Microrrelato: Control Aleatorio

Moon

Me adentro en un cuarto de control del servicio Aduanas Interestelares maldiciendo mi suerte y los controles aleatorios. No llevo armas, pero deseaba hacer una entrada discreta en Lustia, y eso resultará imposible si descubren la marca. ¿Pueden ordenar que me despelote si no hay sospechas de actividad delictiva? No logro recordarlo.

Un discreto carraspeo me devuelve al recinto de paredes plateadas. Un oficial de piel dorada me mira impaciente, tras la mesa donde descansan mis maletas.

—Tome asiento por favor, señorita Adams. Intentaremos que el examen sea lo más breve posible.

La voz es tan ambigua como su físico; el tono, áspero. Debe de tomarme por otra puritana de Hawthorne. Si pudiese ver bajo mi traje…

«Serénate, Hazel Adams. No deseas que vean la «A» de alienófila».

Solo mis chalados compatriotas consideran punible —como simple falta moral, gracias al Convenio Interplanetario— procrear con humanoides de otra especie; sin embargo, no es menester colgarse ya en la aduana el cartel de «me follo alienígenas». No son famosas ni nada las cabinas de aclimatación cultural de Lustia.

Mejor me siento y no miro demasiado al doradito. Es andrógino, como toda su gente, pero tiene un morbo especial. Esas facciones aristocráticas, esos ojos como amatistas, los cabellos oro, recogidos en esa coletita Esos labios, nacidos para besar. ¿Hace calor aquí o soy yo?

¿Ha venido a Lustia por placer? —me sobresalta.

Trabajo —carraspeo—. Me incorporo dentro de tres semanas al departamento de Arquitectura de la Universidad Global.

El oficial se limita a mirarme con ironía. Menos mal que ya ha visto los papeles. Aunque, su gesto de mofa… Definitivamente, aquí hace cada vez más calor. Me bajaría un poco la cremallera del mono, pero equivaldría a gritar: «Métemela hasta al fondo». O lo que le plazca; los dorados son cambiaformas hermafroditas, lo mismo dan que reciben o si son creativos… Mejor pienso en otra cosa. ¿Qué tal las maletas? Unos dedos largos, bien torneados, amontonan mis pertenencias sobre la mesa. ¡Ay! ¡Quién fuera esas botas!

«Hazel…»

—Señorita…

Ahora es cuando me ordena quitarme el mono. Armas, encontrará; dos cañones láser, marca Follaalienígenas.

—¿Se encuentra bien?, parece sofocada —pregunta, sin detener el registro.

—Será el cansancio. El viaje desde Hawthorne ha durado un mes…

¿Qué…? —le oigo murmurar, antes de convertirme en estatua carmesí.

No será preciso desnudarse. ¡Los malditos libros que compré en la nave! Lectura ligera para amenizar el viaje… y mandar a la mierda la discreción.

Cuando el aduanero termina de extraer un ejemplar de Cambiaformas y humanas, 100 nuevas posturas, me premia con una sonrisa lasciva. Sus ojos no se apartan de mi pecho. El mono sigue ocultando el tatuaje, pero no logra contener la locuacidad de unos pezones entusiastas.

—Creo… Creo que convendría continuar el control en una cabina de aclimatación —me sugiere.

Tres semanas libres. Y la Universidad agradecerá que esté familiarizada con la idiosincrasia local.

—Acepto, oficial —claudico aún ruborizada—. Durante todo el tiempo que sea necesario.

Y en todas las posiciones posibles.

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