Con la sangre del inocente, regresarán. Segunda parte

Con la sangre del inocente, regresarán

Parte II

La catedral de la torre y media. Así se conocía tanto dentro como fuera de la región al templo más importante de la ciudad. Erigida en la Edad Media sobre los restos de una iglesia románica, se decía que bajo ella aún se escondían los restos de un primer lugar de culto de origen pagano. Aunque los expertos habían descartado tal teoría, calificándola de «Magufada para atraer turistas esotéricos». Tampoco parecían encontrar los sabios explicación al destino de la torre izquierda. Un siglo antes, parte de sus cimientos habían cedido un día de jueves santo; en al menos dos ocasiones registradas, un rayo había destruido la aguja y parte de la cubierta. Sus muros estaban recorridos por infinidad de cicatrices y su estado había animado al arzobispado a prohibir visitarla.

¿Había lugar más lógico para albergar el mal? Ángeles lo dudaba. Avanzó, junto a un puñado de iguales, hacia el lateral de la torre, una callejuela estrecha y oscura que ni siquiera oía a meados de fin de semana. Pegado a la torre, languidecía un mísero montón de hierbajos, antaño llamado jardín. La verja que lo custodiaba estaba abierta y un montón de tierra se acumulaba al lado de una trampilla redonda. El interior de la misma estaba decorado con relieves escapados de su peor pesadilla.

Mientras descendía por los estrechos escalones en espiral, podía sentir un manto oscuro rodeándola, vertiendo sanguinarias palabras de tentación en sus oídos, para luego permear su corazón. Con cuidado, sumergió la diestra en el bolsillo del gabán y cerró los dedos en torno al medallón. Sintió las runas clavándose en su piel como un hierro encendido, contuvo un gemido, mientras sentía cómo su propia voz le recordaba su misión de esa noche.

Pero no erradicaba por completo al lado sombrío que le permitía mezclarse entre aquellos seres.

Notaba la amenaza de la oscuridad mientras dejaba atrás las escaleras y recorría el estrecho pasillo iluminado por teas y decorado con relieves de seres espantosos, humanoides deformes con rostro de bestia y dientes afilados; lagartos alados devoradores de niños, krakens…

Los dioses malignos primigenios. Los que fueron encerrados cuando la sangre de su elegido corrió sobre el sello de Erthera, antes de que sus seguidores crucificasen al primer cazador de monstruos, llamado Jesús por los cristianos. Podía sentir sus palabras, sus susurros tentadores, como si supiesen que su corazón estaba en esos momentos a medio camino entre la Oscuridad y la Luz, entre el Caos y Equilibrio, entre Erthera y sus hijos y Lodaroch. Su mano volvió a atrapar el medallón, sin apretarlo demasiado por temor a que la carne llegase a quemarse y a delatar con su aroma la dualidad de su alma.

Cuando por fin accedió al lugar del sacrificio, se vio invadida por una sensación a medio camino entre el horror y la complacencia. Tras un mar de figuras embozadas, un hombre pendía del techo con los brazos en cruz; en otras circunstancias, podría haber resultado atractivo, pues era fuerte, sin ser excesivamente musculado; su cabello castaño oscuro ligeramente ondulado y la barba bien cuidada le daban un aire varonil al estilo de los héroes de las novelas pulp. Por desgracia, toda esa apostura se ahogaba en la expresión de horror de su mirada, en los besos de fusta abiertos en su pecho.

Aquel hombre era la puerta y la llave para el resurgir de Erthera y sus hijos, guiados por la mano de un nuevo elegido.

Ángeles pensaba en todo eso, mientras sus labios se unían al canto en honor de los viejos dioses. En lo más profundo de su corazón, aún sentía la voz de su verdadero señor, intentando guiarla por el camino de la luz y el Equilibrio. Sus palabras eran un eco distante, ahogado por una neblina oscura.

