Relato navideño: “Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar” I.

Relato publicado originalmente en el Especial Navidad 2014, de Vuelo de Cuervos. 

 

***

 

Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar

 

Lamento tener que tenerle atado, pero hemos comprobado que es lo mejor para dar la bienvenida a los guardias nuevos.

Las palabras resonaban cual eco de ultratumba en la sala de control. Amordazado y atado a la silla giratoria, temblaba un vigilante jurado, de unos treinta años; su camisa estaba abierta y dos arroyuelos de sangre paralelos discurrían por su pecho. A su lado se relamía el mismísimo San José.

No se preocupe, se acostumbrará a esto. Todos lo hacen. Además, los chicos buenos siempre tienen sus privilegios —sonrió.

La mirada del aterrorizado vigilante estaba clavada en una de las pantallas; mostraba un ascensor cuya única ocupante era una muchacha de gesto cansado y belleza etérea, cargada con una pesada mochila. Los otros monitores permanecían a oscuras, pero pronto mostrarían un lugar desconocido para quienes no compartían los secretos del Centro Comercial La Cigua.

Ya se ha bajado del ascensor. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estaba en un piso distinto. No tiene por qué hacerlo, bien es cierto. Ella pulsó el botón del parking cero, fui yo quien la mandó al laberinto. ¿Vio cuando presioné antes un botón del panel de control? ¿No? Bueno, ya se lo enseñaré más adelante, a veces tendrá que ser usted quien desvíe a alguna víctima al laberinto. Pero ahora, mejor me dejo de cháchara. Disfrutemos del espectáculo.

Carla se detuvo al salir de la zona de ascensores. No estaba en el parking, al menos no en el que ella había dejado el coche. Este también estaba identificado con líneas rojas, pero parecía mucho más pequeño y, además, estaba vacío. A no ser que alguien hubiese tenido la extraña idea de robar un Ibiza que parecía haber sufrido un par de guerras y una tormenta de arena. Sería la culminación perfecta a un día de mierda. Le habían pagado bien por hacer de Virgen María en aquel belén viviente, bien era cierto, pero la atmósfera del centro comercial (la mayor aberración arquitectónica del Principado desde la Ñocla que Calatrava diseñara para Oviedo), era casi tan deprimente como la de un tanatorio. Además estaba el tipo raro que había hecho de buey; no se había quitado la máscara en todo el tiempo. Tampoco había cruzado palabra con nadie. San José le había explicado que era un actor de método, pero a ella le había parecido un puto tarado.

En fin, fuera que se había confundido de planta, fuera que le habían robado la tartana, todo se solucionaba regresando al ascensor. Al dar vuelta atrás se encontró con una sorpresa. La puerta estaba cerrada y no se abría por más que ella presionase o accionase la manilla.

«¡Cago´n mi manto! ¡Al puto tuerto que no deja de mirarme voy a cortarle los cojones!»

Mírela, ya se ha cansado de hacer monerías delante de la cámara —sonrió San José.

Un gemido se escapó de la mordaza del vigilante cuando Carla se adentró por la única salida aparente de la trampa donde había caído.

No me distraiga ahora, hombre. Tengo que accionar correctamente las compuertas o si no el juego no sería igual de bueno. Allá vamos.

Apenas unos segundos después, un grito de mujer reverberó en la estancia. San José sonrió, pero no comentó nada al aterrorizado vigilante. En la pantalla, Carla se acercó a la puerta y comenzó a golpearla y sollozar pidiendo ayuda. En eso, no era nada original. Esperaba que la muchacha demostrase el potencial que Minos había visto en ella, mientras espiaba, a través de las cámaras, la tienda friki donde la muchacha había estado trabajando parte del verano. Los colmillos puntiagudos se asomaron entre los labios del barbudo cuando la joven cayó el suelo, rotos su voz y su ánimo.

Pronto tendría que volver a reaccionar. El bueno de Minos se merecía ese regalo navideño: una compañera digna de él y la familia monstruosa. No poder moverse más que bajo tierra o por la sala de control, salvo en cuando tenía que disfrazarse de buey en el belén o algún teatrillo, era duro y el pobre nunca se quejaba. Incluso con Carla, había tenido que ofrecerse San José a contratarla como Virgen María y montar la caza. Al fin y al cabo, tampoco corrían demasiado riesgo. Si no cumplía con las expectativas, les serviría de banquete de Nochebuena.

