Creando otra fantasía medieval

A veces el Destino consigue que convocatoria de relatos aparezca justo cuando necesitas un reto o una motivación para retomar un género literario. Fue lo que me pasó a finales del año pasado, cuando me crucé por Twitter con una convocatoria llamada «La otra fantasía medieval».

La convocatoria me pilló en una época en que la publicación de Tiempos de Alianzas me había dejado con ganas de soltar espadazos. Además se ajustaba bien a mi estilo, tanto por la longitud máxima permitida a los textos, como por el hecho de buscar relatos de fantásticos de inspiración medieval, pero situados en sociedades “no machistas”. Sociedades donde la igualdad fuese un hecho. En las historias que había escrito sobre Ganoe, mi escenario recurrente para las narraciones del fantasía, el protagonismo recaía sobre todo en los hombros de personajes femeninos; en esos escenarios convivían guerreras, sacerdotisas, poderosas nigromantes, futuras reinas… En muchos de esos reinos, además, el sistema de sucesión entre gobernantes no era la primogenitura sino que eran otros, generalmente los dioses, quienes designaban al heredero o heredera adecuado dentro de la familia real de turno. En contrapartida, Ganoe era un escenario oscuro, poblado de personajes amorales y para esta historia deseaba algo más luminoso. De paso, era buen momento para salirme de mi zona de confort, dejar a un lado los relatos donde predominaba la acción, y narrar una trama con un toque más intimista, donde se diese más peso a los personajes . 

No fue el proceso de escritura más cómodo de mi carrera, me costó pillarle el ritmo a la historia, pero llegado a un punto empezó a fluir sola y el resultado final me dejó satisfecha. Quien me conozca, sabrá que esto último me suele pasar pocas veces. 

Los elementos fundamentales a la hora de apuntalar la historia fueron los siguientes: 

  • Personajes: El protagonismo de la historia recae sobre Agnes y Sian.

    Agnes es la heredera del reino de Tanzhot por designación divina; su reino está siendo azotado por una extraña plaga y viaja a la ciudad maldita de Kenath en busca de dos objetos mágicos que tal vez puedan salvar a su gente. El problema es nadie ha regresado jamás de una visita a Kenath. A pesar de eso, no se detiene en su tarea. El reto a la hora de crearla fue lograr que saliese un personaje equilibrado. Tenía que ser alguien con entrenamiento marcial, pero no una supersoldado, pues es la heredera de un reino pacífico. Es inteligente, pero también insegura en algunos momentos, y es incapaz de ver la maldad oculta de algunas personas que la rodean. Ahí, como en otros condicionantes de su vida, otro reto era dejar claro que sus posibles “limitaciones” no se debían al hecho de ser mujer, sino a la combinación de su propia educación como futura gobernante, junto con la falta de experiencia a la hora de enfrentarse a conflictos reales.

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    Agnès de Chastillon, espadachina nacida de la pluma de Robert E. Howard.

  • Su contrapartida es Sian. Esta es hija de un pueblo nómada y se convirtió en “protegida” de la familia real de Tanzhot tras un conflicto entre su gente y algunas aldeas bajo la protección del reino. Su cualidad de rehén, no obstante, no la ha convertido en alguien corroído por el rencor, en buena medida gracias al vínculo que la une a Agnes y a no haber sido discriminada por otros habitantes Tanzhot. Debido a esa a esa etapa previa de su vida, es una hábil cazadora además de sanadora. Su pueblo natal tiene un concepto del amor y el sexo distinto al de otras culturas, lo que la ayuda a sobrellevar el hecho de que su relación con la heredera tenga que ser puramente platónica. Tanzhot no es un reino mojigato, pero los monarcas, sean hombres o mujeres, están obligados a casarse teniendo en cuenta la perpetuación del linaje y el bien del reino.

  • Interrelaciones: Agnes y Sian son dos personajes fuertes, independientes, pero también complementarios. Esa complementariedad es importante para que superen algunos de los problemas con los que se cruzan, pero no por ello se convierten en personas más débiles. Mi intención, (queda en poder de los lectores dictar sentencia), era reflejar que juntas se fortalecían, pero sin crear una relación de dependencia entre ambas.

  • Escenario: Este fue uno de los aspectos con los que más disfruté. Tanzhot es un reino pacífico, pero triste, donde el sol apenas asoma en un cielo siempre cubierto de nubes. Kenath es un escenario donde impera el misterio y cierto grado de irracionalidad. Hacía tiempo que deseaba trabajar sobre un enclave en esa línea y este relato me dio pie para hacerlo.

  • Influencias: Mis dos amores son la fantasía oscura y la espada y brujería; tanto en calidad de autora como de lectora. En este relato he podido jugar con guiños e influencias de mis dos autores favoritos dentro del género Clark Ashton Smith y Robert E. Howard. Del primero y ciclos como el de Zothique, nacen ese escenario crepuscular y la idea de esa ciudad maldita de Kenath. Luego la personalidad de la misma es marca «Anita y su musa fumeta». El componente más épico tiene quizá más influencia Howardiana y el nombre de Agnes supone un homenaje a mi personaje favorito dentro de los creados por el autor: Agnès la Negra. Esta protagonizó dos relatos cercanos al género de capa y espada, además de un tercero, terminado por Gerald W. Page, con más influencias fantásticas. Su autor nunca los llegaría a ver publicados en vida, pues se suicidó en 1936 y estas historias se publicaron en los años 70 (de forma discontinua y en diferentes revistas).  Aunque hubo excepciones como la Jirel de Joiry de C.L. Moore, parece que los personajes femeninos lo tenían más complicado incluso cuando sus historias estaban escritas por alguien del calado de Howard. Por suerte, y aunque poco a poco, las cosas van cambiando.

Hasta ahí llega lo que tenía que contar sobre el proceso de creación de La condenación de Kenath. La trama en sí, o descubrir hasta qué punto logré mis objetivos, os tocará juzgarlos leyendo la historia. El relato saldrá publicado en una antología digital que se publicará en Lektu de forma gratuita. Ya os iré manteniendo informados de cómo avanza la cosa.

Novelas cortas de intensa ficción Num. 2

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Ya está disponible para su compra, Novelas Cortas de Intensa Ficción 2. Volumen editado por Pulpture, que recopila cuatro novelas cortas con toque pulp, una de ellas de mi autoría. El tomo, con un diseño interior muy atractivo y vintage, recoge 2 historias de corte cif con toques humorísticos (entre ellas mi Pesadilla en Oro) y otras dos de ambientación oriental.

Os dejo con las sinopsis de las 4 historias:

Game Over

Herb Ponnington, detective privado y caballo, aún sufre las consecuencias de su desastrosa visita al Ingeniero (que, recordemos, acabó muerto a manos de Pax, el chimpancé ayudante de Herb). La policía les insiste para que investiguen el caso y hallen al asesino (ellos mismos) y, por si eso no fuera poco, ahora llama a su puerta Stuart, el sobrino de Ponnington, que no hará sino complicarles la existencia.

Tan enervante situación hará que se embarquen en una alocada huida a través del desquiciado universo, que, por lo visto, se está desintegrando. Cosa que, también por lo visto, ocurre cuando se mata al Ingeniero.

Pesadilla en Oro

Una exmilitar, una ex diva del porno y un degenerado ex… traterrestre. Esa es la peculiar tripulación de la nave más sensual de la galaxia, que va de un sistema a otro buscando fortuna. Ahora han llegado a un espeluznante y atractivo lugar: un planeta dorado, el cual parece totalmente vacío de vida. Dispuestos a no dejar pasar la oportunidad de sacar provecho de un lugar inexplorado, ponen rumbo a este exuberante paisaje con la confianza del que sabe desierto de todo peligro el terreno que tiene por delante. O, quizá, no esté vacío. Quizá, simplemente, es que no los ven.

La sombra del escorpión en la tormenta

Dos samuráis, uno adulto y experimentado, el otro apenas un chiquillo, caminan tensos y alerta rumbo a un apartado santuario en medio del bosque. Su nerviosismo responde a un asunto tan turbio como secreto: los señores locales conspiran unos contra otros, preparando una gran rebelión, y ellos deben impedirlo recuperando información de manos de un espía a las órdenes de su daimio.

Mientras, el cielo se cubre con las negras nubes que presagian tormenta. Y, con ellas, llega la amenaza de un peligroso asesino que camina tras sus pasos, dispuesto a impedir que se salgan con la suya.

Tres cuentos orientales

La ciudad bulle de excitación por el triunfal regreso del rey, que en su viaje ha hallado una asombrosa manzana capaz de curar todas las enfermedades. Este suceso atrae la atención de todo tipo de personajes, y quién diría que el más interesante es un viejo invidente.

El mendigo ciego es un gran contador de historias. Cada día amanece siempre en la misma esquina del mercado y, a cambio de una limosna o algo de comida, narra los cuentos más increíbles que nadie haya podido oír.

