Comando Gabek: La venganza del general Grok

Grok

Las integrantes del Comando Gabek no conocen el descanso. Tras derrotar al rey Zilla y sus temibles gorilas ninja, tendrán que enfrentarse al temible general Grok. Este es un simio gigantesco, superinteligente y un tanto megalómano, que tiene muchas ganas de sorberles el tuétano a nuestras chicas. 

Para saber más, podéis leer La venganza del general Grok, una historia escrita por Raúl Montesdeoca, inspirador de la primera aventura del comando. 

Lo tenéis gratis a golpe de clic. 

Y si aún no habéis leído la primera historia del comando Gabek. la podéis descargar pulsando aquí . *Nota. Si ya la tenéis, esta es una versión revisada con algunas erratas menores corregidas. 

 

 

 

 

 

 

Hazte con Los gorilas ninja del rey Zilla (Comando Gabek I)

comando JUNGLEYa podéis descargar la primera aventura del Comando Gabek, el mejor equipo de animadoras al servicio de la Agencia de Control de Mutantes. 

En esta primera historia, estas peculiares guerrilleras deberán rescatar a los doctores Nelson y Margarita Soares de las garras del temido rey Zilla. Este es un tirano manipulador que tiene a su servicio un ejército de gorilas ninja y aún guarda otros secretos en su arsenal. 

La misión es casi un suicidio, pero la Capitana Golden Fists,  Artemis, Beretta, Eagle y Kama nunca se han caracterizado por ser pusilánimes. Si por algo se define su grupo, además de por la variedad, es por la valentía de todas sus integrantes. 

Hoy lo comprobarán el rey Zilla y sus secuaces. Otro día les tocará a otros villanos. 

Podéis descargar la novellette de manera gratuita en el siguiente enlace 

*Nota. Nueva versión de la novellette revisada a 10 de agosto de 2017. 

Presentando al Comando Gabek

Me gustan los retos literarios. Eso es algo que he dejado claro en más de una ocasión. Tampoco es ajeno a muchos de mis conocidos dentro del ámbito literario que, a veces, mi musa se fuma ficus en mal estado y me obliga a escribir verdaderas locuras, fumadas las llamo.  A veces la cosa se queda simplemente en una historia loca, de mejor o peor calidad, que me ayuda a descongestionar entre proyectos más absorbentes. Otras se acaba convirtiendo en algo más, la base para un proyecto más ambicioso o alguna de mis “series” de historias. Eso me sucedió en su día con Liz O´Hara, surgida en un relato de terror semiparódico, y eso me ha pasado hace pocos días.  

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Esperando para perpetrar una locura

Fue cuando acepté el reto, en parte autoimpuesto, de escribir una locura que enfrentase a unos malvados simios ninja con animadoras justicieras. Me lancé a escribir, sin mapa y armada con una brújula de los chinos. Y la cosa fue adquiriendo más personalidad de la que esperaba, aunque fuese tomando la premisa de un modo un tanto peculiar.  Los simios se convirtieron en humanos mutantes dentro de un escenario de ciencia ficción. Y las animadoras… Las animadoras pasaron a convertirse en avezadas guerrilleras, aunque continuasen siendo animadoras. 

Sirva de muestra en inicio de la historia. 

¿Salvar a la animadora? ¿Qué puta mierda es esa? Son las animadoras quienes salvan el mundo. Así ha sido desde que, durante la final de la NBA de 2020, las animadoras de los Celtics lograron aquello que había resultado imposible para empleados de seguridad o los propios jugadores: destruir a la horda de mutantes caníbales que había invadido la cancha. Ese día inspiraron a mujeres de medio mundo a tomar las armas contra los engendros. Poco tiempo después, nacieron oficialmente los comandos de animadoras.

Ya no vestían faldas, se entrenaban en el manejo de toda suerte de armas y el combate cuerpo a cuerpo, y dejaban los pompones para las celebraciones íntimas. Eso quienes los usaban. Pero continuaban alzando orgullosas el estandarte de animadoras, pues sus gestas animaban a otros a seguir luchando. ACM, OTAN, Interpol, ejércitos, policía… Todos tenían algún comando más o menos regular de animadoras colaborando con ellos.

A la hora de diseñar a las integrantes de este, mi propia inercia me llevó a jugar con unos tópicos y evitar otros. También a jugar con la diversidad, que, como ya comenté en un artículo para El vals de la araña, ya es un rasgo ineludible en la mayor parte de lo que escribo. Así surgió un comando de carácter internacional, que es también mi primer equipo “guerrero” cien por cien femenino. Y es un equipo que ha venido para quedarse, al menos mientras siga teniendo ideas para escribir locas aventuras palomiteras protagonizadas por ellas. 

Las integrantes de este comando desconocedor de la palabra miedo son: 

La Capitana Golden Fists 

Su nombre real es Greta Willer. Es alsaciana y debe su alias a las dos prótesis biónicas que tiene por manos desde que perdiera estas a los dieciséis años, al enfrentarse a un can mutante. Su valor llamó la atención de sus futuros jefes que, además de proporcionarle sus nuevas manos, le brindaron  un nuevo objetivo en la vida. Luchar contra amenazas a las que otros no pueden o no se atreven a enfrentarse. 

De todas las integrantes del equipo, es quizá la que tiene un aspecto físico más acorde con el concepto clásico de animadora, manos de oro aparte, y algún villano lo ha usado para provocarla. Sin embargo, ella no se deja manipular. Si ha llegado al grado de capitana, es por saber conservar la calma en los momentos tensos y no perder nunca la frialdad. Aunque en los últimos tiempos tiene un reto complicado por delante, al haberse liado con Artemis, una de sus compañeras de comando. 

Artemis 

Su nombre real es Arianne Pelletier, y es una francesa de origen antillano.  Antes de unirse a lo que sería el comando Gabek era sargento del Servicio de Control de Mutantes Francés. Es una tiradora de élite y suele ejercer de copiloto y artillera del Corvus, la nave del grupo. 

Como gilipuertas los sigue habiendo pasen los años que pasen, ha tenido que aguantar bastante mierda racista, al ser negra, por parte de imbéciles y envidiosos de las gestas de las Gabek. Su relación con la capitana parece haber dulcificado un carácter bastante seco. 

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Beretta

Su nombre real es Jane Cole y antaño era ayudante del sheriff en un pueblo de Arizona. Se ganó las cicatrices que deforman su mejilla izquierda y la atención de su capitana cuando se enfrentó a una manada de mutantes caníbales en solitario para rescatar a un crío secuestrado de una granja. 

Tiene una puntería letal con las pistolas. Suele llevar cuatro automáticas encima, aunque sea muy hábil dosificando la munición.  Es la loca del grupo, hasta el punto de resultar irritante en ocasiones, pero también antepondría siempre el pellejo de sus compañeras al propio. Para ella, son una familia que acepta con naturalidad su condición de asexual. Despellejaría con un cuchillo oxidado a cualquiera que hiciese daño a Sonya, su yegua. 

