Con la sangre del inocente, regresarán. Segunda parte

Con la sangre del inocente, regresarán

Parte II

La catedral de la torre y media. Así se conocía tanto dentro como fuera de la región al templo más importante de la ciudad. Erigida en la Edad Media sobre los restos de una iglesia románica, se decía que bajo ella aún se escondían los restos de un primer lugar de culto de origen pagano. Aunque los expertos habían descartado tal teoría, calificándola de «Magufada para atraer turistas esotéricos». Tampoco parecían encontrar los sabios explicación al destino de la torre izquierda. Un siglo antes, parte de sus cimientos habían cedido un día de jueves santo; en al menos dos ocasiones registradas, un rayo había destruido la aguja y parte de la cubierta. Sus muros estaban recorridos por infinidad de cicatrices y su estado había animado al arzobispado a prohibir visitarla.

¿Había lugar más lógico para albergar el mal? Ángeles lo dudaba. Avanzó, junto a un puñado de iguales, hacia el lateral de la torre, una callejuela estrecha y oscura que ni siquiera oía a meados de fin de semana. Pegado a la torre, languidecía un mísero montón de hierbajos, antaño llamado jardín. La verja que lo custodiaba estaba abierta y un montón de tierra se acumulaba al lado de una trampilla redonda. El interior de la misma estaba decorado con relieves escapados de su peor pesadilla.

Mientras descendía por los estrechos escalones en espiral, podía sentir un manto oscuro rodeándola, vertiendo sanguinarias palabras de tentación en sus oídos, para luego permear su corazón. Con cuidado, sumergió la diestra en el bolsillo del gabán y cerró los dedos en torno al medallón. Sintió las runas clavándose en su piel como un hierro encendido, contuvo un gemido, mientras sentía cómo su propia voz le recordaba su misión de esa noche.

Pero no erradicaba por completo al lado sombrío que le permitía mezclarse entre aquellos seres.

Notaba la amenaza de la oscuridad mientras dejaba atrás las escaleras y recorría el estrecho pasillo iluminado por teas y decorado con relieves de seres espantosos, humanoides deformes con rostro de bestia y dientes afilados; lagartos alados devoradores de niños, krakens…

Los dioses malignos primigenios. Los que fueron encerrados cuando la sangre de su elegido corrió sobre el sello de Erthera, antes de que sus seguidores crucificasen al primer cazador de monstruos, llamado Jesús por los cristianos. Podía sentir sus palabras, sus susurros tentadores, como si supiesen que su corazón estaba en esos momentos a medio camino entre la Oscuridad y la Luz, entre el Caos y Equilibrio, entre Erthera y sus hijos y Lodaroch. Su mano volvió a atrapar el medallón, sin apretarlo demasiado por temor a que la carne llegase a quemarse y a delatar con su aroma la dualidad de su alma.

Cuando por fin accedió al lugar del sacrificio, se vio invadida por una sensación a medio camino entre el horror y la complacencia. Tras un mar de figuras embozadas, un hombre pendía del techo con los brazos en cruz; en otras circunstancias, podría haber resultado atractivo, pues era fuerte, sin ser excesivamente musculado; su cabello castaño oscuro ligeramente ondulado y la barba bien cuidada le daban un aire varonil al estilo de los héroes de las novelas pulp. Por desgracia, toda esa apostura se ahogaba en la expresión de horror de su mirada, en los besos de fusta abiertos en su pecho.

Aquel hombre era la puerta y la llave para el resurgir de Erthera y sus hijos, guiados por la mano de un nuevo elegido.

Ángeles pensaba en todo eso, mientras sus labios se unían al canto en honor de los viejos dioses. En lo más profundo de su corazón, aún sentía la voz de su verdadero señor, intentando guiarla por el camino de la luz y el Equilibrio. Sus palabras eran un eco distante, ahogado por una neblina oscura.

«Que mi tozudez me guíe por el camino del bien», se recordó. No era una acólita, sino una profesora universitaria capaz de romper los corazones de sus alumnos; también una cazadora de monstruos. La herramienta del bien, no la esclava del mal, se recordaba, entonando aún el canto, mientras veía cómo el líder de los cultistas desenvainaba un cuchillo, oculto bajo su túnica.

