Relato Gratuito: El último mutis

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Buenos días. Hoy vuelvo a recuperar una histora que estaba navegando en el limbo, para ofrecerla en descarga gratuita en formato epub. Se trata de “El último mutis”, un relato protagonizado por Arcángel (o más bien por su alter ego en la vida civil, Joan Wang). Es una historia con aroma a pulp clásico y toques negros, dónde la protagonista se deberá enfrentar a un dilema.

¿Cómo actuar cuando sospecha que puede estar en peligro la vida de la mujer a quien ama y ella no dispone ni del disfraz que usa en su labor como vigilante ni de sus armas? 

La respuesta, está a un golpe de clic, entre las páginas virtuales del relato. Pero si os apetece saber algo más de Arcángel antes de leer la historia, podéis continuar leyendo esta entrada. 

DESCARGAR RELATO GRATIS

 

¿Quién es Arcángel?

  • Arcángel es Joan Wang, una joven criada para ser una guerrera implacable y una asesina sin escrúpulos al servicio de su padre. Creció en un lugar llamado Zaresh, antigua cuna de guerreros honorables que poco a poco se fue corrompiendo. 
  • Durante años tres máximas guiaron su vida. Máxima obediencia a su amo, no dejarse gobernar por los sentimientos, servir a su señor y a su pueblo con todas sus armas. 
  • Pero Joan desarrolló su propio albedrío y con el tiempo sus propios principios. Eso la llevó al exilio a Nueva York, a ser repudiada por su padre y, con el tiempo, a convertirse en Arcángel, la guardiana de la ciudad. 
  • Pese a haberse consagrando al Bien, Joan vive con miedo a volver a convertirse en una asesina sin escrúpulos.  Por eso tiene una fuerte dependencia emocional de Emily, su pareja. Además de ser una aliada y colaboradora con múltiples talentos, para Joan, Emily es su ancla con la humanidad. 
  • Como Arcángel es una guerra con múltiples recursos, pues al entrenamiento de Zaresh, que le permitió dominar el combate cuerpo a cuerpo o las armas blancas, añadió el manejo de armas de fuego gracias a Emily. No obstante, su complexión la limita a veces a la hora de usar herramientas pesadas. 

Y… Arcángel aún es más que esto, pero creo que para familiarizarse con el personaje vale con estas notas. 

Disfrutad de la lectura, si os decidís a haceros con el relato y os recuerdo que hay más material a coste cero en la sección de descargas gratuitas del blog. 

 

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Relato: En Letras Ardientes

 

*Relato publicado originalmente en la antología gratuita Hell or Win, editada por las Pastilla Azul (disponible para su descarga en Lektu) 

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EN LETRAS ARDIENTES

Recuerda, tienes que matarlo en menos 666 palabras, sin ediciones, si no…

Lo sé, lo sé. Llevamos cinco años con este juego. Ya he aprendido a ir al grano —susurró Alice. En el despacho no se oía más voz que la suya, pero seguía sin ser capaz de limitarse a contestar telepáticamente a los pensamientos de Grace.

Exhaló una bocanada de aire y acercó sus dedos al teclado. Pronto las letras ardieron sobre la hoja en blanco.

Handy Joe O´Hara sonrió al adentrarse en su refugio favorito de Nueva York. Los chicos se habían acordado de apostar un Jack O´Lantern en el alféizar de la ventana, con la mirada fija en el exterior. Joe no era creyente, ni menos aún supersticioso, pero en Halloween siempre colocaba su calabaza para espantar a los espíritus de sus víctimas, tal y como su abuelo, verdadero diablo en los días violentos de Hell´s Kitchen, le había ensañado a hacer. Tranquilizado por la presencia de la figura protectora, se llevó un cigarrillo a los labios al tiempo que alargaba la mano hacia el interruptor de la luz, apagada hasta ese momento. Cuando accionó la llave, escuchó un suave clic, pero el apartamento siguió tan en penumbra como antes.

Una puta bombilla fundida. Alguien iba a perder un dedo por eso. Handy no se había ganado el sobrenombre por ser un buen tahúr. Sus víctimas se contaban por manos cortadas, y los fallos de sus hombres, en dedos amputados. Sigue leyendo

Relato: Con la sangre del inocente, regresarán. Primera Parte

Relato publicado originalmente en el Especial Vuelo de Cuervos, semana santa 2015.

Con la sangre del inocente, regresarán

No era frío, más bien era como si alguien hubiese sorbido todo el calor de su cuerpo. No recordaba qué le había sucedido, ni era capaz de imaginarse dónde podía estar. Solo tenía claro que no podía moverse, que sus pies no tocaban el suelo y el dolor se adueñaba de sus brazos abiertos en cruz. Su cuerpo desnudo estaba perlado de miedo; sus párpados, soldados por la angustia. Por una vez, le susurraba una vocecilla, la incertidumbre podría ser preferible al conocimiento.

Por desgracia para él, desde hacía unos segundos notaba un calor próximo a la piel, ascendiendo en dirección a su rostro; cuando la escalada culminó, Luis apenas tardó unos segundos en abrir los ojos. Solo invirtió uno en desear no haberlo hecho. El calor provenía de una tea sujetada por un embozado. El desconocido permaneció unos minutos mirándolo, sin decir nada; sin embargo, el prisionero percibía su complacencia. Al poco, el encapuchado se alejó. Sus pies no sacaban eco alguno en los muros de la mazmorra.

