Relato Gratuito: El último mutis

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Buenos días. Hoy vuelvo a recuperar una histora que estaba navegando en el limbo, para ofrecerla en descarga gratuita en formato epub. Se trata de “El último mutis”, un relato protagonizado por Arcángel (o más bien por su alter ego en la vida civil, Joan Wang). Es una historia con aroma a pulp clásico y toques negros, dónde la protagonista se deberá enfrentar a un dilema.

¿Cómo actuar cuando sospecha que puede estar en peligro la vida de la mujer a quien ama y ella no dispone ni del disfraz que usa en su labor como vigilante ni de sus armas? 

La respuesta, está a un golpe de clic, entre las páginas virtuales del relato. Pero si os apetece saber algo más de Arcángel antes de leer la historia, podéis continuar leyendo esta entrada. 

DESCARGAR RELATO GRATIS

 

¿Quién es Arcángel?

  • Arcángel es Joan Wang, una joven criada para ser una guerrera implacable y una asesina sin escrúpulos al servicio de su padre. Creció en un lugar llamado Zaresh, antigua cuna de guerreros honorables que poco a poco se fue corrompiendo. 
  • Durante años tres máximas guiaron su vida. Máxima obediencia a su amo, no dejarse gobernar por los sentimientos, servir a su señor y a su pueblo con todas sus armas. 
  • Pero Joan desarrolló su propio albedrío y con el tiempo sus propios principios. Eso la llevó al exilio a Nueva York, a ser repudiada por su padre y, con el tiempo, a convertirse en Arcángel, la guardiana de la ciudad. 
  • Pese a haberse consagrando al Bien, Joan vive con miedo a volver a convertirse en una asesina sin escrúpulos.  Por eso tiene una fuerte dependencia emocional de Emily, su pareja. Además de ser una aliada y colaboradora con múltiples talentos, para Joan, Emily es su ancla con la humanidad. 
  • Como Arcángel es una guerra con múltiples recursos, pues al entrenamiento de Zaresh, que le permitió dominar el combate cuerpo a cuerpo o las armas blancas, añadió el manejo de armas de fuego gracias a Emily. No obstante, su complexión la limita a veces a la hora de usar herramientas pesadas. 

Y… Arcángel aún es más que esto, pero creo que para familiarizarse con el personaje vale con estas notas. 

Disfrutad de la lectura, si os decidís a haceros con el relato y os recuerdo que hay más material a coste cero en la sección de descargas gratuitas del blog. 

 

Creando otra fantasía medieval

A veces el Destino consigue que convocatoria de relatos aparezca justo cuando necesitas un reto o una motivación para retomar un género literario. Fue lo que me pasó a finales del año pasado, cuando me crucé por Twitter con una convocatoria llamada «La otra fantasía medieval».

La convocatoria me pilló en una época en que la publicación de Tiempos de Alianzas me había dejado con ganas de soltar espadazos. Además se ajustaba bien a mi estilo, tanto por la longitud máxima permitida a los textos, como por el hecho de buscar relatos de fantásticos de inspiración medieval, pero situados en sociedades “no machistas”. Sociedades donde la igualdad fuese un hecho. En las historias que había escrito sobre Ganoe, mi escenario recurrente para las narraciones del fantasía, el protagonismo recaía sobre todo en los hombros de personajes femeninos; en esos escenarios convivían guerreras, sacerdotisas, poderosas nigromantes, futuras reinas… En muchos de esos reinos, además, el sistema de sucesión entre gobernantes no era la primogenitura sino que eran otros, generalmente los dioses, quienes designaban al heredero o heredera adecuado dentro de la familia real de turno. En contrapartida, Ganoe era un escenario oscuro, poblado de personajes amorales y para esta historia deseaba algo más luminoso. De paso, era buen momento para salirme de mi zona de confort, dejar a un lado los relatos donde predominaba la acción, y narrar una trama con un toque más intimista, donde se diese más peso a los personajes . 

