Relato: En Letras Ardientes

 

*Relato publicado originalmente en la antología gratuita Hell or Win, editada por las Pastilla Azul (disponible para su descarga en Lektu) 

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EN LETRAS ARDIENTES

Recuerda, tienes que matarlo en menos 666 palabras, sin ediciones, si no…

Lo sé, lo sé. Llevamos cinco años con este juego. Ya he aprendido a ir al grano —susurró Alice. En el despacho no se oía más voz que la suya, pero seguía sin ser capaz de limitarse a contestar telepáticamente a los pensamientos de Grace.

Exhaló una bocanada de aire y acercó sus dedos al teclado. Pronto las letras ardieron sobre la hoja en blanco.

Handy Joe O´Hara sonrió al adentrarse en su refugio favorito de Nueva York. Los chicos se habían acordado de apostar un Jack O´Lantern en el alféizar de la ventana, con la mirada fija en el exterior. Joe no era creyente, ni menos aún supersticioso, pero en Halloween siempre colocaba su calabaza para espantar a los espíritus de sus víctimas, tal y como su abuelo, verdadero diablo en los días violentos de Hell´s Kitchen, le había ensañado a hacer. Tranquilizado por la presencia de la figura protectora, se llevó un cigarrillo a los labios al tiempo que alargaba la mano hacia el interruptor de la luz, apagada hasta ese momento. Cuando accionó la llave, escuchó un suave clic, pero el apartamento siguió tan en penumbra como antes.

Una puta bombilla fundida. Alguien iba a perder un dedo por eso. Handy no se había ganado el sobrenombre por ser un buen tahúr. Sus víctimas se contaban por manos cortadas, y los fallos de sus hombres, en dedos amputados.

Sin perder la calma, tentó las paredes hasta llegar al baño. Tampoco la luz de allí se encendió, ni la del dormitorio. No había más cuartos que probar, pues el salón principal del apartamento hacía también las veces de minicocina. Un poco menos tranquilo, regresó al salón, bañado por la luna. Su amigo Jack seguía en su puesto, espantado a los fantasmas. Los putos plomos se habían fundido, solo sería eso. Y además, tenía la linterna, ahora que se acordaba. No era demasiado potente, pero serviría para la ocasión. Decidido, la sacó del bolsillo de la americana y accionó el interruptor; por desgracia para él, permaneció tan apagada como las luces del apartamento. La noche anterior la había usado para comprobar que el cadáver de una secretaria cotilla se hubiese hundido por completo en las aguas del Hudson, y no había dado muestras de estar estropeada ni próxima a agotar baterías.

¿Qué cojones…?

«Mantén la calma, viejo lobo, aún tienes el mechero», se recordó, sintiéndose un tanto estúpido.

Ese decidió funcionar. Podría haberse escurrido del apartamento, pero Handy O´Hara nunca había sido un cobarde. Desenfundó su automática del .38 y recorrió de nuevo el piso, iluminado por el mechero. No encontró a enemigo alguno acechándolo. Al regresar al cuarto principal, el corazón estuvo a punto de estallar en su pecho. La calabaza seguía en la ventana, pero ahora sus ojos como llamas del Averno no miraban al exterior, sino al interior del cuarto, taladrando el alma culpable de Joe.

Aterrado, el mafioso lanzó un grito animal y disparó contra el demonio de piel anaranjada. El cristal estalló en una llovizna de vidrios un segundo antes de que el alféizar se cubriese de una alfombra de puré. Eso no lo serenó, tampoco el golpe de brisa que se coló por el hueco. Apenas unos segundos después de destruida la calabaza, un sonido más aterrador que las sirenas de los maderos atrajo su atención. Era un tap-tap constante que provenía de la repisa de la venta y el exterior de los muros. Un ejército de pálidas arañas de cinco patas, la mayoría puro hueso, había escalado por la pared y, tras deshacerse de la única barrera que le impedía llegar hasta O´Hara, se deslizaba en su busca. La legión amputada saltó al interior del cuarto, indiferente a los disparos de la automática que mutilaban a algunos de sus miembros. Por destrozados que estuviesen, no cejaban en su avance; incluso algunos dedos, todavía cubiertos de carne, reptaban por la alfombra. Los integrantes de la vanguardia comenzaron a trepar por su ropa. La automática se escurrió entre los dedos de Handy. No hizo ademán de sacudirse a las escaladoras; el miedo lo había petrificado. Cuando la primera mano se cerró sobre su cuello, ni siquiera fue capaz de gritar…