Y los pícaros malandrines del mercado siempre se preguntan lo mismo: ¿acaso pueden ser ciertos tales prodigios?

 El libro puede adquirirse a través de la tienda de la editorial, con un pequeño descuento o encargarse en librerías. 

Lax trama algo. La Sombra lo sabe

No. No me he vuelto más loca de lo normal y me está entrando la venada de hacer cruces imposibles, pero esta semana toca hacer un poco de autobombo y anunciar la publicación de nuevas entregas de dos  publicaciones episódicas obra de esta humilde escritora: la tercera parte de El juego de Lax  y una nueva entrega de mi serial La Sombra, publicado en Action Tales. 

El Juego de Lax

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De la tercera entrega de El Juego de Lax no voy a decir mucho, pues ya lo presenté en una entrada previa. Bueno, sí, algo diré. Animaos a darle una oportunidad a este serial cifi. Además de contar con una mercenaria tuerta y lenguaraz en el papel protagonista y una Inteligencia Artificial con alma de trol  en calidad de “villano”, está impregnada de aroma a buen pulp, guiños a los viejos folletines y buenas dosis de acción y divertimento. 

 

Os podéis hacer con las tres entregas publicadas de El  Juego de Lax, entrando en el enlace. 

http://roninliterario.com/categoria-producto/series-literarias/el-juego-de-lax/

La Sombra

Lobos sobre Broadway III

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El serial de La Sombra llega tras una larga espera, entre mis propios compromisos, bloqueos y migración web de Action Tales. Pero el Señor de la Oscuridad regresa con ganas de erradicar el Mal de la ciudad de Nueva York, y estremecer los corazones de los criminales con su inconfundible risa. 

El número supone la tercera, y penúltima entrega, de Lobos sobre Broadway. La historia se centra en los Amos de la Noche, banda dispuesta hacerse con el control de los clubs nocturnos de la ciudad. Se encontrarán con la oposición de dos formidables rivales: La Sombra y Joan Wang. Aunque ni toda la pericia del vigilante impedirá que sus agentes se vean amenazados por el poder de los Amos… En la web tenéis colgados los dos números previos, para refrescar la memoria o leer desde un principio este arco argumental. 

La estupenda portada es obra de Gustavo Rubio, en esta ocasión. 

Podéis leer el número, entrando en el enlace:

http://actiontalesfanfictions.blogspot.com.es/2016/09/the-shadow-n06.html

E-book gratis “El Erradicador de Pecados”

Después de unos meses de parón, en los que la escritura me ha dado un puñado de buenas noticias que iré reflejando por aquí, retomamos la actividad bloguera. Y no se me ocurre mejor manera de celebrar la reapertura de esta cueva que ofreceros un pequeño regalo: El Erradiacador de Pecados. 

El Erradicador de Pecados es una novela corta que en su día dio nombre a mi primera publicación en solitario, una antología que tuvo una vida efímera debido a la quiebra de la editorial Libralia. Durante un tiempo me planteé la posibilidad de editarla por mi cuenta, pero al final he optado por ofrecerla en descarga gratuita, para que puedan disfrutar de ella tanto quienes no llegaron a tiempo de comprarse la antología original, como todo aquel que quiera sumergirse en los irreverentes caminos de Tierra de Nadie. 

El Erradicador es una historia ambientada en New Dodge City, uno de los escenarios recurrentes en mis escritos y, sin duda, el más políticamente incorrecto y extravagante de todos. Las historias allí desarrolladas tienen algo de novela negra, mucho de western,  una base de ucronía gamberra, acción y están protagonizadas por la sheriff Francesca Fulcanelli,  una burra parda gruñona de gatillo fácil que, por una razón que ni ella sabe, se hace querer. portadaerradicador_zpsesrkuqva

Sin más os dejo con la sinopsis y en link de descarga: 

Tierra de Nadie es un territorio sin ley en el que conviven en anárquica armonía diez taifas que rivalizan en excentricidad. Cuando unos nuevos vecinos piden instalarse allí, bajo el nombre de los Templarios, la convivencia empieza a tambalearse. Unos están dispuestos a aceptar el nuevo asentamiento; otros sospechan de sus intenciones. Entre los últimos, está Francesca Fulcanelli, sheriff de New Dodge City, Olimpo del vicio.
La agente se verá obligada a viajar hasta el mundo civilizado para investigar el pasado de Justin De Molay, el líder de los Templarios. Cuando lo averigüe, tal vez sea demasiado tarde para atajar la amenaza que se cierne sobre su ciudad y el resto de Tierra de Nadie: una guerra santa.


Acércate a esta  ucronía gamberra y trepidante, marcada por el espíritu pulp, que no se olvida del elemento clave del buen western: la épica

Descarga Erradicador

Fantasmas entre las Sombras III

Tiempo aproximado de lectura: 7 minutos. 

Las montañas cobijaban un estrecho valle, y este, un refugio de ladrones. Empezaba a caer la oscuridad y resultaba complicado distinguir el color de las vestiduras de los hombres, pero su silueta era perfectamente clara para los ojos cubiertos por gafas de visión nocturna de las dos pistoleras.

Las dos mujeres se ocultaban tras las rocas. Sus ropas habían dejado de ser del color de la nieve y se mimetizaban con la oscuridad. Habían dejado a un lado bufandas y sombreros, para cubrir sus cabellos con sendos pañuelos negros. Mientras Lillian terminaba de encajar las piezas de su rifle desmontable, Kelly vigilaba el campamento. Cuatro hombres se paseaban por él. Uno revisando las motocicletas; otro, vigilando el campamento, lanzando ocasionales miradas a lo alto. Los otros dos trataban de entonar canciones de taberna, con voz pastosa. Y alguno más se ocultaría en la cabaña, junto con el botín y los prisioneros. Si los había. No se habían topado con más cuerpos, pero….

Lillian terminó de enroscar un cilindro en la punta del cañón. El arma era un hermoso heraldo de muerte; más en manos de la pistolera de cabellera plateada. A la ventaja de estar dotado de un cargador trasversal, capaz de cargar treinta balas, el doble de muchos Winchester, se añadía su infalibilidad como tiradora. En el viejo circo Abott sus disparos se contaban por dianas; como agente, por enemigos caídos.

—¿Crees que realmente esa cosa evitará que se oigan los disparos?

—Pronto los descubriremos. Prepárate para atacar la cabaña, si es necesario.

Kelly asintió, antes de, camuflada en la oscuridad, empezar a descender por un estrecho camino en dirección al valle.

Mientras tanto, su hermana buscaba su primer blanco. Su respiración era tranquila. Su pulso firme. Ella y el rifle eran uno, e infalibles. La mirilla se detuvo en el corazón del hombre encargado de la vigilancia. Lillian contuvo el aliento y disparó. El forajido cayó al suelo, de frente. Sus compañeros se apresuraron en su dirección. La agente buscó el siguiente objetivo. El hombre de las motos. De nuevo, su gatillo no falló. Los otros dos se quedaron parados; temerosos tal vez de aquella muerte silenciosa, desenfundaron sus armas, mirando a su alrededor. Semejante falta de reflejos proporcionaba demasiada ventaja a la rival con quien se enfrentaban, si deseaban continuar con vida. Y eso fue algo que no tardaron en descubrir. Un nuevo disparo y ya era solo uno el forajido en pie. Alzó la pistola. Lillian logró abatirlo, pero no impedir que apretase el gatillo ahogando con su tronar la sensación de completo triunfo de la agente. 

Soltó aire. En el cargador aún quedaba suficiente munición. El problema estribaba en cómo reaccionarían los de la cabaña tras oír la detonación, y en si Kelly, cosa difícil, había llegado a la altura de la misma.

La primera de sus preguntas no tardó en contestarse. Un hombre salió a la puerta del refugio, revólver en ristre. Tenía la camisa medio abierta y no llevaba sombrero. Miraba a su alrededor, sin atreverse a traspasar el umbral, sin entender del todo, seguramente, por qué habían caído sus cuatro compañeros. Solo habían escuchado una detonación y, sin embargo, cuatro cuerpos yacían sobre el suelto pedregosos. Lillian se lo explicó de un certero balazo.

Los otros componentes de la banda fueron más listos. Antes de que Lillian tuviese ocasión de buscar un blanco, el cuerpo del caído rodó sobre el suelo polvoriento y la puerta se cerró, resonando en la moribunda quietud del valle. En el interior de la cabaña, las luces se extinguieron. Eso podía ser un punto a favor de las agentes de Las Sombras. Pero otros elementos se habían aliado en su contra; los forajidos cobijados en la vivienda se habían apostado a los lados de las ventanas no frente a estas. La pistolera intuía siluetas cerca de las mismas, pero ni siquiera ella podía lograr un blanco en tales condiciones.