No fue el proceso de escritura más cómodo de mi carrera, me costó pillarle el ritmo a la historia, pero llegado a un punto empezó a fluir sola y el resultado final me dejó satisfecha. Quien me conozca, sabrá que esto último me suele pasar pocas veces. 

Los elementos fundamentales a la hora de apuntalar la historia fueron los siguientes: 

  • Personajes: El protagonismo de la historia recae sobre Agnes y Sian.

    Agnes es la heredera del reino de Tanzhot por designación divina; su reino está siendo azotado por una extraña plaga y viaja a la ciudad maldita de Kenath en busca de dos objetos mágicos que tal vez puedan salvar a su gente. El problema es nadie ha regresado jamás de una visita a Kenath. A pesar de eso, no se detiene en su tarea. El reto a la hora de crearla fue lograr que saliese un personaje equilibrado. Tenía que ser alguien con entrenamiento marcial, pero no una supersoldado, pues es la heredera de un reino pacífico. Es inteligente, pero también insegura en algunos momentos, y es incapaz de ver la maldad oculta de algunas personas que la rodean. Ahí, como en otros condicionantes de su vida, otro reto era dejar claro que sus posibles “limitaciones” no se debían al hecho de ser mujer, sino a la combinación de su propia educación como futura gobernante, junto con la falta de experiencia a la hora de enfrentarse a conflictos reales.

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    Agnès de Chastillon, espadachina nacida de la pluma de Robert E. Howard.

  • Su contrapartida es Sian. Esta es hija de un pueblo nómada y se convirtió en “protegida” de la familia real de Tanzhot tras un conflicto entre su gente y algunas aldeas bajo la protección del reino. Su cualidad de rehén, no obstante, no la ha convertido en alguien corroído por el rencor, en buena medida gracias al vínculo que la une a Agnes y a no haber sido discriminada por otros habitantes Tanzhot. Debido a esa a esa etapa previa de su vida, es una hábil cazadora además de sanadora. Su pueblo natal tiene un concepto del amor y el sexo distinto al de otras culturas, lo que la ayuda a sobrellevar el hecho de que su relación con la heredera tenga que ser puramente platónica. Tanzhot no es un reino mojigato, pero los monarcas, sean hombres o mujeres, están obligados a casarse teniendo en cuenta la perpetuación del linaje y el bien del reino.

  • Interrelaciones: Agnes y Sian son dos personajes fuertes, independientes, pero también complementarios. Esa complementariedad es importante para que superen algunos de los problemas con los que se cruzan, pero no por ello se convierten en personas más débiles. Mi intención, (queda en poder de los lectores dictar sentencia), era reflejar que juntas se fortalecían, pero sin crear una relación de dependencia entre ambas.

  • Escenario: Este fue uno de los aspectos con los que más disfruté. Tanzhot es un reino pacífico, pero triste, donde el sol apenas asoma en un cielo siempre cubierto de nubes. Kenath es un escenario donde impera el misterio y cierto grado de irracionalidad. Hacía tiempo que deseaba trabajar sobre un enclave en esa línea y este relato me dio pie para hacerlo.

  • Influencias: Mis dos amores son la fantasía oscura y la espada y brujería; tanto en calidad de autora como de lectora. En este relato he podido jugar con guiños e influencias de mis dos autores favoritos dentro del género Clark Ashton Smith y Robert E. Howard. Del primero y ciclos como el de Zothique, nacen ese escenario crepuscular y la idea de esa ciudad maldita de Kenath. Luego la personalidad de la misma es marca «Anita y su musa fumeta». El componente más épico tiene quizá más influencia Howardiana y el nombre de Agnes supone un homenaje a mi personaje favorito dentro de los creados por el autor: Agnès la Negra. Esta protagonizó dos relatos cercanos al género de capa y espada, además de un tercero, terminado por Gerald W. Page, con más influencias fantásticas. Su autor nunca los llegaría a ver publicados en vida, pues se suicidó en 1936 y estas historias se publicaron en los años 70 (de forma discontinua y en diferentes revistas).  Aunque hubo excepciones como la Jirel de Joiry de C.L. Moore, parece que los personajes femeninos lo tenían más complicado incluso cuando sus historias estaban escritas por alguien del calado de Howard. Por suerte, y aunque poco a poco, las cosas van cambiando.

