Microrrelato: Control Aleatorio

Moon

Me adentro en un cuarto de control del servicio Aduanas Interestelares maldiciendo mi suerte y los controles aleatorios. No llevo armas, pero deseaba hacer una entrada discreta en Lustia, y eso resultará imposible si descubren la marca. ¿Pueden ordenar que me despelote si no hay sospechas de actividad delictiva? No logro recordarlo.

Un discreto carraspeo me devuelve al recinto de paredes plateadas. Un oficial de piel dorada me mira impaciente, tras la mesa donde descansan mis maletas.

—Tome asiento por favor, señorita Adams. Intentaremos que el examen sea lo más breve posible.

La voz es tan ambigua como su físico; el tono, áspero. Debe de tomarme por otra puritana de Hawthorne. Si pudiese ver bajo mi traje…

«Serénate, Hazel Adams. No deseas que vean la «A» de alienófila».

Solo mis chalados compatriotas consideran punible —como simple falta moral, gracias al Convenio Interplanetario— procrear con humanoides de otra especie; sin embargo, no es menester colgarse ya en la aduana el cartel de «me follo alienígenas». No son famosas ni nada las cabinas de aclimatación cultural de Lustia.

Mejor me siento y no miro demasiado al doradito. Es andrógino, como toda su gente, pero tiene un morbo especial. Esas facciones aristocráticas, esos ojos como amatistas, los cabellos oro, recogidos en esa coletita Esos labios, nacidos para besar. ¿Hace calor aquí o soy yo?

¿Ha venido a Lustia por placer? —me sobresalta.

Trabajo —carraspeo—. Me incorporo dentro de tres semanas al departamento de Arquitectura de la Universidad Global.

El oficial se limita a mirarme con ironía. Menos mal que ya ha visto los papeles. Aunque, su gesto de mofa… Definitivamente, aquí hace cada vez más calor. Me bajaría un poco la cremallera del mono, pero equivaldría a gritar: «Métemela hasta al fondo». O lo que le plazca; los dorados son cambiaformas hermafroditas, lo mismo dan que reciben o si son creativos… Mejor pienso en otra cosa. ¿Qué tal las maletas? Unos dedos largos, bien torneados, amontonan mis pertenencias sobre la mesa. ¡Ay! ¡Quién fuera esas botas!

«Hazel…»

—Señorita…

Ahora es cuando me ordena quitarme el mono. Armas, encontrará; dos cañones láser, marca Follaalienígenas.

—¿Se encuentra bien?, parece sofocada —pregunta, sin detener el registro.

—Será el cansancio. El viaje desde Hawthorne ha durado un mes…

¿Qué…? —le oigo murmurar, antes de convertirme en estatua carmesí.

No será preciso desnudarse. ¡Los malditos libros que compré en la nave! Lectura ligera para amenizar el viaje… y mandar a la mierda la discreción.

Cuando el aduanero termina de extraer un ejemplar de Cambiaformas y humanas, 100 nuevas posturas, me premia con una sonrisa lasciva. Sus ojos no se apartan de mi pecho. El mono sigue ocultando el tatuaje, pero no logra contener la locuacidad de unos pezones entusiastas.

—Creo… Creo que convendría continuar el control en una cabina de aclimatación —me sugiere.

Tres semanas libres. Y la Universidad agradecerá que esté familiarizada con la idiosincrasia local.

—Acepto, oficial —claudico aún ruborizada—. Durante todo el tiempo que sea necesario.

Y en todas las posiciones posibles.

Relato Gratuito: El último mutis

UltimoPortada

Buenos días. Hoy vuelvo a recuperar una histora que estaba navegando en el limbo, para ofrecerla en descarga gratuita en formato epub. Se trata de “El último mutis”, un relato protagonizado por Arcángel (o más bien por su alter ego en la vida civil, Joan Wang). Es una historia con aroma a pulp clásico y toques negros, dónde la protagonista se deberá enfrentar a un dilema.

¿Cómo actuar cuando sospecha que puede estar en peligro la vida de la mujer a quien ama y ella no dispone ni del disfraz que usa en su labor como vigilante ni de sus armas? 

La respuesta, está a un golpe de clic, entre las páginas virtuales del relato. Pero si os apetece saber algo más de Arcángel antes de leer la historia, podéis continuar leyendo esta entrada. 

DESCARGAR RELATO GRATIS

 

¿Quién es Arcángel?

  • Arcángel es Joan Wang, una joven criada para ser una guerrera implacable y una asesina sin escrúpulos al servicio de su padre. Creció en un lugar llamado Zaresh, antigua cuna de guerreros honorables que poco a poco se fue corrompiendo. 
  • Durante años tres máximas guiaron su vida. Máxima obediencia a su amo, no dejarse gobernar por los sentimientos, servir a su señor y a su pueblo con todas sus armas. 
  • Pero Joan desarrolló su propio albedrío y con el tiempo sus propios principios. Eso la llevó al exilio a Nueva York, a ser repudiada por su padre y, con el tiempo, a convertirse en Arcángel, la guardiana de la ciudad. 
  • Pese a haberse consagrando al Bien, Joan vive con miedo a volver a convertirse en una asesina sin escrúpulos.  Por eso tiene una fuerte dependencia emocional de Emily, su pareja. Además de ser una aliada y colaboradora con múltiples talentos, para Joan, Emily es su ancla con la humanidad. 
  • Como Arcángel es una guerra con múltiples recursos, pues al entrenamiento de Zaresh, que le permitió dominar el combate cuerpo a cuerpo o las armas blancas, añadió el manejo de armas de fuego gracias a Emily. No obstante, su complexión la limita a veces a la hora de usar herramientas pesadas. 

Y… Arcángel aún es más que esto, pero creo que para familiarizarse con el personaje vale con estas notas. 

Disfrutad de la lectura, si os decidís a haceros con el relato y os recuerdo que hay más material a coste cero en la sección de descargas gratuitas del blog. 

