Última estación, la muerte III

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El asalto

La oscuridad envolvía por segunda noche a la figura que reptaba sobre el techo de los vagones de segunda. Ante sus ojos se perfilaba una hilera de vagones por recorrer y una oscuridad inescrutable incluso para su ojo artificial: la de la Milla Muerta. Respiró hondo y siguió avanzando, ajena a las señales de dolor que le enviaban los hombros, sin dejarse vencer por el envite del viento que, esa noche, parecía haberse congraciado con sus enemigos.

Al llegar al extremo del coche, se arrodilló, bregando por mantener el equilibrio. ¿Sería mejor saltar o bajar al otro vagón y volver a trepar al tejado? La noche anterior había realizado todo el trayecto saltando. Sin embargo, ahora dudaba ser capaz de llegar a su destino incluso con la ayuda del garfio.

Buscó la locomotora con la mirada. Los primeros poblados de la Milla Muerta empezaban a asomar su decrépito cascarón y a ella aún le quedaban media docena de vagones por recorrer.

«¿Qué?»

Sus sentidos tenían que estar engañándola. Por un segundo, había creído ver una sombra de pie, sobre el tejado del coche de las chicas. Scarlett agudizó la mirada. Alguien se movía sobre el techo del vagón, con una seguridad impensable en semejantes circunstancias. La figura parecía sostener algo en la mano. Como si la hubiese visto, apuntó en su dirección. Un rayo purpúreo zigzagueó en la noche. Cuando impactó contra los vagones, la pistolera perdió toda noción de lo que sucedía, solo sabía que volaba por los aires, mientras el fuego se adueñaba del tren.

***

Kelly Jane no sabía qué había pasado. Solo que el caos había interrumpido una tensa cena. Recordaba las sacudidas, el verse proyectada en el aire y rebotar de un lado a otro del compartimento, en medio de una lluvia de maletas. Y las explosiones. Y los gritos. Pero las primeras habían sido las explosiones, una a continuación de la otra.

Dolorida, tentó, en busca del puño de su sombrilla. Estaba segura de que la explosión no era fortuita, ni tampoco obra de Scarlett o de Lillian. Solo cuando hubo recuperado su único medio de defensa, comprobó el estado de sus acompañantes. Carter Lee miraba a su alrededor con gesto confundido, un reguero de sangre le bajaba por la frente, sin que el inventor hiciese nada por detenerlo. El agente de la Pinkerton estaba agachado a cuatro patas, buscando, tal vez, su pistola.

No llegó a encontrarla. Cuando el hombre aún estaba hurgando entre una montaña de ropa desperdigada, proveniente de una maleta destrozada, la puerta del compartimento saltó en pedazos con tal potencia que uno de los fragmentos se clavó en el corazón detective. Kelly Jane desconocía qué fuerza podía haber hecho tal destrozo, pero era tan mala señal como la explosión. Decidida, se puso en pie. Su mano derecha estaba afianzada sobre el mango de la sombrilla, el dedo índice acariciaba un pequeño relieve que era en realidad un gatillo camuflado. Carter Lee se había incorporado también. No hacía ademán de sacar arma alguna, solo miraba el umbral con gesto expectante.

De telón de fondo, resonaba el canto de los disparos y los gritos. Kelly confiaba en que su hermana fuese uno de los que disparaban.

—Parece que volvemos a encontrarnos, profesor Lee —saludó una voz, proveniente de la oscuridad de una capucha. En realidad toda la figura pequeña y encorvada de su visitante estaba enfundada en una gran capa. A la vista quedaba una mano blanca, de uñas largas, que se apoyaba sobre un báculo broncíneo, lleno de cables y extrañas luces.

La agente de las Sombras contuvo el aliento, casi tan aterrorizada como la noche en que el Buhonero Oscuro había arruinado su vida. Detrás del enano, llegaba otro hombre. Su envergadura superaba los dos metros de alto, mitad puro músculo, mitad metal. Todo el brazo izquierdo había sido sustituido por un cañón que, humeante, apuntaba contra Kelly y Carter Lee.

—Veo, mi buen amigo Challenger, que las noticias sobre su muerte eran desmedidas —por un segundo, Kelly creyó ver una sonrisa asomando a los labios de Carter Lee.