No podía saber, ni siquiera con la ayuda de la mira de la escopeta, si Kelly estaba cerca de la cabaña. Habría que recurrir al plan de emergencia e iniciar un acercamiento lateral. Se cruzó el rifle a la espalda y desenfundó su propio revólver. No era un arma al uso, tanto el cañón como el tambor eran más anchos que los de los de un revólver normal y todo él, incluida la empuñadura, se mimetizaba con la noche mientras Lillian descendía por el camino, lleno de piedra suelta. En su avance, dirigía ocasionales miradas a la casa. No le gustaba dejar su flanco al descubierto durante demasiado tiempo. Aun así, el verdadero peligro llegaría cuando se moviese por el valle. Incluso llevando la melena cubierta con un pañuelo azabache y el abrigo reversible por su parte negra, podía ser vista. Y también Kelly.

 

Mientras su hermana descendía, Kelly Jane había llegado a la fachada trasera de la cabaña. En ese punto, solo se abría un ventanuco, estrecho, insignificante para unos hombres seguros de estar siendo atacados desde el frente. Era suficiente, no obstante, para analizar el interior. El panorama era más desagradable de lo esperado. Tres hombres permanecían en el improvisado fortín. Uno, armado con un rifle, vigilaba una ventana cercana a la puerta. De los otros dos, pertrechados con pistolas, uno miraba por la ventana de la derecha; su compañero, alternaba su atención entre la de la izquierda y una cama en la que yacía atada una mujer, casi una niña, india o mestiza. Su negra melena caía revuelta sobre la almohada; sus piernas se abrían, hasta quedar sus tobillos atados a ambos laterales de la cama, aunque su vestido estaba intacto. Una rehén. Tres pistoleros.

Demasiado para ella sola. Su puntería no era la de Lillian ni el ventanuco el mejor puesto para disparar.

Tocaría contener su ímpetu y seguir el plan acordado de antemano. Sin embargo, aún curtida ya en demasiadas misiones, Kelly no podía dejar de mirar a la chiquilla. Incluso a través del cristal, y teñido del color verdoso de las gafas de visión nocturna, la mueca de dolor y miedo de la muchacha resultaban claros; tampoco le pasaban desapercibidas las manos que, en su esfuerzo por aflojar las ligaduras, hincaban más estas en su carne. Contemplándola, Kelly Jane no podía evitar imaginarse a Lilly en manos del depravado al que la había vendido el Buhonero Oscuro. ¿Habría temblado así? ¿Llorado? Había visto las heridas de Lillian, la había oído mencionar las cabezas cercenadas, pero jamás habían profundizado en los sentimientos que la habían invadido esa noche horrible. Como mujer, Kelly podía imaginárselos, pero a veces se preguntaba si el hermetismo y el aislamiento de Lillian eran sanos. Su hermana no había estado con nadie desde entonces; ella misma, con el corazón guardando luto todavía por Joe, había tenido un par de encuentros antes de admitir que aún no estaba preparada para entregarse a un amante.

—Art, alguien se acerca —susurró el vigilante de la izquierda.

El hilo de los pensamientos de Kelly murió de repente; esa noche era la agente Ginger, de Las Sombras, no Kelly Jane Abott, la hermana preocupada. Aprovechando que su presencia seguía sin ser advertida, se preparó para disparar.

—¿Por dónde?, yo no veo nada —se inquietó el de la ventana.

—Vi una sombra cruzando cerca de las motos. Ahí está otra vez.

El hombre de la ventana se apresuró hacia su compañero. El situado cerca de la niña permaneció en su puesto. Kelly ya tenía claro cuál sería su blanco. Con cuidado, cambió de posición, buscando un mejor ángulo de disparo. Su puntería distaba de ser la de Lillian; necesitaba cualquier ventaja digna de ser aprovechada.

La pelirroja tomó aliento, esperando una señal en forma de disparos.

Estos fueron precedidos de un canto de cristales rotos. Tronaron revólver y rifle en sincronía. Sin recibir respuesta.

—¿Crees que le hemos dado?

—Pareció caer… —dudó el tal Art, bajando, al igual que su compañero, ligeramente su arma.

Kelly contuvo el aliento. La cordura le decía que Lillian no podía estar muerta. Ambas llevaban ropas especiales de Las Sombras, capaces de amortiguar y hasta de detener, el efecto de una bala normal. Sin embargo, no podía evitar ser una hermana.

Una hermana muy orgullosa de compartir sangre con la mejor pistolera de todo el Oeste. Cuando los forajidos se creían ganadores, llegó la réplica a sus disparos. El primer tiro abatió a Art; su compañero intentó reaccionar, pero el gatillo de Lillian fue más rápido. Mientras tanto, Kelly no se había quedado parada; tampoco el vigilante de la muchacha, que hizo ademán de inclinarse sobre ella, fuera con intención de matarla o de usarla de escudo. Kelly no pensaba consentir ni una cosa ni la otra; su disparo perforó el cristal en medio de un estruendo; otro proyectil habría perdido fuerza al romper semejante barrera, la munición especial de Las Sombras podía atravesar un tablón de madera y matar al rival cobijado tras él. Por desgracia, el proyectil se hundió varios dedos por encima de lo debido. El hombre cayó al suelo, herido en su hombro izquierdo, pero aún vivo y armado para disparar contra el ventanuco. Y con buena puntería. Una bala pasó rozando la mejilla de la pelirroja antes de que acertase a echar cuerpo a tierra. Llovió la pólvora, luego hubo silencio.

Seguramente el pistolero estaría intentando recargar.

—¡Malditas zorras! —oyó bramar mientras se ponía en pie—. Intentad dispararme y esta putita tendrá una segunda boca.

El revólver del forajido estaba caído sobre el suelo. En su mano derecha sostenía un cuchillo, colocado tan cerca del cuello de la prisionera que Kelly creyó ver un hilillo de sangre descendiendo por su garganta. Lillian se erguía impasible frente la ventana, con la pistola lista para ser disparada. La pelirroja siguió el ejemplo de su hermana y apuntó al forajido, a través del ventanuco.

—Os lo advierto. Mi cuchillo nunca falla —presumió, presionando un poco más la hoja contra la delicada carne.

—Tampoco mi gatillo. Hoy uno de los dos perderá su imbatibilidad  —contestó Lillian en tono gélido—. A no ser que quieras ser inteligente y soltar tu cuchillo.

 Las últimas palabras eran un mero añadido para dar a Kelly la oportunidad de ver hacia dónde apuntaba el cañón de su hermana y centrar su blanco. Cualquier agente curtido sería consciente de que se enfrentaban a un rival dispuesto a morir arrancado todas las vidas posibles hasta la llegada de su último estertor.

—Ríndete tú, zorra —escupió al bandido.

La contrarréplica llegó en forma de dos disparos separados apenas por segundos. Cada uno con una diana; la bala de Lillian se hundió en la muñeca del asesino, obligándolo a soltar el cuchillo un segundo antes de que el disparo de Kelly detuviese por siempre el latido de su negro corazón.

La pelirroja se permitió un hondo suspiro tras ver caer al hombre. Habían vivido esa situación en otras ocasiones; en la primera Kelly había estado en el mismo lugar de la secuestrada, en calidad de rehén del Buhonero Oscuro, y Lillian y Scarlett tras las pistolas; sin embargo, seguía conteniendo el aliento, como aquella angustiosa primera vez, siempre que reproducían el agónico tiroteo.


Hollywood Hell IV (final)

Tiempo estimado de lectura 7 minutos.

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—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

—Siempre supe que eras un jodido cabrón, Arthur, pero nunca pensé que fueses capaz de tanto —fue todo lo que se me ocurrió decir.

—Tendríais que haberos visto, peleándoos con el aire, dejándoos caer en las garras de mis muertos, empalar con un trozo de tapa de un ataúd…  

Helen se apretó contra mi espalda, dándome el coraje que necesitaba para volver a alzar el arma.

—¿Qué juego es este Arthie?

—El más antiguo de todos, la recolección de almas. Hace tiempo vendí la mía a cambio de ser un emperador en Hollywood; esta noche mi amo me ha ofrecido la posibilidad de recuperarla, ayudándolo a recolectar las de otros incautos. Mi señor podría haber tomado las de la mayoría de vosotros sin mi ayuda, pero ha pasado tanto tiempo en nuestro mundillo que, de vez en cuando, necesita un buen espectáculo. Y nadie mejor que Arthur Bray para proporcionárselo. Habría preferido que cayeseis víctimas de nuestras trampas, pero supongo dará igual que muráis por mi mano.