El golpe del silencio fue peor que el de los látigos. Aquellos solo hablaban de dolor; el mutismo gritaba «¡muerte!». Y lo siguió susurrando sin palabras durante una torturante eternidad. Los arroyos de sangre lamían con macabra calidez el cuerpo petrificado de Luis. Solo sus párpados parecían conservar la vida; traicioneros, pugnaban por abrirse y privarle del efímero consuelo de no contemplar a sus verdugos. Dos rendijas se abrieron para obligarlo a entrever el brillo de un largo cuchillo con un mango pura filigrana infernal. Los seis engendros que lo flagelaran se situaban ahora en el perímetro del ojo de piedra. Más allá, la marea negra e inmóvil, tan silenciosa como solemne, lo atrapó bajo su hechizo. Deseaba apartar la mirada de los acólitos, pero era incapaz de obligar a su cabeza a girarse o de cerrar aquellos párpados traidores.

De pronto, los embozados descruzaron los brazos del pecho, las manos emergieron de las mangas de las túnicas, pálidas, escamosas, rojas, deformadas… todas por completo inhumanas. Como un solo ser de cromatismo oscilante, se alzaron con las palmas vueltas hacia el calvario, los dedos extendidos, por encima de los hombros de sus compañeros, formando un paisaje más siniestro que un bosque de empalados. Un nuevo susurro comenzó a mecer la estancia mientras el miedo obligaba a los párpados de Luis a separarse un poco más. El líder de los dementes avanzó hacia el centro del círculo de piedra, con una mueca satisfecha deformando aún más su rostro monstruoso. Alzó el cuchillo sobre su cabeza, antes de depositar un beso en la hoja.

—Que la sangre del hijo de la ramera sagrada despierte a nuestra señora Erthera, para que, así, ella y sus hijos impongan su reinado sobre la Tierra.

La hoja curva comenzó a abrir un surco vertical en el pecho de Luis, mientras el canto se iba haciendo más frenético, también, aunque eso podía ser ilusión de sus sentidos, el suelo de la celda semejaba vibrar bajo los golpes de una fuerza desconocida. Los ojos del hombre tuvieron la misericordia de cerrarse, al tiempo que la lluvia carmesí caía sobre el suelo y el cuchillo proseguía su lento descenso. Dos lágrimas solitarias se escaparon en perfecta sincronía por el rabillo de cada uno de sus ojos. Casi podía sentir el beso pútrido de la muerte.

El estallido del caos.

O tal vez el tronar de una pistola.

Luis no podía saber qué fue lo primero, si fue el disparo, el sentir cómo la hoja del cuchillo dejaba de horadar su pecho o si abrió primero los ojos, pero, de pronto, todo habia cambiado. Los encapuchados se habían convertido en una marea embravecida que centraba sus embates contra algún punto cercano a la entrada del recinto. El terror deformaba el rostro de su líder, que alternaba su mirada entre el cuchillo caído en el suelo y su mano ensangrentada. Olvidados tal vez sus látigos, los engendros del perímetro arquearon sus piernas y engarfiaron sus manos, como fieras aterradas dispuestas a abalanzarse sobre su presa. El torturado no tardó en descubrir la razón del pánico. Una figura cortaba la marea negra como un moderno Moisés armado con dos cuchillos que más parecían cortas cimitarras. Como si fuesen piezas de dominó, los acólitos iban cayendo bajo el acero de aquella guerrera, siniestra y sensual a un tiempo, que avanzaba hacía el altar con una fuerza inexorable.

Aunque tal vez no fuese lo bastante rápida.