***

«¿Qué pasa por tu tierra? ¿Habéis sacado de paseo a la Terza Madre?»

Ángeles cerró Facebook sin llegar a contestar al mensaje; jocoso o no, el comentario resultaba muy acertado, tal vez demasiado. Tomó por enésima vez una colección de recortes de periódico que pocos asociarían con una historiadora y profesora universitaria. Niños ahogados, suicidios, atracos que culminaban en masacres, la violación, crucifixión y asesinato de una estudiante de medicina con pintas de animadora… Todo había sucedido en menos de una semana y, para la gente, era una simple muestra de la demencia que impregnaba a toda la sociedad.

Para ella era la manifestación de una amenaza más peligrosa que la Mater Lacrymarun de la película de Argento. Y, por desgracia, no tenía claro si sería capaz de detenerla. Había perdido demasiado tiempo en escaramuzas, evitando que más sangre llenase los titulares de los periódicos, en lugar de estudiar las pistas, las señales de que nada era casual, sino el preludio del renacimiento de un mal primigenio. Los seguidores del poder oscuro se habían hecho con una presa adecuada, estaba segura, y, si no se lo impedía, esa noche de jueves santo abrirían las puertas de la destrucción.

Caminó silenciosa hasta la ventana. Entre sus alumnos tenía fama de mujer atractiva, seductora incluso. Esa noche, el rostro moreno que la hacía merecedora del apodo de «La Mora» estaba pálido, deformado por una mueca de tensión. Podía sentir el mal impregnando la ciudad, rodeándola, aunque no pudiese identificarla como a su enemiga. Si salía a la calle como su verdadero ser, estaría muerta tal vez antes de llegar al lugar del sacrificio… Y si se ocultaba de ellos corría el riesgo de perder su propia alma.

¿Cómo debería actuar?

—La respuesta es sencilla, ¿no crees, Ángeles? —murmuró por lo bajo—. ¿O tienes que darte una de tus collejas para espabilar?

No fue necesario recurrir a la artillería pesada. A sus labios había asomado una sonrisa decidida, un punto maliciosa; la de una cazadora incapaz de decir «no» a cualquier reto, por arriesgado que fuese. Su mirada se cruzó con una de las estatuillas foscas distribuidas por los escasos huecos libres de la biblioteca. Representaba a un ser de piel rojiza cuarteada, desprovisto de genitales; su rostro alargado apenas mostraba una hendidura horizontal allí donde estaba la boca y dos estrechas ventanas para representar unos ojos entrecerrados. Nariz y orejas eran meros orificios y los cabellos un mar de cortas espinas del que emergían dos pequeños cuernos retorcidos. Nunca despertaba la atención de nadie, pero era la pieza más singular de toda la colección.

Ángeles colocó la figura en el centro de la mesa baja situada frente al sofá; un mueble antiguo, tallado con toscos dibujos geométricos, marcado por las cicatrices de viejos ataques de polilla. Se alzaba como un bloque carente de cajones o estantes sobre cuatro patas cortas y gruesas y el comentario más halagüeño que despertaba era: «¿Cómo no te deshaces de esta mierda?».

Algunas «mierdas» resultaban muy útiles. Sus dedos tentaron una figura compuesta por tres hexágonos concéntricos; acarició una de las caras del situado en la parte interior; estaba un poco torcida, como si el torpe tallista se hubiese desviado. La madera cedió bajo la presión; con gesto experto, la mujer giró un cuarto de vuelta hacia la derecha, luego media hacia la izquierda. El cuadrante se desplazó dejando a la vista un medallón broncíneo, decorado con una escritura rúnica indescifrable para cualquier experto, y una copa de idéntica tonalidad. Colocó el primero a los pies de la estatua; la segunda a su diestra. Dejó abierto el compartimento secreto, cerró los ojos y alargó los brazos, de tal forma que los dedos de las manos, salvo los pulgares, acariciaban las runas del medallón.

Sus labios no tardaron en entonar un canto de invocación tan antiguo como la propia humanidad.

Ya no sentía frío, solo parálisis, un sopor que no lograba convertirse en sueño y terror; sobre todo, terror. Hacía unos minutos, media docena de encapuchados habían colgado teas encendidas en los soportes de la pared. Ahora volvía estar solo, pero ya no lo rodeaba un manto de oscuridad; podía ver su prisión, aunque fuese entre sombras. Las paredes desprovistas de ventanas, el techo bajo, las pinturas monocromas de seres aberrantes que decoraban los muros. Y sobre todo, a pocos metros de donde él estaba crucificado, veía el sello, un ojo ciclópeo que se abría en el suelo clavándole una mirada capaz de devorar su alma.

Luis cerró los párpados, pero aun así seguía percibiendo aquella pupila pétrea escrutándolo, prometiéndole una muerte lenta y dolorosa.

Frente a ella, detrás de la mesa, se elevaba la versión real de la estatuilla; su respiración era suave, sin embargo, llenaba toda la habitación; sus ojos llameaban como dos ascuas cargadas de autoridad.

Lodaroch, guardián del Equilibrio. Su patrón.

—El mal acecha próximo a despertarse —susurró—. La sangre lo encerró cuando su elegido fue destruido por Jesús durante la Eucaristía. Ahora la sangre de un inocente puede de nuevo despertarle.

Ángeles contuvo las ganas de decirle que contase alguna novedad, que no se dedicaba a molestar a divinidades para tomarse unas cañas y una tapita de ibérico.

— Lo sé, mi señor, por eso os he invocado.