 

Última estación, la muerte V

loco-1573482_640_ultima20estacion_zpsxhpedysf

Todo había sido fácil. Tal vez demasiado, pensaba Lillian. Al primer pistolero lo habían cogido desprevenido. Los otros dos habían tomado a Scarlett por su compañero, pues Diablo se había tocado con el sombrero del hombre, un Stetson decorado con una pluma india. Ahora pensaban intentar la misma jugada, usando a Lillian como una falsa prisionera.

Sin darles casi tiempo a llegar a la casa, la puerta de la misma se abrió. A partir de ahí, nada trascurrió como lo planeaban. La mayor de las Abott lo intuyó en cuanto vio a Kelly arrodillada en el suelo, cargada con un collar de mortífero aspecto, y a Lee a su lado. Pero no le dio tiempo a avisar a Scarlett antes de que el detonar de una pistola resonase en la cabaña. Se arrojó al suelo mientras, a su espalda, sentía caer a su jefa y amiga.

Desde el suelo, Lillian desenfundó su arma y apuntó contra Carter Lee.

—Yo de usted, tiraría esa pistola —El revólver de Lee apuntaba contra Lillian, un extraño dispositivo, hacia Kelly—. A no ser que quiera ver cómo desnuco a su amiga.

Ya habían vivido eso con el Buhonero Oscuro. Pero allí estaban dos pistoleras para abatir al villano. Ahora, Lillian se sabía sola contra Lee.

—Lillian. Dispara contra él —ordenó Kelly. Los ojos de su hermana estaban impregnados en lágrimas. Su voz, sin embargo, sonaba firme—. La única prioridad es la misión.

La misión. Matar a Carter Lee. Pero, por mucho que lo dijesen las órdenes, eso no podía ser a costa de la vida de su hermana. Lillian arrojó su pistola al centro de la estancia.

—Y ahora, póngase en pie. Una pistolera de su talento puede serme muy útil en el futuro. Sigue leyendo

Última estación, la muerte IV

loco-1573482_640_ultima20estacion_zpsxhpedysf

Cantos de Muerte

El cuerpo le dolía como hacía años que no lo hacía, como los infaustos días en que era una niña indefensa, una marioneta a quien el Buhonero Oscuro implantaba nuevas partes artificiales para transformarla en el Diablo.

Scarlett se puso de rodillas. Aún era de noche y había perdido el monóculo al arrojarse del tren, pero el fuego y su ojo artificial bastaban para constatar el horror. Madera, cuerpos calcinados y toda una colección de objetos cotidianos se desperdigaban por el páramo. El vagón de las chicas estaba intacto, pero ninguna señal de vida brotaba del mismo, ni siquiera los ecos de una batalla. La pistolera apretó los dientes al sentir el roce de los pantalones contra la rodilla izquierda. La tela especial no la había protegido de las consecuencias del choque, tampoco del fuego. En su antebrazo humano, una nueva quemadura acompañaba a las que la marcaban desde poco después de su nacimiento. Su mano artificial no presentaba mejor estado. Había soportado la mayor parte del impacto y ahora estaba paralizada, con los dedos extendidos. Incluso si el dispositivo que activaba las garras de los nudillos funcionaba, no iba a poder usarlas para defenderse.

El garfio del guantelete también estaba atascado. Su único consuelo era que la pistola seguía en su funda. Y aun así era una alegría amarga, pues no tenía más munición de repuesto que la guardada en la bolsa colgada de su cinturón.

Ahora quedaba rezar para estar a tiempo de cumplir la misión y para que las chicas estuviesen vivas.

Sigue leyendo

Última estación, la muerte II

loco-1573482_640_ultima20estacion_zpsxhpedysf

La agente Scarlett Blade miró su reloj de bolsillo. Ya había caído la noche y la alarma de su cinturón no se había activado. Con suerte, eso querría decir que la infiltración de Kelly iba por el buen camino. Ahora le tocaba a ella hacer su trabajo. Con cuidado de no hacer ruido, para no despertar a la otra motorista que viajaba en el vagón, se desproveyó del abrigo y del sombrero, y echó una manta sobre ellos, dejando a la vista el gorro. Ocultos como estaban tras la moto, si la otra se despertaba por casualidad bien podría pensar que su compañera de coche estaba durmiendo.

Con sigilo, se anudó un pañuelo sobre la cabeza, cuidando de remeter toda su melena dorada dentro del mismo, luego tiñó la mitad humana de su rostro con un maquillaje del color de la noche y se colocó el parche de cristal verde de visión nocturna. Tras asegurarse de que era la pistola especial, y no el Colt, la que dormía sobre su cadera, se calzó un guantelete en la mano humana. El guante del mismo era de suave cuero, la antebracera estaba provista de un aparato lanza ganchos.

Lo lanzó contra el techo del coche y luego se dejó elevar por su tracción hasta llegar a la altura de la escotilla. Con agilidad de híbrido, la abrió y se deslizó hasta el exterior del vehículo. En pocos segundos, el coche-cuadra volvió a ser un dormitorio silencioso. Scarlett era una sombra que reptaba sobre el techo del vagón. Lo más difícil vendría cuando llegase al borde. Aún tendría que saltar sobre varios vagones hasta alcanzar la primera clase, donde la esperaban sus dos socias en la vida y en las Sombras.

*** Sigue leyendo

Última estación, la muerte I

loco-1573482_640_ultima20estacion_zpsxhpedysf

El sol reverberaba contra las motocicletas aparcadas frente a La Aguja de Anabelle. Para los visitantes de St. James el local era un simple taller de costura. Pero, como todos los negocios de la ciudad, tenía una cara oculta. Tan secreta como el nombre que daban a la villa sus habitantes: Shadow Town.

Anabelle Clark retrocedió para admirar su último trabajo. Donde menos de una hora antes estuviera una joven vestida con ropas de vaquero, había ahora una elegante viuda, a la que el dolor había robado la juventud y el color de los cabellos. Estos acentuaban el toque macilento de su rostro y aún hacían parecer más negro el atavío de la dama. La prenda era un casto vestido de cuello alto y, cuando llegase el momento de entrar en acción, su tejido especial protegería la vida de su dueña. Al menos, en eso confiaba la costurera.