Eagle 

Su nombre real es Elisabeth Dezba Lapahie. Hasta que si vieja amiga Jane la convenció de hacerse animadora, disfrutaba de una cómoda vida de abogada en Denver y representante legal de su tribu. Su decisión no gustó demasiado ni a su padre, ni a los miembros del Consejo de Ancianos, pues este le había ayudado a financiar sus estudios universitarios. Ella bromea a veces diciendo que su destino estaba escrito en su nombre navajo “Dezba”, que puede traducirse por “Guerra”. 

Es la piloto del Corvus, antes ya era una hábil piloto de avionetas, y puede dominar casi cualquier cosa que vuele. Aunque prefiere huir de los tópicos, y maneja bien las armas de fuego, las circustancias, y las necesidades del comando, la han hecho convertirse en arquera experta. Usa flechas trucadas. Muchas veces explosivas. 

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La Katana de los Outsiders clásicos fue una de mis inspiraciones a la hora de crear el personaje de Kama (Riko Sato) 

Kama 

Su nombre real es Riko Sato y es la más veterana del comando. De hecho, ha cumplido ya los cuarenta y tiene un hijo preadolescente. Era médico e instructora al servicio de la ACM, pero la Capitana Golden Fists, que la había tenido de maestra, exigió tenerla en a su lado cuando formó su propio comando. 

Sus habilidades médicas han sido claves en más de una misión. En lo referente a la lucha, es una artista marcial experta y domina sobre todo dos armas poco comunes. Los Kama de los que toma su alias, una suerte de hoces de guerra que suelen usar los expertos en kárate, y los tessen, abanicos de guerra, antaño hechos de hierro (los suyos son de una aleación especial), que lo mismo pueden ser usados como “escudo” que para cortarle la yugular a un enemigo. 

 

Y hasta aquí llega la presentación de estas animadoras que visten uniforme de combate. 

Las iniciales de las cinco luchadoras componen el nombre de su comando. No se mataron a la hora de bautizarlo.  Son un grupo heterogéneo, al que muchos auguraban un corto futuro, pero su fuerza como equipo nace, entre otras cosas, de esa variedad de personalidades y dones. 

En esta primera aventura deberán enfrentarse a los gorilas ninja del rey Zilla, en una historia que espero subir en breve en el blog para su descarga gratuita. Confío en poder ofrecer también nuevas historias de este grupo.  De momento, hay una en el horno de la mano de mi colega, e inspirador de esta locura, Raúl Montesdeoca. 

Creando otra fantasía medieval

A veces el Destino consigue que convocatoria de relatos aparezca justo cuando necesitas un reto o una motivación para retomar un género literario. Fue lo que me pasó a finales del año pasado, cuando me crucé por Twitter con una convocatoria llamada «La otra fantasía medieval».

La convocatoria me pilló en una época en que la publicación de Tiempos de Alianzas me había dejado con ganas de soltar espadazos. Además se ajustaba bien a mi estilo, tanto por la longitud máxima permitida a los textos, como por el hecho de buscar relatos de fantásticos de inspiración medieval, pero situados en sociedades “no machistas”. Sociedades donde la igualdad fuese un hecho. En las historias que había escrito sobre Ganoe, mi escenario recurrente para las narraciones del fantasía, el protagonismo recaía sobre todo en los hombros de personajes femeninos; en esos escenarios convivían guerreras, sacerdotisas, poderosas nigromantes, futuras reinas… En muchos de esos reinos, además, el sistema de sucesión entre gobernantes no era la primogenitura sino que eran otros, generalmente los dioses, quienes designaban al heredero o heredera adecuado dentro de la familia real de turno. En contrapartida, Ganoe era un escenario oscuro, poblado de personajes amorales y para esta historia deseaba algo más luminoso. De paso, era buen momento para salirme de mi zona de confort, dejar a un lado los relatos donde predominaba la acción, y narrar una trama con un toque más intimista, donde se diese más peso a los personajes . 

No fue el proceso de escritura más cómodo de mi carrera, me costó pillarle el ritmo a la historia, pero llegado a un punto empezó a fluir sola y el resultado final me dejó satisfecha. Quien me conozca, sabrá que esto último me suele pasar pocas veces. 

Los elementos fundamentales a la hora de apuntalar la historia fueron los siguientes: 

  • Personajes: El protagonismo de la historia recae sobre Agnes y Sian.

    Agnes es la heredera del reino de Tanzhot por designación divina; su reino está siendo azotado por una extraña plaga y viaja a la ciudad maldita de Kenath en busca de dos objetos mágicos que tal vez puedan salvar a su gente. El problema es nadie ha regresado jamás de una visita a Kenath. A pesar de eso, no se detiene en su tarea. El reto a la hora de crearla fue lograr que saliese un personaje equilibrado. Tenía que ser alguien con entrenamiento marcial, pero no una supersoldado, pues es la heredera de un reino pacífico. Es inteligente, pero también insegura en algunos momentos, y es incapaz de ver la maldad oculta de algunas personas que la rodean. Ahí, como en otros condicionantes de su vida, otro reto era dejar claro que sus posibles “limitaciones” no se debían al hecho de ser mujer, sino a la combinación de su propia educación como futura gobernante, junto con la falta de experiencia a la hora de enfrentarse a conflictos reales.

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    Agnès de Chastillon, espadachina nacida de la pluma de Robert E. Howard.

  • Su contrapartida es Sian. Esta es hija de un pueblo nómada y se convirtió en “protegida” de la familia real de Tanzhot tras un conflicto entre su gente y algunas aldeas bajo la protección del reino. Su cualidad de rehén, no obstante, no la ha convertido en alguien corroído por el rencor, en buena medida gracias al vínculo que la une a Agnes y a no haber sido discriminada por otros habitantes Tanzhot. Debido a esa a esa etapa previa de su vida, es una hábil cazadora además de sanadora. Su pueblo natal tiene un concepto del amor y el sexo distinto al de otras culturas, lo que la ayuda a sobrellevar el hecho de que su relación con la heredera tenga que ser puramente platónica. Tanzhot no es un reino mojigato, pero los monarcas, sean hombres o mujeres, están obligados a casarse teniendo en cuenta la perpetuación del linaje y el bien del reino.

  • Interrelaciones: Agnes y Sian son dos personajes fuertes, independientes, pero también complementarios. Esa complementariedad es importante para que superen algunos de los problemas con los que se cruzan, pero no por ello se convierten en personas más débiles. Mi intención, (queda en poder de los lectores dictar sentencia), era reflejar que juntas se fortalecían, pero sin crear una relación de dependencia entre ambas.

  • Escenario: Este fue uno de los aspectos con los que más disfruté. Tanzhot es un reino pacífico, pero triste, donde el sol apenas asoma en un cielo siempre cubierto de nubes. Kenath es un escenario donde impera el misterio y cierto grado de irracionalidad. Hacía tiempo que deseaba trabajar sobre un enclave en esa línea y este relato me dio pie para hacerlo.