«Que mi tozudez me guíe por el camino del bien», se recordó. No era una acólita, sino una profesora universitaria capaz de romper los corazones de sus alumnos; también una cazadora de monstruos. La herramienta del bien, no la esclava del mal, se recordaba, entonando aún el canto, mientras veía cómo el líder de los cultistas desenvainaba un cuchillo, oculto bajo su túnica.

El golpe del silencio fue peor que el de los látigos. Aquellos solo hablaban de dolor; el mutismo gritaba «¡muerte!». Y lo siguió susurrando sin palabras durante una torturante eternidad. Los arroyos de sangre lamían con macabra calidez el cuerpo petrificado de Luis. Solo sus párpados parecían conservar la vida; traicioneros, pugnaban por abrirse y privarle del efímero consuelo de no contemplar a sus verdugos. Dos rendijas se abrieron para obligarlo a entrever el brillo de un largo cuchillo con un mango pura filigrana infernal. Los seis engendros que lo flagelaran se situaban ahora en el perímetro del ojo de piedra. Más allá, la marea negra e inmóvil, tan silenciosa como solemne, lo atrapó bajo su hechizo. Deseaba apartar la mirada de los acólitos, pero era incapaz de obligar a su cabeza a girarse o de cerrar aquellos párpados traidores.

De pronto, los embozados descruzaron los brazos del pecho, las manos emergieron de las mangas de las túnicas, pálidas, escamosas, rojas, deformadas… todas por completo inhumanas. Como un solo ser de cromatismo oscilante, se alzaron con las palmas vueltas hacia el calvario, los dedos extendidos, por encima de los hombros de sus compañeros, formando un paisaje más siniestro que un bosque de empalados. Un nuevo susurro comenzó a mecer la estancia mientras el miedo obligaba a los párpados de Luis a separarse un poco más. El líder de los dementes avanzó hacia el centro del círculo de piedra, con una mueca satisfecha deformando aún más su rostro monstruoso. Alzó el cuchillo sobre su cabeza, antes de depositar un beso en la hoja.

—Que la sangre del hijo de la ramera sagrada despierte a nuestra señora Erthera, para que, así, ella y sus hijos impongan su reinado sobre la Tierra.

La hoja curva comenzó a abrir un surco vertical en el pecho de Luis, mientras el canto se iba haciendo más frenético, también, aunque eso podía ser ilusión de sus sentidos, el suelo de la celda semejaba vibrar bajo los golpes de una fuerza desconocida. Los ojos del hombre tuvieron la misericordia de cerrarse, al tiempo que la lluvia carmesí caía sobre el suelo y el cuchillo proseguía su lento descenso. Dos lágrimas solitarias se escaparon en perfecta sincronía por el rabillo de cada uno de sus ojos. Casi podía sentir el beso pútrido de la muerte.

El estallido del caos.

O tal vez el tronar de una pistola.

Luis no podía saber qué fue lo primero, si fue el disparo, el sentir cómo la hoja del cuchillo dejaba de horadar su pecho o si abrió primero los ojos, pero, de pronto, todo habia cambiado. Los encapuchados se habían convertido en una marea embravecida que centraba sus embates contra algún punto cercano a la entrada del recinto. El terror deformaba el rostro de su líder, que alternaba su mirada entre el cuchillo caído en el suelo y su mano ensangrentada. Olvidados tal vez sus látigos, los engendros del perímetro arquearon sus piernas y engarfiaron sus manos, como fieras aterradas dispuestas a abalanzarse sobre su presa. El torturado no tardó en descubrir la razón del pánico. Una figura cortaba la marea negra como un moderno Moisés armado con dos cuchillos que más parecían cortas cimitarras. Como si fuesen piezas de dominó, los acólitos iban cayendo bajo el acero de aquella guerrera, siniestra y sensual a un tiempo, que avanzaba hacía el altar con una fuerza inexorable.

Aunque tal vez no fuese lo bastante rápida.