Hasta ahí llega lo que tenía que contar sobre el proceso de creación de La condenación de Kenath. La trama en sí, o descubrir hasta qué punto logré mis objetivos, os tocará juzgarlos leyendo la historia. El relato saldrá publicado en una antología digital que se publicará en Lektu de forma gratuita. Ya os iré manteniendo informados de cómo avanza la cosa.

Descarga Gratuita: Última estación, la muerte

Rugen los caballos a vapor, las pistolas duermen en sus cartucheras dispuestas a entonar su canto, chirrían brazos y piernas artificiales al desperezarse… Amanece en el Salvaje Oeste steampunk. Tres mujeres a las que los avatares de la vida han convertido en agentes secretos han de coger un tren muy especial… Su última parada, bien puede ser la Muerte. 

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O tal vez sea un E-reader… Tras haber subido la historia al blog por episodios, os la ofrezco ahora en una sola entrega, en formato e-pub. El relato original formó parte de mi primera publicación en solitario “El erradicador de pecados y otras historias”, de vida breve, por no decir efímera, por la quiebra de la editorial Libralia.  Y por desgracias no es el único relato que ahora flota en el limbo, perdida la ineditez, por estar descatalogada o desaparecida la publicación donde salió originalmente. Mi intención es ir recuperándolos para el blog y para su descarga en formato epub y tal vez crear un día un recopilatorio gratuito con los textos que haya ido rescatando. 

De momento, podéis descargar este oscuro viaje en tren por el Salvaje Oeste pinchando en en “pa la saca”. Mientras, mi musa, empieza a darle vueltas a la idea de retomar las aventuras de Scarlett, Kelly Jane y Lillian… 

Pa la saca 

Última estación, la muerte V

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Todo había sido fácil. Tal vez demasiado, pensaba Lillian. Al primer pistolero lo habían cogido desprevenido. Los otros dos habían tomado a Scarlett por su compañero, pues Diablo se había tocado con el sombrero del hombre, un Stetson decorado con una pluma india. Ahora pensaban intentar la misma jugada, usando a Lillian como una falsa prisionera.

Sin darles casi tiempo a llegar a la casa, la puerta de la misma se abrió. A partir de ahí, nada trascurrió como lo planeaban. La mayor de las Abott lo intuyó en cuanto vio a Kelly arrodillada en el suelo, cargada con un collar de mortífero aspecto, y a Lee a su lado. Pero no le dio tiempo a avisar a Scarlett antes de que el detonar de una pistola resonase en la cabaña. Se arrojó al suelo mientras, a su espalda, sentía caer a su jefa y amiga.

Desde el suelo, Lillian desenfundó su arma y apuntó contra Carter Lee.

—Yo de usted, tiraría esa pistola —El revólver de Lee apuntaba contra Lillian, un extraño dispositivo, hacia Kelly—. A no ser que quiera ver cómo desnuco a su amiga.

Ya habían vivido eso con el Buhonero Oscuro. Pero allí estaban dos pistoleras para abatir al villano. Ahora, Lillian se sabía sola contra Lee.

—Lillian. Dispara contra él —ordenó Kelly. Los ojos de su hermana estaban impregnados en lágrimas. Su voz, sin embargo, sonaba firme—. La única prioridad es la misión.

La misión. Matar a Carter Lee. Pero, por mucho que lo dijesen las órdenes, eso no podía ser a costa de la vida de su hermana. Lillian arrojó su pistola al centro de la estancia.

—Y ahora, póngase en pie. Una pistolera de su talento puede serme muy útil en el futuro. Sigue leyendo

Última estación, la muerte IV

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Cantos de Muerte

El cuerpo le dolía como hacía años que no lo hacía, como los infaustos días en que era una niña indefensa, una marioneta a quien el Buhonero Oscuro implantaba nuevas partes artificiales para transformarla en el Diablo.