  • Influencias: Mis dos amores son la fantasía oscura y la espada y brujería; tanto en calidad de autora como de lectora. En este relato he podido jugar con guiños e influencias de mis dos autores favoritos dentro del género Clark Ashton Smith y Robert E. Howard. Del primero y ciclos como el de Zothique, nacen ese escenario crepuscular y la idea de esa ciudad maldita de Kenath. Luego la personalidad de la misma es marca «Anita y su musa fumeta». El componente más épico tiene quizá más influencia Howardiana y el nombre de Agnes supone un homenaje a mi personaje favorito dentro de los creados por el autor: Agnès la Negra. Esta protagonizó dos relatos cercanos al género de capa y espada, además de un tercero, terminado por Gerald W. Page, con más influencias fantásticas. Su autor nunca los llegaría a ver publicados en vida, pues se suicidó en 1936 y estas historias se publicaron en los años 70 (de forma discontinua y en diferentes revistas).  Aunque hubo excepciones como la Jirel de Joiry de C.L. Moore, parece que los personajes femeninos lo tenían más complicado incluso cuando sus historias estaban escritas por alguien del calado de Howard. Por suerte, y aunque poco a poco, las cosas van cambiando.

Hasta ahí llega lo que tenía que contar sobre el proceso de creación de La condenación de Kenath. La trama en sí, o descubrir hasta qué punto logré mis objetivos, os tocará juzgarlos leyendo la historia. El relato saldrá publicado en una antología digital que se publicará en Lektu de forma gratuita. Ya os iré manteniendo informados de cómo avanza la cosa.

Novelas cortas de intensa ficción Num. 2

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Ya está disponible para su compra, Novelas Cortas de Intensa Ficción 2. Volumen editado por Pulpture, que recopila cuatro novelas cortas con toque pulp, una de ellas de mi autoría. El tomo, con un diseño interior muy atractivo y vintage, recoge 2 historias de corte cif con toques humorísticos (entre ellas mi Pesadilla en Oro) y otras dos de ambientación oriental.

Os dejo con las sinopsis de las 4 historias:

Game Over

Herb Ponnington, detective privado y caballo, aún sufre las consecuencias de su desastrosa visita al Ingeniero (que, recordemos, acabó muerto a manos de Pax, el chimpancé ayudante de Herb). La policía les insiste para que investiguen el caso y hallen al asesino (ellos mismos) y, por si eso no fuera poco, ahora llama a su puerta Stuart, el sobrino de Ponnington, que no hará sino complicarles la existencia.

Tan enervante situación hará que se embarquen en una alocada huida a través del desquiciado universo, que, por lo visto, se está desintegrando. Cosa que, también por lo visto, ocurre cuando se mata al Ingeniero.

Pesadilla en Oro

Una exmilitar, una ex diva del porno y un degenerado ex… traterrestre. Esa es la peculiar tripulación de la nave más sensual de la galaxia, que va de un sistema a otro buscando fortuna. Ahora han llegado a un espeluznante y atractivo lugar: un planeta dorado, el cual parece totalmente vacío de vida. Dispuestos a no dejar pasar la oportunidad de sacar provecho de un lugar inexplorado, ponen rumbo a este exuberante paisaje con la confianza del que sabe desierto de todo peligro el terreno que tiene por delante. O, quizá, no esté vacío. Quizá, simplemente, es que no los ven.

La sombra del escorpión en la tormenta

Dos samuráis, uno adulto y experimentado, el otro apenas un chiquillo, caminan tensos y alerta rumbo a un apartado santuario en medio del bosque. Su nerviosismo responde a un asunto tan turbio como secreto: los señores locales conspiran unos contra otros, preparando una gran rebelión, y ellos deben impedirlo recuperando información de manos de un espía a las órdenes de su daimio.

Mientras, el cielo se cubre con las negras nubes que presagian tormenta. Y, con ellas, llega la amenaza de un peligroso asesino que camina tras sus pasos, dispuesto a impedir que se salgan con la suya.

Tres cuentos orientales

La ciudad bulle de excitación por el triunfal regreso del rey, que en su viaje ha hallado una asombrosa manzana capaz de curar todas las enfermedades. Este suceso atrae la atención de todo tipo de personajes, y quién diría que el más interesante es un viejo invidente.

El mendigo ciego es un gran contador de historias. Cada día amanece siempre en la misma esquina del mercado y, a cambio de una limosna o algo de comida, narra los cuentos más increíbles que nadie haya podido oír.

Y los pícaros malandrines del mercado siempre se preguntan lo mismo: ¿acaso pueden ser ciertos tales prodigios?

 El libro puede adquirirse a través de la tienda de la editorial, con un pequeño descuento o encargarse en librerías. 

Lax trama algo. La Sombra lo sabe

No. No me he vuelto más loca de lo normal y me está entrando la venada de hacer cruces imposibles, pero esta semana toca hacer un poco de autobombo y anunciar la publicación de nuevas entregas de dos  publicaciones episódicas obra de esta humilde escritora: la tercera parte de El juego de Lax  y una nueva entrega de mi serial La Sombra, publicado en Action Tales. 

El Juego de Lax

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De la tercera entrega de El Juego de Lax no voy a decir mucho, pues ya lo presenté en una entrada previa. Bueno, sí, algo diré. Animaos a darle una oportunidad a este serial cifi. Además de contar con una mercenaria tuerta y lenguaraz en el papel protagonista y una Inteligencia Artificial con alma de trol  en calidad de “villano”, está impregnada de aroma a buen pulp, guiños a los viejos folletines y buenas dosis de acción y divertimento. 

 

Os podéis hacer con las tres entregas publicadas de El  Juego de Lax, entrando en el enlace. 

http://roninliterario.com/categoria-producto/series-literarias/el-juego-de-lax/

La Sombra

Lobos sobre Broadway III

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El serial de La Sombra llega tras una larga espera, entre mis propios compromisos, bloqueos y migración web de Action Tales. Pero el Señor de la Oscuridad regresa con ganas de erradicar el Mal de la ciudad de Nueva York, y estremecer los corazones de los criminales con su inconfundible risa. 

El número supone la tercera, y penúltima entrega, de Lobos sobre Broadway. La historia se centra en los Amos de la Noche, banda dispuesta hacerse con el control de los clubs nocturnos de la ciudad. Se encontrarán con la oposición de dos formidables rivales: La Sombra y Joan Wang. Aunque ni toda la pericia del vigilante impedirá que sus agentes se vean amenazados por el poder de los Amos… En la web tenéis colgados los dos números previos, para refrescar la memoria o leer desde un principio este arco argumental. 

La estupenda portada es obra de Gustavo Rubio, en esta ocasión. 

Podéis leer el número, entrando en el enlace:

http://actiontalesfanfictions.blogspot.com.es/2016/09/the-shadow-n06.html

E-book gratis “El Erradicador de Pecados”

Después de unos meses de parón, en los que la escritura me ha dado un puñado de buenas noticias que iré reflejando por aquí, retomamos la actividad bloguera. Y no se me ocurre mejor manera de celebrar la reapertura de esta cueva que ofreceros un pequeño regalo: El Erradiacador de Pecados. 

El Erradicador de Pecados es una novela corta que en su día dio nombre a mi primera publicación en solitario, una antología que tuvo una vida efímera debido a la quiebra de la editorial Libralia. Durante un tiempo me planteé la posibilidad de editarla por mi cuenta, pero al final he optado por ofrecerla en descarga gratuita, para que puedan disfrutar de ella tanto quienes no llegaron a tiempo de comprarse la antología original, como todo aquel que quiera sumergirse en los irreverentes caminos de Tierra de Nadie. 