—El sombrero está demasiado ladeado —murmuró al ver cómo este se inclinaba a la derecha.

La modista se acercó a su cliente y se dispuso a afianzar mejor el alfiler en el moño de la joven, para dar al tocado la estabilidad necesaria. Al hacerlo, las bocas de ambas quedaron a la distancia de un beso.

«Debería besarla», pensó Lillian. No obstante, no hizo ademán de salvar la distancia que la separaba de la hermosa costurera. Pese a que las otras dos ocupantes de la sala conocían sus lazos, la agente seguía sin sentirse cómoda manifestando sus sentimientos hacia Anabelle en público. Y otro tanto sucedía con la modista. Tal vez porque ni ellas comprendían del todo su relación; si las había unido la necesidad de curar dos corazones heridos por la crueldad humana o algo más profundo, oculto en una naturaleza ajena a las leyes y costumbres de los hombres.

—Ya está lista, agente Silver —proclamó la modista, con el mismo tono profesional usado con las otras dos integrantes de la misión.

Agente Silver. No Lillian, ni menos aún Lilly. Anabelle le había puesto dos condiciones cuando decidieron prolongar su relación más allá de una noche. La primera, nada de despedidas. La segunda: «Que sea esta casa la primera que visites cuando regreses de un trabajo».

Hasta ahora Lillian siempre había mantenido ambas promesas; pero el nuevo encargo hacía tambalear su característica seguridad en la buena marcha de sus misiones y en su capacidad para permanecer en la retaguardia mientras su hermana se infiltraba en las filas del objetivo. Se hizo con un elegante bastón y una maletita cercanas y escrutó a sus compañeras. Estaban listas. Scarlett con sus sempiternas ropas de vaquero; Kelly Jane, como una sensual cortesana pelirroja. El Diablo y Las que Cabalgan con el Diablo, las llamaban algunos colegas en secreto, en un mal juego de palabras con el nombre en código de Scarlett. Un equipo perfecto, alérgico a los añadidos. Salvo en esta ocasión. El sheriff Rick Copper Hand volvía al trabajo de campo, después de que una misión le costara la mano cinco años antes. Pero Rick también contaba con el beneplácito de Scarlett; además, su presencia no alteraría la marcha habitual del conjunto, dado que se limitaría a reforzar la imagen de Lillian como viuda adinerada, escoltándola hasta el tren en calidad de chófer particular.

Sí. Estaban listas. Listas para convertirse en tres desconocidas cuando cruzasen las fronteras de Shadow Town; listas para asaltar un tren y acabar con una vida, a cambio, tal vez, de salvar miles. Listas para arriesgar su existencia usando un armamento que Lillian distaba de considerar el idóneo.

—Aún no sé por qué tengo que llevar este maldito estoque —masculló, mirando al bastón. Las armas blancas no eran su especialidad y no entendía qué utilidad podría tener el estoque para cubrir a Kelly Jane si había problemas.

—Una escopeta no es una buena arma para manejarla en un vagón de tren, Lilly. —Scarlett la premió con una mirada irónica de su ojo humano—. Y ya llevas una pistola oculta en la biblia.

La llevaba. Y pensaba ser una viuda muy lectora cuando estuviesen en el tren, pero seguía sin verle utilidad al bastón. O igual el problema estaba simplemente en que Kelly expusiese su vida en primera línea de fuego. Por más que fuesen ya mujeres adultas y pistoleras curtidas, seguía siendo la hermana mayor y no podía librarse del impulso de proteger a la jovial pelirroja.

—¿Alguien más tiene algo que añadir? —preguntó Scarlett. Su mano biónica acariciaba la culata del Colt. Su mirada estaba fija en la siempre risueña Kelly Jane.

—Lista para partir, Diablillo —respondió, como si la responsabilidad que le tocaba en aquella misión no le pesase.

—Bien, señoras, tenemos un tren que asaltar.

La partida

«Otro de esos malditos implantados», pensó el jefe de estación.

El hombre lanzó una mirada despectiva a la nueva pasajera del tren a Sacramento. Viajaba en uno de esos caballos a vapor —una motocicleta, las llamaban— con la caldera humeante. Sus ropas de vaquero estaban manchadas por el humo y el polvo de mil caminos y el sombrero, pese a llevarlo ladeado, no terminaba de ocultar la mitad inhumana de su rostro, cubierta por láminas de un extraño metal negro, desde la que observaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Suba a ese vagón —ordenó señalando a uno de los coches-cuadra, situados en la cola del tren—. No ponga esa maldita caldera en marcha mientras esté dentro.

—Tranquilo, amigo —contestó la vaquera en tono ronco—. Ya no tengo costumbre de volar por los aires —añadió, señalándose el rostro con ademán burlón.

El jefe de estación contuvo un suspiro mientras la veía alejarse. Los malditos implantados siempre daban problemas y hoy había tenido ración doble. Primero, el chófer que había acompañado a una joven viuda para acomodarla en el vagón, un tipo de gesto hosco que había insistido en ser él quien subiese el equipaje de la mujer al coche, y ahora esa maldita vaquera…

—Disculpe, ¿cree que algún mozo podrá ayudarme con mi equipaje?

«Yo mismo» estuvo tentado a decir cuando se encaró con la nueva pasajera. La mujer suponía un dulce cambio frente a sus predecesores. Una diosa pelirroja que enfundaba sus sensuales contornos en un vestido verde. Sus manos jugueteaban con el mango de una sombrilla y una gran maleta descansaba a sus pies. Al jefe de estación no le cabía duda sobre cómo se ganaba la vida aquella belleza. Pero la Munro Railway siempre había tratado bien a las cortesanas.

—Por supuesto, señorita.

Sigue leyendo

Relato: En Letras Ardientes

 

*Relato publicado originalmente en la antología gratuita Hell or Win, editada por las Pastilla Azul (disponible para su descarga en Lektu) 

.

