Última estación, la muerte IV

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Cantos de Muerte

El cuerpo le dolía como hacía años que no lo hacía, como los infaustos días en que era una niña indefensa, una marioneta a quien el Buhonero Oscuro implantaba nuevas partes artificiales para transformarla en el Diablo.

Scarlett se puso de rodillas. Aún era de noche y había perdido el monóculo al arrojarse del tren, pero el fuego y su ojo artificial bastaban para constatar el horror. Madera, cuerpos calcinados y toda una colección de objetos cotidianos se desperdigaban por el páramo. El vagón de las chicas estaba intacto, pero ninguna señal de vida brotaba del mismo, ni siquiera los ecos de una batalla. La pistolera apretó los dientes al sentir el roce de los pantalones contra la rodilla izquierda. La tela especial no la había protegido de las consecuencias del choque, tampoco del fuego. En su antebrazo humano, una nueva quemadura acompañaba a las que la marcaban desde poco después de su nacimiento. Su mano artificial no presentaba mejor estado. Había soportado la mayor parte del impacto y ahora estaba paralizada, con los dedos extendidos. Incluso si el dispositivo que activaba las garras de los nudillos funcionaba, no iba a poder usarlas para defenderse.

El garfio del guantelete también estaba atascado. Su único consuelo era que la pistola seguía en su funda. Y aun así era una alegría amarga, pues no tenía más munición de repuesto que la guardada en la bolsa colgada de su cinturón.

Ahora quedaba rezar para estar a tiempo de cumplir la misión y para que las chicas estuviesen vivas.

***

Lillian recuperó su pistola al sentir el quejido de los tablones del suelo del pasillo. La puerta de su compartimento estaba abierta y su equipaje se desplegaba por uno de los sillones con los dobles fondos abiertos. Su arma estaba cargada y ella volvía a ser la joven vaquera de cabellos plateados. El maquillaje había desaparecido, sus botines habían dado paso a los zapatos conocidos por los agentes como «zarpas de coyote»; el vestido, a los pantalones. La camisa esperaba a que su dueña terminase de curar el hombro herido. No era una tarea fácil, menos aún cuando una debía extraer balas y suturar con la zurda.

Un arma muy familiar asomó por el umbral. Lillian no se relajó hasta que vio la manga de una camisa negra similar a la suya.

—¿Scarlett?

La mano bajó el arma y dio paso a una Scarlett Blade de rostro tiznado y ropas destrozadas. Su mano de metal tenía los cinco dedos extendidos y no daba muestras de intentar moverse.

—Lilly —saludó su socia.

Dejando a un lado su frialdad de agente, la joven de cabellos plateados avanzó hacia su amiga y la premió con un largo abrazo.

—Lilly. Creo que me estás confundiendo con la hermosa Anabelle Clark. —Lillian se sonrojó bajo el peso de la mirada burlona de Scarlett. Durante un segundo, se había olvidado de que estaba desnuda de cintura para arriba—. Será mejor que te curemos eso —sugirió Diablo, acariciando la herida, que no estaba más de dos dedos por encima del corazón.

—¿Aún te acuerdas de cómo se sutura sin ayuda de la araña cirujano? —preguntó mientras veía a Scarlett tomar la aguja curva, ya enhebrada. La extraña bala capaz de traspasar la tela de su vestido, dormía sobre un paño, junto a una petaca de bourbon casi vacía. Cuando regresasen a Shadow Town, deberían entregársela a los alquimistas locos.

—He curado suficientes heridas como para dominar las dos técnicas, Lilly. De todas formas, aunque la araña no hubiese ardido junto con el resto del vagón, mi mano está inutilizada —dijo, alzando su zurda—. Como el resto de mi equipaje. Incluidas mis herramientas.

Y la araña funcionaba conectada a la mano mecánica de Scarlett. Lillian se limitó a asentir, consciente de que eso dejaba a su socia en un estado no mucho mejor del de ella misma.

—¿Qué hay de Kelly? —se atrevió a preguntar Diablo, en cuanto terminó la sutura.

—En poder de Lee —acertó a contestar Lillian, antes de hacer una semblanza de lo sucedido.

—¿Dices que el otro se llamaba Challenger? —La pistolera se acarició pensativa la mandíbula—. Recuerdo haber leído sobre un tal Challenger en los informes sobre Lee. Oficialmente, murió en un accidente de laboratorio —continuó ante el gesto interrogante de Lillian.

Como coordinadora del grupo, Scarlett atesoraba más información que sus dos socias sobre las misiones; bastante menos, no obstante, de la que poseían sus jefes. Semejante método de trabajo nunca les había supuesto un problema. Al menos hasta ahora. Lillian empezaba a plantearse hasta qué punto podrían haber tenido la situación mejor controlada de haber contado con informes más extensos sobre su objetivo.