El Erradicador es una historia ambientada en New Dodge City, uno de los escenarios recurrentes en mis escritos y, sin duda, el más políticamente incorrecto y extravagante de todos. Las historias allí desarrolladas tienen algo de novela negra, mucho de western,  una base de ucronía gamberra, acción y están protagonizadas por la sheriff Francesca Fulcanelli,  una burra parda gruñona de gatillo fácil que, por una razón que ni ella sabe, se hace querer. portadaerradicador_zpsesrkuqva

Sin más os dejo con la sinopsis y en link de descarga: 

Tierra de Nadie es un territorio sin ley en el que conviven en anárquica armonía diez taifas que rivalizan en excentricidad. Cuando unos nuevos vecinos piden instalarse allí, bajo el nombre de los Templarios, la convivencia empieza a tambalearse. Unos están dispuestos a aceptar el nuevo asentamiento; otros sospechan de sus intenciones. Entre los últimos, está Francesca Fulcanelli, sheriff de New Dodge City, Olimpo del vicio.
La agente se verá obligada a viajar hasta el mundo civilizado para investigar el pasado de Justin De Molay, el líder de los Templarios. Cuando lo averigüe, tal vez sea demasiado tarde para atajar la amenaza que se cierne sobre su ciudad y el resto de Tierra de Nadie: una guerra santa.


Acércate a esta  ucronía gamberra y trepidante, marcada por el espíritu pulp, que no se olvida del elemento clave del buen western: la épica

Descarga Erradicador

Fantasmas entre las Sombras III

Tiempo aproximado de lectura: 7 minutos. 

Las montañas cobijaban un estrecho valle, y este, un refugio de ladrones. Empezaba a caer la oscuridad y resultaba complicado distinguir el color de las vestiduras de los hombres, pero su silueta era perfectamente clara para los ojos cubiertos por gafas de visión nocturna de las dos pistoleras.

Las dos mujeres se ocultaban tras las rocas. Sus ropas habían dejado de ser del color de la nieve y se mimetizaban con la oscuridad. Habían dejado a un lado bufandas y sombreros, para cubrir sus cabellos con sendos pañuelos negros. Mientras Lillian terminaba de encajar las piezas de su rifle desmontable, Kelly vigilaba el campamento. Cuatro hombres se paseaban por él. Uno revisando las motocicletas; otro, vigilando el campamento, lanzando ocasionales miradas a lo alto. Los otros dos trataban de entonar canciones de taberna, con voz pastosa. Y alguno más se ocultaría en la cabaña, junto con el botín y los prisioneros. Si los había. No se habían topado con más cuerpos, pero….

Lillian terminó de enroscar un cilindro en la punta del cañón. El arma era un hermoso heraldo de muerte; más en manos de la pistolera de cabellera plateada. A la ventaja de estar dotado de un cargador trasversal, capaz de cargar treinta balas, el doble de muchos Winchester, se añadía su infalibilidad como tiradora. En el viejo circo Abott sus disparos se contaban por dianas; como agente, por enemigos caídos.

—¿Crees que realmente esa cosa evitará que se oigan los disparos?

—Pronto los descubriremos. Prepárate para atacar la cabaña, si es necesario.

Kelly asintió, antes de, camuflada en la oscuridad, empezar a descender por un estrecho camino en dirección al valle.

Mientras tanto, su hermana buscaba su primer blanco. Su respiración era tranquila. Su pulso firme. Ella y el rifle eran uno, e infalibles. La mirilla se detuvo en el corazón del hombre encargado de la vigilancia. Lillian contuvo el aliento y disparó. El forajido cayó al suelo, de frente. Sus compañeros se apresuraron en su dirección. La agente buscó el siguiente objetivo. El hombre de las motos. De nuevo, su gatillo no falló. Los otros dos se quedaron parados; temerosos tal vez de aquella muerte silenciosa, desenfundaron sus armas, mirando a su alrededor. Semejante falta de reflejos proporcionaba demasiada ventaja a la rival con quien se enfrentaban, si deseaban continuar con vida. Y eso fue algo que no tardaron en descubrir. Un nuevo disparo y ya era solo uno el forajido en pie. Alzó la pistola. Lillian logró abatirlo, pero no impedir que apretase el gatillo ahogando con su tronar la sensación de completo triunfo de la agente. 

Soltó aire. En el cargador aún quedaba suficiente munición. El problema estribaba en cómo reaccionarían los de la cabaña tras oír la detonación, y en si Kelly, cosa difícil, había llegado a la altura de la misma.

La primera de sus preguntas no tardó en contestarse. Un hombre salió a la puerta del refugio, revólver en ristre. Tenía la camisa medio abierta y no llevaba sombrero. Miraba a su alrededor, sin atreverse a traspasar el umbral, sin entender del todo, seguramente, por qué habían caído sus cuatro compañeros. Solo habían escuchado una detonación y, sin embargo, cuatro cuerpos yacían sobre el suelto pedregosos. Lillian se lo explicó de un certero balazo.

Los otros componentes de la banda fueron más listos. Antes de que Lillian tuviese ocasión de buscar un blanco, el cuerpo del caído rodó sobre el suelo polvoriento y la puerta se cerró, resonando en la moribunda quietud del valle. En el interior de la cabaña, las luces se extinguieron. Eso podía ser un punto a favor de las agentes de Las Sombras. Pero otros elementos se habían aliado en su contra; los forajidos cobijados en la vivienda se habían apostado a los lados de las ventanas no frente a estas. La pistolera intuía siluetas cerca de las mismas, pero ni siquiera ella podía lograr un blanco en tales condiciones.

No podía saber, ni siquiera con la ayuda de la mira de la escopeta, si Kelly estaba cerca de la cabaña. Habría que recurrir al plan de emergencia e iniciar un acercamiento lateral. Se cruzó el rifle a la espalda y desenfundó su propio revólver. No era un arma al uso, tanto el cañón como el tambor eran más anchos que los de los de un revólver normal y todo él, incluida la empuñadura, se mimetizaba con la noche mientras Lillian descendía por el camino, lleno de piedra suelta. En su avance, dirigía ocasionales miradas a la casa. No le gustaba dejar su flanco al descubierto durante demasiado tiempo. Aun así, el verdadero peligro llegaría cuando se moviese por el valle. Incluso llevando la melena cubierta con un pañuelo azabache y el abrigo reversible por su parte negra, podía ser vista. Y también Kelly.

 

Mientras su hermana descendía, Kelly Jane había llegado a la fachada trasera de la cabaña. En ese punto, solo se abría un ventanuco, estrecho, insignificante para unos hombres seguros de estar siendo atacados desde el frente. Era suficiente, no obstante, para analizar el interior. El panorama era más desagradable de lo esperado. Tres hombres permanecían en el improvisado fortín. Uno, armado con un rifle, vigilaba una ventana cercana a la puerta. De los otros dos, pertrechados con pistolas, uno miraba por la ventana de la derecha; su compañero, alternaba su atención entre la de la izquierda y una cama en la que yacía atada una mujer, casi una niña, india o mestiza. Su negra melena caía revuelta sobre la almohada; sus piernas se abrían, hasta quedar sus tobillos atados a ambos laterales de la cama, aunque su vestido estaba intacto. Una rehén. Tres pistoleros.