El científico no apartaba la mirada del hombre enlutado, ignorando al gigante que apuntaba contra él con un cañón.

«Lillian, ¿dónde te metes?», pensó mientras, discretamente, empezaba a elevar la sombrilla.

***

La explosión dejó aturdida a Lillian el tiempo necesario para que el caos comenzase a extenderse por los pasillos. Tras descubrir que todavía conservaba la Biblia en la diestra se tocó la cabeza con la mano libre. Dolía como si la estuviesen golpeando y veía borroso por el ojo izquierdo. El sombrero estaba ladeado. Todavía aturdida, se quitó el tocado y deslizó el alfiler que lo sujetaba en un bolsillo del vestido. Luego se limpió la sangre con un pañuelo.

Y despertó. El tren estaba parado; la mesa donde había descansado su cena estaba caída y tenía sangre en la esquina inferior derecha. El olor a humo se colaba por la ventanilla; los gritos y los disparos ascendían por el pasillo.

Sacó la pistola oculta en la Biblia y se apostó al lado de la puerta del compartimento, dudando si salir al pasillo o esperar a que intentasen atacarla. Eso si Kelly no le enviaba una señal de alarma. El chivato de su cinturón estaba apagado, pero podía deberse tanto a que su hermana tuviese la situación controlada como a una avería del mismo a causa del accidente.

Las circunstancias tomaron la decisión por ella cuando una pierna de carne y metal hizo saltar la puerta de su carrilera. Lillian afianzó la presa sobre su pistola, reuniendo toda su capacidad de control para no colocarse delante del hombre y disparar. Esperó a que siguiese avanzando, sin desviar la mirada del pistolón del salteador, hasta que lo supo a tiro. El hombre contemplaba el caos en que estaba sumido el vagón, brindándole una diana perfecta en su nuca. La pistolera no se demoró en consideraciones morales, aprovechó el blanco que le daban. La munición especial de las Sombras hizo el resto, traspasando carne y metal con idéntica pericia.

Por desgracia, su disparo también atrajo la atención de más atacantes ahora que los gritos se habían espaciado. Las balas comenzaron a silbar, estrellándose contra el quicio de la puerta, atravesando sin demasiada dificultad las paredes de madera. Lillian se arrojó al suelo y, tras arrastrarse, pronto empezó a devolver los disparos. Por suerte todos parecían provenir de una misma dirección. Las balas tronaron entre el humo, en una ópera de muerte en la que, como tantas otras veces, ella resultó vencedora.

La joven se puso en pie y comprobó cuánta munición le quedaba. Medio cargador. El resto estaban guardados en un fondo falso de su bolsa de aseo. Y a saber dónde estaba esa ahora, pensó mirando los montones de ropa desperdigada.

«Eso sí, el bastón está bien a la vista», añadió, al ver este caído en medio del suelo.

Las balas tendrían que bastar. Kelly y Scarlett podrían cubrirla.

«O eso espero»

Refugiada en su departamento, Lillian paseó apenas la mirada por los cadáveres que tapizaban el pasillo antes de centrar su atención en la parte trasera del coche. Casi al final del mismo, estaba el compartimento de Carter Lee, y dos hombres parecían lo bastante interesados en él como para ignorar el canto de los disparos.

***

Kelly Jane no había elevado del todo la sombrilla, indecisa sobre a qué rival disparar primero, cuando un tiro resonó en el vagón. El hombre-cañón cayó al suelo, expeliendo un río de sangre por la boca.

—¿Qué demonios? —bramó el enano.

El hombrecillo comenzó a girarse en dirección a Lillian, elevando poco a poco su báculo que empezaba a crepitar con más fuerza. Kelly Jane no dudó. Apuntó con la sombrilla a la mano del hombre y disparó. Su puntería, no obstante, no era tan buena como la de su hermana, menos aún con un arma sin mirilla; en lugar de contra el asaltante, el proyectil impactó contra el báculo. Las luces de colores empezaron a parpadear con furia mientras una corriente eléctrica recorría el bastón. El enano hizo ademán de soltarlo, pero no llegó a abrir los dedos cuando la energía lo elevó en el aire, cada vez más lleno de olor a carne quemada. Cuando el calcinado ingenio cayó al suelo, el hombre llovió en forma de cenizas.

