Última estación, la muerte II

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La agente Scarlett Blade miró su reloj de bolsillo. Ya había caído la noche y la alarma de su cinturón no se había activado. Con suerte, eso querría decir que la infiltración de Kelly iba por el buen camino. Ahora le tocaba a ella hacer su trabajo. Con cuidado de no hacer ruido, para no despertar a la otra motorista que viajaba en el vagón, se desproveyó del abrigo y del sombrero, y echó una manta sobre ellos, dejando a la vista el gorro. Ocultos como estaban tras la moto, si la otra se despertaba por casualidad bien podría pensar que su compañera de coche estaba durmiendo.

Con sigilo, se anudó un pañuelo sobre la cabeza, cuidando de remeter toda su melena dorada dentro del mismo, luego tiñó la mitad humana de su rostro con un maquillaje del color de la noche y se colocó el parche de cristal verde de visión nocturna. Tras asegurarse de que era la pistola especial, y no el Colt, la que dormía sobre su cadera, se calzó un guantelete en la mano humana. El guante del mismo era de suave cuero, la antebracera estaba provista de un aparato lanza ganchos.

Lo lanzó contra el techo del coche y luego se dejó elevar por su tracción hasta llegar a la altura de la escotilla. Con agilidad de híbrido, la abrió y se deslizó hasta el exterior del vehículo. En pocos segundos, el coche-cuadra volvió a ser un dormitorio silencioso. Scarlett era una sombra que reptaba sobre el techo del vagón. Lo más difícil vendría cuando llegase al borde. Aún tendría que saltar sobre varios vagones hasta alcanzar la primera clase, donde la esperaban sus dos socias en la vida y en las Sombras.

***

Lillian paseaba nerviosa por su compartimento, sin dejar de acariciar la biblia donde se ocultaba su pistola. Miró por el rabillo del ojo la puerta, dudando si volver a acercarse o no al final del pasillo. Dos de los hombres de la Pinkerton encargados de proteger a Carter Lee habían ido al coche-restaurante mientras su jefe y Kelly Jane cenaban en la intimidad del departamento del científico. Eso le dejaba un guarda en el interior, custodiando al hombre que podría tener la clave para destruir el Oeste.

Era todo lo que conocían de Carter Lee. Si era un héroe o un villano nada sabían. Solo que viajaba a Sacramento a presentar un descubrimiento y que ni el hombre ni su proyecto debían llegar a la capital. La noche siguiente a esa misma hora, ambos habrían sido destruidos y ellas estarían de camino de Shadow Town.

Pero eso sería si su hermana no era descubierta. La mano de Lillian se acercó al tirador, pero no llegó a desplazar la puerta. Una llamada al cristal atrajo su atención. La mayoría de la gente solo habría visto un estremecedor brillo verde escrutando en la oscuridad, los ojos de la mejor tiradora jamás conocida en las Sombras identificaron la silueta enlutada de Scarlett.

La agente se apresuró a abrir la ventana para permitir a su socia deslizarse hasta el interior.

—¿Hay novedades?

—Ginger ha conseguido infiltrarse, pero supongo que eso ya lo habías deducido. —Llamar a Kelly Jane por su nombre en código hacía algo más fácil abordar su situación.

Scarlett la premió con lo más parecido a una mueca sarcástica que podía permitirse su rostro de híbrido.

—¿Alguien más ha cenado en su compartimento? —preguntó la pistolera, señalando con la cabeza la bandeja que contenía los restos de la cena de Lillian.

—Nuestro objetivo y Ginger… y también los ocupantes del 2-A.

—¿Sabes algo de ellos?

Por el rostro de Scarlett se paseó una sombra de preocupación. Sus pensamientos no debían de diferir de las sospechas de la propia Lillian ante la actitud de sus vecinos. Alguien más podía estar interesado en Lee y sus experimentos y haberlo seguido hasta el tren. Cualquiera que desease atacarlo se sentiría tentado a emboscar el tren en la zona que atravesarían la noche siguiente. La Milla Muerta, una larga sucesión de pueblos y estaciones abandonadas.

—Sé que solo uno de ellos, el más viejo, ha salido en una ocasión del compartimento, para dirigirse al lavabo. El resto llevan encerrados en el compartimento desde antes de que yo llegase.

—¿Embarcaron en Sandstone?

—Un par de estaciones antes, por lo que le sonsaqué al camarero. No parecía demasiado contento con servirles, decía que todos iban embozados, no solo el anciano enfermo.

—Iré a investigar.

Dicho aquello, Scarlett volvió a abrir la ventana y dejó a Lillian sola con sus dudas.

Los misteriosos ocupantes del compartimiento 2-A habían sido precavidos. Las cortinas estaban corridas así que nadie podía aprovechar el pasillito exterior del vagón para espiarlos. No obstante, nada, ni la tela ni el tono bajo en que los hombres hablaban, podía derrotar al oído artificial de Scarlett.

—¿Debo dar la señal, maestro?

—Dala, mi pequeño Blake. Mañana Sacramento llorará el secuestro del profesor Carter Lee.

La curtida pistolera sintió un escalofrió recorriendo su columna. No sabía quién podía ser su enemigo pues los informes no recogían la existencia de ningún rival de Lee, solo de un socio fallecido en un supuesto accidente de laboratorio. Pero tenía clara una cosa: mañana se desataría el infierno y cuanto antes estuviesen sus socias avisadas, mejor.