Demasiado para ella sola. Su puntería no era la de Lillian ni el ventanuco el mejor puesto para disparar.

Tocaría contener su ímpetu y seguir el plan acordado de antemano. Sin embargo, aún curtida ya en demasiadas misiones, Kelly no podía dejar de mirar a la chiquilla. Incluso a través del cristal, y teñido del color verdoso de las gafas de visión nocturna, la mueca de dolor y miedo de la muchacha resultaban claros; tampoco le pasaban desapercibidas las manos que, en su esfuerzo por aflojar las ligaduras, hincaban más estas en su carne. Contemplándola, Kelly Jane no podía evitar imaginarse a Lilly en manos del depravado al que la había vendido el Buhonero Oscuro. ¿Habría temblado así? ¿Llorado? Había visto las heridas de Lillian, la había oído mencionar las cabezas cercenadas, pero jamás habían profundizado en los sentimientos que la habían invadido esa noche horrible. Como mujer, Kelly podía imaginárselos, pero a veces se preguntaba si el hermetismo y el aislamiento de Lillian eran sanos. Su hermana no había estado con nadie desde entonces; ella misma, con el corazón guardando luto todavía por Joe, había tenido un par de encuentros antes de admitir que aún no estaba preparada para entregarse a un amante.

—Art, alguien se acerca —susurró el vigilante de la izquierda.

El hilo de los pensamientos de Kelly murió de repente; esa noche era la agente Ginger, de Las Sombras, no Kelly Jane Abott, la hermana preocupada. Aprovechando que su presencia seguía sin ser advertida, se preparó para disparar.

—¿Por dónde?, yo no veo nada —se inquietó el de la ventana.

—Vi una sombra cruzando cerca de las motos. Ahí está otra vez.

El hombre de la ventana se apresuró hacia su compañero. El situado cerca de la niña permaneció en su puesto. Kelly ya tenía claro cuál sería su blanco. Con cuidado, cambió de posición, buscando un mejor ángulo de disparo. Su puntería distaba de ser la de Lillian; necesitaba cualquier ventaja digna de ser aprovechada.

La pelirroja tomó aliento, esperando una señal en forma de disparos.

Estos fueron precedidos de un canto de cristales rotos. Tronaron revólver y rifle en sincronía. Sin recibir respuesta.

—¿Crees que le hemos dado?

—Pareció caer… —dudó el tal Art, bajando, al igual que su compañero, ligeramente su arma.

Kelly contuvo el aliento. La cordura le decía que Lillian no podía estar muerta. Ambas llevaban ropas especiales de Las Sombras, capaces de amortiguar y hasta de detener, el efecto de una bala normal. Sin embargo, no podía evitar ser una hermana.

Una hermana muy orgullosa de compartir sangre con la mejor pistolera de todo el Oeste. Cuando los forajidos se creían ganadores, llegó la réplica a sus disparos. El primer tiro abatió a Art; su compañero intentó reaccionar, pero el gatillo de Lillian fue más rápido. Mientras tanto, Kelly no se había quedado parada; tampoco el vigilante de la muchacha, que hizo ademán de inclinarse sobre ella, fuera con intención de matarla o de usarla de escudo. Kelly no pensaba consentir ni una cosa ni la otra; su disparo perforó el cristal en medio de un estruendo; otro proyectil habría perdido fuerza al romper semejante barrera, la munición especial de Las Sombras podía atravesar un tablón de madera y matar al rival cobijado tras él. Por desgracia, el proyectil se hundió varios dedos por encima de lo debido. El hombre cayó al suelo, herido en su hombro izquierdo, pero aún vivo y armado para disparar contra el ventanuco. Y con buena puntería. Una bala pasó rozando la mejilla de la pelirroja antes de que acertase a echar cuerpo a tierra. Llovió la pólvora, luego hubo silencio.

Seguramente el pistolero estaría intentando recargar.

—¡Malditas zorras! —oyó bramar mientras se ponía en pie—. Intentad dispararme y esta putita tendrá una segunda boca.

El revólver del forajido estaba caído sobre el suelo. En su mano derecha sostenía un cuchillo, colocado tan cerca del cuello de la prisionera que Kelly creyó ver un hilillo de sangre descendiendo por su garganta. Lillian se erguía impasible frente la ventana, con la pistola lista para ser disparada. La pelirroja siguió el ejemplo de su hermana y apuntó al forajido, a través del ventanuco.

—Os lo advierto. Mi cuchillo nunca falla —presumió, presionando un poco más la hoja contra la delicada carne.

—Tampoco mi gatillo. Hoy uno de los dos perderá su imbatibilidad  —contestó Lillian en tono gélido—. A no ser que quieras ser inteligente y soltar tu cuchillo.

 Las últimas palabras eran un mero añadido para dar a Kelly la oportunidad de ver hacia dónde apuntaba el cañón de su hermana y centrar su blanco. Cualquier agente curtido sería consciente de que se enfrentaban a un rival dispuesto a morir arrancado todas las vidas posibles hasta la llegada de su último estertor.

—Ríndete tú, zorra —escupió al bandido.

La contrarréplica llegó en forma de dos disparos separados apenas por segundos. Cada uno con una diana; la bala de Lillian se hundió en la muñeca del asesino, obligándolo a soltar el cuchillo un segundo antes de que el disparo de Kelly detuviese por siempre el latido de su negro corazón.

La pelirroja se permitió un hondo suspiro tras ver caer al hombre. Habían vivido esa situación en otras ocasiones; en la primera Kelly había estado en el mismo lugar de la secuestrada, en calidad de rehén del Buhonero Oscuro, y Lillian y Scarlett tras las pistolas; sin embargo, seguía conteniendo el aliento, como aquella angustiosa primera vez, siempre que reproducían el agónico tiroteo.


Hollywood Hell IV (final)

Tiempo estimado de lectura 7 minutos.

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—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

—Siempre supe que eras un jodido cabrón, Arthur, pero nunca pensé que fueses capaz de tanto —fue todo lo que se me ocurrió decir.

—Tendríais que haberos visto, peleándoos con el aire, dejándoos caer en las garras de mis muertos, empalar con un trozo de tapa de un ataúd…  

Helen se apretó contra mi espalda, dándome el coraje que necesitaba para volver a alzar el arma.

—¿Qué juego es este Arthie?

—El más antiguo de todos, la recolección de almas. Hace tiempo vendí la mía a cambio de ser un emperador en Hollywood; esta noche mi amo me ha ofrecido la posibilidad de recuperarla, ayudándolo a recolectar las de otros incautos. Mi señor podría haber tomado las de la mayoría de vosotros sin mi ayuda, pero ha pasado tanto tiempo en nuestro mundillo que, de vez en cuando, necesita un buen espectáculo. Y nadie mejor que Arthur Bray para proporcionárselo. Habría preferido que cayeseis víctimas de nuestras trampas, pero supongo dará igual que muráis por mi mano.