Scarlett se puso de rodillas. Aún era de noche y había perdido el monóculo al arrojarse del tren, pero el fuego y su ojo artificial bastaban para constatar el horror. Madera, cuerpos calcinados y toda una colección de objetos cotidianos se desperdigaban por el páramo. El vagón de las chicas estaba intacto, pero ninguna señal de vida brotaba del mismo, ni siquiera los ecos de una batalla. La pistolera apretó los dientes al sentir el roce de los pantalones contra la rodilla izquierda. La tela especial no la había protegido de las consecuencias del choque, tampoco del fuego. En su antebrazo humano, una nueva quemadura acompañaba a las que la marcaban desde poco después de su nacimiento. Su mano artificial no presentaba mejor estado. Había soportado la mayor parte del impacto y ahora estaba paralizada, con los dedos extendidos. Incluso si el dispositivo que activaba las garras de los nudillos funcionaba, no iba a poder usarlas para defenderse.

El garfio del guantelete también estaba atascado. Su único consuelo era que la pistola seguía en su funda. Y aun así era una alegría amarga, pues no tenía más munición de repuesto que la guardada en la bolsa colgada de su cinturón.

Ahora quedaba rezar para estar a tiempo de cumplir la misión y para que las chicas estuviesen vivas.

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Última estación, la muerte III

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El asalto

La oscuridad envolvía por segunda noche a la figura que reptaba sobre el techo de los vagones de segunda. Ante sus ojos se perfilaba una hilera de vagones por recorrer y una oscuridad inescrutable incluso para su ojo artificial: la de la Milla Muerta. Respiró hondo y siguió avanzando, ajena a las señales de dolor que le enviaban los hombros, sin dejarse vencer por el envite del viento que, esa noche, parecía haberse congraciado con sus enemigos.

Al llegar al extremo del coche, se arrodilló, bregando por mantener el equilibrio. ¿Sería mejor saltar o bajar al otro vagón y volver a trepar al tejado? La noche anterior había realizado todo el trayecto saltando. Sin embargo, ahora dudaba ser capaz de llegar a su destino incluso con la ayuda del garfio.

Buscó la locomotora con la mirada. Los primeros poblados de la Milla Muerta empezaban a asomar su decrépito cascarón y a ella aún le quedaban media docena de vagones por recorrer.

«¿Qué?»

Sus sentidos tenían que estar engañándola. Por un segundo, había creído ver una sombra de pie, sobre el tejado del coche de las chicas. Scarlett agudizó la mirada. Alguien se movía sobre el techo del vagón, con una seguridad impensable en semejantes circunstancias. La figura parecía sostener algo en la mano. Como si la hubiese visto, apuntó en su dirección. Un rayo purpúreo zigzagueó en la noche. Cuando impactó contra los vagones, la pistolera perdió toda noción de lo que sucedía, solo sabía que volaba por los aires, mientras el fuego se adueñaba del tren.

***

Kelly Jane no sabía qué había pasado. Solo que el caos había interrumpido una tensa cena. Recordaba las sacudidas, el verse proyectada en el aire y rebotar de un lado a otro del compartimento, en medio de una lluvia de maletas. Y las explosiones. Y los gritos. Pero las primeras habían sido las explosiones, una a continuación de la otra.

Dolorida, tentó, en busca del puño de su sombrilla. Estaba segura de que la explosión no era fortuita, ni tampoco obra de Scarlett o de Lillian. Solo cuando hubo recuperado su único medio de defensa, comprobó el estado de sus acompañantes. Carter Lee miraba a su alrededor con gesto confundido, un reguero de sangre le bajaba por la frente, sin que el inventor hiciese nada por detenerlo. El agente de la Pinkerton estaba agachado a cuatro patas, buscando, tal vez, su pistola.

No llegó a encontrarla. Cuando el hombre aún estaba hurgando entre una montaña de ropa desperdigada, proveniente de una maleta destrozada, la puerta del compartimento saltó en pedazos con tal potencia que uno de los fragmentos se clavó en el corazón detective. Kelly Jane desconocía qué fuerza podía haber hecho tal destrozo, pero era tan mala señal como la explosión. Decidida, se puso en pie. Su mano derecha estaba afianzada sobre el mango de la sombrilla, el dedo índice acariciaba un pequeño relieve que era en realidad un gatillo camuflado. Carter Lee se había incorporado también. No hacía ademán de sacar arma alguna, solo miraba el umbral con gesto expectante.