EN LETRAS ARDIENTES

Recuerda, tienes que matarlo en menos 666 palabras, sin ediciones, si no…

Lo sé, lo sé. Llevamos cinco años con este juego. Ya he aprendido a ir al grano —susurró Alice. En el despacho no se oía más voz que la suya, pero seguía sin ser capaz de limitarse a contestar telepáticamente a los pensamientos de Grace.

Exhaló una bocanada de aire y acercó sus dedos al teclado. Pronto las letras ardieron sobre la hoja en blanco.

Handy Joe O´Hara sonrió al adentrarse en su refugio favorito de Nueva York. Los chicos se habían acordado de apostar un Jack O´Lantern en el alféizar de la ventana, con la mirada fija en el exterior. Joe no era creyente, ni menos aún supersticioso, pero en Halloween siempre colocaba su calabaza para espantar a los espíritus de sus víctimas, tal y como su abuelo, verdadero diablo en los días violentos de Hell´s Kitchen, le había ensañado a hacer. Tranquilizado por la presencia de la figura protectora, se llevó un cigarrillo a los labios al tiempo que alargaba la mano hacia el interruptor de la luz, apagada hasta ese momento. Cuando accionó la llave, escuchó un suave clic, pero el apartamento siguió tan en penumbra como antes.

Una puta bombilla fundida. Alguien iba a perder un dedo por eso. Handy no se había ganado el sobrenombre por ser un buen tahúr. Sus víctimas se contaban por manos cortadas, y los fallos de sus hombres, en dedos amputados. Sigue leyendo

El Tocado por Ra

Hoy, en esta ya clásica sección Flashback, analizaremos uno de los rodajes que más ríos de tinta hizo correr en su momento. Sí, señores, La Séptima Mujer del Asesino les contará la verdadera historia de la inacabada el Abrazo de la Momia.

Como cualquier avezado seguidor de esta revista recordará, El Abrazo de la Momia estaba destinada a ser el buque insignia del nuevo fantaterror español. Al menos eso era lo que pretendía Alfredo Huidobro, director de Walpurgis Productions. Desde luego, puso medios para ello. Como director, fichó a uno de los autores más singulares de este cuarto de siglo: Guido Torquemada, temperamental creador que dotaba de su inigualable toque personal hasta a las películas de encargo. Como en cierto modo era este proyecto, al menos en su origen. Por ello, tuvo que prescindir de su idolatrada musa y amante, la oscarizada Rita Montenero, para contar con la estrellita del cine de horror europeo Glenda Fox, que a los ojos de algunos críticos miopes estaba destinada a convertirse en la próxima Barbara Steele. Para quien esto suscribe los talentos de Miss Fox eran tres: su grito de contralto y… bueno, no creo que tenga que decir cuáles eran los otros, todos tenemos grabado en la retina el plano de la mordedura de El Hastío de Dracula (Dracula´s Weariness, 2024), la única colaboración de la actriz con la productora británica Damned.

untitled

Hábil negociador, Torquemada aceptó la imposición de la actriz para poder así ser él quien escogiese al protagonista masculino de la trama. Pocos podían dudar lo que tenía en mente aquel genio: las grandes películas de monstruos estaban interpretadas por verdaderos monstruos. El seno derecho de la señorita Fox conservaba una prueba clara de ello. Y si algo amaba Torquemada, era el realismo. De ese modo, había contado con mafiosos reales en El sonido de la Lupara (Il canto della Lupara, 2022) o con auténticas brujas en El último aquelarre (Le strige si riunono a mezzanotte, 2024)i. Cabe señalar que esta última propició su adiós al cine italiano cuando una de las hechiceras trasformó en cacatúa al actor protagonista de la película, el mujeriego Gianni Lavia. Después de aquello residiría unos años en Francia donde, entre otras, rodó la que muchos consideran su opus maximun, el thriller político El Peso de la Corrupción (L´adieu de l ´innocence, 2026). Un año más tarde de rodada esta, el director recaló en nuestro país, donde pronto aceptó el reto propuesto por Huidobro. Sigue leyendo

Relato: Con la sangre del inocente, regresarán. Primera Parte

Relato publicado originalmente en el Especial Vuelo de Cuervos, semana santa 2015.

Con la sangre del inocente, regresarán

No era frío, más bien era como si alguien hubiese sorbido todo el calor de su cuerpo. No recordaba qué le había sucedido, ni era capaz de imaginarse dónde podía estar. Solo tenía claro que no podía moverse, que sus pies no tocaban el suelo y el dolor se adueñaba de sus brazos abiertos en cruz. Su cuerpo desnudo estaba perlado de miedo; sus párpados, soldados por la angustia. Por una vez, le susurraba una vocecilla, la incertidumbre podría ser preferible al conocimiento.

Por desgracia para él, desde hacía unos segundos notaba un calor próximo a la piel, ascendiendo en dirección a su rostro; cuando la escalada culminó, Luis apenas tardó unos segundos en abrir los ojos. Solo invirtió uno en desear no haberlo hecho. El calor provenía de una tea sujetada por un embozado. El desconocido permaneció unos minutos mirándolo, sin decir nada; sin embargo, el prisionero percibía su complacencia. Al poco, el encapuchado se alejó. Sus pies no sacaban eco alguno en los muros de la mazmorra.

***

«¿Qué pasa por tu tierra? ¿Habéis sacado de paseo a la Terza Madre?»

Ángeles cerró Facebook sin llegar a contestar al mensaje; jocoso o no, el comentario resultaba muy acertado, tal vez demasiado. Tomó por enésima vez una colección de recortes de periódico que pocos asociarían con una historiadora y profesora universitaria. Niños ahogados, suicidios, atracos que culminaban en masacres, la violación, crucifixión y asesinato de una estudiante de medicina con pintas de animadora… Todo había sucedido en menos de una semana y, para la gente, era una simple muestra de la demencia que impregnaba a toda la sociedad.