¡Joder! ¿Es que medio Hollywood había pactado con el Diablo mientras yo me ganaba el estrellato a base de trabajo? Antes de que pudiese preguntarle al respecto, Bray se alzó y sacó el bolsillo de su batín un .38 de cañón corto. Semejante juguete no impresionaría a Dan Fogarty, ni aun apuntando directamente contra su cara, pero, en mi caso, hizo que me temblasen las piernas cual puñetera heroína florero.  Si Helen no hubiese apretado otra vez sus senos contra mi espalda, me habría dejado matar como un secundario prescindible. Pero no hay mayor coraje que el que envuelve a un hombre entregado a una buena causa y pocas había mejores que ser digno de Helen Sinclair. Lancé un bramido de búfalo y cargué contra Bray; antes de que el malnacido llegase a disparar, mis hombros impactaron contra su estómago y mi mano libre lo obligaba a elevar el brazo, justo a tiempo para que una bala rebotase en el techo. Lejos de considerar terminada la batalla, seguí agarrando su muñeca mientras mi espada buscaba un hueco en su flanco; guiada por la Fortuna, la hoja se hundió en su pecho, paralizando su corazón podrido.

La ilusión se disipó. El lecho, la alfombra y el sillón con su proyector permanecieron allí; el resto de la estancia mostró verdadera faz. A los lados, protegidos por rejillas, se elevaban varios sarcófagos de piedra. Aplastado por uno de ellos, yacía Ben, con el cuerpo devorado, seguramente por la esquelética niña que yacía a su lado. Al otro extremo estaba Anthony, empalado por un trozo de madera que él había creído un puto unicornio rosa; no muy lejos, yacían otros dos muertos caníbales. Incluso mi espada había cambiado, para convertirse en un hierro oxidado.

—Bravo, Harry. Sabía que nos salvarías —la voz de Helen era pura miel.

Mi diosa se acercó a mí y me abrazó, apretando su pelvis contra la mía con fuerza suficiente para despertar a mi .45 largo. Por si no había captado el mensaje, empezó a desabrocharme la camisa.

—Nena, este no es lugar…

Antes de llegar a terminar mi queja, me encontré sobre el lecho de sábanas rojas, con Helen sentada a horcajadas sobre mí. Sus dedos jugueteaban con el vello de mi pecho al tiempo que su pelvis presionaba, cada vez más húmeda y cálida, contra mi entrepierna. Aún así no lograba entonar por completo a mi poderosa automática.

—Tranquilo. El Diablo ya se ha llevado seis almas, seguro que nos dejara en paz.

 Ella no cejaba en sus atenciones, pero yo no sentía su caricia ni la tentadora presión de su pelvis. Una voz congelaba mi libido a fuerza de repetir «seis almas». En la cripta mi diosa había mencionado que «el conde» se había cobrado cinco víctimas, pero hasta ahora no me había dado cuenta de un detalle: Helen no conocía la presencia de Liz. Yo no había tenido oportunidad de hablarle de ella y la cazadora no era uno de los invitados a la fiesta. Como mi amigo Dan, había caído en las manos de una preciosa mujer fatal. Por fortuna, ella no parecía darse cuenta de que la había pillado. Sus dedos empezaban a recrearse en mi pecho cuando reuní las fuerzas necesarias para empujarlas. No le di un puñetazo, me limité a apartarla hacia un lado del lecho, pero el impulso casi basto para lanzarla fuera de este. Rápido, me arrodillé sobre el colchón. Habría sido más sensato levantarme y recuperar mi hierro, pero las energías no me daban para tanta hazaña.

Además, la mirada de la pelirroja había vuelto a hechizarme. Sin dar muestras de dolor ni indignación, todavía retorcida sobre la cama, me premió con una sonrisa cruel. Si esta era siniestra aún lo fue más el brillo rojizo que se apoderó de sus ojos durante unos segundos.

—Eres un chico listo, Harry —sus uñas subieron por mi pecho, jugando con de nuevo el vello, sin llegar a herirme. En esos momentos no sabía si me sentía cachondo o aterrorizado—. La pregunta es ¿Eres lo bastante listo? —su diestra me agarró por el cuello.

Intenté debatirme, pero su presa era podía rivalizar con la de un matón de puerto con ganas de jarana.

—Aunque Bray no pudo reconocerme, yo conseguí que vendiese su alma hace años. Ahora tengo una oferta para ti; una mucho más atractiva. Mi amo está dispuesto compartir contigo el Poder. Esa sonrisa tuya podía arrastrar las almas de muchas jovencitas a la perdición… —su mano aflojó la presa.

—Muérete, maldita bruja —escupí sin pensar.

Sus mano empezó a apretar; la sangre arroyó por mi cuello cuando sus uñas penetraron en mi piel. Me había resignado a arder en las calderas del Averno, cuando un disparo restalló en la sala. Helen se llevó las manos al rostro, mientras el humo se escapaba entre sus dedos; su cuerpo empezó a arrugarse y volverse flácido; un par de verrugas se apoderaron de su seno izquierdo, un segundo antes de que ella cayera al suelo.

Al girarme vi a Liz en lo alto de una escalera recién abierta en el suelo.  No llevaba camisa, solo la chaqueta del esmoquin abierta, dejando entrever unos senos suculentos; tenía vendada la mano derecha, también parte del torso y su hombro izquierdo. En el cinturón, lucía cruzado el cuchillo que yo perdiera.

—Ningún O´Hara sale de caza sin saber curar a fuego sus heridas —Liz me premió con una sonrisa torva—. Hola, Harry, quédate quietecito mientras yo saldo las cuentas con nuestra amiga.

La horrenda criatura había vuelto a ponerse en pie; aún le salía humo de la cara, pero no parecía dispuesta a morir.

—Siempre supe que quienes decían que Helen Sinclair era una bruja estaban más acertados de lo que pensaban. Pero debo reconocer que me sorprendiste. No me imaginé que tu chulo te hubiese dado poderes nigrománticos. A no ser que el trabajo sucio lo hiciera él y tú solo estuvieses aquí para encargarte de la rapiña…

La automática apuntaba directamente contra la bruja. Pero esta no daba muestras de sentirse asustada, tampoco de haber escuchado las palabras de Liz.

—¿Piensas derrotarme con plata, cazadora? Deberías saber que no puede matarme.

—Lo sé, pero ya ha logrado desbaratar tu hechizo de glamur.

La hechicera se miró las manos y entonó una canción en un idioma extraño; los cadáveres, incluidos mis amigos, empezaron a temblar. Resonaron dos nuevos disparos. Helen gritó; los muertos se paralizaron. Aquella jodida arpía comenzó a recular, sin apartar la mirada de la automática.

Solo era una estratagema. Rauda como una serpiente, lanzó un golpe contra Liz; parecía que se había quedado corta, pero su brazo se alargó, semejando una rama reseca, terminada en cinco  garras. Arañó el costado de la cazadora, que aún acertó a disparar dos veces. La primera bala rebotó contra el muro, la segunda se hundió en el costado de la bruja. Esto no la hizo retroceder. Siguió atacando, aunque no parecía ser ya capaz de alargar su cuerpo y Elisabeth iba esquivando con más facilidad sus zarpazos. Por desgracia, eso no ayudaba a aquel bombón a ganar la batalla. Sus disparos fallaban en ocasiones y, aunque acertasen, no lograban hacer caer a su enemiga. Cada uno de sus movimientos era acompañado de regueros de sangre y una cortinilla de humo, pero no caía. Al mismo tiempo, el escenario no dejaba de cambiar; la alfombra había desaparecido, más huesos poblaban el suelo, incluso mi cama había cambiado, pero yo no me atrevía a desviar la mirada de la batalla.  

Cuando la bruja la tenía tan arrinconada contra una pared que las teas parecían a punto de quemar su pelo, la automática de Liz se declaró exhausta.

—¡Bravo, cazadora! —la risa de la bruja reverberó siniestra en la sala—. Has agotado todas tus balas y yo todavía estoy en pie. ¿Piensas matarme con tu cuchillo?

En algún punto de la lucha, Liz había tenido ocasión de desenfundar el puñal y lo usaba ahora para mantener alejada a la hechicera. Sus labios dibujaron una sonrisa más propia de Dan Fogarty que de una cazadora derrotada. El bombón más peligroso de Hollywood alargó la zurda hacía una de las teas. Sin dejar de apuntar a la otra con el cuchillo, la descolgó del soporte.

—Solo te estaba debilitando para tener claro qué antorchas eran reales.

El adefesio trató de abalanzarse sobre Liz, pero esta fue más rápida y logró hundir la tea en el pecho de su enemiga. La espantosa criatura lanzó un grito patético, mientras las llamas prendían sus ropas; en apenas unos segundos comenzó a arder, a derretirse como si, en lugar de un ser de carne y hueso, fuese un monigote de cera. Mientras ella se quemaba, yo notaba cómo el lecho se iba haciendo más duro y estrecho. Cuando bajé la mirada, cerca estuve de convertirme en nuevo habitante del Reino de los Muertos. ¡Había estando a punto de fornicar con una bruja en un puñetero ataúd! Estaba deshabitado, pero eso no daba energías a mis piernas inmóviles.

