Última estación, la muerte V

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Todo había sido fácil. Tal vez demasiado, pensaba Lillian. Al primer pistolero lo habían cogido desprevenido. Los otros dos habían tomado a Scarlett por su compañero, pues Diablo se había tocado con el sombrero del hombre, un Stetson decorado con una pluma india. Ahora pensaban intentar la misma jugada, usando a Lillian como una falsa prisionera.

Sin darles casi tiempo a llegar a la casa, la puerta de la misma se abrió. A partir de ahí, nada trascurrió como lo planeaban. La mayor de las Abott lo intuyó en cuanto vio a Kelly arrodillada en el suelo, cargada con un collar de mortífero aspecto, y a Lee a su lado. Pero no le dio tiempo a avisar a Scarlett antes de que el detonar de una pistola resonase en la cabaña. Se arrojó al suelo mientras, a su espalda, sentía caer a su jefa y amiga.

Desde el suelo, Lillian desenfundó su arma y apuntó contra Carter Lee.

—Yo de usted, tiraría esa pistola —El revólver de Lee apuntaba contra Lillian, un extraño dispositivo, hacia Kelly—. A no ser que quiera ver cómo desnuco a su amiga.

Ya habían vivido eso con el Buhonero Oscuro. Pero allí estaban dos pistoleras para abatir al villano. Ahora, Lillian se sabía sola contra Lee.

—Lillian. Dispara contra él —ordenó Kelly. Los ojos de su hermana estaban impregnados en lágrimas. Su voz, sin embargo, sonaba firme—. La única prioridad es la misión.

La misión. Matar a Carter Lee. Pero, por mucho que lo dijesen las órdenes, eso no podía ser a costa de la vida de su hermana. Lillian arrojó su pistola al centro de la estancia.

—Y ahora, póngase en pie. Una pistolera de su talento puede serme muy útil en el futuro.

Lillian comenzó a incorporarse lentamente; como si estuviese dolorida, su mano derecha se deslizó por el costado, apropiándose, sin que Lee lo viese, del alfiler de sombrero, que se había guardado bajo la camisa. Con discreción, lo tomó por la punta, como en el viejo circo había aprendido a coger los puñales. Cuando estuvo segura de tener una buena diana, lo lanzó.

Lee se dio cuenta demasiado tarde de su artimaña, el alfiler silbó en el aire hasta clavarse en la parte blanda de su muñeca izquierda, obligándolo soltar el dispositivo que accionaba el collar de Kelly.

—¡Maldita zorra! —exclamó al tiempo que disparaba.

Pero sus balas solo acertaron a agujerear el suelo, Lillian se movió rauda para recuperar su pistola. Y no fue la única. Como un verdadero demonio vengador, Scarlett se puso en pie. La bala que la debería haber herido rebotó contra el suelo. Aunque Carter Lee no podía saberlo, el proyectil había impactado contra uno de los implantes del torso de la rubia.

Todo rastro de orgullo desapareció del rostro del investigador quien parecía incapaz de decidir a quién abatir primero. Sin desear rendirse, optó un segundo demasiado tarde por disparar contra Scarlett. Su dedo empezaba a accionar el gatillo cuando la certera bala de Lillian salió escupida del cañón de su pistola. El impacto no mató a Carter Lee, perforó su hombro derecho, obligándolo a soltar el arma mientras caía de rodillas sobre el suelo.

—Ya me explicarás para qué necesitábamos el maldito estoque —murmuró, mientras su socia y ella se acercaban a Kelly y Carter Lee.

Sabiendo al villano inerme, y bajo la vigilancia de Scarlett, Lillian se apresuró a liberar a su hermana del infernal collar primero y luego de unas sogas que le costó más de lo calculado cortar. Cuando por fin estas cayeron al suelo, dejaron a la vista dos brazaletes rojizos. No había sangre, pero sí zonas de piel erosionadas.

—Supongo que desearás terminar tú el trabajo —afirmó, mientras Kelly se frotaba las muñecas.

Por toda repuesta, la pelirroja tomó el revólver y se encaminó hacia Lee. El investigador seguía arrodillado, bajo el escrutinio de Scarlett; al notar la presencia de Kelly alzó la mirada con gesto rayano en lo suplicante.

—¿Sabe, señor Lee? Mis jefes están de acuerdo con usted en una cosa. Merece la pena sacrificar una vida a cambio de salvar miles. Sobre todo, cuando esa vida es la de un montón de escoria como usted.

Una última bala retumbó en la noche, coronando el final de una amarga misión cumplida.

Regreso

El bugy robado a Carter Lee se detuvo frente a la comisaría de St. James. A esas horas del amanecer no se veía a nadie por las calles pero, en el apartamento de la planta superior, se intuía ya la silueta del sheriff en pleno desayuno.

Kelly golpeó la lámina metálica que separaba la cabina del piloto de la caja donde Scarlett había hecho la mayor parte del trayecto, acompañada de los ingenios incautados a Lee y los restos de su propio equipo.

—Ya has llegado a tu estación, diablillo.