—El precio puede ser elevado. Este es un mal al que solo se puede destruir hermanándose con el mal.

—¿Alguna vez he dicho que «no» a un reto por complicado que fuese? —contraatacó, sin ocultar el sarcasmo.

Una risa sepulcral sacudió la estancia con la fuerza y la brevedad de un golpe de fusta.

—Así sea. Que la fuerza de tu espíritu te guíe en tu lucha, por la senda del Equilibrio.

El dios elevó los brazos en línea con la copa situada al lado de su figura, con las palmas vueltas hacía arriba mientras sus labios susurraban una extraña letanía. Pronto algo en la copa empezó a burbujear; era un líquido oscuro y denso. Su aroma desagradable tenía un ligero toque a azufre, pero Ángeles no arrugó la nariz ni apartó la mirada impasible del ser al que habia invocado.

Nada más terminar su canto, el dios colocó los brazos paralelos al cuerpo y se quedó tan inmóvil como la estatuilla que lo representaba. Ángeles tomó la copa he hizo ademán de brindar.

—Que mi tozudez me mantenga en el lado de los buenos —rio antes de acercar la copa a los labios.

Cuando iba a apurar la bebida, la mujer creyó sorprender una sonrisa asomando a los finísimos labios de Lodaroch. Pronto dejó de verla o de percibir cualquier otro detalle de su salón-despacho. Nada más catar el primer sorbo de brebaje, todos sus sentidos quedaron atrapados por este. Sentía la más profunda amargura extendiéndose por su paladar, el azufre apoderándose de su olfato; un ejército de sombras oscilantes se colaba bajo sus párpados, al son de una marcha de tambores. Pero nada era comparable al dolor; una mano le revolvía las entrañas, mientras otra le apretaba el corazón; su piel ardía… Ángeles cayó al suelo entre convulsiones, mientras su cuerpo parecía estirarse, retorcerse, mutar.

—No me gustan las transformaciones —jadeó mientras se incorporaba a cuatro patas—, no me gustan nada.

Y aún no había contemplado su nuevo aspecto en el espejo de su dormitorio. Una piel escamosa, de un tono azul grisáceo se entreveía por el escote de su camisa negra; también se apoderaba de la mitad derecha de su rostro, convirtiendo la expresión de su boca torcida en una mueca cruel. El cabello negro no habia mutado y, sin embargo, en lugar de una seductora cascada azabache, semejaba un manto de maldad. Sus manos no habían perdido la fisonomía humana; sin embargo, sus dedos parecían más delgados y paradójicamente más fuertes, además de estar rematados en garras. No podía ver sus piernas, pero también habían cambiado, ahora eran más potentes y rápidas.

Ahora era parte del mal y su peor enemigo. Sin embargo, aún no estaba lista. Iba a necesitar más armas que la fuerza de su nuevo cuerpo. Cogió una cazadora de piel del armario y regresó al salón. Tras abrir un nuevo compartimento secreto de la mesa de centro, se colocó una sobaquera con una automática pavonada del .38; en el cinturón, colgó dos largos cuchillos curvos envainados. Por último, deslizó el medallón en uno de los bolsos de la chaqueta. Las armas blancas estaban forjadas en plata, también las balas eran de ese material. El metal sagrado repelía a los horrores primigenios.

Cuando salió a la calle, algunas figuras oscuras se unieron a su paseo. Llegó a cruzarse con algunas personas normales, pero ninguna dio señales de ver nada extraño ni en ella ni en el resto de criaturas oscuras.

R´ste Oh, Erthera, Spirac dag farhed

Aquel canto extraño e indescifrable llenaba la estancia desde hacía varios minutos. Provenía de las gargantas de decenas de encapuchados que humillaban sus testas con reverencia, en dirección al calvario y al encapuchado situado al lado de este.

De pronto, el canto se detuvo, permitiendo oír un chirrido de poleas. Poco después descendía ante sus ojos una barra horizontal equipada con grilletes. A un gesto del líder, dos embozados se apresuraron a abrir las esposas que habían asegurado al prisionero al crucero. Habría sido un buen momento para intentar luchar; por desgracia sus brazos eran pesados apéndices sin fuerza y solo se movían bajo la presión de la voluntad ajena. Al poco, se encontró colgando sobre el suelo con los brazos en cruz. Las poleas volvieron a chirriar; como en la peor de las pesadillas Luis se vio elevado en el aire y desplazado hacia el centro del sello que llamara su atención.

Seis embozados de la primera fila se desprendieron de sus capas; Luis sintió cómo el miedo se congelaba en su garganta. Los cultistas bien podían recibir el nombre de demonios o el de mutantes. Los rostros de algunos estaban cubiertos de escamas; los de otros deformados por quemaduras de carne replegada; sus miradas estaban sedientas de sangre; sus manos, rematadas garras. Nada de eso despertaba el mayor de sus horrores, sino los largos látigos que portaban al cinto.

A una orden de su amo, todos tomaron las fustas.

Cuando el primer látigo restalló contra su torso, el grito se escapó de la garganta de Luis. Sus nuevas muestras de dolor quedaron enmudecidas por un nuevo canto.

En el pozo se escuchaba un susurro; el de un mal dispuesto a despertar.

Relato navideño: “Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar” I.

Relato publicado originalmente en el Especial Navidad 2014, de Vuelo de Cuervos. 

 

***

 

Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar

 

Lamento tener que tenerle atado, pero hemos comprobado que es lo mejor para dar la bienvenida a los guardias nuevos.