***

Y ahí cerramos. Ya sabes, no recrearse…

Para dejar margen a que la bofia pueda explicar la muerte del gusano —sonrió Alice Flynn, antes de tomar un puñado de palomitas.

Estaba siendo una buena sesión de escritura halloweenesca. Apenas la habían interrumpido cuatro grupos de chiquillos lo bastante osados para acercarse a un piso cuya puerta estaba custodiada por una calabaza devoradora de conejitos de felpa. Alargó la mano, aún llena de palomitas, hacia su derecha y dejó que su acompañante las engullese a gusto, entre suaves gruñidos. Pese a estar acostumbrada, no pudo contener un escalofrío cuando una gélida lengua le lamió la mano.

Y, ahora, vayamos a por nuestro amigo el productor —susurró la voz de su inspiración.

***

Venga, putita, si no sabes soltarte, nunca triunfarás en Hollywood —gruñó Carson Mayer, capo de la Black Eagle Productions además de uno de los solteros más cotizados de la meca del cine. No por la apostura de su físico de grulla, sino por el atractivo de su cuenta corriente y su influencia.

La nueva aspirante a actriz estaba siendo más estrecha de lo se había imaginado al localizarla tras la barra de un café sesentero. A pesar de haber accedido a enfundarse el escueto biquini, no dejaba de apartarle las manos cada vez que intentaba tocarle las tetas, y lloriqueaba que sería mejor vestirse y regresar a la casa. Que los baños de luna no servían para ponerse morenos y tampoco era momento de sumergirse en la piscina. Indiferente a las quejas, introdujo la mano bajo el sujetador de la muchacha y pellizcó uno de sus pezones.

¡Por favor, señor Carson! —gimoteó.

¡Venga ya, zorrita! Deja de hacerte la estrecha. Los dos sabemos que estás disfrutando. — Dio un nuevo pellizco al pezón de la joven, erecto a fuerza de maltratarlo—. Solo deja a un lado tus remilgos de católica irlandesa y disfruta —susurró en el oído de la cándida pelirroja mientras su mano libre se sumergía bajo la braga del biquini.

Carson no llegó a tentar sus humedades; un resoplido lo obligó a alzar la mirada en el preciso momento en que una sombra tapaba la luz de la luna. Sobre el tejado de la casa de baños, un gato grande como una persona lo taladraba con ojos carmesíes. El productor jamás demostró tantos reflejos como en ese momento; tras soltar un grito de terror, se puso en pie de un salto que tiró a la aspirante a actriz fuera de la tumbona. Sin dar a la muchacha ocasión de quejarse, salió corriendo en dirección al camino que, serpenteando entre el frondoso jardín, lo llevaría hasta el refugio de su mansión. A su espalda, escuchaba gritos de mujer aterrada, bufidos, pero no se giró ni una sola vez mientras trastabillaba por el camino, que parecía más sinuoso que nunca.

No había llegado a ver la silueta de su hogar cuando perdió el resuello y se vio obligado a pararse. De pronto, como si un director invisible hubiese hecho un fundido en negro, se encontró frente un par de ojos carmesíes; el dueño de los mismos casi se fundía con la oscuridad, pero Carson acertaba a ver su pelaje negro erizado, la sangre goteando de sus bigotes. Paralizado por aquella mirada, captó una voz siseante a su espalda.

