Laura (de Vera Caspary)

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A raíz del LeoAutorasOctubre, y del espesor mental que me aqueja por las noches, he aprovechado para mezclar entre mis lecturas alguna revisión de novelas de las que ya había disfrutado previamente. La primera escogida ha sido Laura, novela escrita por Vera Caspary (novelista, dramaturga y guionista), que dio origen en 1944 a la película homónima dirigida por Otto Premiger (para quien esto suscribe una de las grandes obras maestras de la historia del cine). Si bien en su primera lectura me pareció una novela excelente, aunque un punto por debajo del film al que dio origen, esta relectura me ha hecho descubrir nuevos matices y subirla de escalafón dentro de mi ranking personal de lecturas. 

Laura es una novela a medio camino entre el negro y el suspense, atípica para su época  (en buena medida a causa de su propia protagonista, como veremos más adelante), que juega con elementos como la narración epistolar, a la manera de La Piedra Lunar, de Wilkie Collins, o el cliché de la femme fatale, para darle una vuelta de tuerca y ofrecer algo con un sabor diferente. Con un sabor diferente sí. También más moderno, hasta el punto de que personajes e historia  resultan vigentes hoy en día. El punto de partida de la trama en sencillo. Un laureado agente de la policía de Nueva York, Mark McPherson, debe investigar el asesinato de una Laura Hunt, una exitosa publicista, asesinada en el hall de su apartamento de un disparo de escopeta en pena cara.  La investigación llevará al agente a interrogar al círculo íntimo de la joven. Dentro de este, destacan el veterano periodista Waldo Lydecker (su mentor) y Shelby Carpenter, el prometido de la joven. De paso, el policía se irá enamorando paulatinamente de la fallecida. Lo hará a través del retrato de la joven, los gustos comunes, personificados por un libro o una pelota de baseball guardada en un cajón… Todo mientras va descubriendo nuevas capas y dobleces en las personas que habían rodeado a Laura Hunt. A partir de este punto, es mejor no contar nada más del desarrollo. 

Cabe destacar que Caspary aborda esa fascinación de un modo sutil, elegante, sin caer en lo morboso o lo macabro. Recuerda, en cierto modo, a la forma en que Vernon Lee abordaba a veces la fascinación, aunque haciendo evolucionar, eso sí, la historia por caminos distintos a los transitados habitualmente por la relatista británica. 

El otro elemento que convierte a esta obra en una novela atípica, el máximo responsable también de su capacidad de fascinación, es la propia Laura Hunt. En manos de cualquier otro narrador habría sido la típica vampiresa que usa sus dones para aprovecharse de otros y medrar en la vida. En manos de Caspary es, junto a Mcpherson, el personaje más íntegro de la trama, también muy humana, con sus virtudes y sus máculas, con sus contradicciones. Pero, ante todo, como su propia creadora, es una mujer avanzada para su tiempo; una profesional que se ha labrado su éxito gracias a su talento, (pero que no olvida lo que fue estar abajo) que no ve incompatible luchar por su carrera y tener una vida personal dichosa, para quien el matrimonio no es una meta, pero tampoco algo que rechace de pleno. En ningún momento se menciona que, antes de ser asesinada, se plantease dejar la profesión por el mero hecho de casarse con Carpenter. También se nos da a entender que es una persona con una vida sexualmente activa. Detalle ese último que se obvió en la adaptación cinematográfica (cosas de no buscarse líos con la oficina Hayes, supongo), lo que, según parece, no hizo demasiada gracia a Vera Caspary. 

La personalidad de Laura se palpa a través de las declaraciones de sus conocidos, de los detalles que McPherson va descubriendo en el piso de la joven. Así, el lector va acompañando al agente en su camino hacia la fascinación, el enamoramiento. Si, además, uno tiene presente el recuerdo de Gene Tierney interpretando al personaje (sublime elección para el papel) o suena en sus oídos la inolvidable música compuesta por David Raskin para la película… es fácil no solo comprender sino incluso compartir los sentimientos del investigador. 