El líder había recuperado el cuchillo ritual y sonreía con expresión triunfante. Al menos hizo tal cosa hasta que su mirada se desvió hacia el suelo. Allí a pocos centímetros del punto donde la sangre de Luis teñía de carmesí el iris del gran ojo, se extendía una pequeña laguna rojiza, alimentada por la herida del monstruo. Este, para sorpresa de Luis, recuperó su capa y tras rasgarla y vendar su brazo, procedió a desecar aquel pequeño depósito de sangre corrompida; mientras tanto, la vida de su torturado seguía lloviendo sobre otros puntos del sello. Cuando el líder cultista arrojó a un lado la improvisada bayeta, un pequeño agujero habia comenzado a abrirse en el centro del relieve, desvelando un pozo de oscuridad en el que reverberaba el eco de unos gruñidos.

Luis desvió la mirada hacia su salvadora. La guerrera parecía alejarse más del altar a medida que avanzaba. Una risa festejante retumbó en la mazmorra, mientras el hueco se iba ensanchando. El supremo sacerdote se alejó el círculo y se apostó en una de las esquinas de la estancia, la mano en torno a una palanca que no llegó a accionar. Eso no era un consuelo. Un tentáculo se escapó del pozo y se cernió en torno a la pierna derecha del sacrificado; tiró. El joven gritó mientras sus hombros gemían de dolor y su mirada se cruzaba con la de su salvadora, congelando el tiempo durante unos instantes.

El agujero era ya tan grande como para dejar pasar el cuerpo de un hombre o para envolver a este con un aliento de fiera hambrienta. El sacerdote oscuro accionó la palanca. Luis sintió cómo los grilletes dejaban de sujetar sus muñecas. Durante unos segundos el tiempo se convirtió en una danza caprichosa, estirándose y encogiéndose como el fuelle del acordeón de un músico embriagado. El joven se sintió flotar en el aire, un tirón, vio a la desconocida alzar la mirada en su dirección, dos embozados saliendo despedidos en una aspersión de sangre. Sintió la negrura del pozo lamiendo las plantas de sus pies un segundo antes de que el tentáculo desasiese su pierna y algo golpease contra su pecho; dos antes de caer, semiaturdido, contra una esquina de la mazmorra.

A través de un velo, contempló el rostro monstruoso y sensual de su salvadora, tan ensangrentado como su propio torso, mientras un coro de gruñidos y maldiciones los rodeaba desde la distancia.

—¿Ja… Jane? —preguntó por alguna extraña jugarreta de su mente.

—Te equivocas de chica, Tarzán —la guerrera lanzó algo contra su pecho, un medallón.

Mientras lo tomaba entre sus dedos insensibles, Luis vio que la palma de la mano de la mujer parecía quemada.

—Ponte eso al cuello para espantar a los trolls.

Dicho aquello, se lanzó como una exhalación contra el líder sectario. Los dos se enzarzaron en una pelea de manos desnudas mientras los acólitos supervivientes, menos de media docena, se acercaban a Luis. Sin atacarlo, cada vez lo intentaban, el talismán que sostenía en sus manos temblorosas los hacía retroceder. Mientras tanto el suelo no dejaba de temblar, en medio de un eco de gritos y gruñidos. Desde su refugio podía ver cómo los dos luchadores habían caído al suelo y rodaban por este muy cerca del agujero, que parecía haber detenido su crecimiento. En dos ocasiones el tentáculo, herido por un cuchillo, intentó cerrarse sobre los contendientes, pero se apartó de ellos con la misma celeridad que si hubiesen recibido una descarga eléctrica. Las garras del sacerdote oscuro apretaban el cuello de la mujer mientras esta hacía débiles intentos de apartarlo. ¿Seria ese el fin?