¡Joder! ¿Es que medio Hollywood había pactado con el Diablo mientras yo me ganaba el estrellato a base de trabajo? Antes de que pudiese preguntarle al respecto, Bray se alzó y sacó el bolsillo de su batín un .38 de cañón corto. Semejante juguete no impresionaría a Dan Fogarty, ni aun apuntando directamente contra su cara, pero, en mi caso, hizo que me temblasen las piernas cual puñetera heroína florero.  Si Helen no hubiese apretado otra vez sus senos contra mi espalda, me habría dejado matar como un secundario prescindible. Pero no hay mayor coraje que el que envuelve a un hombre entregado a una buena causa y pocas había mejores que ser digno de Helen Sinclair. Lancé un bramido de búfalo y cargué contra Bray; antes de que el malnacido llegase a disparar, mis hombros impactaron contra su estómago y mi mano libre lo obligaba a elevar el brazo, justo a tiempo para que una bala rebotase en el techo. Lejos de considerar terminada la batalla, seguí agarrando su muñeca mientras mi espada buscaba un hueco en su flanco; guiada por la Fortuna, la hoja se hundió en su pecho, paralizando su corazón podrido.

La ilusión se disipó. El lecho, la alfombra y el sillón con su proyector permanecieron allí; el resto de la estancia mostró verdadera faz. A los lados, protegidos por rejillas, se elevaban varios sarcófagos de piedra. Aplastado por uno de ellos, yacía Ben, con el cuerpo devorado, seguramente por la esquelética niña que yacía a su lado. Al otro extremo estaba Anthony, empalado por un trozo de madera que él había creído un puto unicornio rosa; no muy lejos, yacían otros dos muertos caníbales. Incluso mi espada había cambiado, para convertirse en un hierro oxidado.

—Bravo, Harry. Sabía que nos salvarías —la voz de Helen era pura miel.

Mi diosa se acercó a mí y me abrazó, apretando su pelvis contra la mía con fuerza suficiente para despertar a mi .45 largo. Por si no había captado el mensaje, empezó a desabrocharme la camisa.

—Nena, este no es lugar…

Antes de llegar a terminar mi queja, me encontré sobre el lecho de sábanas rojas, con Helen sentada a horcajadas sobre mí. Sus dedos jugueteaban con el vello de mi pecho al tiempo que su pelvis presionaba, cada vez más húmeda y cálida, contra mi entrepierna. Aún así no lograba entonar por completo a mi poderosa automática.

—Tranquilo. El Diablo ya se ha llevado seis almas, seguro que nos dejara en paz.

 Ella no cejaba en sus atenciones, pero yo no sentía su caricia ni la tentadora presión de su pelvis. Una voz congelaba mi libido a fuerza de repetir «seis almas». En la cripta mi diosa había mencionado que «el conde» se había cobrado cinco víctimas, pero hasta ahora no me había dado cuenta de un detalle: Helen no conocía la presencia de Liz. Yo no había tenido oportunidad de hablarle de ella y la cazadora no era uno de los invitados a la fiesta. Como mi amigo Dan, había caído en las manos de una preciosa mujer fatal. Por fortuna, ella no parecía darse cuenta de que la había pillado. Sus dedos empezaban a recrearse en mi pecho cuando reuní las fuerzas necesarias para empujarlas. No le di un puñetazo, me limité a apartarla hacia un lado del lecho, pero el impulso casi basto para lanzarla fuera de este. Rápido, me arrodillé sobre el colchón. Habría sido más sensato levantarme y recuperar mi hierro, pero las energías no me daban para tanta hazaña.

Además, la mirada de la pelirroja había vuelto a hechizarme. Sin dar muestras de dolor ni indignación, todavía retorcida sobre la cama, me premió con una sonrisa cruel. Si esta era siniestra aún lo fue más el brillo rojizo que se apoderó de sus ojos durante unos segundos.

—Eres un chico listo, Harry —sus uñas subieron por mi pecho, jugando con de nuevo el vello, sin llegar a herirme. En esos momentos no sabía si me sentía cachondo o aterrorizado—. La pregunta es ¿Eres lo bastante listo? —su diestra me agarró por el cuello.

Intenté debatirme, pero su presa era podía rivalizar con la de un matón de puerto con ganas de jarana.

—Aunque Bray no pudo reconocerme, yo conseguí que vendiese su alma hace años. Ahora tengo una oferta para ti; una mucho más atractiva. Mi amo está dispuesto compartir contigo el Poder. Esa sonrisa tuya podía arrastrar las almas de muchas jovencitas a la perdición… —su mano aflojó la presa.

—Muérete, maldita bruja —escupí sin pensar.

Sus mano empezó a apretar; la sangre arroyó por mi cuello cuando sus uñas penetraron en mi piel. Me había resignado a arder en las calderas del Averno, cuando un disparo restalló en la sala. Helen se llevó las manos al rostro, mientras el humo se escapaba entre sus dedos; su cuerpo empezó a arrugarse y volverse flácido; un par de verrugas se apoderaron de su seno izquierdo, un segundo antes de que ella cayera al suelo.

Al girarme vi a Liz en lo alto de una escalera recién abierta en el suelo.  No llevaba camisa, solo la chaqueta del esmoquin abierta, dejando entrever unos senos suculentos; tenía vendada la mano derecha, también parte del torso y su hombro izquierdo. En el cinturón, lucía cruzado el cuchillo que yo perdiera.

—Ningún O´Hara sale de caza sin saber curar a fuego sus heridas —Liz me premió con una sonrisa torva—. Hola, Harry, quédate quietecito mientras yo saldo las cuentas con nuestra amiga.

La horrenda criatura había vuelto a ponerse en pie; aún le salía humo de la cara, pero no parecía dispuesta a morir.

—Siempre supe que quienes decían que Helen Sinclair era una bruja estaban más acertados de lo que pensaban. Pero debo reconocer que me sorprendiste. No me imaginé que tu chulo te hubiese dado poderes nigrománticos. A no ser que el trabajo sucio lo hiciera él y tú solo estuvieses aquí para encargarte de la rapiña…

La automática apuntaba directamente contra la bruja. Pero esta no daba muestras de sentirse asustada, tampoco de haber escuchado las palabras de Liz.

—¿Piensas derrotarme con plata, cazadora? Deberías saber que no puede matarme.

—Lo sé, pero ya ha logrado desbaratar tu hechizo de glamur.

La hechicera se miró las manos y entonó una canción en un idioma extraño; los cadáveres, incluidos mis amigos, empezaron a temblar. Resonaron dos nuevos disparos. Helen gritó; los muertos se paralizaron. Aquella jodida arpía comenzó a recular, sin apartar la mirada de la automática.