Para ella era la manifestación de una amenaza más peligrosa que la Mater Lacrymarun de la película de Argento. Y, por desgracia, no tenía claro si sería capaz de detenerla. Había perdido demasiado tiempo en escaramuzas, evitando que más sangre llenase los titulares de los periódicos, en lugar de estudiar las pistas, las señales de que nada era casual, sino el preludio del renacimiento de un mal primigenio. Los seguidores del poder oscuro se habían hecho con una presa adecuada, estaba segura, y, si no se lo impedía, esa noche de jueves santo abrirían las puertas de la destrucción.

Caminó silenciosa hasta la ventana. Entre sus alumnos tenía fama de mujer atractiva, seductora incluso. Esa noche, el rostro moreno que la hacía merecedora del apodo de «La Mora» estaba pálido, deformado por una mueca de tensión. Podía sentir el mal impregnando la ciudad, rodeándola, aunque no pudiese identificarla como a su enemiga. Si salía a la calle como su verdadero ser, estaría muerta tal vez antes de llegar al lugar del sacrificio… Y si se ocultaba de ellos corría el riesgo de perder su propia alma.

¿Cómo debería actuar?

—La respuesta es sencilla, ¿no crees, Ángeles? —murmuró por lo bajo—. ¿O tienes que darte una de tus collejas para espabilar?

No fue necesario recurrir a la artillería pesada. A sus labios había asomado una sonrisa decidida, un punto maliciosa; la de una cazadora incapaz de decir «no» a cualquier reto, por arriesgado que fuese. Su mirada se cruzó con una de las estatuillas foscas distribuidas por los escasos huecos libres de la biblioteca. Representaba a un ser de piel rojiza cuarteada, desprovisto de genitales; su rostro alargado apenas mostraba una hendidura horizontal allí donde estaba la boca y dos estrechas ventanas para representar unos ojos entrecerrados. Nariz y orejas eran meros orificios y los cabellos un mar de cortas espinas del que emergían dos pequeños cuernos retorcidos. Nunca despertaba la atención de nadie, pero era la pieza más singular de toda la colección.

Ángeles colocó la figura en el centro de la mesa baja situada frente al sofá; un mueble antiguo, tallado con toscos dibujos geométricos, marcado por las cicatrices de viejos ataques de polilla. Se alzaba como un bloque carente de cajones o estantes sobre cuatro patas cortas y gruesas y el comentario más halagüeño que despertaba era: «¿Cómo no te deshaces de esta mierda?».

Algunas «mierdas» resultaban muy útiles. Sus dedos tentaron una figura compuesta por tres hexágonos concéntricos; acarició una de las caras del situado en la parte interior; estaba un poco torcida, como si el torpe tallista se hubiese desviado. La madera cedió bajo la presión; con gesto experto, la mujer giró un cuarto de vuelta hacia la derecha, luego media hacia la izquierda. El cuadrante se desplazó dejando a la vista un medallón broncíneo, decorado con una escritura rúnica indescifrable para cualquier experto, y una copa de idéntica tonalidad. Colocó el primero a los pies de la estatua; la segunda a su diestra. Dejó abierto el compartimento secreto, cerró los ojos y alargó los brazos, de tal forma que los dedos de las manos, salvo los pulgares, acariciaban las runas del medallón.

Sus labios no tardaron en entonar un canto de invocación tan antiguo como la propia humanidad.

Ya no sentía frío, solo parálisis, un sopor que no lograba convertirse en sueño y terror; sobre todo, terror. Hacía unos minutos, media docena de encapuchados habían colgado teas encendidas en los soportes de la pared. Ahora volvía estar solo, pero ya no lo rodeaba un manto de oscuridad; podía ver su prisión, aunque fuese entre sombras. Las paredes desprovistas de ventanas, el techo bajo, las pinturas monocromas de seres aberrantes que decoraban los muros. Y sobre todo, a pocos metros de donde él estaba crucificado, veía el sello, un ojo ciclópeo que se abría en el suelo clavándole una mirada capaz de devorar su alma.

Luis cerró los párpados, pero aun así seguía percibiendo aquella pupila pétrea escrutándolo, prometiéndole una muerte lenta y dolorosa.

Frente a ella, detrás de la mesa, se elevaba la versión real de la estatuilla; su respiración era suave, sin embargo, llenaba toda la habitación; sus ojos llameaban como dos ascuas cargadas de autoridad.

Lodaroch, guardián del Equilibrio. Su patrón.

—El mal acecha próximo a despertarse —susurró—. La sangre lo encerró cuando su elegido fue destruido por Jesús durante la Eucaristía. Ahora la sangre de un inocente puede de nuevo despertarle.

Ángeles contuvo las ganas de decirle que contase alguna novedad, que no se dedicaba a molestar a divinidades para tomarse unas cañas y una tapita de ibérico.

— Lo sé, mi señor, por eso os he invocado.

—El precio puede ser elevado. Este es un mal al que solo se puede destruir hermanándose con el mal.

—¿Alguna vez he dicho que «no» a un reto por complicado que fuese? —contraatacó, sin ocultar el sarcasmo.

Una risa sepulcral sacudió la estancia con la fuerza y la brevedad de un golpe de fusta.

—Así sea. Que la fuerza de tu espíritu te guíe en tu lucha, por la senda del Equilibrio.

El dios elevó los brazos en línea con la copa situada al lado de su figura, con las palmas vueltas hacía arriba mientras sus labios susurraban una extraña letanía. Pronto algo en la copa empezó a burbujear; era un líquido oscuro y denso. Su aroma desagradable tenía un ligero toque a azufre, pero Ángeles no arrugó la nariz ni apartó la mirada impasible del ser al que habia invocado.

Nada más terminar su canto, el dios colocó los brazos paralelos al cuerpo y se quedó tan inmóvil como la estatuilla que lo representaba. Ángeles tomó la copa he hizo ademán de brindar.

—Que mi tozudez me mantenga en el lado de los buenos —rio antes de acercar la copa a los labios.