Tal vez él no llegaría a saberlo; sus brazos iban bajando poco a poco, sus párpados se cerraban para abrirse de golpe y ver a los embozados más próximos y menos asustados del medallón. Ya sentía unos dedos gomosos rozando sus piernas cuando el grito lo hizo despertarse. Como en un sueño, vio el cuerpo del líder de los acólitos planear por encima de la mujer y caer en el pozo, para recibir el mortífero abrazo de sus señores.

Los temblores se hicieron más intensos, llovieron los cascotes que, por algún milagro no lo hirieron a él ni a la guerrera, que rodaba lejos del pozo. Los embozados cayeron al suelo entre convulsiones…

Y la negrura le dio un beso de buenas noches.

Lo siguiente que percibió fue un fuerte golpe en la nuca. La sala había dejado de temblar y el pozo había vuelto a cerrarse, los cuerpos de los demonios alfombraban en suelo y él estaba envuelto en una de sus capas.

—No vayas a morirte ahora, Tarzán —susurró la mujer, antes de alzarlo con una fuerza sorprendente.

Sin ser incapaz de decir nada, se vio colocado como un saco de patatas sobre el hombro de su salvadora. Antes de abandonar el cuarto, ella dirigió una mirada al suelo; nadie podría imaginarse que, minutos antes, allí se había abierto una puerta hacia Dios sabía qué horrores arcanos.

—Esperemos que esta vez esté cerrado para siempre —la oyó murmurar, antes de volver a sumirse en un tranquilizador letargo.

***

Luis caminaba nervioso delante de la librería, mientras esperaba a que el último descubrimiento de la literatura de terror terminase de estampar deseos de pesadillas felices a los integrantes de su séquito de admiradores. Hasta hacia media hora larga, él era uno más en la presentación, un hombre solitario entre veinteañeros rendidos al talento y la belleza de una profesora universitaria. Era esta la culpable de haber aunado cristianismo con los mitos de Cthulhu, creando un peculiar combinado tildado por sus detractores como Jesucristo Cazachopitos. Sin embargo, se había marchado del local antes de empezar la sesión de firmas, no por timidez a la hora de solicitar una rúbrica, sino por miedo al encuentro con aquella mujer tan fascinante como letal. Había llegado al libro por casualidad, pero, en apenas unas páginas, había descubierto la realidad oculta tras la ficción, verdades sobre lo que le había ocurrido más de un año y medio antes, corroborando la inexistencia de una ilusión provocada por alguna droga inyectada en sus venas por una pandilla de locos. Las fotos de la autora habían alejado toda duda de su alma, aunque, una cosa era cierta: estaba mucho más guapa sin medio cuerpo cubierto de escamas.

Aún nervioso, acarició la medalla de la que rara vez se separaba. Era una reproducción en miniatura del medallón que espantara a los embozados en la noche de los horrores. Le había llegado a su casa, a través una dirección de Toledo en la nadie vivía desde hacía décadas, según descubriría semanas después. Pese al misterio que rodeaba su llegada, rara vez se separaba de él; sobre todo, en cuando sentía el aire impregnado de fuerzas extrañas. El medallón lo tranquilizaba, sí, pero necesitaba algo más para alejar a las pesadillas, a la incertidumbre… Y tal vez su «amiga» Ángeles tuviese la llave.

Estaba a punto de ceder al miedo y alejarse de la tienda cuando la vio salir. Sus miradas se cruzaron y congelaron el tiempo por segunda vez en esa existencia. Sin ser consciente de haberse movido, tendió en libro en dirección a su salvadora.

—No busco un autógrafo —tartamudeó al ver que ella hacía ademán de sacar algo del bolso—, sino entender.

Durante unos segundos, Luis se limitó a empequeñecerse bajo el peso de dos azabaches de mirada profunda e inconmovible.

—A veces es más seguro creer en las alucinaciones, en acuíferos que provocan corrimientos de tierra bajo una sola torre de la catedral y en que los libros —dijo señalando el volumen que él sostenía en la mano— son meras ficciones.