El líder había recuperado el cuchillo ritual y sonreía con expresión triunfante. Al menos hizo tal cosa hasta que su mirada se desvió hacia el suelo. Allí a pocos centímetros del punto donde la sangre de Luis teñía de carmesí el iris del gran ojo, se extendía una pequeña laguna rojiza, alimentada por la herida del monstruo. Este, para sorpresa de Luis, recuperó su capa y tras rasgarla y vendar su brazo, procedió a desecar aquel pequeño depósito de sangre corrompida; mientras tanto, la vida de su torturado seguía lloviendo sobre otros puntos del sello. Cuando el líder cultista arrojó a un lado la improvisada bayeta, un pequeño agujero habia comenzado a abrirse en el centro del relieve, desvelando un pozo de oscuridad en el que reverberaba el eco de unos gruñidos.

Luis desvió la mirada hacia su salvadora. La guerrera parecía alejarse más del altar a medida que avanzaba. Una risa festejante retumbó en la mazmorra, mientras el hueco se iba ensanchando. El supremo sacerdote se alejó el círculo y se apostó en una de las esquinas de la estancia, la mano en torno a una palanca que no llegó a accionar. Eso no era un consuelo. Un tentáculo se escapó del pozo y se cernió en torno a la pierna derecha del sacrificado; tiró. El joven gritó mientras sus hombros gemían de dolor y su mirada se cruzaba con la de su salvadora, congelando el tiempo durante unos instantes.

El agujero era ya tan grande como para dejar pasar el cuerpo de un hombre o para envolver a este con un aliento de fiera hambrienta. El sacerdote oscuro accionó la palanca. Luis sintió cómo los grilletes dejaban de sujetar sus muñecas. Durante unos segundos el tiempo se convirtió en una danza caprichosa, estirándose y encogiéndose como el fuelle del acordeón de un músico embriagado. El joven se sintió flotar en el aire, un tirón, vio a la desconocida alzar la mirada en su dirección, dos embozados saliendo despedidos en una aspersión de sangre. Sintió la negrura del pozo lamiendo las plantas de sus pies un segundo antes de que el tentáculo desasiese su pierna y algo golpease contra su pecho; dos antes de caer, semiaturdido, contra una esquina de la mazmorra.

A través de un velo, contempló el rostro monstruoso y sensual de su salvadora, tan ensangrentado como su propio torso, mientras un coro de gruñidos y maldiciones los rodeaba desde la distancia.

—¿Ja… Jane? —preguntó por alguna extraña jugarreta de su mente.

—Te equivocas de chica, Tarzán —la guerrera lanzó algo contra su pecho, un medallón.

Mientras lo tomaba entre sus dedos insensibles, Luis vio que la palma de la mano de la mujer parecía quemada.

—Ponte eso al cuello para espantar a los trolls.

Dicho aquello, se lanzó como una exhalación contra el líder sectario. Los dos se enzarzaron en una pelea de manos desnudas mientras los acólitos supervivientes, menos de media docena, se acercaban a Luis. Sin atacarlo, cada vez lo intentaban, el talismán que sostenía en sus manos temblorosas los hacía retroceder. Mientras tanto el suelo no dejaba de temblar, en medio de un eco de gritos y gruñidos. Desde su refugio podía ver cómo los dos luchadores habían caído al suelo y rodaban por este muy cerca del agujero, que parecía haber detenido su crecimiento. En dos ocasiones el tentáculo, herido por un cuchillo, intentó cerrarse sobre los contendientes, pero se apartó de ellos con la misma celeridad que si hubiesen recibido una descarga eléctrica. Las garras del sacerdote oscuro apretaban el cuello de la mujer mientras esta hacía débiles intentos de apartarlo. ¿Seria ese el fin?

Tal vez él no llegaría a saberlo; sus brazos iban bajando poco a poco, sus párpados se cerraban para abrirse de golpe y ver a los embozados más próximos y menos asustados del medallón. Ya sentía unos dedos gomosos rozando sus piernas cuando el grito lo hizo despertarse. Como en un sueño, vio el cuerpo del líder de los acólitos planear por encima de la mujer y caer en el pozo, para recibir el mortífero abrazo de sus señores.

Los temblores se hicieron más intensos, llovieron los cascotes que, por algún milagro no lo hirieron a él ni a la guerrera, que rodaba lejos del pozo. Los embozados cayeron al suelo entre convulsiones…

Y la negrura le dio un beso de buenas noches.