—¿Y extraoficialmente?

—Los Rangers estaban convencidos de que Challenger estaba haciendo algún experimento a espaldas de Lee. Entre las Sombras, y siempre según los informes, había quien creía que Lee no era tan inocente respecto al invento que provocó la muerte de Challenger. O su supuesta muerte, más bien —añadió con una mueca cansada.

—Y no pensaste que Kelly y yo necesitásemos saber esa información —afirmó Lillian en tono duro.

—No soy yo quien decide qué os cuento y qué no. Supongo que los jefes no tenían dudas sobre la muerte de Challenger.

—Pero sí sobre la honradez de Carter Lee —adujo Lillian, sin dejar de abrocharse la camisa.

—No creo que nadie sospechase que Lee era capaz de hacer volar un tren de pasajeros. —Scarlett se puso en pie y apuró el contenido de la petaca—. Pero lo cierto es que nos han dado por el culo. Ponte las gafas nocturnas, Lilly. Por una vez voy a correr el riesgo de seguir un rastro en la oscuridad.

***

Kelly Jane se revolvía inquieta en sus ligaduras, tratando de liberar sus manos. Los nudos hechos por sus captores no parecían demasiado fuertes; sin embargo, como en otros intentos, la soga se apretó más contra sus muñecas.

Miró a su alrededor. Sus secuestradores no le prestaban atención: los dos vigilantes escrutaban el mundo más allá de los ventanales, el chófer se entretenía afilando su cuchillo, Carter Lee estaba sentado a pocos metros de ella, inclinado sobre una mesa a lo largo de la que se desperdigaban herramientas y cables. Toda la atención del científico parecía centrarse en el Rayo. Si lograba librarse de sus ataduras, bien podría tener una ventaja sobre los cuatro hombres. Además, eran simples humanos, carecían de la ventaja de llevar armas implantadas en su cuerpo. Kelly movió las muñecas, buscando los nudos, pero las sogas se hincaron con más fuerza en su carne, obligándola a soltar un gemido de dolor.

«¡Malditos sean todos los alquimistas locos! ¿Por qué no se le ocurre a ninguno ocultar armas en los anillos o las pulseras?».

Carter Lee se giró en dirección a su prisionera, con una mueca sarcástica en los labios. La señorita O´Hara, si tal era su verdadero nombre, era todo un carácter. Sería una pena tener que someterla, pero no podía correr riesgos. Para Carter Lee solo había algo por encima del bien común, su propio beneficio y Grace tendría un papel clave en el mismo.

—Le aconsejo que no siga intentando liberarse. A no ser que desee ver amputadas sus preciosas manos. Las cuerdas están elaboradas con un tejido creado por mí y solo un buen cuchillo podría liberarla de ellas.

La pelirroja no dijo nada, se limitó a elevar la cabeza del suelo de madera y dirigirle una mirada asesina. Carter Lee arrojó el Rayo sobre el escritorio. Como ya se había esperado, hasta llegar al laboratorio no podría hacer nada para reparar los daños. Eso, si no tenía que crear un nuevo prototipo.

—Jefe, ¿ha podido…? —preguntó su chófer, titubeante.

—Nada que hacer hasta llegar al laboratorio —contestó con un encogimiento de hombros, que debió desconcertar a su secuaz.

Ni él ni los otros conocían las verdaderas ramificaciones de sus planes. Realmente, poco importaba si el Rayo volvía a funcionar o no, una vez destruido el tren. Dentro de unos meses, reaparecería, herido y demacrado, junto a la señorita O´Hara, afirmando que unos bandidos habían robado el prototipo del rayo que portaba con él en el tren y que había sido secuestrado para crear una versión a gran escala. Sus secuestradores lo habrían liberado para enviar un mensaje: «Dennos un millón de dólares o destruiremos las ciudades más importantes del país». Él se ofrecería para crear, sin contraprestación alguna, un arma que contrarrestase el poder del Rayo Demoledor y así purgar su culpa.

Su codicia se vería satisfecha con el dinero del chantaje, pues no dudaba que el gobierno se apresuraría a pagar aún existiendo la posibilidad de crear un artefacto que contrarrestase los efectos del Rayo. Su necesidad de ser adorado, cuando heroicamente lograse crear el anulador. Nadie podría arruinar su plan; todos sus compinches, salvo Grace O´Hara, ya sometida a su influjo, estarían muertos.

—¿Debemos marcharnos entonces, jefe? —preguntó el chófer, sacándolo de sus sueños.