Era lo más fácil, sí. Los diarios habían dejado de preocuparse por la secta de narcochalados que lo secuestrara, torturara, y drogara, al igual que su familia; el arzobispado nada sabía, al menos oficialmente, de templos esotéricos, acólitos muertos ni monstruos enterrados en los cimientos de la iglesia. Las ficciones, ficciones eran…

—Me temo que yo era el niño que hartaba a los profesores a fuerza de preguntar «¿Por qué?» a todo lo que nos decían.

La escritora lo miró con gesto de irónico antes de invitarlo a caminar con un gesto de cabeza.

—A partir de ahora te tocará cabrear a seres mucho más cabrones.

 

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Relato: Con la sangre del inocente, regresarán. Primera Parte

Relato publicado originalmente en el Especial Vuelo de Cuervos, semana santa 2015.

Con la sangre del inocente, regresarán

No era frío, más bien era como si alguien hubiese sorbido todo el calor de su cuerpo. No recordaba qué le había sucedido, ni era capaz de imaginarse dónde podía estar. Solo tenía claro que no podía moverse, que sus pies no tocaban el suelo y el dolor se adueñaba de sus brazos abiertos en cruz. Su cuerpo desnudo estaba perlado de miedo; sus párpados, soldados por la angustia. Por una vez, le susurraba una vocecilla, la incertidumbre podría ser preferible al conocimiento.

Por desgracia para él, desde hacía unos segundos notaba un calor próximo a la piel, ascendiendo en dirección a su rostro; cuando la escalada culminó, Luis apenas tardó unos segundos en abrir los ojos. Solo invirtió uno en desear no haberlo hecho. El calor provenía de una tea sujetada por un embozado. El desconocido permaneció unos minutos mirándolo, sin decir nada; sin embargo, el prisionero percibía su complacencia. Al poco, el encapuchado se alejó. Sus pies no sacaban eco alguno en los muros de la mazmorra.

***

«¿Qué pasa por tu tierra? ¿Habéis sacado de paseo a la Terza Madre?»

Ángeles cerró Facebook sin llegar a contestar al mensaje; jocoso o no, el comentario resultaba muy acertado, tal vez demasiado. Tomó por enésima vez una colección de recortes de periódico que pocos asociarían con una historiadora y profesora universitaria. Niños ahogados, suicidios, atracos que culminaban en masacres, la violación, crucifixión y asesinato de una estudiante de medicina con pintas de animadora… Todo había sucedido en menos de una semana y, para la gente, era una simple muestra de la demencia que impregnaba a toda la sociedad.

Para ella era la manifestación de una amenaza más peligrosa que la Mater Lacrymarun de la película de Argento. Y, por desgracia, no tenía claro si sería capaz de detenerla. Había perdido demasiado tiempo en escaramuzas, evitando que más sangre llenase los titulares de los periódicos, en lugar de estudiar las pistas, las señales de que nada era casual, sino el preludio del renacimiento de un mal primigenio. Los seguidores del poder oscuro se habían hecho con una presa adecuada, estaba segura, y, si no se lo impedía, esa noche de jueves santo abrirían las puertas de la destrucción.

Caminó silenciosa hasta la ventana. Entre sus alumnos tenía fama de mujer atractiva, seductora incluso. Esa noche, el rostro moreno que la hacía merecedora del apodo de «La Mora» estaba pálido, deformado por una mueca de tensión. Podía sentir el mal impregnando la ciudad, rodeándola, aunque no pudiese identificarla como a su enemiga. Si salía a la calle como su verdadero ser, estaría muerta tal vez antes de llegar al lugar del sacrificio… Y si se ocultaba de ellos corría el riesgo de perder su propia alma.

¿Cómo debería actuar?

—La respuesta es sencilla, ¿no crees, Ángeles? —murmuró por lo bajo—. ¿O tienes que darte una de tus collejas para espabilar?