Cuando iba a apurar la bebida, la mujer creyó sorprender una sonrisa asomando a los finísimos labios de Lodaroch. Pronto dejó de verla o de percibir cualquier otro detalle de su salón-despacho. Nada más catar el primer sorbo de brebaje, todos sus sentidos quedaron atrapados por este. Sentía la más profunda amargura extendiéndose por su paladar, el azufre apoderándose de su olfato; un ejército de sombras oscilantes se colaba bajo sus párpados, al son de una marcha de tambores. Pero nada era comparable al dolor; una mano le revolvía las entrañas, mientras otra le apretaba el corazón; su piel ardía… Ángeles cayó al suelo entre convulsiones, mientras su cuerpo parecía estirarse, retorcerse, mutar.

—No me gustan las transformaciones —jadeó mientras se incorporaba a cuatro patas—, no me gustan nada.

Y aún no había contemplado su nuevo aspecto en el espejo de su dormitorio. Una piel escamosa, de un tono azul grisáceo se entreveía por el escote de su camisa negra; también se apoderaba de la mitad derecha de su rostro, convirtiendo la expresión de su boca torcida en una mueca cruel. El cabello negro no habia mutado y, sin embargo, en lugar de una seductora cascada azabache, semejaba un manto de maldad. Sus manos no habían perdido la fisonomía humana; sin embargo, sus dedos parecían más delgados y paradójicamente más fuertes, además de estar rematados en garras. No podía ver sus piernas, pero también habían cambiado, ahora eran más potentes y rápidas.

Ahora era parte del mal y su peor enemigo. Sin embargo, aún no estaba lista. Iba a necesitar más armas que la fuerza de su nuevo cuerpo. Cogió una cazadora de piel del armario y regresó al salón. Tras abrir un nuevo compartimento secreto de la mesa de centro, se colocó una sobaquera con una automática pavonada del .38; en el cinturón, colgó dos largos cuchillos curvos envainados. Por último, deslizó el medallón en uno de los bolsos de la chaqueta. Las armas blancas estaban forjadas en plata, también las balas eran de ese material. El metal sagrado repelía a los horrores primigenios.

Cuando salió a la calle, algunas figuras oscuras se unieron a su paseo. Llegó a cruzarse con algunas personas normales, pero ninguna dio señales de ver nada extraño ni en ella ni en el resto de criaturas oscuras.

R´ste Oh, Erthera, Spirac dag farhed

Aquel canto extraño e indescifrable llenaba la estancia desde hacía varios minutos. Provenía de las gargantas de decenas de encapuchados que humillaban sus testas con reverencia, en dirección al calvario y al encapuchado situado al lado de este.

De pronto, el canto se detuvo, permitiendo oír un chirrido de poleas. Poco después descendía ante sus ojos una barra horizontal equipada con grilletes. A un gesto del líder, dos embozados se apresuraron a abrir las esposas que habían asegurado al prisionero al crucero. Habría sido un buen momento para intentar luchar; por desgracia sus brazos eran pesados apéndices sin fuerza y solo se movían bajo la presión de la voluntad ajena. Al poco, se encontró colgando sobre el suelo con los brazos en cruz. Las poleas volvieron a chirriar; como en la peor de las pesadillas Luis se vio elevado en el aire y desplazado hacia el centro del sello que llamara su atención.

Seis embozados de la primera fila se desprendieron de sus capas; Luis sintió cómo el miedo se congelaba en su garganta. Los cultistas bien podían recibir el nombre de demonios o el de mutantes. Los rostros de algunos estaban cubiertos de escamas; los de otros deformados por quemaduras de carne replegada; sus miradas estaban sedientas de sangre; sus manos, rematadas garras. Nada de eso despertaba el mayor de sus horrores, sino los largos látigos que portaban al cinto.

A una orden de su amo, todos tomaron las fustas.

Cuando el primer látigo restalló contra su torso, el grito se escapó de la garganta de Luis. Sus nuevas muestras de dolor quedaron enmudecidas por un nuevo canto.

En el pozo se escuchaba un susurro; el de un mal dispuesto a despertar.

Relato erótico: ” A cuatro manos”

Finjo atarearme en el ordenador, mientras espero a que la profesora me remita las correcciones de mi último microrrelato o, en su defecto, un correo plagado de exabruptos. Eso, si no decide echarme un rapapolvo delante de toda la clase. No, soy injusta, Raquel no es así; le duele humillar a la gente, por eso limita sus correcciones al ámbito privado.

Además, no me puede negar que me he ceñido al tema propuesto: «metatexual». Qué le voy a hacer si mi musa es ese pozo de lujuria que se oculta bajo sus ropas severas, si cuando aporreo el teclado acaricio su cuerpo y en la pantalla veo sus labios esperando mi beso. Así, claro, sale lo que sale…

Epopeya

Versos lascivos brotan de tus labios mientras saboreo tus pezones erectos. A media que mi lengua desciende por tu torso, se unen, pícaros, formando coplas procaces, hasta que a medio camino, como buena narradora omnisciente, me obligas a detenerme; innovas con la narrativa y haces una acotación teatral, depositando en mis manos un rotulador. Yo lo miro como si fuese un experimento dadaísta hasta que tú me espabilas, en una lección magistral de uso los vulgarismos, cuando me gritas «¡Métemelo de una puta vez!» Obedezco y alabas mi pericia, intercalando onomatopeyas obscenas entre tus gemidos de placer. Con tu clímax, me haces recordar que la exageración también es un recurso literario. Cuando recuperas el resuello, me susurras nuevas tareas «Autobiografía pornográfica, a cuatro manos.»

Un suicidio en poco más de cien palabras. Porque, como todos, al hacer la matricula firmé un compromiso en el que aceptaba dejar las hormonas fuera del aula. Al parecer, otros años esto ya era una bacanal romana a medio curso para devenir, en los últimos compases, en un culebrón de sobremesa con intentos de estrangulamiento incluidos. Por eso, acabaron por meter la clausulita de castidad de las narices: nada de líos entre alumnos y, por supuesto, nada de insinuaciones lascivas a la profesora.