—¡Espabila de una vez, Harry!

Elisabeth tiró de mí, obligándome a saltar del sarcófago con tanto ímpetu que casi rodamos por el suelo. El reguero de cera derretida y fuego había prendido el cadáver de Bray y amenazaba con extenderse hacia el resto de la sala. Trastabillando, más que corriendo, nos adentramos en el pasillo, a cuyos lados se extendían pequeñas capillas donde yacían los cuerpos de nuestros compañeros. Pese a que algunos ataúdes importunaban nuestro camino, logramos alcanzar una escalera de caracol antes de que las llamas nos chamuscasen.

A través de ella, llegamos al exterior. No se oía el canto de animal alguno, ni había más señal de presencia humana que nuestros propios coches aparcados. La mansión de Bray siempre había sido una fortaleza solitaria; no obstante, sumido en semejante quietud, temí por unos instantes ser víctima de otra ilusión de la bruja de tetas verrugosas o su amo. Sin embargo, Liz se guardó el cuchillo y empezó a abrochar su americana con gesto tranquilo.

—Será mejor que nos vayamos —ordenó.

—¡¿Qué?! ¿Vamos a huir? —exclamé, agarrándola por el brazo.

Ella se deshizo de mi presa y me miró con dolorosa condescendencia.

—Si quieres, nos quedamos para explicarle a la policía que hemos matado a una bruja y a un gilipollas que había venido su alma al diablo. A lo mejor nos mandan al psiquiátrico, en vez de meternos en la puta trena —a media contestación, había iniciado camino, rumbo a mi flamante Cadillac.

—Y si nos marchamos alguien podría vernos —grité, sin dejar de perseguirla por el camino desierto.

—Bah, ningún policía es tan poderoso como Hedda —desdeñó, al llegar al coche. Yo la miré con gesto de no entender qué pintaba la segunda peor cotilla de Hollywood en esto—. Y tiene una deuda pendiente con la cazadora que evitó que su hijo William se convirtiese en esclavo de un súcubo.

Ante semejante revelación, solo pude mirarla con gesto asombrado.

—Y yo que me imaginaba a esa cabrona trabajando para tu enemigo…  —me encontré diciendo. De pronto, hablar de pactos con el diablo me parecía tan normal como discutir sobre la tiranía de nuestros productores.

—No, él prefirió a Louella. Tal vez un día tenga que encargarme de ella —añadió con gesto pensativo, mientras abría la puerta del conductor.

¡De mí asiento! ¿Después de ser ella quien me salvase el culo, también iba a reducirme a un florero aparcado en el asiento del copiloto?

—¿Y a dónde pretendes que vayamos? —pregunté, sin atreverme a apartarla de donde estaba.

—A tu casa, muñeco —sonrió burlona—. El premio de todo héroe es un revolcón con la damisela en apuros. ¿Recuerdas?

Ella se apretó contra mí, despertando por segunda vez en esa noche a mi .45 largo. Tenía razón, pero que un rayo me partiese si tenía claro quién era quién en esta película. Si era sincero, empezaba a importarme una mierda.

Hollywood Hell III

Tiempo estimado de lectura. 5 minutos

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Nuestro director nos guiaba a través de túnel interminable, como a ovejitas dispuestas a ir al matadero. No se escuchaban gritos, pero yo no dejaba de pensar en cuál podía ser el destino de mi pelirroja favorita. No necesitaba cerrar los ojos para imaginarme a una pareja de muertos putrefactos deleitándose con la carne de sus impresionantes tetas.

—Harry.

La voz de Liz me sacó de mis sangrientos temores. Pero no me libró del miedo. En pleno corredor, a no más de cincuenta metros de donde estábamos se abría una inmensa boca. No estoy usando una de estas metáforas a las que tan aficionados son los aporreateclados. Era una gran boca dotada de dientes afilados como puñales; solo le faltaba una lengua relamiendo los gruesos labios para corroborarnos lo obvio: estaba ansiosa por convertirnos en su aperitivo.

—¡Retrocedamos! —grité.

Nada más girar la cabeza descubrí que hacer tal cosa era más difícil que encontrar una virgen en medio de una fiesta de Hollywood. Con un sigilo digno de la Sombra, un muro había tapiado el pasillo. Y ahora avanzaba hacia nosotros, dispuesto a lanzarnos dentro de la gran boca.

—Harry. No corras. Es otra ilusión —me gritó ella.

Pero yo solo prestaba atención a aquella mole de piedra, que parecía ir incrementando su velocidad cada segundo. El cerebro me animaba a hacer caso a Liz, pero mis piernas temblaban, deseosas de ceder al miedo y salir corriendo. Y nunca he sabido decir que no a hembra alguna, menos a un par de gemelas. Apenas hube dado un par de zancadas, la pared casi estaba a la altura de Liz; pero ella se limitaba a permanecer allí parada sin dejar de gritarme.  Ante mi espanto, vi cómo el muro engullía a la bella cazadora salpicando el pasillo de sangre, sin que ella llegase a gritar o a tratar de huir. Apresuré mi paso, sin dejar de mirar la pared que ahora avanzaba hacia mí teñida de carmesí. En mi siguiente paso, mis pies tocaron terreno blando, húmedo y ligeramente curvado, como unos labios.

 ***

Me desperté creyendo haber regresado a mi viejo éxito El castigo de Torquemada. Un líquido goteaba sobre mi sien, como si volviese a ser víctima de la tortura de la «gota de agua». Mis párpados se resistían a abrirse; el rítmico golpeteo del que eran victimas mis sienes los tenía acojonados. Tampoco mis brazos y piernas servían de gran cosa; poco a poco me iba poniendo a cuatro patas, pero mi equilibrio habría sido mejor si mis extremidades estuviesen fabricadas en gelatina.

«Venga, ¿Dónde está el tío más duro de Hollywood?» —susurró la vocecilla en mi cabeza.

Acerté a ponerme en pie y abrir los ojos. Cerca estuve de echar hasta mi primera papilla al mirar a mi alrededor. Si no lo hice, fue porque me había levantado con resaca y no tenía más alimento en el cuerpo que el Manhattan con huevo crudo que había desayunado antes de salir para la fiesta.

—Jack, maldito capullo. Hasta para morir tenías que echar tu mierda encima de otro —mascullé, sin poder apartar la mirada del techo de la mazmorra.

El pobre colgaba de un gancho que le atravesaba la garganta; su cuerpo estaba lo bastante caliente como para que la sangre le arroyase por la herida. Si bien ahora caía sobre el suelo, durante mi inconsciencia se había estado derramando sobre mi cogote.

El resto de la celda era el escenario soñado por un conde Dracula al servicio de la Metro: teas encendidas sembrando las paredes, huesos alfombrando el suelo, cadáveres resecos colgados como reses y restos de sogas en las columnas… todo muy limpito y reluciente. El escenario podía haber resultado incluso ridículo de no ser por la presencia de una figura inmóvil atada a una de las columnas. No se le veía el rostro, pero tanto el vestido dorado como la cabellera flamígera resultaban inconfundibles: era mi Helen. Tendría que haberlo intuido. Ella y Jack habían sido protagonistas de un patético remedo de Dracula que sus productores habían enterrado en el desierto de Nevada, después del fracaso en taquilla.

 Me olvidé del mareo y corrí hacía Helen. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y el vestido tan desgarrado que me permitía ver por primera vez sus esplendorosas tetas. Sin poder evitar rozar un pezón como una fresa madura, le tomé el pulso. ¡Estaba viva!

—¿Quién…?¿Harry? —susurró, mirándome con ojos vidriosos.

—El mismo que viste y calza, muñeca.

En realidad, estaba preguntándome dónde estaría mi maldito cuchillo; las sogas eran gruesas y los nudos que las aseguraban habrían despertado la frustración del puñetero Houdini. A mí, directamente, me despertaban ganas de intentar derribar la columna a cabezazos.

—Quédate aquí mientras busco algo para desatarte —susurré, aún en mi rol de tipo duro.

 Regresé a la zona donde había caído y revolví los huesos. No pude localizarlo, pero no me importó demasiado. Topé con algo mejor, una espada de hoja corta, destinada a ser enarbolada a una mano. Era solida y estaba bien afilada. No fue complicado cortar las ligaduras de Helen y dejar que la dulce criatura se deslizase entre mis brazos, antes de apoyar su bella cabecita en mi pecho.

—Jack, Anthony… —sollozó.

—¿También Tony ha caído?

—Lo encontramos empalado por un unicornio rosa; ya sabes, como el de esa película que siempre le mencionabas para provocarlo. Los alegres seres del Arcoíris.

—Así que solo quedamos nosotros —susurré, estrechándola aún más entre mis brazos.

