos buenos siempre tienen sus privilegios —sonrió.

La mirada del aterrorizado vigilante estaba clavada en una de las pantallas; mostraba un ascensor cuya única ocupante era una muchacha de gesto cansado y belleza etérea, cargada con una pesada mochila. Los otros monitores permanecían a oscuras, pero pronto mostrarían un lugar desconocido para quienes no compartían los secretos del Centro Comercial La Cigua.

Ya se ha bajado del ascensor. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estaba en un piso distinto. No tiene por qué hacerlo, bien es cierto. Ella pulsó el botón del parking cero, fui yo quien la mandó al laberinto. ¿Vio cuando presioné antes un botón del panel de control? ¿No? Bueno, ya se lo enseñaré más adelante, a veces tendrá que ser usted quien desvíe a alguna víctima al laberinto. Pero ahora, mejor me dejo de cháchara. Disfrutemos del espectáculo.

Carla se detuvo al salir de la zona de ascensores. No estaba en el parking, al menos no en el que ella había dejado el coche. Este también estaba identificado con líneas rojas, pero parecía mucho más pequeño y, además, estaba vacío. A no ser que alguien hubiese tenido la extraña idea de robar un Ibiza que parecía haber sufrido un par de guerras y una tormenta de arena. Sería la culminación perfecta a un día de mierda. Le habían pagado bien por hacer de Virgen María en aquel belén viviente, bien era cierto, pero la atmósfera del centro comercial (la mayor aberración arquitectónica del Principado desde la Ñocla que Calatrava diseñara para Oviedo), era casi tan deprimente como la de un tanatorio. Además estaba el tipo raro que había hecho de buey; no se había quitado la máscara en todo el tiempo. Tampoco había cruzado palabra con nadie. San José le había explicado que era un actor de método, pero a ella le había parecido un puto tarado.

En fin, fuera que se había confundido de planta, fuera que le habían robado la tartana, todo se solucionaba regresando al ascensor. Al dar vuelta atrás se encontró con una sorpresa. La puerta estaba cerrada y no se abría por más que ella presionase o accionase la manilla.

«¡Cago´n mi manto! ¡Al puto tuerto que no deja de mirarme voy a cortarle los cojones!»

Mírela, ya se ha cansado de hacer monerías delante de la cámara —sonrió San José.

Un gemido se escapó de la mordaza del vigilante cuando Carla se adentró por la única salida aparente de la trampa donde había caído.

No me distraiga ahora, hombre. Tengo que accionar correctamente las compuertas o si no el juego no sería igual de bueno. Allá vamos.

Apenas unos segundos después, un grito de mujer reverberó en la estancia. San José sonrió, pero no comentó nada al aterrorizado vigilante. En la pantalla, Carla se acercó a la puerta y comenzó a golpearla y sollozar pidiendo ayuda. En eso, no era nada original. Esperaba que la muchacha demostrase el potencial que Minos había visto en ella, mientras espiaba, a través de las cámaras, la tienda friki donde la muchacha había estado trabajando parte del verano. Los colmillos puntiagudos se asomaron entre los labios del barbudo cuando la joven cayó el suelo, rotos su voz y su ánimo.

Pronto tendría que volver a reaccionar. El bueno de Minos se merecía ese regalo navideño: una compañera digna de él y la familia monstruosa. No poder moverse más que bajo tierra o por la sala de control, salvo en cuando tenía que disfrazarse de buey en el belén o algún teatrillo, era duro y el pobre nunca se quejaba. Incluso con Carla, había tenido que ofrecerse San José a contratarla como Virgen María y montar la caza. Al fin y al cabo, tampoco corrían demasiado riesgo. Si no cumplía con las expectativas, les serviría de banquete de Nochebuena.

Ahora es cuando nuestro amigo interviene. Pronto se lo presentaré. Le gusta acercarse a la sala de control, así charla con alguien. El pobre no puede hacerse pasar por humano. No es tan fiero como parece, ya lo verá, solo acuérdese de no hacer bromas sobre hamburguesas de buey.

»Mírelo, ahí está, pero ella no lo ha visto. ¿Ha visto qué presencia? Los demás lo intentamos, pero nadie logra emular su sentido del dramatismo cuando acechamos a alguna presa. Se le notan los siglos de experiencia desde que empezó en aquel laberinto en Creta.

