Lax también juega en Lektu

Desde ayer, y si no os gustan las publicaciones periódicas, tenéis disponible el juego de Lax en tomo único (y digital), en la plataforma Lektu. Además, y con motivo del #LeoAutorasOct, durante lo que queda de este mes, se ofrece en la modalidad de “pago libre”. Es decir, vosotros ponéis el precio del libro. 

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Podéis pillaros el libro a través del siguiente enlace: https://lektu.com/l/ronin-literario/el-juego-de-lax/5915

Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar II

Carla no se detuvo a pensar cuando vio que una puerta se abría a su izquierda, se lanzó dentro del hueco. Las piernas empezaban a temblarle, el resuello a faltarle. Si el Minotauro no la había atrapado todavía, era por disfrutar del placer de atemorizarla, estaba segura.

Lo que no resultó tan seguro fue su paso. En su ímpetu por ganar la habitación, la joven trastabilló e, incapaz de mantener el equilibro, cayó rodando por el suelo. Antes de tener ocasión de reaccionar, su perseguidor llegó a su altura. No se abalanzó sobre ella, se la quedó mirando con ojos tan duros como el azabache. No resoplaba; su respiración era calmada, pese a que el sudor cubría su cuerpo musculado de un modo que resultaría erótico en otras circunstancias.

«¡Erótico! ¡Qué mierda tienes en la cabeza, Carla!», se maldijo.

No tiene sentido correr. Sucumbirás, como las doncellas que me ofrecían en Creta.

La bestia se inclinó sobre ella, brindándole un perfecto plano medio de su faldilla, ya ligeramente abultada. Carla descargó una patada contra la entrepierna de su atacante; la dura puntera de la bota de corte montañero impactó de lleno y obligó al toro a doblarse sobre sí mismo, al tiempo que retrocedía. La actriz aprovechó la ocasión para ponerse en pie; apenas lo hubo hecho, se vio obligada a agacharse para evitar que los brazos del Minotauro la atraparan; rauda, lanzó la mano contra el rostro de su rival. Su intención era golpearlo; en su lugar, atrapó la anilla que el monstruo lucía en las fosas nasales. Un bramido hizo temblar la habitación cuando la muchacha tiró del abalorio, salpicando su propio rostro de la sangre de su perseguidor.

Sin dejar de bramar, la bestia se llevó las manos al morro herido. Sus sentidos parecían estar nublados por el dolor y Carla aprovechó la ocasión retomar la huida. No llegó a dar más que un par de pasos. En su ciega lucha no había percibido cómo una parte del suelo se deslizaba, y fue incapaz de desviar su camino antes de que su pie derecho diese una potente zancada en el vacío.

Sin llegar a tener ocasión siquiera de agitar los brazos para mantener el equilibrio, cayó rodando por un túnel antes de aterrizar sobre un polvoriento colchón de huesos y ropas raídas.

Ahora es cuando viene lo interesante —sonrió San José.

En la pantalla, Carla se incorporaba a cuatro patas y comenzaba a mirar a su alrededor, a familiarizarse con una cámara apenas iluminada, que servía a los amos del peculiar centro comercial de despensa y lugar donde acumular los huesos de las presas allí cazadas.

El barbudo contempló al prisionero. Su mirada era un pozo de curiosidad morbosa.

¿Le sorprende nuestra pequeña despensa? —El vigilante se limitó a asentir—. A todos os pasa. No te causará demasiada molestia. Los vampiros no le hacemos ascos a la sangre de rata y otros, como nuestra pareja de licántropos, se encargan de que la carne de nuestras víctimas no llegue a pudrirse. Además, a la mujer gata le pirran los roedores cocinados al vapor y aromatizados con un poco de romero. Equidna, nuestra mujer serpiente, los prefiere crudos, cuando le da por comer bajo su aspecto de bestia.

El vigilante empalideció, aunque no tardó en recuperar el color y el gesto de curiosidad.

Tranquilo, se irá acostumbrando a nuestras peculiaridades. Volviendo a lo de antes, no tendrá que preocuparse por el cuarto. No aparece en los planos que tiene el Ayuntamiento, al igual que el laberinto, y la mayor parte de las presas son mendigos o ladrones que se cuelan en el centro. A veces podemos cazar algún niño perdido, o a alguna choni borracha que se queda dormida en los baños, pero son las menos; siempre anteponemos la discreción y la seguridad al placer de la caza.

El vigilante hizo un asentimiento y adelantó su cuerpo en la silla todo lo que las ligaduras le permitían. En la pantalla, Carla seguía petrificada en medio del mar de esqueletos.

Carla tenía miedo de moverse. Los huesos se quebraban cada vez que lo hacía y un estremecimiento azotaba su columna en cada crujido. Sin hacer movimientos bruscos, miró a su alrededor. No parecía haber salida, aunque eso no le extrañaba; la celda era redonda y algunos grilletes pendían de las paredes. No había cuerpos en descomposición, pese a verse ropa en buen estado, solo huesos.

Conteniendo una arcada, se puso en pie y se desprendió del anorak de plumas. Entre el calor allí reinante y la tensión, empezaba a sudar como un jodido pollo. La camisa vaquera se le pegaba al cuerpo delatando la ausencia de sujetador y cierto endurecimiento en sus pezones.