Ella alzó los ojos en mi dirección, suplicante; movió los labios, como disponiéndose a decir «Tú nos salvarás, ¿verdad, Harry?», pero su rostro quedó petrificado cuando captamos un sonido de pasos.

—¡Es él! —Me clavó las uñas en el brazo izquierdo, con fuerza suficiente para hacerme sangre—. ¡El conde!

En ese momento comprobé que su cuello estaba marcado por la mordedura de unos colmillos. Hice ademán de avanzar en dirección a los pasos, pero Helen me detuvo.

—¡Ya ha matado a cinco de nosotros, Harry! ¡Huyamos!

¿Dónde?, quise gritar, pero la figura enlutada ya había descendido por la escalera de caracol y alzaba sus pálidas manos en mi dirección. Me retaba el muy cabrón. Pues iba a aprender de qué estaba hecho el hombre tras Dan Fogarty.

—Harry Turner jamás ha perdido un combate, muñeca —gruñí antes de cargar.

La reacción de mi enemigo fue la más extraña que ningún rival hubiera tenido: cruzó las manos sobre el rostro, intentando parar mi estocada, pero sin atacar; la hoja abrió un reguero carmesí en su diestra, mientras la criatura retrocedía. No me dejé conmover; descargué un tajo contra la oscuridad de su capa, luego otro, dos, media docena más, tal vez, mientras él gruñía y alargaba sus patéticas manos engarfiadas hacia mí. Por fin, cayó exánime, sin que la mazmorra variase en ningún aspecto. Extrañado, hice ademán de agacharme, dispuesto a descubrir a qué me había enfrentando en esta ocasión. La mano de Helen, no obstante, se aferró a mi brazo cuando aun no había llegado a flexionar las piernas.

—Harry —suplicó.

Y yo no pude resistirme a aquellas lágrimas perlando sus jades. El nuevo engendro tendría que prescindir del honor de desvelar su verdadero rostro ante la mirada de Harry Turner. Ascendimos por la escalera sin encontrarnos con nuevos problemas, ni siquiera los escalones amenazaban con precipitarnos hacia la mazmorra de un resbalón. Por desgracia este solo fue un soplo efímero de normalidad. En la primera planta ya no se desplegaba un laberinto, sino una cripta reformada. Por desgracia, esta seguía atufando a escenario de película de serie b. Media docena de ataúdes rotos se amontonaban en los laterales del único corredor de la estancia. El extremo derecho del mismo estaba tapiado; el fondo del izquierdo se abría una puerta a través de la que se colaba una tenue iluminación con aroma a nueva batalla.

Afiancé la presa sobre la espada y obligué a avanzar a Helen; si el culpable de nuestras desgracias se ocultaba tras esa luz iba a encargarme de él al más puro estilo Dan Fogarty: con una sonrisa irónica en los labios y la nena más maciza de la historia contemplándome con admiración. Por desgracia nuestro narrador sequía empeñado en dejarme en ridículo, aunque hasta mi alter ego habría perdido el aplomo al cruzar el umbral. Repantingado en un sillón, al lado de una cámara que no dejaba de grabar, sonreía nuestro productor favorito.

—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

Continuará…

Hollywood Hell II

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.

Para leer la entrega anterior: https://escritorapulp.wordpress.com/2015/03/03/hollywood-hell-i/

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—Tal vez sea una trampa —susurró ella.

—O tal vez sea otro de nuestros compañeros en peligro, tú misma acabas de decir que no eres del todo inmune a… a las ilusiones —respondí.

Sin esperar contestación, me lancé por el pasillo, guiado por unos lamentos cada vez más agudos. No podía saber si Liz me estaba siguiendo; solo captaba aquellos aullidos de terror y, un poco más adelante, el aroma a sangre y miedo. Esos últimos parecían pegarse a mi piel, además de a mis pulmones. Distaban de ser la parte más horrenda del espectáculo. Al doblar un recodo, me encontré en medio de una cámara de torturas perfectamente equipada; desde los potros, jaulas e incluso una virgen de hierro abierta, me contemplaba una familia de sonrientes esqueletos. Inmóviles, por fortuna.

Desgraciadamente, no eran los únicos habitantes del lugar.

Encadenada a un altar, yacía una mujer viva; antaño su melena había sido rubia, ahora estaba teñida por su propia sangre. A pesar de estar desfigurada, su rostro me resultaba reconocible; había acariciado aquellos pómulos orgullosos, ahora surcados de heridas; había besado los labios gruesos, ahora reventados; y lamido el perfil de una nariz respingona ahora desaparecida. En el torso malherido, ya no se bamboleaban dos hermosas lunas gemelas, sino que permanecían inmóviles dos montañas carmesís. Eleanor Prince no volvería a llevar a ningún hombre a la perdición. La vampiresa más inolvidable de las películas de la Comet se había convertido en diversión de un verdugo tuerto, de rostro asimétrico, que ahora culminaba los sueños húmedos de muchos pervertidos. Ignorando mi presencia, el torturador sumergió su cara en el cuello de la actriz sin perder el ritmo de su vaivén de caderas. Solo en ese momento, recordé el cuchillo.

«Úsalo contra cualquier cosa extraña».

Esas habían sido las palabras de Liz. Pocas cosas había más extrañas que ese maldito monstruo. Con un grito animal, me lancé contra el tuerto. Mi técnica no habría despertado la admiración de mi alter ego; él habría apuñalado al violador en pleno vuelo, para luego aterrizar de pie al otro lado de altar; yo choqué contra él y caímos al suelo, unidos en un abrazo nauseabundo. Mientras contenía las ganas de vomitar, y me congratulaba por no haber perdido mi arma, lanzó las manos contra mi cuello; apretó, al tiempo que yo apuñalaba a ciegas. No podía saber si estaba apiolando a un ser tangible, pero la presión se iba relajando a cada cuchillada y más mierda putrefacta llovía sombre mi pecho, hasta obligarme a contener el aliento. No era la opción más sensata para un tipo al que intentan ahogar; sin embargo, no podía evitar hacerlo; el aroma de aquella mierda solo era comparable al de unos calcetines que hubiesen pasado dos años sumergidos en una fosa séptica llena de cadáveres.

Empezaba a desfilar ante mis ojos un harén de beldades celestiales cuando una voz me obligó a reaccionar.

—Ataca a su ojo.

No necesité una segunda advertencia. Imbuido por la rabia, tal vez, logré reunir fuerzas suficientes para desviar la trayectoria del cuchillo y clavarlo contra el único ojo sano del estrangulador. La hoja se hundió en el blanco con facilidad, provocando otra cascada purulenta; sin embargo, en esta ocasión, la pestilencia me olio tan bien como una amante fogosa recién salida de la dicha. Aun no había recuperado por completo el aliento cuando extraje el puñal; no me dio tiempo a rodar por el suelo antes de que el verdugo cayese sobre mí. Lo aparté a un lado de una patada y me puse en pie.

Su muerte apenas trajo cambios a la cámara de torturas. Los esqueletos permanecían en sus puestos, todavía sonrientes; mi rival aún era un jorobado deforme; si acaso su piel tenía un nuevo tinte grisáceo y dejaba entrever hueso en algunas zonas. Liz me miraba severa desde el umbral; Eleanor yacía inmóvil sobre el altar. No podía haber gritado; nadie sería capaz de hacerlo con la mitad de la carne de garganta y torso arrancados.

Liz se acercó a ella y murmuró algo como «gul».

—¿Era real? —pregunté, tras ponerme en pie, señalando al jorobado.

—Muy real —admitió Liz. Se guardó la automática en el bolsillo del esmoquin y tomó un hierro, colgado cerca de una jaula—. Supongo que parte de la ilusión se evaporó al morir Eleanor…

Descargó un golpe contra el esqueleto más cercano. Los huesos llovieron sobre el suelo, convertidos en polvo; si eso la contentó, no puedo decirlo, pero continuó su juego hasta reducir el resto de esqueletos a esquirlas.

—No conviene correr riesgos —la oí murmurar cuando hubo terminado.

—¿Y no habría sido menos arriesgado largarnos? —bramé.

—¿Cómo? ¿Atravesando las paredes? —Liz recorrió la cámara con la mano. Comprobé que la puerta por donde ambos llegáramos había sido sustituida por un muro. Era sólido, al igual que el resto, pude comprobar cuando ella lo golpeó con el hierro—. Usó a Eleanor para atraernos hasta aquí y tenernos encerrados hasta que se le ocurra un nuevo juego.

—¿Y por qué iba a hacer algo así en vez de matarnos?

—Porque le divierte jugar con vuestros pecados —Liz sonrió al ver mi gesto de sorpresa—. Venga, Harry, eres un chico listo. ¿No te dicen nada los escenarios?