No se haga el estrecho, señor Carson. Los tres sabemos que está disfrutando con nuestro pequeño jueguecito…

El productor logró apartar la mirada del gato inmóvil y oteó a su espalda. Su cita de esta noche por fin le enseñaba las tetas, ahora marcadas por unas garras felinas, al igual que el torso. No manaba la sangre de ninguna de las heridas y la chica sonreía como si no sintiese dolor. Sus ojos verdes centellaban mientras, para terror de Carson, su cuerpo se iba cubriendo poco a poco de un pelaje atigrado.

Inmóvil, el productor contempló cómo la camarera se convertía en una imponente mujer gata y ronroneaba con complacencia de felina hambrienta y juguetona.

Cuando las dos bestias se abalanzaron sobre él, sus maullidos eclipsaron el mísero grito de Carson.

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¡Miau!

Alice miró a su derecha y, por un segundo, esperó encontrarse un gato negro posado en su mesa. Sin embargo, allí solo estaba Grace, un nabo tallado en forma de calavera, tal y como los irlandeses hicieran los primeros Jack O´Lantern, que no precisaba de velas para que sus ojos llameasen en la noche de Halloween. Tampoco para cumplir otros menesteres aún más importantes que comer palomitas o pegar lametones con una lengua invisible. La había comprado cinco años antes, solo porque le había hecho gracia que un bombón de piel como el chocolate amargo tuviese un objeto tan irlandés entre las baratijas de su puesto ambulante. A partir de ese momento, la figura había guiado su inspiración y le había dado la oportunidad de vengarse de quienes le hacían daño.

Esa alimaña de Carson no robará más historias a ningún autor, ni O´Hara negociará más «cesiones de derechos» —susurró, acariciando los moratones de su torso.

Se los habían dejado las nudilleras de O´Hara, mientras le susurraba que fuera buena chica y se olvidase de que el señor Carson había leído seis años antes un cuento suyo sobre hombres gato en Hollywood. Tal y como el productor se había olvidado del nombre de la autora a quien robase la idea, hasta que ella le transmitió su descontento por el plagio a través de su agente.

Y ahora toca el momento del porno —le recordó la voz de su musa.

A Alice aún le quedaba un gusano del que vengarse, pero las palabras de Grace no eran una sugerencia, sino una orden del ama a quien ambas servían. Se reclinó en la silla y se dedicó a contemplar cómo las palabras iban centelleando en la hoja en blanco.

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Los viandantes se detenían para seguir con sus miradas el paso de la belleza azabache tocada por un sombrero de copa, que no daba muestras de sentir frío pese a ir ataviada con un esmoquin raído y sin camisa. Indiferente a cómo los ojos de los hombres quedaban prendidos de su escote, ella jugueteaba con su bastón y sonreía de un modo que hacía todavía más siniestro el maquillaje de calavera que cubría su rostro. Nadie intentaba importunarla, no obstante, ni le reprochaba que la botella de licor rojizo a la que daba frecuentes tragos no estuviese cubierta por papel.

Con el mismo caminar despreocupado, se adentró en un edificio del Soho, subió por las escaleras hasta el piso tercero y encaró la segunda puerta de rellano. No llamó al timbre, tampoco sacó de sus ropas llave alguna. Solo necesitó posar la mano sobre la hoja para que esta se abriese con un susurro servil.

Su sierva la esperaba en el despacho; sin mover un solo músculo ni dar señal alguna de haber percibido su presencia, contemplaba cómo, en la hoja en blanco, se iba narrando el modo en que la mujer del esmoquin se acercaba a ella. Sin decir nada, arrojó el bastón y la chistera sobre un pequeño sofá y dejó la botella de Sang du Demon en la mesa. Solo en ese momento, empezó a desabrochar la camisa negra de su esmerada sierva hasta dejar a la vista unos senos firmes y tentadores; los acarició con las puntas de sus uñas carmesíes antes de abrir un corte en el derecho. Cuando se inclinó a lamer el reguero de sangre, los dedos de la escritora se sumergieron exploradores en su pelo…