Solo era una estratagema. Rauda como una serpiente, lanzó un golpe contra Liz; parecía que se había quedado corta, pero su brazo se alargó, semejando una rama reseca, terminada en cinco  garras. Arañó el costado de la cazadora, que aún acertó a disparar dos veces. La primera bala rebotó contra el muro, la segunda se hundió en el costado de la bruja. Esto no la hizo retroceder. Siguió atacando, aunque no parecía ser ya capaz de alargar su cuerpo y Elisabeth iba esquivando con más facilidad sus zarpazos. Por desgracia, eso no ayudaba a aquel bombón a ganar la batalla. Sus disparos fallaban en ocasiones y, aunque acertasen, no lograban hacer caer a su enemiga. Cada uno de sus movimientos era acompañado de regueros de sangre y una cortinilla de humo, pero no caía. Al mismo tiempo, el escenario no dejaba de cambiar; la alfombra había desaparecido, más huesos poblaban el suelo, incluso mi cama había cambiado, pero yo no me atrevía a desviar la mirada de la batalla.  

Cuando la bruja la tenía tan arrinconada contra una pared que las teas parecían a punto de quemar su pelo, la automática de Liz se declaró exhausta.

—¡Bravo, cazadora! —la risa de la bruja reverberó siniestra en la sala—. Has agotado todas tus balas y yo todavía estoy en pie. ¿Piensas matarme con tu cuchillo?

En algún punto de la lucha, Liz había tenido ocasión de desenfundar el puñal y lo usaba ahora para mantener alejada a la hechicera. Sus labios dibujaron una sonrisa más propia de Dan Fogarty que de una cazadora derrotada. El bombón más peligroso de Hollywood alargó la zurda hacía una de las teas. Sin dejar de apuntar a la otra con el cuchillo, la descolgó del soporte.

—Solo te estaba debilitando para tener claro qué antorchas eran reales.

El adefesio trató de abalanzarse sobre Liz, pero esta fue más rápida y logró hundir la tea en el pecho de su enemiga. La espantosa criatura lanzó un grito patético, mientras las llamas prendían sus ropas; en apenas unos segundos comenzó a arder, a derretirse como si, en lugar de un ser de carne y hueso, fuese un monigote de cera. Mientras ella se quemaba, yo notaba cómo el lecho se iba haciendo más duro y estrecho. Cuando bajé la mirada, cerca estuve de convertirme en nuevo habitante del Reino de los Muertos. ¡Había estando a punto de fornicar con una bruja en un puñetero ataúd! Estaba deshabitado, pero eso no daba energías a mis piernas inmóviles.

—¡Espabila de una vez, Harry!

Elisabeth tiró de mí, obligándome a saltar del sarcófago con tanto ímpetu que casi rodamos por el suelo. El reguero de cera derretida y fuego había prendido el cadáver de Bray y amenazaba con extenderse hacia el resto de la sala. Trastabillando, más que corriendo, nos adentramos en el pasillo, a cuyos lados se extendían pequeñas capillas donde yacían los cuerpos de nuestros compañeros. Pese a que algunos ataúdes importunaban nuestro camino, logramos alcanzar una escalera de caracol antes de que las llamas nos chamuscasen.

A través de ella, llegamos al exterior. No se oía el canto de animal alguno, ni había más señal de presencia humana que nuestros propios coches aparcados. La mansión de Bray siempre había sido una fortaleza solitaria; no obstante, sumido en semejante quietud, temí por unos instantes ser víctima de otra ilusión de la bruja de tetas verrugosas o su amo. Sin embargo, Liz se guardó el cuchillo y empezó a abrochar su americana con gesto tranquilo.

—Será mejor que nos vayamos —ordenó.

—¡¿Qué?! ¿Vamos a huir? —exclamé, agarrándola por el brazo.

Ella se deshizo de mi presa y me miró con dolorosa condescendencia.

—Si quieres, nos quedamos para explicarle a la policía que hemos matado a una bruja y a un gilipollas que había venido su alma al diablo. A lo mejor nos mandan al psiquiátrico, en vez de meternos en la puta trena —a media contestación, había iniciado camino, rumbo a mi flamante Cadillac.

—Y si nos marchamos alguien podría vernos —grité, sin dejar de perseguirla por el camino desierto.

—Bah, ningún policía es tan poderoso como Hedda —desdeñó, al llegar al coche. Yo la miré con gesto de no entender qué pintaba la segunda peor cotilla de Hollywood en esto—. Y tiene una deuda pendiente con la cazadora que evitó que su hijo William se convirtiese en esclavo de un súcubo.

Ante semejante revelación, solo pude mirarla con gesto asombrado.

—Y yo que me imaginaba a esa cabrona trabajando para tu enemigo…  —me encontré diciendo. De pronto, hablar de pactos con el diablo me parecía tan normal como discutir sobre la tiranía de nuestros productores.

—No, él prefirió a Louella. Tal vez un día tenga que encargarme de ella —añadió con gesto pensativo, mientras abría la puerta del conductor.

¡De mí asiento! ¿Después de ser ella quien me salvase el culo, también iba a reducirme a un florero aparcado en el asiento del copiloto?

—¿Y a dónde pretendes que vayamos? —pregunté, sin atreverme a apartarla de donde estaba.

—A tu casa, muñeco —sonrió burlona—. El premio de todo héroe es un revolcón con la damisela en apuros. ¿Recuerdas?

Ella se apretó contra mí, despertando por segunda vez en esa noche a mi .45 largo. Tenía razón, pero que un rayo me partiese si tenía claro quién era quién en esta película. Si era sincero, empezaba a importarme una mierda.

Hollywood Hell III

Tiempo estimado de lectura. 5 minutos

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Nuestro director nos guiaba a través de túnel interminable, como a ovejitas dispuestas a ir al matadero. No se escuchaban gritos, pero yo no dejaba de pensar en cuál podía ser el destino de mi pelirroja favorita. No necesitaba cerrar los ojos para imaginarme a una pareja de muertos putrefactos deleitándose con la carne de sus impresionantes tetas.

—Harry.

La voz de Liz me sacó de mis sangrientos temores. Pero no me libró del miedo. En pleno corredor, a no más de cincuenta metros de donde estábamos se abría una inmensa boca. No estoy usando una de estas metáforas a las que tan aficionados son los aporreateclados. Era una gran boca dotada de dientes afilados como puñales; solo le faltaba una lengua relamiendo los gruesos labios para corroborarnos lo obvio: estaba ansiosa por convertirnos en su aperitivo.

—¡Retrocedamos! —grité.

Nada más girar la cabeza descubrí que hacer tal cosa era más difícil que encontrar una virgen en medio de una fiesta de Hollywood. Con un sigilo digno de la Sombra, un muro había tapiado el pasillo. Y ahora avanzaba hacia nosotros, dispuesto a lanzarnos dentro de la gran boca.

—Harry. No corras. Es otra ilusión —me gritó ella.

Pero yo solo prestaba atención a aquella mole de piedra, que parecía ir incrementando su velocidad cada segundo. El cerebro me animaba a hacer caso a Liz, pero mis piernas temblaban, deseosas de ceder al miedo y salir corriendo. Y nunca he sabido decir que no a hembra alguna, menos a un par de gemelas. Apenas hube dado un par de zancadas, la pared casi estaba a la altura de Liz; pero ella se limitaba a permanecer allí parada sin dejar de gritarme.  Ante mi espanto, vi cómo el muro engullía a la bella cazadora salpicando el pasillo de sangre, sin que ella llegase a gritar o a tratar de huir. Apresuré mi paso, sin dejar de mirar la pared que ahora avanzaba hacia mí teñida de carmesí. En mi siguiente paso, mis pies tocaron terreno blando, húmedo y ligeramente curvado, como unos labios.

