Última estación, la muerte I

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El sol reverberaba contra las motocicletas aparcadas frente a La Aguja de Anabelle. Para los visitantes de St. James el local era un simple taller de costura. Pero, como todos los negocios de la ciudad, tenía una cara oculta. Tan secreta como el nombre que daban a la villa sus habitantes: Shadow Town.

Anabelle Clark retrocedió para admirar su último trabajo. Donde menos de una hora antes estuviera una joven vestida con ropas de vaquero, había ahora una elegante viuda, a la que el dolor había robado la juventud y el color de los cabellos. Estos acentuaban el toque macilento de su rostro y aún hacían parecer más negro el atavío de la dama. La prenda era un casto vestido de cuello alto y, cuando llegase el momento de entrar en acción, su tejido especial protegería la vida de su dueña. Al menos, en eso confiaba la costurera.

—El sombrero está demasiado ladeado —murmuró al ver cómo este se inclinaba a la derecha.

La modista se acercó a su cliente y se dispuso a afianzar mejor el alfiler en el moño de la joven, para dar al tocado la estabilidad necesaria. Al hacerlo, las bocas de ambas quedaron a la distancia de un beso.

«Debería besarla», pensó Lillian. No obstante, no hizo ademán de salvar la distancia que la separaba de la hermosa costurera. Pese a que las otras dos ocupantes de la sala conocían sus lazos, la agente seguía sin sentirse cómoda manifestando sus sentimientos hacia Anabelle en público. Y otro tanto sucedía con la modista. Tal vez porque ni ellas comprendían del todo su relación; si las había unido la necesidad de curar dos corazones heridos por la crueldad humana o algo más profundo, oculto en una naturaleza ajena a las leyes y costumbres de los hombres.

—Ya está lista, agente Silver —proclamó la modista, con el mismo tono profesional usado con las otras dos integrantes de la misión.

Agente Silver. No Lillian, ni menos aún Lilly. Anabelle le había puesto dos condiciones cuando decidieron prolongar su relación más allá de una noche. La primera, nada de despedidas. La segunda: «Que sea esta casa la primera que visites cuando regreses de un trabajo».

Hasta ahora Lillian siempre había mantenido ambas promesas; pero el nuevo encargo hacía tambalear su característica seguridad en la buena marcha de sus misiones y en su capacidad para permanecer en la retaguardia mientras su hermana se infiltraba en las filas del objetivo. Se hizo con un elegante bastón y una maletita cercanas y escrutó a sus compañeras. Estaban listas. Scarlett con sus sempiternas ropas de vaquero; Kelly Jane, como una sensual cortesana pelirroja. El Diablo y Las que Cabalgan con el Diablo, las llamaban algunos colegas en secreto, en un mal juego de palabras con el nombre en código de Scarlett. Un equipo perfecto, alérgico a los añadidos. Salvo en esta ocasión. El sheriff Rick Copper Hand volvía al trabajo de campo, después de que una misión le costara la mano cinco años antes. Pero Rick también contaba con el beneplácito de Scarlett; además, su presencia no alteraría la marcha habitual del conjunto, dado que se limitaría a reforzar la imagen de Lillian como viuda adinerada, escoltándola hasta el tren en calidad de chófer particular.

Sí. Estaban listas. Listas para convertirse en tres desconocidas cuando cruzasen las fronteras de Shadow Town; listas para asaltar un tren y acabar con una vida, a cambio, tal vez, de salvar miles. Listas para arriesgar su existencia usando un armamento que Lillian distaba de considerar el idóneo.

—Aún no sé por qué tengo que llevar este maldito estoque —masculló, mirando al bastón. Las armas blancas no eran su especialidad y no entendía qué utilidad podría tener el estoque para cubrir a Kelly Jane si había problemas.

—Una escopeta no es una buena arma para manejarla en un vagón de tren, Lilly. —Scarlett la premió con una mirada irónica de su ojo humano—. Y ya llevas una pistola oculta en la biblia.

La llevaba. Y pensaba ser una viuda muy lectora cuando estuviesen en el tren, pero seguía sin verle utilidad al bastón. O igual el problema estaba simplemente en que Kelly expusiese su vida en primera línea de fuego. Por más que fuesen ya mujeres adultas y pistoleras curtidas, seguía siendo la hermana mayor y no podía librarse del impulso de proteger a la jovial pelirroja.

—¿Alguien más tiene algo que añadir? —preguntó Scarlett. Su mano biónica acariciaba la culata del Colt. Su mirada estaba fija en la siempre risueña Kelly Jane.

—Lista para partir, Diablillo —respondió, como si la responsabilidad que le tocaba en aquella misión no le pesase.

—Bien, señoras, tenemos un tren que asaltar.

La partida

«Otro de esos malditos implantados», pensó el jefe de estación.

El hombre lanzó una mirada despectiva a la nueva pasajera del tren a Sacramento. Viajaba en uno de esos caballos a vapor —una motocicleta, las llamaban— con la caldera humeante. Sus ropas de vaquero estaban manchadas por el humo y el polvo de mil caminos y el sombrero, pese a llevarlo ladeado, no terminaba de ocultar la mitad inhumana de su rostro, cubierta por láminas de un extraño metal negro, desde la que observaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Suba a ese vagón —ordenó señalando a uno de los coches-cuadra, situados en la cola del tren—. No ponga esa maldita caldera en marcha mientras esté dentro.