***

—Creo que es la primera vez que comparto cena con un sabio —Kelly Jane sonrió con coquetería mientras cruzaba los cubiertos sobre el plato en una señal de que estaba saciada.

Confiaba en haberlo hecho del modo correcto. Viviendo como nómada no había frecuentado compañías distinguidas. En las Sombras, había recibido instrucción al respecto, pero nunca había tenido que poner a prueba los conocimientos adquiridos.

—Solo soy un hombre inquieto que no se deja cegar por las falsas fronteras de la ciencia —sonrió Carter Lee, antes de dar otro bocado a su comida.

La muchacha se estremeció al recordar a otro hombre que no creía en las fronteras a la ciencia, ni siquiera las morales o legales: el Buhonero Oscuro. El culpable de que Scarlett fuese un híbrido que llenaba de terror a los desconocidos; el villano que destrozó su vida y la de Lillian. Probablemente, si hubiese conocido su existencia, Carter Lee habría visto en él un genio capaz de revolucionar los implantes, sin importarle que fuese un asesino amoral.

—¿Y qué ingenio capaz de traspasar las fronteras de la ciencia le lleva hasta Sacramento?

—Un rayo capaz de reducir montañas a polvo. ¿Se imagina lo que significaría eso para la expansión del ferrocarril? —proclamó el hombre, con mirada febril, como si estuviese embriagado por su propio orgullo, además de por las libaciones de la cena. Carter Lee había sido el principal responsable de haber consumido ya dos tercios de la botella de vino colocada entre ambos.

Al contrario que el científico, Kelly estaba por completo despejada y podía imaginarse con total claridad los efectos del invento de Lee. Pero no veía montones de arenisca, sino pueblos que no deseaban someterse a la tiranía del progreso reducidos a cenizas. Tribus indias convertidas en polvo, para robarles los exiguos territorios que les quedaban.

—¿Y no se ha parado a pensar en qué podría hacer su rayo en malas manos? —lo atacó sin pensar.

Hasta ese momento, el detective de la Pinkerton les había dado la espalda y vigilaba la puerta con gesto concentrado. Nada más oír las palabras de Kelly Jane, se giró, como si temiese que la pelirroja fuese a atacar a su cliente.

—Lo único que debe importar es el bien global. Si, a cambio de una muerte, se benefician millones de vidas, merece la pena hacerlo —apuntó el hombre con gesto severo.

«Espero que pienses lo mismo cuando vaya a matarte», pensó Kelly, sin dejar de mirar con gesto impasible a su interlocutor.

—¿Acaso se plantea usted si es moral hacer a un hombre enloquecer de deseo, mientras que para usted el abrirse de piernas es un acto tan mecánico como el comer? —preguntó el investigador con rudeza, al ver que ella permanecía muda.

—No creo que este sea momento apropiado para hablar de mi vida privada, señor Lee.

—Al contrario, señorita O´Hara. —La mano del hombre se posó sobre la rodilla de la muchacha. Al ver que Kelly no se inmutaba, la sumergió entre los pliegues del vestido—. Después de su entrada triunfal en este compartimento, cualquier momento es el adecuado para hablar de su profesión.

Lee giró la cabeza en dirección al impertérrito agente de la Pinkerton y señaló la puerta, sin dejar de acariciar la pierna de Kelly.

—Ve a vigilar desde fuera—. En cuanto el agente salió al pasillo, el investigador redobló sus atenciones—. Y estoy seguro de que una demostración práctica de sus talentos será más edificante que cualquier charla sobre el destino de la humanidad.

Kelly tensó todo su cuerpo al sentir aquella mano cálida subiendo por el muslo. Habían previsto semejante actitud en Lee y ella se había entrenado para ser fiel a su rol en ese momento. Sin embargo, ahora se preguntaba si sería capaz de estar a la altura requerida. Lillian tenía a Anabelle y Scarlett a Rick; desde la muerte de Joe, hacía ya casi dos años y medio, ella apenas había tenido dos encuentros fortuitos, en absoluto placenteros.

—Le advierto, señor Lee, que soy una chica cara —contraatacó intentado ser fiel a su rol de cortesana.

El hombre dejó de acariciar su muslo y se puso en pie. Sin mirarla a los ojos, se sacó un cuadernillo del chaleco y, tras escribir algo en él, le tendió un papel. En él solo había escrita una cifra, equivalente a los ingresos semanales del circo Abott en una buena temporada, mucho antes de que el Buhonero Oscuro se interpusiese en sus vidas.

—Recibirá esto cada día hasta que lleguemos a nuestro destino.

—Veo que sabe cómo convencer a una chica —contestó en tono provocador mientras empezaba a desabrocharse los lazos del corpiño.

Los labios del hombre perfilaron una sonrisa de triunfo mientras hurgaba en su equipaje. Al poco tiempo arrojó un tarro de ungüento sobre el sillón de la cortesana, enfrascada en desprenderse del corsé.

—A lo mejor no desea usarlo por si alguien hace un día mal uso de él —comentó sarcástico—. Pero lo aconsejaría que lo aplicase a su pequeño pozo de placeres. Le evitará un embarazo indeseado y, a mí, que me contagie algún mal que le hayan brindado sus clientes.

Cuando se tendieron desnudos sobre la manta colocada por Lee en el suelo, Kelly descubrió que no tenía que actuar, le bastaba fingir que el malnacido era Joe.

Continuará….

Entregas anteriores: 

Última estación, la muerte I

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