Carla se giró, aún caída en el suelo, al sentir unos pasos amortiguados a su espalda. Algo imposible en aquella habitación por completo cerrada. Y sin embargo… Carla dio tal salto que quedó incorporada sobre sus pies. En la pared de la derecha se había abierto una puerta y, desde su umbral, la contemplaba el actor que se enfundara el piojoso pijama de buey en el belén viviente. Ahora no vestía semejante disfraz, tampoco vaqueros gastados y un jersey de cuello alto. En realidad, estaba desnudo, salvo por una especie de faldilla corta dorada y la máscara.

Hola, Carla —saludó el hombre toro.

Al contrario de lo esperado, las palabras no brotaron como un eco a través de unos labios yertos de careta. Nada en la faz taurina era rígido; las cejas se enarcaban festejando la ironía macabra de la situación, la anilla que adornaba la nariz se mecía al compás de una respiración serena… los labios formaban ahora una sonrisa cruel, mientras el Minotauro se acercaba a ella.

Carla se sentía incapaz de moverse, de gritar siquiera. No había salida. Incluso la puerta por la que entrara su secuestrador se había cerrado. Y el monstruo la miraba con una falta de pudor indecorosa hasta para un baboso de discoteca.

¿No puedes moverte? Vamos, que soy el Minotauro, no Medusa —la risa del hombre toro sonó como un bramido.

Pero ni siquiera su reverberación logró reavivar por completo a Carla. Los labios de la muchacha estaban pegados; sus manos no dejaban de jugar con uno de los tirantes de su mochila al mismo tiempo que intentaba forzar a sus piernas a moverse. Por el rabillo del ojo vio cómo, tras emitir un leve zumbido, otra puerta empezaba a elevarse en la pared izquierda. Tenía que ser una trampa, otro juego; sin embargo…

El Minotauro alargó el brazo en su dirección. Cuando la rozó, el cuerpo petrificado de Carla reaccionó antes de que llegase a hacerlo el cerebro confuso; la bolsa salió disparada contra el torso de la bestia al tiempo que las piernas de la joven comenzaban a alejarla hacia la puerta. Sintió los dedos del secuestrador rozando sus cabellos, pero no llegaron a atraparla, antes de que se adentrase en el nódulo de un laberinto.

Si la anterior era una habitación sin aparentes salidas, esta era una sala con no menos de cuatro. Al sentir un bramido a su espalda, Carla se lanzó por el pasillo derecho, el más cercano a ella. A los pocos pasos, empezó a arrepentirse. Estaba tenuemente iluminado y parecía no tener fin. Aun así, continuó corriendo, alejándose de los bramidos, que parecían reírse de ella.

En la sala de control, el falso San José sonreía. Parecía que esta vez Minos no se había confundido al afirmar que la aspirante actriz que había trabajado un par de fines de semana en la tienda de discos tenía garra.

Toda una fiera. ¿Verdad? —comentó al vigilante, todavía amordazado y atado a la silla.

En los ojos del hombre, el miedo empezaba a dar paso a cierto interés morboso. Eso estaba bien. Por mucho que pudiesen sobornar a la policía, las desapariciones de empleados eran problemáticas. El centro les había dado una buena cobertura los miembros de la cooperativa y a otros seres como ellos, que habían alquilado locales allí para sus negocios tapadera. La discreción era la clave de la supervivencia, por eso también dejaban tranquilos a los humanos que se habían instalado en el centro comercial. Por eso y por el dinero, admitió; aun conservando muchos asociados fortunas antiguas, el mantenimiento del complejo secreto resultaba costoso.

San José sacudió la cabeza y devolvió la atención a la pantalla. Era momento de dar otra oportunidad a la presa.

Instinto Animal

IMG_0089

Después de más  de un mes sin actualizar el blog (el NaNoWriMo me tuvo secuestrada. Ya hablaré en otra entrada de la experiencia de este año), aparco hoy un poco la escritura de mi última novela para presentaros Instinto Animal, una de las últimas antologías donde he participado, y hablaros de paso un poco sobre mi aportación a la misma, el relato “Su verdadera piel”.