Los pigmeos a los que me había enfrentando recordaban a los diablos priápicos creados por el Doctor Mortus en El terrible Doctor-M, una de las mayores manchas de mi currículum; pero no recordaba a Eleanor protagonizando película alguna sobre un tuerto violador. Sin embargo, el tuerto era real, aún apestaba cerca de mis pies; los enanos no. Miré de nuevo la sala de torturas.

La Abadía del Diablo —susurré. Eleanor me había confesado una noche de borrachera su presencia en aquella película depravada, situada en convento donde los ritos sadomasoquistas sustituían a los rezos.

—Y Las Meretrices de Baker Street, dirigida por Leonard Gray,  y Amor invencible, con guión de Ben Howard. A Ben, le avergonzaba haber escrito cine romántico —añadió, al ver mi gesto de sorpresa.

—¿Están… están también muertos?

Liz asintió. Por primera vez en su gesto no vi nota alguna de diversión, ni siquiera un rictus sarcástico, solo pura pesadumbre y tal vez un poco de culpa.

—Con ellos no llegué a tiempo.

—¿Y cuál fue tu pecado? —me apresuré a preguntar, por si se le ocurría dar más detalles sobre el fin de mis colegas.

—Ninguno, yo no era una invitada a la fiesta. Estoy aquí por trabajo. Mi familia lleva generaciones enfrentándose a criaturas extrañas, y Hollywood es terreno abonado para viejos y nuevos monstruos. O para pactos que se pagan en almas.

A pesar de lo irracional de sus palabras, me encontré asintiendo a su discurso y preguntando quién más formaba parte de la comitiva que ella viera acercándose a la cripta.

—Helen Sinclair, Jack Carpenter, Anthony Burton… y creo que nadie más.

Mi adorada diosa pelirroja, el mejor intérprete políticos corruptos de la industria y mi villano favorito.

—Y ahora tal vez estén siendo merienda de muertos vivientes, mientras nosotros estamos aquí encerrados. Por mi puta culpa —añadí, antes de sentarme en el suelo.

Liz no dijo nada; tras acomodarse a mi lado,  se llevó un cigarrillo a los labios y se demoró en soltar una calada con gesto chulesco.

—Tranquilo, muñeco. Le daremos a ese hijo de puta su merecido y, con un poco de suerte, habrá dejado a tu Helen para los postres.

Solté una exclamación indignada al escuchar su último comentario, pero eso no la impresionó; ni siquiera se mereció una de sus miradas burlonas. Liz siguió fumando sin inmutarse, hasta que yo mismo encendí un pitillo. Cinco cigarros después, se abrió un hueco al lado de la virgen de hierro.

Continuará…

Dr. Jekyll y su Hermana Hyde ( Doctor Jekyll and Sister Hyde)

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos.

El Doctor Jekyll es un científico entregado a su trabajo que cree haber descubierto un “antivirus “capaz de curar casi cualquier enfermedad, sin embargo para concluir sus investigaciones debería vivir mas de cien años. Deseoso de continuar con esa investigación, idea un elixir de la vida compuesto entre, otras cosas, por hormonas femeninas. Su búsqueda de esta materia prima le inducirá incluso a matar.

Director: Roy Ward Baker / Productor: Brian Clemens y Albert Fennel  / Guión: Brian Clemens , según la novela de Stevenson Dr Jeckyll y Mister Hyde / Fotografía: Norman Warwick / Música: David Withaker / Montaje: James Needs / Vestuario: Rosemary Burrows / Intérpretes: Ralph Bates (  Dr. Jekyll ), Martine Beswick ( Sister Hyde ), Gerald Sim (Profesor Robertson), Lewis Fiander(Howard ),  Susan Broderick (Susan ),  Dorothy Alison (Mrs. Spencer ),  Ivor Dean(Burke ), Philip Madoc ( Byker), Irene Bradshaw(Yvonne ) Tony Calvin ( Hare), Neil Wilson , Paul Whitsun-Jones , Dan Meaden , Virginia Wetherell, Geoffrey Kenion …. 

/ Gran Bretaña 1971 / Duración y datos técnicos: 95 minutos, technicolor

He de confesar que tengo especial cariño a esta ecléctica película de la Hammer, tal vez por que, bajo su aparente falta de pretensiones, encontramos un sustrato mucho más rico. La combinación de los mitos de Jekyll y Hyde con la figura del Destripador, unido a la elección de una figura femenina como representante del lado oscuro del científico, dan lugar a un juego de interpretaciones que se aprecian mejor en un segundo visionado. Si en el primero, además de la arrolladora interpretación de Martine Beswick, el espectador disfruta con el eclecticismo y cierto toque de ligereza y humor negro del guión (no en vano Brian Clemens fue uno de los creadores y guionista de la mítica serie Los Vengadores); en posteriores acercamientos a la obra, se observa una crítica a la hipocresía y a la moral victoriana, y a los herederos de esta, hija directa de la realizada por Terence Fisher y Jimmy Sangsteer en obras como Drácula (Horror Of Dracula, 1958)

Así Jekyll se nos presenta el típico victoriano que, por un lado desea ocultar sus impulsos y por otro carece de la suficiente fuerza de voluntad para luchar contra ellos.  Aparentemente rechaza la espiral de violencia que se ha generado por sus peculiares necesidades de materia prima, pero continúa con su experimentación sin llegar a plantearse, al menos en serio, dejar de sacrificar esas vidas prescindibles (las de las prostitutas).  Además, aunque al principio disfruta dando rienda suelta a la personalidad de su Hyde femenina, en cuanto esta demuestra tener una gran fuerza de voluntad, trata de anularla. A lo largo de todo le metraje su hipocresía se verá subrayada por su continua necesidad de justificar lo que está haciendo.

Hyde,  por el contrario, no se ampara en momento alguno en falsas coartadas, cuando mata lo hace por puro instinto de supervivencia, para proteger ambas personalidades convirtiéndose así en instrumento de Jekyll, que recurre a ella cuando no puede actuar bajo su verdadera apariencia. Es además una mujer que no acepta el rol impuesto por la sociedad que le ha tocado padecer, tiene una personalidad fuerte y también tiene claro lo que quiere sea en el plano material, sea en el plano sexual . En cierto modo, y aunque Hyde represente el lado oscuro que todos tenemos, en esta obra es la personalidad que mas simpatías despierta. En parte, esto se debe el contraste ya antes citado entre la hipocresía (y cierta creencia en la propia superioridad) de la que hace gala el científico, frente a la sinceridad de Hyde, aunque también ayuda la labor de los intérpretes. El añorado Ralph Bates era un intérprete idóneo para personajes con un punto repelente y odioso y aquí realiza tal vez su mejor papel para la Hammer; el actor logra hacer creíble en todo a momento a su Jekyll, tanto a la hora de presentárnoslo como un investigador altruista, como en el reflejo de su camino hacia el lado oscuro y del conflicto que tienen en su interior fascinación y rechazo. Martine Beswick devora la pantalla como Hyde. No era la primera elección para el papel, se llegó a valorar a Kate O´Mara o incluso usar a un Bates travestido, pero, vista la película hoy en día, nadie mejor que ella para adoptar ese rol. Más allá de un físico que la hace creíble como contrapartida femenina de Bates, Beswick destila oscura sensualidad y hace gala de una mirada salvaje muy propia de un «yo» oculto. Además, hace gala de un carisma que eclipsa al resto de personajes cuando ella aparece en pantalla, justo como la personalidad de Hyde ha de arrollar a la de Jeckyll. El resto de actores, como suele ser habitual en las producciones más cuidadas de la Hammer, cumple su labor con solvencia y ayuda a asentar esa crítica a la doble moral y la mojigatería victorianas.

A la interesante relectura del mito de Jekyll y Hyde, hay que añadir un acertado retrato de una sociedad que decía repudiar los crímenes del destripador, pero que, por otro lado, no se esforzaban demasiado en ponerles solución; al fin y al cabo las víctimas de los crímenes eran meras prostitutas. La precariedad de presupuestos hacía que muchas veces las ambientaciones fuesen el punto flaco de las películas de la Hammer; sin embargo aquí nos ofrecen un Withechapel nada pintoresco; el barrio es oscuro, triste, lleno de peligros. Las prostitutas ahogan sus penas en alcohol y se convierten en presa fácil para los desaprensivos dentro de ese laberinto de calles.

Roy Ward Baker, hábil artesano de la Hammer logra aquí uno de sus mejores trabajos para la productora británica en los años en los que ésta exhalaba sus últimos estertores. Una obra que tal vez conecte mejor con el público de hoy en día, habituado a un cine donde las fronteras entre géneros son cada vez más difusas, que con el de una década de los 70, en la que la Hammer no pudo adaptarse a las nuevas corrientes. Una verdadera lástima porque, aunque la productora produjo mucha morralla en esa época, también otorgó obras notorias y originales en sus enfoques. Sin salirnos de lo victoriano ni de la figura del destripador, merece la pena señalar una de las obras menos conocidas de la Casa del Martillo: Las manos del destripador (Hands of the Ripper, 1971), que también tendrá su reseña en esta cueva. 