 ***

Me desperté creyendo haber regresado a mi viejo éxito El castigo de Torquemada. Un líquido goteaba sobre mi sien, como si volviese a ser víctima de la tortura de la «gota de agua». Mis párpados se resistían a abrirse; el rítmico golpeteo del que eran victimas mis sienes los tenía acojonados. Tampoco mis brazos y piernas servían de gran cosa; poco a poco me iba poniendo a cuatro patas, pero mi equilibrio habría sido mejor si mis extremidades estuviesen fabricadas en gelatina.

«Venga, ¿Dónde está el tío más duro de Hollywood?» —susurró la vocecilla en mi cabeza.

Acerté a ponerme en pie y abrir los ojos. Cerca estuve de echar hasta mi primera papilla al mirar a mi alrededor. Si no lo hice, fue porque me había levantado con resaca y no tenía más alimento en el cuerpo que el Manhattan con huevo crudo que había desayunado antes de salir para la fiesta.

—Jack, maldito capullo. Hasta para morir tenías que echar tu mierda encima de otro —mascullé, sin poder apartar la mirada del techo de la mazmorra.

El pobre colgaba de un gancho que le atravesaba la garganta; su cuerpo estaba lo bastante caliente como para que la sangre le arroyase por la herida. Si bien ahora caía sobre el suelo, durante mi inconsciencia se había estado derramando sobre mi cogote.

El resto de la celda era el escenario soñado por un conde Dracula al servicio de la Metro: teas encendidas sembrando las paredes, huesos alfombrando el suelo, cadáveres resecos colgados como reses y restos de sogas en las columnas… todo muy limpito y reluciente. El escenario podía haber resultado incluso ridículo de no ser por la presencia de una figura inmóvil atada a una de las columnas. No se le veía el rostro, pero tanto el vestido dorado como la cabellera flamígera resultaban inconfundibles: era mi Helen. Tendría que haberlo intuido. Ella y Jack habían sido protagonistas de un patético remedo de Dracula que sus productores habían enterrado en el desierto de Nevada, después del fracaso en taquilla.

 Me olvidé del mareo y corrí hacía Helen. Tenía la cabeza caída sobre el pecho y el vestido tan desgarrado que me permitía ver por primera vez sus esplendorosas tetas. Sin poder evitar rozar un pezón como una fresa madura, le tomé el pulso. ¡Estaba viva!

—¿Quién…?¿Harry? —susurró, mirándome con ojos vidriosos.

—El mismo que viste y calza, muñeca.

En realidad, estaba preguntándome dónde estaría mi maldito cuchillo; las sogas eran gruesas y los nudos que las aseguraban habrían despertado la frustración del puñetero Houdini. A mí, directamente, me despertaban ganas de intentar derribar la columna a cabezazos.

—Quédate aquí mientras busco algo para desatarte —susurré, aún en mi rol de tipo duro.

 Regresé a la zona donde había caído y revolví los huesos. No pude localizarlo, pero no me importó demasiado. Topé con algo mejor, una espada de hoja corta, destinada a ser enarbolada a una mano. Era solida y estaba bien afilada. No fue complicado cortar las ligaduras de Helen y dejar que la dulce criatura se deslizase entre mis brazos, antes de apoyar su bella cabecita en mi pecho.

—Jack, Anthony… —sollozó.

—¿También Tony ha caído?

—Lo encontramos empalado por un unicornio rosa; ya sabes, como el de esa película que siempre le mencionabas para provocarlo. Los alegres seres del Arcoíris.

—Así que solo quedamos nosotros —susurré, estrechándola aún más entre mis brazos.

Ella alzó los ojos en mi dirección, suplicante; movió los labios, como disponiéndose a decir «Tú nos salvarás, ¿verdad, Harry?», pero su rostro quedó petrificado cuando captamos un sonido de pasos.

—¡Es él! —Me clavó las uñas en el brazo izquierdo, con fuerza suficiente para hacerme sangre—. ¡El conde!

En ese momento comprobé que su cuello estaba marcado por la mordedura de unos colmillos. Hice ademán de avanzar en dirección a los pasos, pero Helen me detuvo.

—¡Ya ha matado a cinco de nosotros, Harry! ¡Huyamos!

¿Dónde?, quise gritar, pero la figura enlutada ya había descendido por la escalera de caracol y alzaba sus pálidas manos en mi dirección. Me retaba el muy cabrón. Pues iba a aprender de qué estaba hecho el hombre tras Dan Fogarty.

—Harry Turner jamás ha perdido un combate, muñeca —gruñí antes de cargar.

La reacción de mi enemigo fue la más extraña que ningún rival hubiera tenido: cruzó las manos sobre el rostro, intentando parar mi estocada, pero sin atacar; la hoja abrió un reguero carmesí en su diestra, mientras la criatura retrocedía. No me dejé conmover; descargué un tajo contra la oscuridad de su capa, luego otro, dos, media docena más, tal vez, mientras él gruñía y alargaba sus patéticas manos engarfiadas hacia mí. Por fin, cayó exánime, sin que la mazmorra variase en ningún aspecto. Extrañado, hice ademán de agacharme, dispuesto a descubrir a qué me había enfrentando en esta ocasión. La mano de Helen, no obstante, se aferró a mi brazo cuando aun no había llegado a flexionar las piernas.

—Harry —suplicó.

Y yo no pude resistirme a aquellas lágrimas perlando sus jades. El nuevo engendro tendría que prescindir del honor de desvelar su verdadero rostro ante la mirada de Harry Turner. Ascendimos por la escalera sin encontrarnos con nuevos problemas, ni siquiera los escalones amenazaban con precipitarnos hacia la mazmorra de un resbalón. Por desgracia este solo fue un soplo efímero de normalidad. En la primera planta ya no se desplegaba un laberinto, sino una cripta reformada. Por desgracia, esta seguía atufando a escenario de película de serie b. Media docena de ataúdes rotos se amontonaban en los laterales del único corredor de la estancia. El extremo derecho del mismo estaba tapiado; el fondo del izquierdo se abría una puerta a través de la que se colaba una tenue iluminación con aroma a nueva batalla.

Afiancé la presa sobre la espada y obligué a avanzar a Helen; si el culpable de nuestras desgracias se ocultaba tras esa luz iba a encargarme de él al más puro estilo Dan Fogarty: con una sonrisa irónica en los labios y la nena más maciza de la historia contemplándome con admiración. Por desgracia nuestro narrador sequía empeñado en dejarme en ridículo, aunque hasta mi alter ego habría perdido el aplomo al cruzar el umbral. Repantingado en un sillón, al lado de una cámara que no dejaba de grabar, sonreía nuestro productor favorito.

—Hola, mis queridos protagonistas. Bienvenidos al final de vuestra historia.

Continuará…