No fue necesario recurrir a la artillería pesada. A sus labios había asomado una sonrisa decidida, un punto maliciosa; la de una cazadora incapaz de decir «no» a cualquier reto, por arriesgado que fuese. Su mirada se cruzó con una de las estatuillas foscas distribuidas por los escasos huecos libres de la biblioteca. Representaba a un ser de piel rojiza cuarteada, desprovisto de genitales; su rostro alargado apenas mostraba una hendidura horizontal allí donde estaba la boca y dos estrechas ventanas para representar unos ojos entrecerrados. Nariz y orejas eran meros orificios y los cabellos un mar de cortas espinas del que emergían dos pequeños cuernos retorcidos. Nunca despertaba la atención de nadie, pero era la pieza más singular de toda la colección.

Ángeles colocó la figura en el centro de la mesa baja situada frente al sofá; un mueble antiguo, tallado con toscos dibujos geométricos, marcado por las cicatrices de viejos ataques de polilla. Se alzaba como un bloque carente de cajones o estantes sobre cuatro patas cortas y gruesas y el comentario más halagüeño que despertaba era: «¿Cómo no te deshaces de esta mierda?».

Algunas «mierdas» resultaban muy útiles. Sus dedos tentaron una figura compuesta por tres hexágonos concéntricos; acarició una de las caras del situado en la parte interior; estaba un poco torcida, como si el torpe tallista se hubiese desviado. La madera cedió bajo la presión; con gesto experto, la mujer giró un cuarto de vuelta hacia la derecha, luego media hacia la izquierda. El cuadrante se desplazó dejando a la vista un medallón broncíneo, decorado con una escritura rúnica indescifrable para cualquier experto, y una copa de idéntica tonalidad. Colocó el primero a los pies de la estatua; la segunda a su diestra. Dejó abierto el compartimento secreto, cerró los ojos y alargó los brazos, de tal forma que los dedos de las manos, salvo los pulgares, acariciaban las runas del medallón.

Sus labios no tardaron en entonar un canto de invocación tan antiguo como la propia humanidad.

Ya no sentía frío, solo parálisis, un sopor que no lograba convertirse en sueño y terror; sobre todo, terror. Hacía unos minutos, media docena de encapuchados habían colgado teas encendidas en los soportes de la pared. Ahora volvía estar solo, pero ya no lo rodeaba un manto de oscuridad; podía ver su prisión, aunque fuese entre sombras. Las paredes desprovistas de ventanas, el techo bajo, las pinturas monocromas de seres aberrantes que decoraban los muros. Y sobre todo, a pocos metros de donde él estaba crucificado, veía el sello, un ojo ciclópeo que se abría en el suelo clavándole una mirada capaz de devorar su alma.

Luis cerró los párpados, pero aun así seguía percibiendo aquella pupila pétrea escrutándolo, prometiéndole una muerte lenta y dolorosa.

Frente a ella, detrás de la mesa, se elevaba la versión real de la estatuilla; su respiración era suave, sin embargo, llenaba toda la habitación; sus ojos llameaban como dos ascuas cargadas de autoridad.

Lodaroch, guardián del Equilibrio. Su patrón.

—El mal acecha próximo a despertarse —susurró—. La sangre lo encerró cuando su elegido fue destruido por Jesús durante la Eucaristía. Ahora la sangre de un inocente puede de nuevo despertarle.

Ángeles contuvo las ganas de decirle que contase alguna novedad, que no se dedicaba a molestar a divinidades para tomarse unas cañas y una tapita de ibérico.

— Lo sé, mi señor, por eso os he invocado.

—El precio puede ser elevado. Este es un mal al que solo se puede destruir hermanándose con el mal.

—¿Alguna vez he dicho que «no» a un reto por complicado que fuese? —contraatacó, sin ocultar el sarcasmo.

Una risa sepulcral sacudió la estancia con la fuerza y la brevedad de un golpe de fusta.