¡Joder, Carla! ¿Ahora te pone cachonda que un puto hombre buey te persiga por un jodido laberinto? —masculló por lo bajo.

Lo cierto era que se sentía un poco excitada. Sería cosa de la adrenalina, o tal vez algún cómplice del tarado de los cuernos le había echado algo en su botellín de agua. Tampoco importaba demasiado eso ahora, solo salir de allí y escurrirse del cornudo. Raro era que no estuviese ya allí abajo, demostrándole su estado de celo o su cabreo por haberlo desnarigado.

Procurando pisar con cuidado, estudió el cuarto. Cerca de la pared, enterrado entre huesos demasiado pequeños para pertenecer a un adulto, localizó un hierro, parecido a los que se usaban para atizar el fuego en las chimeneas. Carla dudó unos segundos. Resultaba demasiado oportuno encontrarse allí con semejante arma. Apestaba a trampa. Pero qué podía ocurrirle. ¿Que estuviese electrificado y ella terminase convertida en asado de aspirante a actriz?

Tampoco era tan mal final, se dijo, antes de tomar el arma, que demostró ser un inofensivo pedazo de hierro. No por ello dejaba de ocultar una nueva trampa. Al poco de hacerse Carla con él, una puerta se abrió en una de las paredes más lejanas para dar paso al Minotauro. Lejos de bufar o parecer furioso, sonreía satisfecho, sin moverse del umbral. Carla tomó el atizador con dos manos, colocándolo paralelo al cuerpo, y cargó contra su aspirante a secuestrador. Sin oposición por parte de su rival, embistió en el estómago, lanzándolo de espaldas contra el suelo, antes de caer ella también por culpa de la inercia.

Sin saber cómo ni ser consciente de haberse movido, se encontró sentada a horcajadas sobre el Minotauro, mientras este, ligeramente elevado sobre sus codos la desnudaba con la mirada. Como en un sueño, Carla recordó que aún tenía el hierro y lo elevó sobre su cabeza, dispuesta a terminar el juego reventando la cabeza de aquella maldita bestia.

San José miraba tenso la pantalla, ajeno a la presencia del vigilante atado a la silla. No temía por la integridad física de su amigo. Minos podía dejar inconsciente a Carla con una sola mano antes de que ella llegase a golpear. Pero la chica ya tendría que haber entrado en celo. Afrodita, cachonda ella, había brindado a Minos una irresistible capacidad de seducción; todas las doncellas que le ofrecieran como tributo habían caído rendidas a sus pies y aceptado formar parte de un harén subterráneo. Al menos, hasta que el capullo de Teseo las liquidó, siglos antes de que Minos se uniese a la familia monstruosa.

El barbudo chasqueó la lengua preocupado. En la pantalla Carla seguía con el brazo en el aire.

¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué era incapaz de descargar el golpe o de sostener la mirada de aquella maldita bestia inmunda?

«Nada de inmunda» Se sorprendió pensando.

Volvió de nuevo a contemplar los ojos negros del Minotauro. Un calor mayor que el que ya la invadía se adueñó de su cuerpo; no era la excitación de la lucha, sino puro celo animal. Carla arrojó el hierro a un lado, con fuerza suficiente para hacerlo rebotar contra las paredes del pasillo, y mudó la posición para quedar situada sobre la entrepierna del hombre toro. Sorprendiendo al lado más pragmático de su ser, no pudo contener un ronroneo al notar la presión de un imponente mandoble contra la tela de sus vaqueros.

El Minotauro sonrió, convertida su mirada en destilado de lascivia.

Y eso aún no es nada. Cuando se me pone a cien, puedo partir una tableta de turrón del duro con ella.

Carla se relamió los labios, mientras acariciaba sus propios senos. Las manos de la joven, se sumergieron en el escote de la camisa.

Eso tendrás que demostrármelo —retó a su amante, antes arrancarse la blusa de un tirón.

Parece que él tenía razón —sonrió San José.

En la pantalla, Minos había tendido a Carla sobre el suelo de piedra y tras bajarle los vaqueros, se la poseía como un toro poseería a una vaca. La muchacha no solo parecía complacida, sino que exigía más en cada carga. Confiaba en que mañana se tomase igual de bien el pequeño requisito de ser transformada en monstruo inmortal para poder convertirse en miembro de pleno derecho de la familia y compañera eterna de Minos. Además, por supuesto, de Virgen María en próximos belenes vivientes.

El vigilante se limitó a asentir, sin desviar la mirada de la pantalla.

¿Quiere que cambie a otro canal o…?

San José no terminó su oferta. La dilatación de la bragueta del segurata ya lo decía todo.

Veo que se va amoldando a su nuevo puesto de trabajo. Aún no puedo desatarlo, pero pronto podrá librarse de la mordaza. Yo he de salir de caza. Pero a Irene, nuestra mujer gata no le ha pasado desapercibida cómo la miraba esta tarde mientras ella trabajaba en la tienda de lencería y está deseando tomar una buena ración de leche. Si la deja contenta, tal vez en un futuro pueda hacer algo más con ella; hace tiempo que busca a un compañero al que convertir. Aunque, se lo advierto, no haga chistes sobre «gatitas» si no quiere terminar en la despensa.