Las palabras resonaban cual eco de ultratumba en la sala de control. Amordazado y atado a la silla giratoria, temblaba un vigilante jurado, de unos treinta años; su camisa estaba abierta y dos arroyuelos de sangre paralelos discurrían por su pecho. A su lado se relamía el mismísimo San José.

No se preocupe, se acostumbrará a esto. Todos lo hacen. Además, los chicos buenos siempre tienen sus privilegios —sonrió.

La mirada del aterrorizado vigilante estaba clavada en una de las pantallas; mostraba un ascensor cuya única ocupante era una muchacha de gesto cansado y belleza etérea, cargada con una pesada mochila. Los otros monitores permanecían a oscuras, pero pronto mostrarían un lugar desconocido para quienes no compartían los secretos del Centro Comercial La Cigua.

Ya se ha bajado del ascensor. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estaba en un piso distinto. No tiene por qué hacerlo, bien es cierto. Ella pulsó el botón del parking cero, fui yo quien la mandó al laberinto. ¿Vio cuando presioné antes un botón del panel de control? ¿No? Bueno, ya se lo enseñaré más adelante, a veces tendrá que ser usted quien desvíe a alguna víctima al laberinto. Pero ahora, mejor me dejo de cháchara. Disfrutemos del espectáculo.

Carla se detuvo al salir de la zona de ascensores. No estaba en el parking, al menos no en el que ella había dejado el coche. Este también estaba identificado con líneas rojas, pero parecía mucho más pequeño y, además, estaba vacío. A no ser que alguien hubiese tenido la extraña idea de robar un Ibiza que parecía haber sufrido un par de guerras y una tormenta de arena. Sería la culminación perfecta a un día de mierda. Le habían pagado bien por hacer de Virgen María en aquel belén viviente, bien era cierto, pero la atmósfera del centro comercial (la mayor aberración arquitectónica del Principado desde la Ñocla que Calatrava diseñara para Oviedo), era casi tan deprimente como la de un tanatorio. Además estaba el tipo raro que había hecho de buey; no se había quitado la máscara en todo el tiempo. Tampoco había cruzado palabra con nadie. San José le había explicado que era un actor de método, pero a ella le había parecido un puto tarado.

En fin, fuera que se había confundido de planta, fuera que le habían robado la tartana, todo se solucionaba regresando al ascensor. Al dar vuelta atrás se encontró con una sorpresa. La puerta estaba cerrada y no se abría por más que ella presionase o accionase la manilla.

«¡Cago´n mi manto! ¡Al puto tuerto que no deja de mirarme voy a cortarle los cojones!»

Mírela, ya se ha cansado de hacer monerías delante de la cámara —sonrió San José.

Un gemido se escapó de la mordaza del vigilante cuando Carla se adentró por la única salida aparente de la trampa donde había caído.

No me distraiga ahora, hombre. Tengo que accionar correctamente las compuertas o si no el juego no sería igual de bueno. Allá vamos.

Apenas unos segundos después, un grito de mujer reverberó en la estancia. San José sonrió, pero no comentó nada al aterrorizado vigilante. En la pantalla, Carla se acercó a la puerta y comenzó a golpearla y sollozar pidiendo ayuda. En eso, no era nada original. Esperaba que la muchacha demostrase el potencial que Minos había visto en ella, mientras espiaba, a través de las cámaras, la tienda friki donde la muchacha había estado trabajando parte del verano. Los colmillos puntiagudos se asomaron entre los labios del barbudo cuando la joven cayó el suelo, rotos su voz y su ánimo.

Pronto tendría que volver a reaccionar. El bueno de Minos se merecía ese regalo navideño: una compañera digna de él y la familia monstruosa. No poder moverse más que bajo tierra o por la sala de control, salvo en cuando tenía que disfrazarse de buey en el belén o algún teatrillo, era duro y el pobre nunca se quejaba. Incluso con Carla, había tenido que ofrecerse San José a contratarla como Virgen María y montar la caza. Al fin y al cabo, tampoco corrían demasiado riesgo. Si no cumplía con las expectativas, les serviría de banquete de Nochebuena.

Ahora es cuando nuestro amigo interviene. Pronto se lo presentaré. Le gusta acercarse a la sala de control, así charla con alguien. El pobre no puede hacerse pasar por humano. No es tan fiero como parece, ya lo verá, solo acuérdese de no hacer bromas sobre hamburguesas de buey.

»Mírelo, ahí está, pero ella no lo ha visto. ¿Ha visto qué presencia? Los demás lo intentamos, pero nadie logra emular su sentido del dramatismo cuando acechamos a alguna presa. Se le notan los siglos de experiencia desde que empezó en aquel laberinto en Creta.

Carla se giró, aún caída en el suelo, al sentir unos pasos amortiguados a su espalda. Algo imposible en aquella habitación por completo cerrada. Y sin embargo… Carla dio tal salto que quedó incorporada sobre sus pies. En la pared de la derecha se había abierto una puerta y, desde su umbral, la contemplaba el actor que se enfundara el piojoso pijama de buey en el belén viviente. Ahora no vestía semejante disfraz, tampoco vaqueros gastados y un jersey de cuello alto. En realidad, estaba desnudo, salvo por una especie de faldilla corta dorada y la máscara.

Hola, Carla —saludó el hombre toro.