—Así sea. Que la fuerza de tu espíritu te guíe en tu lucha, por la senda del Equilibrio.

El dios elevó los brazos en línea con la copa situada al lado de su figura, con las palmas vueltas hacía arriba mientras sus labios susurraban una extraña letanía. Pronto algo en la copa empezó a burbujear; era un líquido oscuro y denso. Su aroma desagradable tenía un ligero toque a azufre, pero Ángeles no arrugó la nariz ni apartó la mirada impasible del ser al que habia invocado.

Nada más terminar su canto, el dios colocó los brazos paralelos al cuerpo y se quedó tan inmóvil como la estatuilla que lo representaba. Ángeles tomó la copa he hizo ademán de brindar.

—Que mi tozudez me mantenga en el lado de los buenos —rio antes de acercar la copa a los labios.

Cuando iba a apurar la bebida, la mujer creyó sorprender una sonrisa asomando a los finísimos labios de Lodaroch. Pronto dejó de verla o de percibir cualquier otro detalle de su salón-despacho. Nada más catar el primer sorbo de brebaje, todos sus sentidos quedaron atrapados por este. Sentía la más profunda amargura extendiéndose por su paladar, el azufre apoderándose de su olfato; un ejército de sombras oscilantes se colaba bajo sus párpados, al son de una marcha de tambores. Pero nada era comparable al dolor; una mano le revolvía las entrañas, mientras otra le apretaba el corazón; su piel ardía… Ángeles cayó al suelo entre convulsiones, mientras su cuerpo parecía estirarse, retorcerse, mutar.

—No me gustan las transformaciones —jadeó mientras se incorporaba a cuatro patas—, no me gustan nada.

Y aún no había contemplado su nuevo aspecto en el espejo de su dormitorio. Una piel escamosa, de un tono azul grisáceo se entreveía por el escote de su camisa negra; también se apoderaba de la mitad derecha de su rostro, convirtiendo la expresión de su boca torcida en una mueca cruel. El cabello negro no habia mutado y, sin embargo, en lugar de una seductora cascada azabache, semejaba un manto de maldad. Sus manos no habían perdido la fisonomía humana; sin embargo, sus dedos parecían más delgados y paradójicamente más fuertes, además de estar rematados en garras. No podía ver sus piernas, pero también habían cambiado, ahora eran más potentes y rápidas.

Ahora era parte del mal y su peor enemigo. Sin embargo, aún no estaba lista. Iba a necesitar más armas que la fuerza de su nuevo cuerpo. Cogió una cazadora de piel del armario y regresó al salón. Tras abrir un nuevo compartimento secreto de la mesa de centro, se colocó una sobaquera con una automática pavonada del .38; en el cinturón, colgó dos largos cuchillos curvos envainados. Por último, deslizó el medallón en uno de los bolsos de la chaqueta. Las armas blancas estaban forjadas en plata, también las balas eran de ese material. El metal sagrado repelía a los horrores primigenios.

Cuando salió a la calle, algunas figuras oscuras se unieron a su paseo. Llegó a cruzarse con algunas personas normales, pero ninguna dio señales de ver nada extraño ni en ella ni en el resto de criaturas oscuras.

R´ste Oh, Erthera, Spirac dag farhed

Aquel canto extraño e indescifrable llenaba la estancia desde hacía varios minutos. Provenía de las gargantas de decenas de encapuchados que humillaban sus testas con reverencia, en dirección al calvario y al encapuchado situado al lado de este.

De pronto, el canto se detuvo, permitiendo oír un chirrido de poleas. Poco después descendía ante sus ojos una barra horizontal equipada con grilletes. A un gesto del líder, dos embozados se apresuraron a abrir las esposas que habían asegurado al prisionero al crucero. Habría sido un buen momento para intentar luchar; por desgracia sus brazos eran pesados apéndices sin fuerza y solo se movían bajo la presión de la voluntad ajena. Al poco, se encontró colgando sobre el suelo con los brazos en cruz. Las poleas volvieron a chirriar; como en la peor de las pesadillas Luis se vio elevado en el aire y desplazado hacia el centro del sello que llamara su atención.