De telón de fondo, resonaba el canto de los disparos y los gritos. Kelly confiaba en que su hermana fuese uno de los que disparaban.

—Parece que volvemos a encontrarnos, profesor Lee —saludó una voz, proveniente de la oscuridad de una capucha. En realidad toda la figura pequeña y encorvada de su visitante estaba enfundada en una gran capa. A la vista quedaba una mano blanca, de uñas largas, que se apoyaba sobre un báculo broncíneo, lleno de cables y extrañas luces.

La agente de las Sombras contuvo el aliento, casi tan aterrorizada como la noche en que el Buhonero Oscuro había arruinado su vida. Detrás del enano, llegaba otro hombre. Su envergadura superaba los dos metros de alto, mitad puro músculo, mitad metal. Todo el brazo izquierdo había sido sustituido por un cañón que, humeante, apuntaba contra Kelly y Carter Lee.

—Veo, mi buen amigo Challenger, que las noticias sobre su muerte eran desmedidas —por un segundo, Kelly creyó ver una sonrisa asomando a los labios de Carter Lee.

El científico no apartaba la mirada del hombre enlutado, ignorando al gigante que apuntaba contra él con un cañón.

«Lillian, ¿dónde te metes?», pensó mientras, discretamente, empezaba a elevar la sombrilla.

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Última estación, la muerte II

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La agente Scarlett Blade miró su reloj de bolsillo. Ya había caído la noche y la alarma de su cinturón no se había activado. Con suerte, eso querría decir que la infiltración de Kelly iba por el buen camino. Ahora le tocaba a ella hacer su trabajo. Con cuidado de no hacer ruido, para no despertar a la otra motorista que viajaba en el vagón, se desproveyó del abrigo y del sombrero, y echó una manta sobre ellos, dejando a la vista el gorro. Ocultos como estaban tras la moto, si la otra se despertaba por casualidad bien podría pensar que su compañera de coche estaba durmiendo.

Con sigilo, se anudó un pañuelo sobre la cabeza, cuidando de remeter toda su melena dorada dentro del mismo, luego tiñó la mitad humana de su rostro con un maquillaje del color de la noche y se colocó el parche de cristal verde de visión nocturna. Tras asegurarse de que era la pistola especial, y no el Colt, la que dormía sobre su cadera, se calzó un guantelete en la mano humana. El guante del mismo era de suave cuero, la antebracera estaba provista de un aparato lanza ganchos.

Lo lanzó contra el techo del coche y luego se dejó elevar por su tracción hasta llegar a la altura de la escotilla. Con agilidad de híbrido, la abrió y se deslizó hasta el exterior del vehículo. En pocos segundos, el coche-cuadra volvió a ser un dormitorio silencioso. Scarlett era una sombra que reptaba sobre el techo del vagón. Lo más difícil vendría cuando llegase al borde. Aún tendría que saltar sobre varios vagones hasta alcanzar la primera clase, donde la esperaban sus dos socias en la vida y en las Sombras.

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Última estación, la muerte I

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El sol reverberaba contra las motocicletas aparcadas frente a La Aguja de Anabelle. Para los visitantes de St. James el local era un simple taller de costura. Pero, como todos los negocios de la ciudad, tenía una cara oculta. Tan secreta como el nombre que daban a la villa sus habitantes: Shadow Town.

Anabelle Clark retrocedió para admirar su último trabajo. Donde menos de una hora antes estuviera una joven vestida con ropas de vaquero, había ahora una elegante viuda, a la que el dolor había robado la juventud y el color de los cabellos. Estos acentuaban el toque macilento de su rostro y aún hacían parecer más negro el atavío de la dama. La prenda era un casto vestido de cuello alto y, cuando llegase el momento de entrar en acción, su tejido especial protegería la vida de su dueña. Al menos, en eso confiaba la costurera.