—No, aunque no podamos llenar aún más de miedo al mundo, acabando con quienes descubran los restos del tren, sería una pena perdernos sus reacciones —contestó, al cabo de un rato.

—¿No convendría entonces borrar nuestro rastro?

Cierto. No había pensado en ello. Incluso habiendo viento, este podría no ser suficiente para borrar todas las huellas y, sin sus siervos de carne y metal, no estaban preparados para afrontar un asalto. Por más que un tiroteo pudiese dotar de credibilidad a su secuestro.

Tomó un tubo metálico colocado sobre la mesa. Era un invento tan simple como efectivo. El cilindro despedía una bocanada de aire, que removía polvo y arena hasta borrar el más profundo de los rastros.

—Frank —llamó a uno de los hombres antes de arrojarle el ingenio—. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El vaquero se limitó a tocarse el ala de su sombrero, decorado con una gran pluma india, y salió al exterior. Pasarían horas antes de que la ausencia del tren fuera detectada y más tiempo aún hasta que llegasen allí, pero cuanto antes finiquitasen el problema de los rastros, mejor.

Mientras tanto, él podría aprovechar su tiempo en cuestiones más agradables, pensó mirando a su prisionera. Se situó frente a la pelirroja de tal modo que su entrepierna quedaba casi al lado de la cabeza de la mujer y la cogió por el pelo, obligándola a mirarlo a la cara.

Lee había esperado ver lágrimas de frustración en los ojos de la prisionera Sin embargo, estaban secos y sus labios seguían fruncidos en una mueca de rebeldía. Había tanto odio en su mirada… ¿Sería por el cautiverio o habría algo más?

—Mañana, todo ese desafío se habrá convertido en devoción —amenazó. Ya tendría tiempo, cuando Grace fuese su devota seguidora, de interrogarla sobre su identidad y la de la misteriosa mujer de pelo gris.

Los dedos del hombre acariciaron los contornos de los labios de la muchacha, mientras sus ojos devoraban aquel cuerpo voluptuoso, destinado a ser suyo.

—¡Vaya, señor Lee! Pensaba que me había contratado por cien dólares la noche hasta que llegásemos a Sacramento.

La intención de la muchacha debió de ser premiarlo con una sonrisa de cortesana seductora, pero más bien lo hizo con burla. La única respuesta que obtuvo fue una bofetada lo bastante contundente como para proyectarla contra el suelo. No llegó a sangrar por la nariz, pero su mejilla estaba tan encendida como sus cabellos.

Lee pensó el mejor modo de seguir demostrándole lo que ocurría a quienes no se sometían a su voluntad, pero dos disparos resonaron en la noche, obligándolo a regresar al mundo más allá de la fascinante pelirroja.

Sus dos subordinados intercambiaron miradas interrogativas entre ellos, luego con el propio Lee.

—Id a ver qué ha ocurrido —ordenó.

—Señor, seguramente Frank se habrá encontrado con algún coyote atraído por el olor a carne quemada —objetó el chófer.

Carter Lee no estaba pensando en coyotes, por abundantes que fuesen en la zona, sino en la misteriosa mujer de cabellos plateados. Había estado tan confiado en la efectividad de su heraldo de muerte que no se había parado a tomarle el pulso tras abatirla.

—Id a comprobarlo —se limitó a sisear.

Los dos hombres hicieron un gesto parco de asentimiento y partieron en busca de su compañero. Carter Lee no perdió el tiempo. Se encaminó a la mesa y revolvió entre sus enseres hasta dar con una caja cuadrada, dentro de la cual se ocultaba una suerte de collar metálico. En dos de sus extremos, poseía sendas gruesas bolas de hierro. En el alma del abalorio se ocultaban dos muelles que accionaban las bolas ante el estímulo adecuado, desnucando a quien lo llevase puesto.

No era la joya que habría esperado darle, pero iba a ser el primer collar que le regalase a Grace O´Hara. La joven había logrado incorporarse sobre sus rodillas y ahora lo miraba con una sonrisa triunfal en los labios.

—Está usted muerto, señor Lee. Aunque aún respire –dijo, sin perder la expresión de triunfo, mientras él le abrochaba el collar.

Como si deseasen ratificar su amenaza, más disparos resonaron en la noche. Tres, puede que hasta cuatro. Ninguna voz humana o animal delató cuál había sido el resultado de la batalla. Y para él, aquello era la mejor pista.

Tomó en la mano izquierda el dispositivo que accionaba el collar y la pistola en la derecha. Se quedó al lado de su prisionera, sin desviar la mirada del la puerta.

Próxima estación…. La entrega final

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