Al contrario de lo esperado, las palabras no brotaron como un eco a través de unos labios yertos de careta. Nada en la faz taurina era rígido; las cejas se enarcaban festejando la ironía macabra de la situación, la anilla que adornaba la nariz se mecía al compás de una respiración serena… los labios formaban ahora una sonrisa cruel, mientras el Minotauro se acercaba a ella.

Carla se sentía incapaz de moverse, de gritar siquiera. No había salida. Incluso la puerta por la que entrara su secuestrador se había cerrado. Y el monstruo la miraba con una falta de pudor indecorosa hasta para un baboso de discoteca.

¿No puedes moverte? Vamos, que soy el Minotauro, no Medusa —la risa del hombre toro sonó como un bramido.

Pero ni siquiera su reverberación logró reavivar por completo a Carla. Los labios de la muchacha estaban pegados; sus manos no dejaban de jugar con uno de los tirantes de su mochila al mismo tiempo que intentaba forzar a sus piernas a moverse. Por el rabillo del ojo vio cómo, tras emitir un leve zumbido, otra puerta empezaba a elevarse en la pared izquierda. Tenía que ser una trampa, otro juego; sin embargo…

El Minotauro alargó el brazo en su dirección. Cuando la rozó, el cuerpo petrificado de Carla reaccionó antes de que llegase a hacerlo el cerebro confuso; la bolsa salió disparada contra el torso de la bestia al tiempo que las piernas de la joven comenzaban a alejarla hacia la puerta. Sintió los dedos del secuestrador rozando sus cabellos, pero no llegaron a atraparla, antes de que se adentrase en el nódulo de un laberinto.

Si la anterior era una habitación sin aparentes salidas, esta era una sala con no menos de cuatro. Al sentir un bramido a su espalda, Carla se lanzó por el pasillo derecho, el más cercano a ella. A los pocos pasos, empezó a arrepentirse. Estaba tenuemente iluminado y parecía no tener fin. Aun así, continuó corriendo, alejándose de los bramidos, que parecían reírse de ella.

En la sala de control, el falso San José sonreía. Parecía que esta vez Minos no se había confundido al afirmar que la aspirante actriz que había trabajado un par de fines de semana en la tienda de discos tenía garra.

Toda una fiera. ¿Verdad? —comentó al vigilante, todavía amordazado y atado a la silla.

En los ojos del hombre, el miedo empezaba a dar paso a cierto interés morboso. Eso estaba bien. Por mucho que pudiesen sobornar a la policía, las desapariciones de empleados eran problemáticas. El centro les había dado una buena cobertura los miembros de la cooperativa y a otros seres como ellos, que habían alquilado locales allí para sus negocios tapadera. La discreción era la clave de la supervivencia, por eso también dejaban tranquilos a los humanos que se habían instalado en el centro comercial. Por eso y por el dinero, admitió; aun conservando muchos asociados fortunas antiguas, el mantenimiento del complejo secreto resultaba costoso.

San José sacudió la cabeza y devolvió la atención a la pantalla. Era momento de dar otra oportunidad a la presa.

Fantasmas entre las Sombras III

Tiempo aproximado de lectura: 7 minutos. 

Las montañas cobijaban un estrecho valle, y este, un refugio de ladrones. Empezaba a caer la oscuridad y resultaba complicado distinguir el color de las vestiduras de los hombres, pero su silueta era perfectamente clara para los ojos cubiertos por gafas de visión nocturna de las dos pistoleras.

Las dos mujeres se ocultaban tras las rocas. Sus ropas habían dejado de ser del color de la nieve y se mimetizaban con la oscuridad. Habían dejado a un lado bufandas y sombreros, para cubrir sus cabellos con sendos pañuelos negros. Mientras Lillian terminaba de encajar las piezas de su rifle desmontable, Kelly vigilaba el campamento. Cuatro hombres se paseaban por él. Uno revisando las motocicletas; otro, vigilando el campamento, lanzando ocasionales miradas a lo alto. Los otros dos trataban de entonar canciones de taberna, con voz pastosa. Y alguno más se ocultaría en la cabaña, junto con el botín y los prisioneros. Si los había. No se habían topado con más cuerpos, pero….

Lillian terminó de enroscar un cilindro en la punta del cañón. El arma era un hermoso heraldo de muerte; más en manos de la pistolera de cabellera plateada. A la ventaja de estar dotado de un cargador trasversal, capaz de cargar treinta balas, el doble de muchos Winchester, se añadía su infalibilidad como tiradora. En el viejo circo Abott sus disparos se contaban por dianas; como agente, por enemigos caídos.

—¿Crees que realmente esa cosa evitará que se oigan los disparos?

—Pronto los descubriremos. Prepárate para atacar la cabaña, si es necesario.

Kelly asintió, antes de, camuflada en la oscuridad, empezar a descender por un estrecho camino en dirección al valle.

Mientras tanto, su hermana buscaba su primer blanco. Su respiración era tranquila. Su pulso firme. Ella y el rifle eran uno, e infalibles. La mirilla se detuvo en el corazón del hombre encargado de la vigilancia. Lillian contuvo el aliento y disparó. El forajido cayó al suelo, de frente. Sus compañeros se apresuraron en su dirección. La agente buscó el siguiente objetivo. El hombre de las motos. De nuevo, su gatillo no falló. Los otros dos se quedaron parados; temerosos tal vez de aquella muerte silenciosa, desenfundaron sus armas, mirando a su alrededor. Semejante falta de reflejos proporcionaba demasiada ventaja a la rival con quien se enfrentaban, si deseaban continuar con vida. Y eso fue algo que no tardaron en descubrir. Un nuevo disparo y ya era solo uno el forajido en pie. Alzó la pistola. Lillian logró abatirlo, pero no impedir que apretase el gatillo ahogando con su tronar la sensación de completo triunfo de la agente. 