 

 
Anécdotas:

* Virginia Wetherell, quien interpreta a una de las prostitutas de Withechapel, se convertiría en la mujer de Ralph Bates tras el rodaje de la película; la pareja permanecería unida hasta la muerte de Bates por cáncer de Páncreas.

Hollywood Hell I

La presente historia es una versión ampliada y revisada del relato publicado originalmente en Halloween Tales 2015.  (Tiempo estimado de lectura 5 minutos) 

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Las fiestas organizada por Arthur Bray, emperador de Comet Productions, eran impredecibles. Sin embargo, una cosa era ver Joseph Breen tratando de arrancar a mordiscos la liga de Mae West y otra muy distinta pelear contra una banda de pigmeos priápicos con cabezas de calabaza tan grandes como su polla.

Pero allí estaba yo, Harry Turner, actor estrella de la productora, desprendiéndome de una patada del enésimo calabazón dispuesto a encularme, al tiempo que reventaba la cabeza de otro de un puñetazo. Minutos antes estaba en la enésima fiesta privada de Bray, hablando con mi diosa particular de cabello flamígero: Helen Sinclair. Esa noche estaba más hermosa que nunca y, si juzgaba bien sus guiños, parecía dispuesta a que hiciese resonar mi batuta contra su portentoso pandero.  Por desgracia, en lugar de partiendo somieres con ella, me encontraba ahora haciendo puré de calabaza a base de puñetazos. No recordaba haberme emborrachado, menos aún cómo había llegado a un jodido cuarto digno de los engendros que me vi obligado a protagonizar para Kane Pictures, pero los energúmenos empalmados eran muy reales y también mi cansancio.

Me pasé la manga del esmoquin por la frente. Por cada engendro caído, otro brotaba del puré de sesos; además las últimas orgías me habían dejado en baja forma. Pero si los enanos querían mi culo, tendrían que matarme primero. Alcé los puños, mientras retrocedía un par de pasos. Fue un error de novato. El pigmeo que intentara asaltarme por la espalda no había quedado reducido a pulpa. Sus zarpas agarraron el tobillo derecho y tiraron con fuerza suficiente para hacerme caer de espaldas sobre el suelo.

La lenta horda de cabezones priápicos comenzó a rodearme. Y nadie estaba dispuesto a gritar ¡Corten! Me temo que había cerrado los ojos como una damisela en apuros cuando el disparo resonó en la habitación. No era un trueno imponente, sino uno de esos estornudos propios de las automáticas que les gustan a las mujeres. La bala rozó mi oreja derecha y, antes de darme cuenta, tenía la camisa teñida de una sustancia verdosa de aroma putrefacto; como esto parecía ser demasiado racional para el cabrón del destino, dejé de sentir la presión de las garras en el tobillo y mis brazos ya no chapotearon en puré. Los pigmeos se hicieron poco a poco transparentes, luego desaparecieron. 

Incapaz todavía de levantarme, me giré y entreví una figura vestida de esmoquin. Una melena morena a lo Louise Brooks rodeaba un rostro pálido desde el que dos ojos azules me taladraban con gesto de burla. Ni siquiera recordaba que Liz O´Hara, una de tantas secundarias de la productora, estuviese invitada a la fiesta. Aunque su look andrógino entraba dentro del ratio de excentricidad que Bray exigía a sus invitados menos selectos. La joven sostenía un .32 de cachas de madreperla, todavía humeante.

—¿Qué…?

—No hace falta que me des las gracias por salvarte la vida —respondió, señalando con el cañón un punto junto a mis pies.  

Allí donde esperaba ver vacío o un enano empalmado, encontré el cadáver más realista con el que me había cruzado en toda mi carrera. Aún lucía los harapos de un vestido y un collar de perlas, típico de una vieja estirada, se hincaba en su cuello pellejudo. Le habían volado media cara y la herida supuraba la misma sustancia verdosa que manchaba mi camisa. Me habría gustado preguntar qué coño era eso, pero estaba demasiado ocupado conteniendo una arcada. Había otros cadáveres, algunos de niños. Todos con la cabeza reventada o el cuello roto.

—No era un muñeco —acerté a susurrar.                                

—No. Nuestro maestro de ceremonias parece ser amante del realismo. Será mejor que nos vayamos de aquí —sugirió, mientras se subía una pernera del pantalón.

—¿Y por dónde cojones…?

No llegué a terminar la frase antes de ser premiado con una sonrisa sarcástica. Liz no necesitó palabras para transmitirme su mensaje «¿Acaso piensas que me filtré por la puta pared para salvarte el culo, pedazo de capullo».

No lo había hecho, como se pueden esperar. A sus espaldas, se abría ahora un hueco rectangular, que daba a un pasillo iluminado por teas.

—Toma esto, úsalo contra cualquier cosa extraña que te ataque —Liz me tendió un reluciente puñal de doble filo—. Con un poco de suerte herirás a los muertos y no a las ilusiones.

Al cogerlo, observé que el cuello de su camisa estaba abierto y dejaba a la vista la cruz de Santa Bridget, patrona de los irlandeses. Además, la prenda estaba salpicada de sangre y otros fluidos verdosos. Sin esperar mi respuesta, se adentró en el pasillo, obligándome a seguirla con mi mejor cara de corderito apaleado durante los diez pasos necesarios para recuperar mi cordura.

—¿No sería mejor que llevase yo la pipa, muñeca? He sido Dan Fogarty a lo largo de seis películas—constaté, marcando las palabras con el tono autoritario de mi personaje estrella.

—Y yo soy la que salvó tu puta vida. Conténtate con que te deje usar el cuchillo.

—Ya. Si eres tan lista, por qué no nos has sacado ya de este puto laberinto —contraataqué.

—Ni siquiera yo puedo ver a través de esas ilusiones —me sorprendió—. Podía ver la falsedad de los cabezones que querían empalarte, pero estos muros son sólidos también para mí.

Liz hizo resonar sus nudillos contra la pared antes de continuar camino. Permanecí unos segundos parado antes de seguirla. Ser Dan Fogarty me había proporcionado olfato de detective y no me cabía duda de que ninguna mujer fatal había guardado más secretos que esa monada.

—Tú sabes más de lo que estás contando —la increpé.

—Tengo mis sospechas —admitió, mirándome resignación. Por un segundo, creí que iba a sincerarse; sin embargo, la muy bruja tenía reservada otra ración de desdén: —Pero no estás preparado para escucharlas. Solo te diré que tú y el resto de corderitos formabais un grupo muy divertido mientras seguíais a Bray hacia la cripta de su mansión. Parecíais ratas husmeando el culo del flautista de Hamelin.

—Así que ese gusano de Bray está detrás de todo —escupí. Por alguna razón, y por más que fuese el organizador de la maldita fiesta, no había terminado de verlo como artífice de semejante pesadilla.

—No he dicho que sea así —suspiró, retomando camino.

—Pero has dicho que nos viste seguirlo…

—También dije que entrasteis en la cripta, y este laberinto es demasiado grande para pertenecer a esa puñetera covacha —gruñó.

En ese momento, alcanzamos un cruce de caminos. De un amplio descansillo partían dos corredores: uno hacia la derecha, el otro en sentido opuesto. Frente a nosotros se erguía una pared donde habían pintado una representación de las orgias del puñetero Averno. Decenas de mujeres desnudas servían de diversión a diablos de pies de cabra y erecciones descomunales. Muchas estaban encadenadas, no pocas heridas o incluso mutiladas; también había un grupo retozando en un estanque rojizo y humeante.

—Hay grandes fuerzas actuando esta noche y ni yo soy por completo inmune a ellas —añadió Liz, pero yo solo la escuchaba a medias. No podía apartar la mirada del fresco.

—¿Tú también lo ves?

La lunga orgia dei demoni. La película que nuestro amigo Bray lamentó haber coproducido con Carlo Ferroni.  

Si en ese momento hubiese aparecido un mono bailando claqué en medio del pasillo, me habría desconcertado menos que las palabras de Liz.  Había podido acudir a un pase de la película maldita de Bray,  meses después de su preestreno privado eso sí, y no recordaba ninguna escena parecida a eso. Hombres con cuernos en la frente seduciendo a un grupo de colegialas y sus profesoras en un internado aislado por un temporal sí, pero nada como eso. Iba a preguntarle por qué estaba tan segura de que el fresco se refería a esa película cuando un grito retumbó en el corredor izquierdo. Siempre me he considerado un tipo duro, pero el alarido se clavó en mi espalda como un puñal de hielo y me dejó los cojones como dos puñeteras nueces.  Durante unos segundos, ambos nos miramos sin decir nada.

Continuará…