En el aspecto formal, y dejando a un lado algunos aspectos de la traducción que no me convencieron, merece la pena destacar el modo en que Caspary usa las distintas voces narrativas en primera persona. Cada una de ellas narra un trecho de la historia (divida en distintos libros), que en su origen fue publicada en forma de serial. La autora usa una voz propia para cada personaje (algo que debería ser obvio, pero no todos consiguen) y, con ello, nos va mostrando al psicología y las peculiaridades de cada uno de ellos. Lydecker se vanagloria de alterar los diálogos que transcribe para darles mayor empaque; Mark advierte de que no usará palabrotas en su narración, porque ha recibido una educación y esas cosas se dicen pero no se escriben… A la par, la escritora no nos ofrece un batiburrillo deslavazado de testimonios, sino una narración coherente y bien armada. Juega además, sutilmente, con las pistas pues, en las dobleces y la personalidad de los actores de esta trama, se oculta el secreto de quién apretó el gatillo esa noche infausta. 

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Cerrar esta semblanza, además de recomendando la lectura de esta obra, dando unas pinceladas sobre su adaptación cinematográfica. La película de Otto Preminger, además de ser excelente, se perfila como una notable adaptación de la novela. Hay cambios, bien es cierto, alguno puede ser achacable a cuestiones de censura; otros se derivan de adaptar la premisa a un lenguaje diferente y a comprimirla en 83 minutos de metraje. Sin embargo, en general, los elementos básicos de la historia están bien reflejados e hilados. Ayuda en este aspecto una acertada elección de casting, donde si bien algunos intérpretes se alejan físicamente de su original (especialmente el Cliffton Web como Waldo), saben reflejar la personalidad de sus roles. Mención especial para un joven Vincent Price que, sobre todo en versión original, clava un personaje alejado de aquellos que le harían famoso en el futuro. 

 De postre os dejo con un montaje con la banda sonora de la película. 

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Leyendo autoras en octubre II: Shirley Jackson

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Hoy toca centrarse en una sola autora: Shirley Jackson. Figura emblemática para autores como Richard Matheson, no es quizá una escritora conocida por la mayor parte del público español, pero sí una de las autoras más singulares que ha dado el género. Capaz de conjugar historias de talante más sobrenatural, o claramente terroríficas, con otras en las que la inquietud la generan los propios personajes, Jackson fue una genial creadora de personalidades excéntricas, complejas, que a veces podían coquetear con la locura (como la Nell de La Maldición de Hill House o la Merricat de Siempre hemos vivido en el castilllo). Además, tenía una mano excelente a la hora de manejar la tensión e ir impregnado de inquietud ambientes en apariencia tranquilos (Los veraneantes).

Y como el objetivo de estas entradas es hacer unas recomendaciones breves, os dejo con unas pinceladas sobre algunas obras de su autoría: 

La maldición de Hill House

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Es sin duda su novela más emblemática, además de una de las obras cumbres de la literatura de casas encantadas. La historia está  narrada desde el punto de vista de Nell, una “heroína” llena de miedos e inquietudes, que parece desarrollar una relación de amor-odio con la vivienda; en parte derivada de su propio pasado. El lector nunca deja de tener claro que está presenciando una versión sesgada de la trama, incluso cuando la autora no recurre al monologo interior de su protagonista. 

Junto a su narradora, cabe destacar entre las virtudes de Jackson: la utilización del escenario de la propia Hill House, el hábil manejo de los diálogos y la creación de unos personajes que generarán más simpatía o menos, pero cuyo destino no nos resulta indiferente. 

Todos estos elementos contribuyen una obra sobre la que cada lector (o incluso en cada relectura que uno pueda realizar), acaba teniendo una visión diferente de lo sucedido y de las explicaciones existentes tras el misterio de Hill House. 

Siempre hemos vivido en el castillo

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Publicada por vez primera en 1962, Siempre hemos vivido en el castillo es la última novela de Jackson, quien fallecería tres años después de un ataque al corazón. 

Nos encontramos, en este caso, ante una obra que no es puramente terrorífica, pero que no por ello deja de estar cargada de inquietud. Una atmósfera de misterio, e incluso de amenaza, impregna toda esta narración cargada de secretos y de personajes marcados por un hecho pasado (un envenenamiento que acabó con siete miembros de la familia), nunca aclarado. De nuevo, Jackson, nos ofrece un punto de vista sesgado, esta vez en primera persona.  Merricat es uno de los tres miembros de la familia Blackwood empecinados en permanecer en el viejo caserón familiar, ajenos a las actitudes a veces hostiles de los vecinos o a las presiones de otros parientes más o menos cercanos. Merricat es un personaje rico en matices, carismático a su modo excéntrico, que tiene la facultad de atrapar al lector. Abandonar la lectura de esta historia, resulta casi tan imposible como a los Blackwood residir en un lugar diferente. 