Alice gimió al sentir la mano de su ama apretando su seno izquierdo y la electrizante caricia de su lengua, que lamía el reguero de sangre sin dejar desatendido al pezón derecho, erizado de gozo. La diestra de su señora se sumergió durante unos segundos bajo el pantalón del pijama, pero se limitó a comprobar la humedad allí reinante, sin llegar a aliviarla. Su ama siempre la torturaba con una dulce espera antes de llegar a complacerla, y ella jamás osaba quejarse. Adoptase el rostro de Baronesa Samedi, el de la belleza que le vendiera a Grace o el de una desconocida en la cola del supermercado, siempre lograba que Alice se entregase a ella en cuerpo, sangre y alma. La escritora había gritado muchos nombres en la cúspide del placer, y había escuchado a su señora confesarle decenas más: sacerdotisa vudú, Circe, Satán travestido de mujer, Mater Suspiriorum… A todos había respondido aquella seductora ondina de poderes oscuros, hambrienta de almas y seguidoras fieles. A muchos más respondería y, bajo todos ellos, seguiría siendo para Alice fuente de lujuria e inspiración.

De pronto, su ama cesó sus atenciones y posó las manos sobre sus hombros desnudos. Si antes eran cálidas, ahora su tacto era frío, como el de la Parca.

Cada vez eres más retorcida a la hora de planear muertes —le susurró. Su rostro, más que nunca, parecía una siniestra calavera, inspiración perfecta para la figurilla que descansaba sobre la mesa.

¿Me he pasado? —titubeó Alice.

En absoluto, para la Policía será sencillo explicar que a esa rata de O´Hara lo estranguló algún socio descontento y a Carson lo mató un animal fugado. Tal vez alguna mascota que guardase de forma ilegal. En cuanto a nuestra aspirante a actriz… Creo que disfrutará con su nueva condición de mujer gata…

Alice no manifestó extrañeza por que su historia se hubiese cumplido hasta el punto de convertir a una pobre inocente en zooántropa. Había aprendido que sus preguntas respecto a semejantes detalles se saldaban con un «Tienes un don para contactar con el lado sobrenatural de la realidad, por eso te escogí».

Pero aún te queda un gusano al que aleccionar —le recordó su ama.

La pantalla se cubrió de negrura durante unos instantes; al cabo de unos segundos, las letras ardientes la iluminaron, formando una lista de nombres. Algunos, como el de un editor alérgico a pagar los royalties debidos, estaban tachados. Otros, entre ellos varios políticos, se refugiaban entre paréntesis pues, al haber firmado tratos con entidades más poderosas que su ama, eran inmunes a su magia.

Al final de la lista ardía un nombre: Oswald Jordan, su agente. El mismo gusano que la amenazaba con joderle la vida si intentaba ir por libre y que la había instado a aceptar la oferta de Carson de pagarle mil míseros pavos como compensación por haberse inspirado «de manera inconsciente» en The Regin of the Cat para su último taquillazo.

De haber prosperado una denuncia o las presiones por parte de Alice, Carson no solo habría tenido que desembolsar bastante más de mil dólares, también se habrían descubierto otros chanchullos que el productor y el agente «amigo» de los noveles habían realizado a lo largo de los años.

Ojalá le devorase las entrañas una rata. ¡Lástima que no sepa cómo convertir la idea en algo masticable para la Policía!

Las manos de su ama acariciaron sus hombros mientras las letras se esfumaban de la pantalla, seguidas de la negrura. Al día siguiente, el documento en blanco donde habían plasmado su particular vudú habría desaparecido también.

Estoy segura de que a los tabloides les encantaría narrar cómo la extraña relación zoófila entre el famoso agente y su hámster acabó en tragedia.

Bonne idée, Baronne Samedi —admitió la autora, mientras contenía un suspiro al notar la lengua de su señora jugueteando en el interior de su oreja.

Alice se relamió y, en cuanto su ama se cansó de provocarla, adelantó su cuerpo hacia el teclado; sus dedos pronto se sumergieron en una nueva escena narrada en letras ardientes.

 

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