—Tranquilo, amigo —contestó la vaquera en tono ronco—. Ya no tengo costumbre de volar por los aires —añadió, señalándose el rostro con ademán burlón.

El jefe de estación contuvo un suspiro mientras la veía alejarse. Los malditos implantados siempre daban problemas y hoy había tenido ración doble. Primero, el chófer que había acompañado a una joven viuda para acomodarla en el vagón, un tipo de gesto hosco que había insistido en ser él quien subiese el equipaje de la mujer al coche, y ahora esa maldita vaquera…

—Disculpe, ¿cree que algún mozo podrá ayudarme con mi equipaje?

«Yo mismo» estuvo tentado a decir cuando se encaró con la nueva pasajera. La mujer suponía un dulce cambio frente a sus predecesores. Una diosa pelirroja que enfundaba sus sensuales contornos en un vestido verde. Sus manos jugueteaban con el mango de una sombrilla y una gran maleta descansaba a sus pies. Al jefe de estación no le cabía duda sobre cómo se ganaba la vida aquella belleza. Pero la Munro Railway siempre había tratado bien a las cortesanas.

—Por supuesto, señorita.

Kelly Jane siguió al sonrojado mozo por el pasillo del vagón de primera clase. El chico se esforzaba en acarrear la maleta mientras dirigía ocasionales miradas al escote de su pasajera. La agente premió el escrutinio con un guiño provocador, logrando que el rubor retrepase por las mejillas del muchacho.

—Aquí, aquí está su compartimiento —tartamudeó, mientras señalaba una puerta.

—Dígame, joven. ¿Viajo sola o hay algún caballero en él?

—So-solo una joven viuda, señora —contestó el mozo al escote de Kelly Jane.

—¿Viuda? No me gustan las viudas. Se pasan todo el rato mirándote con odio y no sirven de nada si nos atacan los indios. ¿No hay algún compartimento donde viajen hombres? —Kelly acompañó la pregunta de un sensual contoneo, perfecto testimonio del tipo de varones buscaba. El mozo se sonrojó aún más.

—Solo hay tres compartimentos ocupados además del suyo. El 2-C está lleno; en el A, viaja un anciano con sus cuidadores. En el E, viajan cuatro caballeros, pero…

La exhalación pelirroja no le dio tiempo a terminar la frase antes de encaminarse en pos del cuarteto de misteriosos caballeros.

—Pero han dicho que desean intimidad. Y eso incluye a las bellas damas —gritó el muchacho, con el rostro ya completamente encendido, tanto por la vergüenza como por el esfuerzo de seguir a la cortesana.

—Tonterías. No existe lugar donde Grace O´Hara no sea bienvenida —respondió Kelly ya casi abriendo la puerta.

Su aparición dejó petrificados a sus candidatos a anfitriones. La conversación murió y las miradas de todos se centraron en ella. El momentáneo recelo se tornó en admiración en los ojos de todos cuando se detuvieron sobre el exuberante busto de la pelirroja.

—Señor Lee, siento lo ocurrido —balbució el mozo tras ella.

El más joven de los hombres desvió la mirada hacia el empleado.

—No tiene nada de qué disculparse muchacho. Está claro que la señorita…

—O´Hara —contestó Kelly sin apartar la mirada de su objetivo.

Era más atractivo de lo que decían los informes. Moreno, lo bastante curtido por el sol como para que sus ojos azules brillasen cual cielo despejado. Fuerte, pero no excesivamente musculado, sabía llevar el traje con la elegancia de un auténtico caballero.

«Se parece tanto a Joe» —pensó, recordando al amor que le había sido arrebatado, junto a su antigua vida como artista del circo Abott, por uno de los peores demonios del Oeste.

Aunque Carter Lee no era un vaquero de circo, sino un científico inquieto poseedor de un secreto capaz de destruir ciudades. Los jefes no las habían informado de quién era el cliente de Lee, pero sí de que su viaje podía estar relacionado con la venta del secreto del Rayo Demoledor.

—Está claro que la señorita O´Hara es una mujer de carácter—sonrió.

—Creo que me sobrevalora, señor… Lee. Solo soy una muchacha a la que le gusta viajar en tren con la protección de un hombre valiente —contestó, obligándose a recordar que, parecido o no a su Joe, el investigador era el objetivo.

Carter Lee soltó una sonora carcajada que no fue coreada por ninguno de sus acompañantes. Sus ojos desnudaban sin pudor a la cortesana pelirroja, fieles a la fama de mujeriego de su dueño.

—Si no le importa aguantar la aburrida charla de mis guardaespaldas… Creo que podré ofrecerle mi protección.

—Es agradable saber que, en esta tierra salvaje, siguen quedando caballeros —contestó la agente con una gran sonrisa, toda coquetería.

Ya estaba dentro.

 Continuará….

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