Cuando me llega la respuesta de Raquel, el corazón me da un vuelco. Pese a mis negras expectativas, no es un rapapolvo, tampoco una corrección. Es otro relato.

Princesa

Nunca quiso ser la princesa del cuento ni ser cortejada por un gallardo caballero, matador de dragones. Lo que Bianca deseaba era que alguien colocase a sus pies el Fruto Prohibido.

Hoy, el foso de su castillo rebosa príncipes azules, mientras ella contempla hastiada un zapatero lleno de escamas.

Es críptico el muy jodido, pero que me ahorquen si no me está provocando. Busco su mirada. Aún está con correcciones y sus dedos juguetean con un bolígrafo. Al saberse observada, detiene el volteo y, con exquisita discreción, lame el trasero del rotulador con la punta de su lengua. Luego, tiene la osadía de guiñarme un ojo. Siento que el calor se adueña de mi ser, debo parecer más sofocada que una menopáusica en una sauna. Tengo que contenerme, por mucho que lo desee no puedo lanzarla sobre la mesa en plena clase y empezar a arrancarle la ropa a mordiscos. Estos muermos nos joderían la función antes de haberla empezado. Tampoco es buen momento para empezar a meterme mano. Seguro que la lameculos de la Maripuri, mi vecina de mesa, se daría cuenta de lo que estoy haciendo y le daría el soplo a Raquel, al director del centro y hasta lo publicaría en el periódico local si se le pone a tiro. No. Tengo que contenerme. Y no se me ocurre mejor forma de tener las manos entretenidas que pergeñar una respuesta al micro de Raquel.

Madrastra

Blancanieves dejó al Príncipe Azul discutiendo con Siete Enanitos y regresó al castillo. Allí, demostró a su madrastra que había partes de su cuerpo más sabrosas que corazón alguno.

Y, colorín colorado, el Espejo Mágico se ha sonrojado.

Es un poco bruto, pero nunca puedo resistirme ante una perversión de un cuento popular. Por desgracia, antes de que Raquel pueda leer el micro, retoma su lección.

diablilloliterario

El diablillo picarón disfrutando con la lectura

Como de costumbre, me abstraigo de sus explicaciones. Ahora mismo, poco me importan los efectos que el exceso de adverbios acabados en mente tiene sobre la mente del lector. Su lenguaje corporal es mucho más interesante. Más aún hoy. Si tenía alguna duda sobre la razón de la ausencia de respuesta a mi correo, su actitud la evapora. Durante toda la disertación, emite señales que solo yo sé interpretar y que ponen a prueba mi autocontrol, sobre todo ese modo de acariciar el rotulador más que sostenerlo… No puedo dejar de imaginar que, en lugar del rotulador, son mis pechos lo que esos dedos acarician, que mis pezones erectos son ese tapón rojo pasión que ella está ahora recorriendo con la yema del pulgar. Estoy a cien. Si no llevase un sujetador con relleno, creo que ahora mismo mis pezones estarían pugnado por agujerar la tela de la camiseta. No sé cómo estoy logrando contener las ganas de arrojarla sobre su mesa y empezar aquí la representación de mi humilde Epopeya. Pero lo hago. Me siento heroica, y pienso cobrarme mi premio cuando salgamos de aquí.

Creo que ni Herakles pasó por una prueba tan dura como la que hoy he superado. Ya suena la trompeta (sí los organizadores del curso son así de originales) que anuncia el fin de la clase. Y el de mi dulce agonía… No es solo que ya no tenga que contenerme, es que Raquel ha tenido tiempo de teclear una apresurada respuesta.

Ya de adulta, Alicia dejó de perseguir conejitos blancos; solo la estela de un venado llevaba al verdadero País de las Maravillas.

Parece que mi periplo heroico no ha terminado, pero hermoso es el premio que lograré al salir victoriosa de semejante lid. Le hago un gesto discreto de comprensión. Después, me apresuro a cumplir con las tareas encomendadas.

Hoy es mi día de suerte. Tenía duda sobre qué variedad del fruto prohibido comprar y en la tienda tienen una pequeña remesa de García Sol. Su exterior es una alegoría pasional, su interior rebosa erótico jugo. Al pagar, me ruborizo cuando el frutero me pregunta si hace mucho calor en la calle. Pertrechada con mi fruta prohibida, me adentro en una parte menos concurrida del barrio. Nadie confiesa acercarse por la zona, pero todo el mundo la conoce, sobre todo cierta calle decorada con azulejos con motivos de caza: escopeteros y animalillos cornudos. Ni idea de si son venados o bambis, la verdad. Solo sé que es la estela que he de seguir para llegar al único País de las Maravillas que tenemos por estos lares.

Pese a su nombre, la fachada del local más parece sacada de una película posapolíptica. Pintura desconchada, un toldo que ya ni se acuerda de cuándo fue rojo, un cartel de neón con luces fundidas que parece vender « l Pa s d la Mar vi as». Espero que lo de dentro esté algo mejor.

Acciono la manilla y, en cuanto doy un primer paso en el interior de ese antro de perdición, un aroma tan sensual como exótico me embriaga. La música suena suave, envolvente y la luz tamizada crea una sensación mágica. Más que en el País de las Maravillas, tengo la impresión de estar en un escenario a lo Mil y una noches. Por unos segundos, me olvido de Raquel y siento deseos de perderme entre la multitud, de explorar ese universo sensual que se esconde bajo la decrépita fachada de un club de alterne de barrio. Pero, antes de que dé un paso, me intercepta el Hada Madrina o, más bien,su hermana, la reina del sadomaso. Tiene alitas y una varita con estrellita incluida, pero las alas están pegadas a los tirantes de un sujetador que no tiene dónde poner otro remache metálico, y la varita decora el mango de una fusta. Una falda-cinturón de cuero y unas botas hasta la rodilla rematan su atuendo.

—¿Eres Alicia? —me ruge.