Seis embozados de la primera fila se desprendieron de sus capas; Luis sintió cómo el miedo se congelaba en su garganta. Los cultistas bien podían recibir el nombre de demonios o el de mutantes. Los rostros de algunos estaban cubiertos de escamas; los de otros deformados por quemaduras de carne replegada; sus miradas estaban sedientas de sangre; sus manos, rematadas garras. Nada de eso despertaba el mayor de sus horrores, sino los largos látigos que portaban al cinto.

A una orden de su amo, todos tomaron las fustas.

Cuando el primer látigo restalló contra su torso, el grito se escapó de la garganta de Luis. Sus nuevas muestras de dolor quedaron enmudecidas por un nuevo canto.

En el pozo se escuchaba un susurro; el de un mal dispuesto a despertar.

Seleccionada para “Sinfonía para replicantes”

Otra antología que ha caído.  A mediados del año pasado volví a escribir por primera vez en mucho tiempo una de mis historias macarras ambientadas en New Dodge City (La noche de los golems priápicos), y la acabé mandando a un certamen de relatos cifi con esperanzas relativas de ser seleccionada. Si bien me gustaba mi historia, tenía un enfoque que no encajaría, por ejemplo, en una antología que buscase relatos con toque más Hard o intimista. Por suerte, parece que en James Crawford Publishing no tienen problemas con las historias con toque irreverente o a serie B. 

El fallo completo

 

I CONVOCATORIA DE RELATOS
«SINFONÍA PARA REPLICANTES»

Enhorabuena a los seleccionados. No están por orden de edición simplemente es un orden de selección.

Nos pondremos en contacto con los seleccionados para ultimar la siguiente parte. GRACIAS A TODOS. Ha sido un lujo leer todos los relatos enviados y duro esta selección.

Os esperamos para la próxima.

1. Ana Morán Infiesta con «La noche de los golems priápicos»
2. Axel A. Giaroli con «El filósofo y el androide»
3. Daniel Gutiérrez con «Siempre he sido Helen»
4. Edgar Sega con «Cuando el cielo se agrietó»
5. Edgar Sega con «El escuadrón L-201»
6. Jorge del Oro Aragunde con «Hurones»
7. J. Javier Arnau y Carlos Arnau con «La nave»
8. Toni R. Pons con «Línea de luz»
9. Lorena Hache con «Sabotaje»
10. Beatriz T. Sánchez con «¡Maldita carroña!»
11. Miguel Chamizo con «Heil Rühmlich»
12. Miguel Chamizo con «La flor de la pereza»
13. Tony Jiménez con «Viaje de regreso»
14. Yersey Owen con «La última advertencia»
15. Álvaro de la Riva Hengstenberg con «Concierto de cuerda en Re menor»

Relato erótico: ” A cuatro manos”

Finjo atarearme en el ordenador, mientras espero a que la profesora me remita las correcciones de mi último microrrelato o, en su defecto, un correo plagado de exabruptos. Eso, si no decide echarme un rapapolvo delante de toda la clase. No, soy injusta, Raquel no es así; le duele humillar a la gente, por eso limita sus correcciones al ámbito privado.

Además, no me puede negar que me he ceñido al tema propuesto: «metatexual». Qué le voy a hacer si mi musa es ese pozo de lujuria que se oculta bajo sus ropas severas, si cuando aporreo el teclado acaricio su cuerpo y en la pantalla veo sus labios esperando mi beso. Así, claro, sale lo que sale…

Nos estamos mudando de blog, para leer el relato  entero: 

https://historiascueva.blogspot.com.es/2017/10/relato-erotico-cuatro-manos.html