—¿Qué ha sido eso? —se atrevió a preguntar Lillian, alternando la mirada entre el báculo y el gesto confuso de la propia Kelly.

—Eso, señorita, es el trabajo de años destruido —respondió Carter Lee antes de que un nuevo disparo retumbase en el vagón.

Con horror, Kelly vio cómo su hermana salía proyectada contra el compartimiento de enfrente. Habían cometido un fallo imperdonable en dos agentes de las Sombras, se habían olvidado de su objetivo. Carter Lee tenía la mano sumergida en un bolsillo de la chaqueta. El humo se escapaba por un gran agujero perpetrado en este.

Mientras las lágrimas pugnaban por escapar de los ojos de Kelly, Carter Lee sacó el arma del bolsillo y apuntó directamente a la pelirroja. Otro día se habría sentido maravillada por aquel ingenio letal; la pistola era tan pequeña que podía disimularse en la mano de una mujer y, sin embargo, era capaz de de atravesar el tejido antibalas de las Sombras. Esa noche, solo podía pensar en una cosa. El maldito revólver le había arrebatado a la persona que más quería en ese mundo: a su hermana.

—Si aún aprecia su vida, señorita O´Hara, será mejor que tire esa sombrilla y cualquier arma que lleve encima.

Kelly Jane dudó durante unos segundos, ebria de rabia y de impotencia por la muerte de Lilly. Pero las doctrinas de las Sombras habían calado en su memoria. Daba igual que otro agente cayese, incluso si este era su propia hermana, su única pariente viva. Lo único importante era la misión y, mientras estuviese viva, aún podría lograr el objetivo marcado por Las Sombras. Además, estaba Scarlett. Su diablillo favorito siempre llegaba a tiempo para salvar las vidas de sus compañeros. La pequeña de las Abott arrojó la sombrilla al suelo.

Sin dejar de apuntarle con la pistola, Carter Lee sonrió y recuperó el báculo.

—Ahora, camine.

Intentando parecer orgullosa, Kelly Jane obedeció. Al adentrarse en el pasillo no pudo evitar dirigir una mirada hacia Lillian, con la esperanza de captar alguna señal de vida, pero solo vio la humedad extendiéndose sobre la pechera del vestido de su hermana.

Al salir al exterior, cualquier esperanza de concluir con éxito su misión se convirtió en cenizas. El tren se había fragmentado en tres partes, divididas en cola, su vagón y la locomotora y vagones delanteros. Ambos extremos se habían convertido en un rompecabezas humeante. No había coches intactos ni menos aún habría personas vivas en su interior.

«Ni siquiera el diablillo podría sobrevivir a algo así», pensó mientras las lágrimas fluían libres por sus mejillas.

Apenas se hubieron adentrado en las fronteras del pueblo abandonado más cercano, un bugy los interceptó. Estaba recubierto de chapa, salvo la zona donde se situaba la salida de humos de la caldera, y era negro como la misma noche. Un único hombre se bajó del vehículo y saludó a Lee.

—¿Todo en orden? —preguntó el inventor.

—Hemos localizado una cabaña aislada desde donde ver la función —masculló el desconocido, alternando la mirada entre los restos del báculo y la pelirroja—. James y Frank la están vigilando. —El hombre se quedó callado, pero no se movió, como si desease preguntar algo a Lee y no se atreviese a ello—. ¿El Rayo? —dijo señalando el bastón con la cabeza.

—Todo un éxito. Por desgracia, ha sido inutilizado. También el profesor Challenger —Carter Lee hizo una mueca de desprecio—. Nunca des una segunda oportunidad a un fracasado. Métela en la caja y espósala. La señorita O´Hara será mi nueva concubina.

—Eso será por encima de mi cadáver —escupió Kelly mientras el secuaz descorría un panel situado en un lateral del cuerpo rectangular del bugy, desvelando un compartimento similar a los del tren. Como estos, estaba dotado de asientos y mesas, también de cinchas para asegurar los equipajes en las baldas superiores. Solo había una cosa jamás vista en un ferrocarril; sobre uno de los bancos adosados a los laterales, pendían gruesos grilletes.

Carter Lee le acarició la mejilla sonriendo lascivo.

—Mi querida Grace, cuando la someta a mi anulador de voluntad, ni todo su temperamento la librará de adorarme.

continuara…..

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