Señalar, a modo de anécdota, que la promoción de esta novela estuvo impregnada de cierta polémica cuando el crítico Laurence Hyman, esposo de Jackson, desveló que la autora era experta en ocultismo. Si bien ella se vio obligada a desmetirlo por cuestiones de imagen, hoy se sabe que era estudiosa se lo sobrenatural y llegó a practicar la magia blanca. 

Relatos

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Shirley Jackson fue también una gran autora de relatos cortos. Ahora bien, si uno busca historias de terror, tanto en un sentido más clásico como más alternativo, tal vez debería buscar otros pastos. Si bien la autora tiene cuentos que se pueden catalogar inequívocamente como “de género”,  prevalecen historias más centradas en lo cotidiano, con cierto tono costumbrista a veces. No obstante, seguimos encontrando esa inmersión en la psicología de los personajes, en sus frustraciones ocultas; también situaciones donde la tranquilidad puede verse interrumpida por un hecho inesperado, como la narración truculenta de un desconocido. En el fondo, la Jackson demuestra incluso en sus narraciones más sencillas en apariencia, que el monstruo más inquietante de todos puede ser el propio ser humano. 

 

 

Leyendo autoras en octubre I

Algunos conoceréis ya la iniciativa #LeoAutorasOct, gestada a través de Twitter, que busca visibilizar la literatura escrita por mujeres, lanzando el reto dedicar el mes de octubre (y más tiempo si uno lo desea) a leer exclusivamente a autoras. 

Por mi parte, no voy a quejarme si escogéis leer El juego de Lax o alguna otra pieza de mi autoría, pero voy a aprovechar el blog para dar a conocer alguna obra ajena. Hoy  os dejo con cuatro antologías de indiscutible toque fosco. 

Ecos del páramo y otros relatos oscuros

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Ángeles Mora es una escritoria heredera de la tradición gótica, pero con una voz claramente reconocible. Combina a la perfección sutileza, atmósfera y una mala leche muy propia a la hora de dirimir el destino de los personajes. Como autora, he de reconocer que siempre he envidiado esa mezcla de crueldad y elegancia que pueden destilar sus escritos.  Asidua de antologías periódicas como Calabazas en el trastero o la selección resultante del Certamen Polidori, es además una estupenda micorrelatista. Ecos del páramo gustará a todo buen aficionado a la novela gótica y el terror victoriano. 

La antología la podéis pillar a través de la página de la editorial Niebla. 

Entre mundos

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L. G. Morgan es una bruja buena que se mueve con fluidez tanto en el género histórico como en el fantástico. En Entre Mundos encontraréis relatos de ambientación western y otros atmósfera contemporánea; historias de sabor exótico o ambientadas en nuestro pasado reciente.Atmósferas lúgubres, melancólicas, humor negro… Cada una con su propia voz y la vez impregnada de la personalidad de su autora. Si os gustan las ambientaciones bien trabajadas o buscáis historias con personajes femeninos potentes, podéis sumergiros en este viaje Entre Mundos. 

La antología puede conseguirse a través de la página de la editorial Saco de Huesos. 

El príncipe Alberico y la dama Serpiente. 13 historias fantásticas y de fantasmas

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La editorial Valdermar, fiel a su filosofía de recuperar clásicos del fantástico que no siempre son conocidos por el gran publico, nos ofrece una cuidada panorámica de la obra fantástica de Vernon Lee (Violet Paget). A lo largo de estos trece relatos, Lee juega con la mitología, con las religiones (a veces desde una perspectiva burlona), con fantasmas que pueden ser tal cosa o ser reales solo en la imaginación de los protagonistas. Y con la obsesión. Sea esta producida por un retrato, una pieza musical o algún otro elemento, Lee quizá sea una de las autoras que mejor ha sabido aprovechar la fascinación enfermiza dentro del relato fantástico. “Amour Dure”, incluido en este compendio, me sigue pareciendo una obra cumbre del relato fantástico / terrorífico. 

La Eva Fantástica 

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Rematamos con la única antología colectiva de esta entrada La Eva Fantástica es una colección de relatos breves, escritos entre el siglo XIX y parte del XX, que tiene como gran virtud mezclar a autoras emblemáticas del género (como Mary Shelley, Vernon Lee o Shirley Jackson), con otras que se acercaron con menos frecuencia al relato fantástico o no habían sido previamente traducidas al castellano. Una selección sólida, llena de pequeñas gemas que, de otro modo, habría sido casi imposible leer, contiene entre sus páginas “La Lotería”, primer relato fantástico escrito por Shirey Jackson y una de las obras más singulares de su autora.