Lo siguiente que percibió fue un fuerte golpe en la nuca. La sala había dejado de temblar y el pozo había vuelto a cerrarse, los cuerpos de los demonios alfombraban en suelo y él estaba envuelto en una de sus capas.

—No vayas a morirte ahora, Tarzán —susurró la mujer, antes de alzarlo con una fuerza sorprendente.

Sin ser incapaz de decir nada, se vio colocado como un saco de patatas sobre el hombro de su salvadora. Antes de abandonar el cuarto, ella dirigió una mirada al suelo; nadie podría imaginarse que, minutos antes, allí se había abierto una puerta hacia Dios sabía qué horrores arcanos.

—Esperemos que esta vez esté cerrado para siempre —la oyó murmurar, antes de volver a sumirse en un tranquilizador letargo.

***

Luis caminaba nervioso delante de la librería, mientras esperaba a que el último descubrimiento de la literatura de terror terminase de estampar deseos de pesadillas felices a los integrantes de su séquito de admiradores. Hasta hacia media hora larga, él era uno más en la presentación, un hombre solitario entre veinteañeros rendidos al talento y la belleza de una profesora universitaria. Era esta la culpable de haber aunado cristianismo con los mitos de Cthulhu, creando un peculiar combinado tildado por sus detractores como Jesucristo Cazachopitos. Sin embargo, se había marchado del local antes de empezar la sesión de firmas, no por timidez a la hora de solicitar una rúbrica, sino por miedo al encuentro con aquella mujer tan fascinante como letal. Había llegado al libro por casualidad, pero, en apenas unas páginas, había descubierto la realidad oculta tras la ficción, verdades sobre lo que le había ocurrido más de un año y medio antes, corroborando la inexistencia de una ilusión provocada por alguna droga inyectada en sus venas por una pandilla de locos. Las fotos de la autora habían alejado toda duda de su alma, aunque, una cosa era cierta: estaba mucho más guapa sin medio cuerpo cubierto de escamas.

Aún nervioso, acarició la medalla de la que rara vez se separaba. Era una reproducción en miniatura del medallón que espantara a los embozados en la noche de los horrores. Le había llegado a su casa, a través una dirección de Toledo en la nadie vivía desde hacía décadas, según descubriría semanas después. Pese al misterio que rodeaba su llegada, rara vez se separaba de él; sobre todo, en cuando sentía el aire impregnado de fuerzas extrañas. El medallón lo tranquilizaba, sí, pero necesitaba algo más para alejar a las pesadillas, a la incertidumbre… Y tal vez su «amiga» Ángeles tuviese la llave.

Estaba a punto de ceder al miedo y alejarse de la tienda cuando la vio salir. Sus miradas se cruzaron y congelaron el tiempo por segunda vez en esa existencia. Sin ser consciente de haberse movido, tendió en libro en dirección a su salvadora.

—No busco un autógrafo —tartamudeó al ver que ella hacía ademán de sacar algo del bolso—, sino entender.

Durante unos segundos, Luis se limitó a empequeñecerse bajo el peso de dos azabaches de mirada profunda e inconmovible.

—A veces es más seguro creer en las alucinaciones, en acuíferos que provocan corrimientos de tierra bajo una sola torre de la catedral y en que los libros —dijo señalando el volumen que él sostenía en la mano— son meras ficciones.

Era lo más fácil, sí. Los diarios habían dejado de preocuparse por la secta de narcochalados que lo secuestrara, torturara, y drogara, al igual que su familia; el arzobispado nada sabía, al menos oficialmente, de templos esotéricos, acólitos muertos ni monstruos enterrados en los cimientos de la iglesia. Las ficciones, ficciones eran…

—Me temo que yo era el niño que hartaba a los profesores a fuerza de preguntar «¿Por qué?» a todo lo que nos decían.

La escritora lo miró con gesto de irónico antes de invitarlo a caminar con un gesto de cabeza.

—A partir de ahora te tocará cabrear a seres mucho más cabrones.

 

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