La escritura es un proceso peculiar, culpabilicemos de ello a las musas, los vericuetos de nuestra mente o a los caprichos de los antihistamínicos, la inspiración es una criatura caprichosa. A veces cuanto más peleamos por intentar sacar adelante una historia, más nos esquiva esta; otras una noche de insomnio te da para idear mentalmente un borrador entero de un relato. Hay tramas que te salen de un tirón y no te sueltan ni aunque intentes alejarte de ellas (me está pasando con mi actual novela gracias al empujón del NaNo) y otras que necesitan ser escritas en varias etapas, a veces hasta separada con un año de diferencia.  Y luego estás las historias peleonas; las que te gritan “¡Cuéntame, capulla!”, pero no terminan de encontrar la forma adecuada, especialmente si tienen la desgracia de caer en manos de una jardinera literaria.  

“Su verdadera piel” es una de esas historias rebeldes. La idea base llevaba tiempo en los cajones de mi mente, pues jugaba con elementos habituales en mis escritos: ritos ancestrales, terror, erotismo, este toque pulposo a lo Werid Tales o publicaciones similares tan común en mis últimas historias. No fue hasta hace un año y un mes (un mes y tres días para ser más precisos) que intenté escribirla por primera vez. La historia no era exactamente la que ha terminado siendo seleccionada para Instinto Animal, ni en título ni en desarrollo, sino una trama de brujería y pueblos del Estados Unidos de los años 40 cargados de secretos y puertas a otras realidades, titulada “Terror en Wizard Creek”.  Tampoco iba a ser un relato, sino mi novela para el NaNo del año pasado, la primera historia larga protagonizada por Liz O´Hara, intrépida detective de Hollywood, ex actriz de serie B y cazadora de monstruos, más dura que el mismísimo Dan Turner. Empecé la cosa con ganas, incluso con esquemas y algunas escenas ya planificadas, cosa poco habitual en mí, pero, sin llegar a alcanzar el ecuador del NaNo, o el de la propia historia, empecé a darme cuenta de que algo no funcionaba, de que la evolución natural de la trama y el consiguiente final la convertían en una aventura que no podía estar protagonizada por mi detective favorita (Con permiso de Diana Hunt). Y la cosa se quedó cogiendo polvo en el cementerio de las ideas varadas, hasta que a principios de este año decidí obligarme a retomarla en plena sequía de ideas (o más bien apatía tras el palo que supuso la tomadura de pelo de Libralia). 

El resultado de todo eso fue la primera versión de “Su verdadera piel”, una historia que me gustaba, pero en la que sentía que faltaba “algo”, aunque no terminaba de ver qué era. El estar atravesando una de esas etapas en los que los sinsabores por elementos externos a tu propia habilidad (o torpeza) para crear historias te hacen plantearte si merece la pena seguir dedicándote a esto, o mejor de centras por completo en tejer bichejos de ganchillo, tampoco ayudaba a afinar mi disposición mental para pulir ideas. Aun así, como a terca no me gana ni una recua de mulas, seguí puliendo la historia, dotándola de una nueva mitología, mientras esperaba la llegada del concurso apropiado. No era algo demasiado fácil, dada la carga erótica/tenebrosa del relato. Un día los hados cruzaron en mi camino un concurso que parecía hecho para mi historia. Licantropía y otras conversiones zoomorfas vistas desde una perspectiva femenina,  pocos remilgos con el erotismo, según se intuía en las bases … Además, estas estaban redactadas con un tono que bien parecía inspirado por una musa a la que la mía le hubiese pasado uno de sus petas de ficus. 

Y para allí se fue mi “bicha”, donde encontró una buena acogida y también un ojo crítico que ayudó a afinar por completo el relato. Un año y unas semanas después de haber renunciado a escribir aquella “Terror en Wizard´s Creek”, un hermanito pequeño, surgido de la mezcla adecuada entre  elementos interesantes de la historia fracasada y otros nuevos, está ahora en mis manos, como miembro de una antología con muy buena pinta. 

Podéis encontrar más información de “Instinto animal” en la página de la editorial Café con Leche. 

También podéis pillar la antología a través de Amazón. En formato papel, por menos de 15 euros, hablamos de una antología que supera las 300 páginas, y en digital.