Soltó aire. En el cargador aún quedaba suficiente munición. El problema estribaba en cómo reaccionarían los de la cabaña tras oír la detonación, y en si Kelly, cosa difícil, había llegado a la altura de la misma.

La primera de sus preguntas no tardó en contestarse. Un hombre salió a la puerta del refugio, revólver en ristre. Tenía la camisa medio abierta y no llevaba sombrero. Miraba a su alrededor, sin atreverse a traspasar el umbral, sin entender del todo, seguramente, por qué habían caído sus cuatro compañeros. Solo habían escuchado una detonación y, sin embargo, cuatro cuerpos yacían sobre el suelto pedregosos. Lillian se lo explicó de un certero balazo.

Los otros componentes de la banda fueron más listos. Antes de que Lillian tuviese ocasión de buscar un blanco, el cuerpo del caído rodó sobre el suelo polvoriento y la puerta se cerró, resonando en la moribunda quietud del valle. En el interior de la cabaña, las luces se extinguieron. Eso podía ser un punto a favor de las agentes de Las Sombras. Pero otros elementos se habían aliado en su contra; los forajidos cobijados en la vivienda se habían apostado a los lados de las ventanas no frente a estas. La pistolera intuía siluetas cerca de las mismas, pero ni siquiera ella podía lograr un blanco en tales condiciones.

No podía saber, ni siquiera con la ayuda de la mira de la escopeta, si Kelly estaba cerca de la cabaña. Habría que recurrir al plan de emergencia e iniciar un acercamiento lateral. Se cruzó el rifle a la espalda y desenfundó su propio revólver. No era un arma al uso, tanto el cañón como el tambor eran más anchos que los de los de un revólver normal y todo él, incluida la empuñadura, se mimetizaba con la noche mientras Lillian descendía por el camino, lleno de piedra suelta. En su avance, dirigía ocasionales miradas a la casa. No le gustaba dejar su flanco al descubierto durante demasiado tiempo. Aun así, el verdadero peligro llegaría cuando se moviese por el valle. Incluso llevando la melena cubierta con un pañuelo azabache y el abrigo reversible por su parte negra, podía ser vista. Y también Kelly.

 

Mientras su hermana descendía, Kelly Jane había llegado a la fachada trasera de la cabaña. En ese punto, solo se abría un ventanuco, estrecho, insignificante para unos hombres seguros de estar siendo atacados desde el frente. Era suficiente, no obstante, para analizar el interior. El panorama era más desagradable de lo esperado. Tres hombres permanecían en el improvisado fortín. Uno, armado con un rifle, vigilaba una ventana cercana a la puerta. De los otros dos, pertrechados con pistolas, uno miraba por la ventana de la derecha; su compañero, alternaba su atención entre la de la izquierda y una cama en la que yacía atada una mujer, casi una niña, india o mestiza. Su negra melena caía revuelta sobre la almohada; sus piernas se abrían, hasta quedar sus tobillos atados a ambos laterales de la cama, aunque su vestido estaba intacto. Una rehén. Tres pistoleros.

Demasiado para ella sola. Su puntería no era la de Lillian ni el ventanuco el mejor puesto para disparar.

Tocaría contener su ímpetu y seguir el plan acordado de antemano. Sin embargo, aún curtida ya en demasiadas misiones, Kelly no podía dejar de mirar a la chiquilla. Incluso a través del cristal, y teñido del color verdoso de las gafas de visión nocturna, la mueca de dolor y miedo de la muchacha resultaban claros; tampoco le pasaban desapercibidas las manos que, en su esfuerzo por aflojar las ligaduras, hincaban más estas en su carne. Contemplándola, Kelly Jane no podía evitar imaginarse a Lilly en manos del depravado al que la había vendido el Buhonero Oscuro. ¿Habría temblado así? ¿Llorado? Había visto las heridas de Lillian, la había oído mencionar las cabezas cercenadas, pero jamás habían profundizado en los sentimientos que la habían invadido esa noche horrible. Como mujer, Kelly podía imaginárselos, pero a veces se preguntaba si el hermetismo y el aislamiento de Lillian eran sanos. Su hermana no había estado con nadie desde entonces; ella misma, con el corazón guardando luto todavía por Joe, había tenido un par de encuentros antes de admitir que aún no estaba preparada para entregarse a un amante.

—Art, alguien se acerca —susurró el vigilante de la izquierda.

El hilo de los pensamientos de Kelly murió de repente; esa noche era la agente Ginger, de Las Sombras, no Kelly Jane Abott, la hermana preocupada. Aprovechando que su presencia seguía sin ser advertida, se preparó para disparar.

—¿Por dónde?, yo no veo nada —se inquietó el de la ventana.

—Vi una sombra cruzando cerca de las motos. Ahí está otra vez.

El hombre de la ventana se apresuró hacia su compañero. El situado cerca de la niña permaneció en su puesto. Kelly ya tenía claro cuál sería su blanco. Con cuidado, cambió de posición, buscando un mejor ángulo de disparo. Su puntería distaba de ser la de Lillian; necesitaba cualquier ventaja digna de ser aprovechada.

La pelirroja tomó aliento, esperando una señal en forma de disparos.