Por unos segundos me siento confusa y con ganas de salir corriendo. Pero, al final, asiento. «Alicia» no es mi nombre, pero supongo que Raquel se toma muy en serio esto del guiño a los cuentos populares.

—Bianca me dijo que te acompañase hasta su castillo. Sígueme —ladra, autoritaria.

Obediente la sigo, mientras empiezo a preguntarme si Raquel tendrá por costumbre hacer estas pantominas. El Hada Sadomaso no parecía muy sorprendida por el teatrillo del que le ha tocado formar parte. Finalmente, me deposita a la puerta del castillo, la habitación 69 de ese mundo perverso. Ahora entiendo por qué Raquel siempre sonríe de un modo tan peculiar cuando nos dice que, a veces, es bueno recurrir a los tópicos.

Mi enérgica guía me da un sobre antes de despedirse. Lo abro para encontrarme una nota muy escueta, y casi tan mandona como el Hada de los Látigos.

Deja la fruta sobre la cama y desnúdate. Luego, escribe. Si te tocas, estás suspendida.

Raquel esta en la cama, desnuda, su espalda se apoya contra el cabecero de forja. En la mano izquierda, sostiene una versión hiperbólica del rotulador y sus piernas están abiertas en una posición nada sutil. Coge una manzana de la bolsa que he dejado sus pies.

Como buena alumna, me afano en cumplir el resto de instrucciones, agradeciendo líbrame de la ropa sudada.

Mi mesa está justo enfrente del lecho; primera línea de lujuria. ¡Bendito sea al tacto frío de la silla bajo mis nalgas! Creo que ha bajado mi temperatura corporal un par de grados. No sé cómo no ha salido humo y todo. En fin, mejor me concentro en Raquel y en el teclado. Sobre todo en el teclado; no quiero suspender este examen en particular. Y no es que la maestra me lo esté poniendo fácil. Raquel devora la manzana a pequeños mordiscos, dejando que la punta de su lengua se escape en ocasiones de su boca y lama con lascivia las zonas mordidas, como si me estuviese diciendo: «Estas podrían ser tus tetas». Su otra mano no se está quieta, ni mucho menos, se ha metido el falso rotulador en lo que los cursis llamarían su «pozo de placeres» y ahora lo mueve con tanto frenesí que temo que la pobre acabe con ampollas por culpa de la fricción.

El movimiento del juguetito es ya tan frénetico que Raquel apenas puede tentarme con la manzana, sus labios están demasiado ocupados frunciéndose para contener unos gemidos que no me tentarían más si fuesen audibles.

Me paso la mano por el cuello, cubierto de sudor, por unos segundos, siento el impulso de dejarla bajar por mi torso, de acariciar mis senos y estrujar unos pezones ya dolorosamente erectos. Concluida la escalada, atravesaría el desierto de mi vientre para adentrarme entre la maleza en busca de terrenos pantanosos… Y aliviar de este modo el calor que me invade… Inundar una silla que ya está sensiblemente húmeda… ¡No! ¡No puedo hacer eso! Debo escribir. Aporreo el teclado casi al azar. Vomito sobre él mis fantasías, en un baile de erratas que no sería capaz de solucionar ni el Corrector de Hamelin.

Por fortuna, los dioses se apiadan de mí en el momento adecuado. Raquel exhala un complacido suspiro de placer en el mismo instante en que mis dos manos abandonan el teclado. ¡Ha estado cerca!

A una orden suya, le paso el ordenador. Entre febril y atemorizada, la veo leer el delirio que he perpetrado. Finalmente, deja el portátil a un lado y, tras mirarme con un gesto severo que me hace temer lo peor, me susurra.

—Autobiografía pornográfica a cuatro manos.

Creo que es la primera vez que alguien cita un escrito mio. Casi me pone tan a cien como la propia Raquel

Siguiendo mis dictados, me siento a horcajadas sobre ella y le robo la manzana. Mientras reto a mi profesora con la mirada, doy un buen mordisco al fruto prohibido. Ahora la pelota está su tejado. Que me demuestre si es o no buena lectora. Lo es. Fiel al primer párrafo, Raquel sumerge el todavía húmedo rotulador entre los pliegues de mi sexo. Me muerdo el labio inferior para contener un gemido de dolor. Eso no estaba en el guión, pero el juguetito es más ancho de lo que esperaba, y Raquel lo está sumergiendo en latitudes inexploradas. Espero que no se encuentre allí al Demonio de las Profundidades o algo así. De momento, se está limitando a descubrir al monstruito perverso que acecha en lo más íntimo de mi ser. Mi cuerpo se está electrizando de un modo que jamás había creído posible —y no es que antes fuese una mojigata—, mientras el aparatito se mueve en mi interior a un ritmo endiablado. Su anchura me provoca pinchazos de placentero dolor que aún se hacen más intensos a medida que su osadía exploradora la hace avanzar hacia territorios más inhóspitos. 

Quiero gemir, gritar como una perra en celo. Deseo decirle que no pare, que vaya más allá, que me lo meta hasta que me salga por la boca. Pero no puedo. A la cabrona de mi musa le pareció buena idea susurrarme que yo debería permanecer muda en este punto de la función. Así la escena tendría más morbo. ¡Jodida cabrona fumadora de ficus! Por lo menos me dio margen para improvisar. Solo me hizo escribir: Nada de hablar o emitir ruiditos complacidos. Suerte que aún tengo la manzana en la mano. Empiezo a engullirla compulsivamente, tratando de seguir el ritmo del osado cilindro explorador; un río de jugo se convierte en cascadas a la altura de mis pezones. Fiel al cuarto párrafo, Raquel las intercepta y las explora hasta llegar a sus fuentes. Su lengua se pasea, provocadora, a lo largo mis labios.

Ante esa caricia ya no puedo aguantar más, y me derramo, evitando así que el rotulador se incendie en mi interior.

Raquel me mira con su mejor gesto inescrutable.

—¿Autobiografía pornográfica a cuatro manos? —pregunto con timidez.

—Toda una jodida serie —me contesta, segundos antes de meterme la lengua en la oreja.