Scarlett abrió la puerta corredera y contempló la comisaría. En el apartamento, Rick ya había notado la llegada del vehículo y las vigilaba desde la ventana.

—Kelly, pero si esto no es la granja, es la comisaría.

—Y tú vas a bajarte aquí —se limitó a contestar la pelirroja.

—Aún tengo que redactar el informe para los jefes —refunfuñó, sin demasiada fuerza. En ese momento, nada deseaba más que estar con Rick; dejar que le arreglase la mano, compartir sus caricias, sus besos… Pero no podía dejar sola a Kelly, y Lillian debía cumplir la promesa dada a Anabelle. Además, era importante que la casa de Lee fuese explorada. Conocer qué otros horrores albergaba la guarida del científico y quiénes podían ser sus socios. Si los tenía.

—Yo me encargaré del informe, diablillo. Soy todavía mejor telegrafista que tú. Y si te preocupan los juguetes, estarán seguros conmigo en la granja.

Scarlett hizo ademán de decir algo, pero Kelly la premió con una mirada asesina.

—Scarlett, como no te bajes del coche, te pego un tiro.

La pistolera la premió con lo más parecido a una sonrisa que le permitía su rostro y se bajó del coche. No tuvo tiempo a llegar a la entrada de la comisaría antes de que el bugy se pusiese de nuevo en marcha. Rick abrió la puerta sin darle ocasión de llamar. Sus ojos, por lo común serenos, se llenaron de preocupación. Llevaban siendo amantes cuatro años, después de que ella le salvara la vida en la última misión del hombre como agente de campo de las Sombras. Aun así, Scarlett se seguía preguntando si tales gestos eran realmente un reflejo de su preocupación por ella o el recuerdo de la mujer y el hijo asesinados cuando Rick era todavía el insobornable sheriff de un pueblecito de Texas.

—¿Qué te ha ocurrido?

—Intenté probar mi resistencia a saltar desde un tren en marcha —contestó, tratando de sonar lo más dura posible.

Rick le tomó la mano artificial con delicadeza entre sus dedos de cobre. Había pocos implantados, menos aún hombres, que controlasen tan bien la fuerza de sus miembros biónicos.

—Será mejor que arreglemos eso.

—No tienes recambios para mis implantes, Richard —recordó de repente.

—Te equivocas, Scarlett. Los tengo desde hace cuatro años —la corrigió el sheriff acariciándole la mitad híbrida de su cara.

—Te digo lo mismo que a Scarlett, hermanita —dijo Kelly, al tiempo que paraba el bugy frente a La Aguja de Anabelle. Al contrario que en la comisaría, no se veían luces en el apartamento de la planta superior.

—¿Estás segura? Puedo limitarme a saludar a Belle y regresar contigo a la granja —se ofreció, mirándola con su sempiterno gesto preocupado de hermana mayor.

—Estoy completamente segura, Lillian. —Kelly acarició la mejilla de su hermana. Pese a ser la mayor, la muchacha de pelo gris era la más inocente para muchos asuntos. Entre ellos, los del corazón—. Lo único que necesito es mandar el maldito informe, darme un largo baño y dormir durante dos días seguidos. Ve y disfruta de tu amada.

Sin demasiadas energías para discutir, Lillian se bajó del coche. La entrada del taller estaba abierta y no tardó en encontrarse frente a la puerta de un dormitorio muy familiar para ella. Esa mañana la costurera hizo honor a su sueño pesado; la pistolera se vio obligada a realizar más de media docena de llamadas para que su amante se despertase.

Anabelle acudió a abrir enfundada en su bata. No era esta una prenda vulgar, a pesar de estar elaborada a base de retales unidos y acolchados, a la manera de muchos pueblos aislados del Oeste; el talento de la costurera a la hora de combinar texturas y colores, en forma de sutil degradado, la había convertido en una pequeña obra de arte. Sin embargo, esta mañana lucía mal anudada. Tampoco el cabello de Anabelle estaba como siempre lo había visto; no era la habitual cascada de tirabuzones azabache, acariciada por Lillian en tantas ocasiones, sino una maraña descompuesta. Nada en la modista recordaba a la dama de alcurnia que era por nacimiento y, tal vez por eso, la pistolera de cabellera plateada la veía más hermosa que nunca.

—Lilly. —La costurera empalideció con la mirada fija en el vendaje del hombro de su amante, visible bajo el cuello desabrochado de la camisa—. ¿Qué te ha ocurrido?

Los dedos de la mujer recorrieron el apósito hasta detenerse sobre el corazón, como si fuese consciente de lo cerca que había estado de perder a Lillian.

—Al parecer, no somos los únicos que contamos con munición especial —acertó a responder—. Por suerte hemos conseguido conservar la bala —añadió al ver que la otra seguía muda—, seguro que nuestros alquimistas locos logran mejorar el tejido.

—Será mejor que te prepare un baño y le eche un vistazo a esa herida —titubeó Anabelle, alzando la mirada. Sus ojos brillaban por el efecto de las lágrimas no vertidas.

Lillian la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, sin demasiada oposición por parte de la costurera.

—El baño puede esperar.

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