Estos fueron precedidos de un canto de cristales rotos. Tronaron revólver y rifle en sincronía. Sin recibir respuesta.

—¿Crees que le hemos dado?

—Pareció caer… —dudó el tal Art, bajando, al igual que su compañero, ligeramente su arma.

Kelly contuvo el aliento. La cordura le decía que Lillian no podía estar muerta. Ambas llevaban ropas especiales de Las Sombras, capaces de amortiguar y hasta de detener, el efecto de una bala normal. Sin embargo, no podía evitar ser una hermana.

Una hermana muy orgullosa de compartir sangre con la mejor pistolera de todo el Oeste. Cuando los forajidos se creían ganadores, llegó la réplica a sus disparos. El primer tiro abatió a Art; su compañero intentó reaccionar, pero el gatillo de Lillian fue más rápido. Mientras tanto, Kelly no se había quedado parada; tampoco el vigilante de la muchacha, que hizo ademán de inclinarse sobre ella, fuera con intención de matarla o de usarla de escudo. Kelly no pensaba consentir ni una cosa ni la otra; su disparo perforó el cristal en medio de un estruendo; otro proyectil habría perdido fuerza al romper semejante barrera, la munición especial de Las Sombras podía atravesar un tablón de madera y matar al rival cobijado tras él. Por desgracia, el proyectil se hundió varios dedos por encima de lo debido. El hombre cayó al suelo, herido en su hombro izquierdo, pero aún vivo y armado para disparar contra el ventanuco. Y con buena puntería. Una bala pasó rozando la mejilla de la pelirroja antes de que acertase a echar cuerpo a tierra. Llovió la pólvora, luego hubo silencio.

Seguramente el pistolero estaría intentando recargar.

—¡Malditas zorras! —oyó bramar mientras se ponía en pie—. Intentad dispararme y esta putita tendrá una segunda boca.

El revólver del forajido estaba caído sobre el suelo. En su mano derecha sostenía un cuchillo, colocado tan cerca del cuello de la prisionera que Kelly creyó ver un hilillo de sangre descendiendo por su garganta. Lillian se erguía impasible frente la ventana, con la pistola lista para ser disparada. La pelirroja siguió el ejemplo de su hermana y apuntó al forajido, a través del ventanuco.

—Os lo advierto. Mi cuchillo nunca falla —presumió, presionando un poco más la hoja contra la delicada carne.

—Tampoco mi gatillo. Hoy uno de los dos perderá su imbatibilidad  —contestó Lillian en tono gélido—. A no ser que quieras ser inteligente y soltar tu cuchillo.

 Las últimas palabras eran un mero añadido para dar a Kelly la oportunidad de ver hacia dónde apuntaba el cañón de su hermana y centrar su blanco. Cualquier agente curtido sería consciente de que se enfrentaban a un rival dispuesto a morir arrancado todas las vidas posibles hasta la llegada de su último estertor.

—Ríndete tú, zorra —escupió al bandido.

La contrarréplica llegó en forma de dos disparos separados apenas por segundos. Cada uno con una diana; la bala de Lillian se hundió en la muñeca del asesino, obligándolo a soltar el cuchillo un segundo antes de que el disparo de Kelly detuviese por siempre el latido de su negro corazón.

La pelirroja se permitió un hondo suspiro tras ver caer al hombre. Habían vivido esa situación en otras ocasiones; en la primera Kelly había estado en el mismo lugar de la secuestrada, en calidad de rehén del Buhonero Oscuro, y Lillian y Scarlett tras las pistolas; sin embargo, seguía conteniendo el aliento, como aquella angustiosa primera vez, siempre que reproducían el agónico tiroteo.


La Sombra regresa

Tras estar parada desde septiembre por cuestiones creativas, mi versión de La Sombra regresa a la programación de Action Tales, con la publicación del número 5 de este serial donde el amo de la oscuridad combate al mal en un escenario heredero del universo que creé para ubicar las aventuras de Diana Hunt. Es este un mundo, donde el vigilante, además de ser azote de extraños cultos orientales, triadas, gangsters y supercriminales humanos,  ha de luchar con bandas de mestizos y zoomorfos, muchas veces combinados con alguno de los elementos previos. La razón de este cambio, además de lo cómoda que me siente en ese mundo alternativo, es jugar con los elementos más fascinantes y exóticos de los pulp originales sin correr el riesgo de caer en tópicos políticamente incorrectos o prejuiciosos, además de poder dar más peso a los personajes femeninos sin convertirlos en anacronismos e incongruencias andantes.  

El presente número, segunda parte del arco argumental “Lobos sobre Broadway”, resume bien ese enfoque personal. Por un lado, es una historia de extorsión y bandas criminales, donde los agentes de La Sombra soportan el mayor peso de la historia al tiempo que su señor es una presencia oscura, misteriosa y elusiva que flota a lo largo de la trama. Por otro lado, los criminales son zoomorfos y mestizos lupinos, con las peculiaridades de conducta y ambientación que eso provocará. Además, la idea del supervillano está presente, a su modo, pues esta banda parece gozar de la protección del único malvado capaz de escurrirse entre las manos del amo de la oscuridad: El Dragón de Jade. 