Ahora es cuando nuestro amigo interviene. Pronto se lo presentaré. Le gusta acercarse a la sala de control, así charla con alguien. El pobre no puede hacerse pasar por humano. No es tan fiero como parece, ya lo verá, solo acuérdese de no hacer bromas sobre hamburguesas de buey.

»Mírelo, ahí está, pero ella no lo ha visto. ¿Ha visto qué presencia? Los demás lo intentamos, pero nadie logra emular su sentido del dramatismo cuando acechamos a alguna presa. Se le notan los siglos de experiencia desde que empezó en aquel laberinto en Creta.

Carla se giró, aún caída en el suelo, al sentir unos pasos amortiguados a su espalda. Algo imposible en aquella habitación por completo cerrada. Y sin embargo… Carla dio tal salto que quedó incorporada sobre sus pies. En la pared de la derecha se había abierto una puerta y, desde su umbral, la contemplaba el actor que se enfundara el piojoso pijama de buey en el belén viviente. Ahora no vestía semejante disfraz, tampoco vaqueros gastados y un jersey de cuello alto. En realidad, estaba desnudo, salvo por una especie de faldilla corta dorada y la máscara.

Hola, Carla —saludó el hombre toro.

Al contrario de lo esperado, las palabras no brotaron como un eco a través de unos labios yertos de careta. Nada en la faz taurina era rígido; las cejas se enarcaban festejando la ironía macabra de la situación, la anilla que adornaba la nariz se mecía al compás de una respiración serena… los labios formaban ahora una sonrisa cruel, mientras el Minotauro se acercaba a ella.

Carla se sentía incapaz de moverse, de gritar siquiera. No había salida. Incluso la puerta por la que entrara su secuestrador se había cerrado. Y el monstruo la miraba con una falta de pudor indecorosa hasta para un baboso de discoteca.

¿No puedes moverte? Vamos, que soy el Minotauro, no Medusa —la risa del hombre toro sonó como un bramido.

Pero ni siquiera su reverberación logró reavivar por completo a Carla. Los labios de la muchacha estaban pegados; sus manos no dejaban de jugar con uno de los tirantes de su mochila al mismo tiempo que intentaba forzar a sus piernas a moverse. Por el rabillo del ojo vio cómo, tras emitir un leve zumbido, otra puerta empezaba a elevarse en la pared izquierda. Tenía que ser una trampa, otro juego; sin embargo…

El Minotauro alargó el brazo en su dirección. Cuando la rozó, el cuerpo petrificado de Carla reaccionó antes de que llegase a hacerlo el cerebro confuso; la bolsa salió disparada contra el torso de la bestia al tiempo que las piernas de la joven comenzaban a alejarla hacia la puerta. Sintió los dedos del secuestrador rozando sus cabellos, pero no llegaron a atraparla, antes de que se adentrase en el nódulo de un laberinto.

Si la anterior era una habitación sin aparentes salidas, esta era una sala con no menos de cuatro. Al sentir un bramido a su espalda, Carla se lanzó por el pasillo derecho, el más cercano a ella. A los pocos pasos, empezó a arrepentirse. Estaba tenuemente iluminado y parecía no tener fin. Aun así, continuó corriendo, alejándose de los bramidos, que parecían reírse de ella.

En la sala de control, el falso San José sonreía. Parecía que esta vez Minos no se había confundido al afirmar que la aspirante actriz que había trabajado un par de fines de semana en la tienda de discos tenía garra.

Toda una fiera. ¿Verdad? —comentó al vigilante, todavía amordazado y atado a la silla.

En los ojos del hombre, el miedo empezaba a dar paso a cierto interés morboso. Eso estaba bien. Por mucho que pudiesen sobornar a la policía, las desapariciones de empleados eran problemáticas. El centro les había dado una buena cobertura los miembros de la cooperativa y a otros seres como ellos, que habían alquilado locales allí para sus negocios tapadera. La discreción era la clave de la supervivencia, por eso también dejaban tranquilos a los humanos que se habían instalado en el centro comercial. Por eso y por el dinero, admitió; aun conservando muchos asociados fortunas antiguas, el mantenimiento del complejo secreto resultaba costoso.

San José sacudió la cabeza y devolvió la atención a la pantalla. Era momento de dar otra oportunidad a la presa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s