Sin más os dejo con el enlace para descargar el número: http://dreamers.com/actiontales/encru/sombra/sombra5.htm

Si no habíais leído los números anteriores, o deseáis refrescar la memoria, los tenéis todos ordenados en el siguiente enlace: http://dreamers.com/actiontales/sombra.htm

Y aquí podéis leer todas las novedades de abril en AT http://dreamers.com/actiontales/seriesmv.htm

sombra5

Para abrir boca os dejo con la espectacular portada, obra de uno de los cracks de Action Tales, José Baixauli, y la sinopsis.

Prosigue el enfrentamiento contra los Amos de la Noche. ¿Logrará La Sombra rescatar a Cliff Marsland de la trampa tejida por Selene? ¿Cuál será el destino de Arline Griscom?  ¿Qué pálpito puede tener Joe Cardona al ver los cadáveres de seis lobos alfombrando una calle de Broadway?
Solo La Sombra lo sabe…

Olimpo Renacido

Portada de Olimpo Renacido # 1 Obra de Lidia Castillo

O también podríamos llamarlo, Los dioses se desmadran.  Mi obra, especialmente en su vertiente más pulp, ha tenido siempre al mestizaje y hacia la creación de combinaciones de géneros no siempre demasiado ortodoxas; no obstante, pocos proyectos son tan atípicos en su forma y ambientación como Olimpo Renacido, la serie que llevo dos años publicando en Action Tales, y que pronto dará el salto al papel gracias a la revista Área 51. Ciencia ficción, humor, novela negra, fantasía épica, divinidades griegas exiliadas… son algunos de los elementos que en algún momento han dejado su impronta en esta colección, centrada en narras las aventuras de Eris (una señora de la discordia que aumentó su poder cuando los dioses decidieron caminar entre humanos) y sus aliados, salpicadas, como no, de enfrentamientos con los propios parientes. Olimpo Renacido es también un mosaico de arcos argumentales, lo más autoconclusivos posible, que tejen una gran historia de guerras divinas; a la manera de muchos seriales de la línea Vértigo de DC, está destinada a tener un final, que aún no tengo claro cuándo llegará, lo que no implica que no pueda haber nuevos volúmenes del serie cuando esta trama, tal vez la más compleja que manejo hoy en día, termine.

Portada de Olimpo Renacido 2. Obra de Edgar Rocha

Portada de Olimpo Renacido 2. Obra de Edgar Rocha

Lo más curioso, en este caso, es que la semilla de Olimpo Renacido había sido plantada para dar fruto a un único relato para una antología centrada en la figura de la mujer, tanto a través de personajes históricos como mitológicos. Con el tiempo, esta última se convertiría en Hasta siempre, princesas, y tendría una breve vida en papel antes de quedar descatalogada por la quiebra de la editorial Libralia; sin embargo, no es esto lo que hoy me ocupa, sino Eris y sus circunstancias. No fue el primer personaje en quien pensé para protagonizar mi historia; mi primera intención era escribir algo con amazonas de por medio y cierto toque a espada y brujería, pero, cuando el coordinador nos animó a buscar personajes menos conocidos, empecé a valorar otras opciones. Puede que se debiese a que acababa de releer parte de la etapa de George Pérez como guionista de Wonder Woman, incluida la saga donde la amazona se enfrenta con una señora de la discordia que más parece un Ewok con armadura, pero a mi mente vinieron pronto dos personajes: la propia Eris y Louella Parsons, temible columnista del Hollywood clásico; incluso me plantee fusionar de algún modo ambos personajes… La historia se fue complicando, me fui imaginando a la dama de las manzanas doradas como “intrigante en la sombra” tras otros personajes históricos, movimientos artísticos y, de repente, me topé con un escenario de ciencia ficción y una guerra de diosas. También apareció por ahí una secundaria contestona, empeñada en robarle protagonismo a La Señora de las Manzanas; quienes seguís la serie en AT ya podéis imaginaros quién es: la cazadora más implacable de todo el universo.

Toda aquella combinación dio lugar a un relato autoconclusivo que no me dejó nada descontenta, pero Eris me pedía más. Y yo no pude resistirme. A esta primera historia le siguió “Bienvenidos a Hadez”, seleccionado para la antología Zombis!, volumen 2, de Tyrannosaurus Books y, (sáltate esta parte si quieres ahorrarte un destripe) otra historia donde la presencia de la señora de la discordia era bastante sorpresiva: “Meretrices del Demonio”, seleccionada para 666 (ya puedes seguir leyendo). Estos, unidos a alguna otra idea a la que no lograba dar forma, iban tejiendo en mi cabeza una historia cada vez más compleja e imposible de ir narrando en forma de relatos autconclusivos. Tampoco parecía ser adecuada para una novela. Al final la dejé aparcada hasta que mi camino se cruzó con AT y les mandé una propuesta de serie que pronto fue aceptada. A día de hoy, lleva publicados 8 números y 5 arcos argumentales ( 4 de ellos ya concluidos). La serie me ha aportado bastantes alegrías, tiene sus lectores fieles, verdadero motor para seguir escribiendo;  mis historias han sido arropadas por portadas verdaderamente geniales (en su mayor parte a cargo de Edgar Rocha), y me permite adentrarme en distintos géneros literarios, además de trabajar con un elenco con personalidades muy variadas… y dar rienda suelta a mi mayor vicio: putear personajes. Además, dará el salto al papel debidamente revisada. No puedo quejarme, ni de sus resultados ni por carecer de motivos para seguir escribiéndola.

Portada de Olimpo Renacido # 7 Obra de Edgar Rocha

Eris nació por casualidad, pero piensa permanecer mucho tiempo entre nosotros

Podéis leer los números publicados en el siguiente enlace