—El sombrero está demasiado ladeado —murmuró al ver cómo este se inclinaba a la derecha.

La modista se acercó a su cliente y se dispuso a afianzar mejor el alfiler en el moño de la joven, para dar al tocado la estabilidad necesaria. Al hacerlo, las bocas de ambas quedaron a la distancia de un beso.

«Debería besarla», pensó Lillian. No obstante, no hizo ademán de salvar la distancia que la separaba de la hermosa costurera. Pese a que las otras dos ocupantes de la sala conocían sus lazos, la agente seguía sin sentirse cómoda manifestando sus sentimientos hacia Anabelle en público. Y otro tanto sucedía con la modista. Tal vez porque ni ellas comprendían del todo su relación; si las había unido la necesidad de curar dos corazones heridos por la crueldad humana o algo más profundo, oculto en una naturaleza ajena a las leyes y costumbres de los hombres.

—Ya está lista, agente Silver —proclamó la modista, con el mismo tono profesional usado con las otras dos integrantes de la misión.

Agente Silver. No Lillian, ni menos aún Lilly. Anabelle le había puesto dos condiciones cuando decidieron prolongar su relación más allá de una noche. La primera, nada de despedidas. La segunda: «Que sea esta casa la primera que visites cuando regreses de un trabajo».

Hasta ahora Lillian siempre había mantenido ambas promesas; pero el nuevo encargo hacía tambalear su característica seguridad en la buena marcha de sus misiones y en su capacidad para permanecer en la retaguardia mientras su hermana se infiltraba en las filas del objetivo. Se hizo con un elegante bastón y una maletita cercanas y escrutó a sus compañeras. Estaban listas. Scarlett con sus sempiternas ropas de vaquero; Kelly Jane, como una sensual cortesana pelirroja. El Diablo y Las que Cabalgan con el Diablo, las llamaban algunos colegas en secreto, en un mal juego de palabras con el nombre en código de Scarlett. Un equipo perfecto, alérgico a los añadidos. Salvo en esta ocasión. El sheriff Rick Copper Hand volvía al trabajo de campo, después de que una misión le costara la mano cinco años antes. Pero Rick también contaba con el beneplácito de Scarlett; además, su presencia no alteraría la marcha habitual del conjunto, dado que se limitaría a reforzar la imagen de Lillian como viuda adinerada, escoltándola hasta el tren en calidad de chófer particular.

Sí. Estaban listas. Listas para convertirse en tres desconocidas cuando cruzasen las fronteras de Shadow Town; listas para asaltar un tren y acabar con una vida, a cambio, tal vez, de salvar miles. Listas para arriesgar su existencia usando un armamento que Lillian distaba de considerar el idóneo.

—Aún no sé por qué tengo que llevar este maldito estoque —masculló, mirando al bastón. Las armas blancas no eran su especialidad y no entendía qué utilidad podría tener el estoque para cubrir a Kelly Jane si había problemas.

—Una escopeta no es una buena arma para manejarla en un vagón de tren, Lilly. —Scarlett la premió con una mirada irónica de su ojo humano—. Y ya llevas una pistola oculta en la biblia.

La llevaba. Y pensaba ser una viuda muy lectora cuando estuviesen en el tren, pero seguía sin verle utilidad al bastón. O igual el problema estaba simplemente en que Kelly expusiese su vida en primera línea de fuego. Por más que fuesen ya mujeres adultas y pistoleras curtidas, seguía siendo la hermana mayor y no podía librarse del impulso de proteger a la jovial pelirroja.

—¿Alguien más tiene algo que añadir? —preguntó Scarlett. Su mano biónica acariciaba la culata del Colt. Su mirada estaba fija en la siempre risueña Kelly Jane.

—Lista para partir, Diablillo —respondió, como si la responsabilidad que le tocaba en aquella misión no le pesase.

—Bien, señoras, tenemos un tren que asaltar.

La partida

«Otro de esos malditos implantados», pensó el jefe de estación.

El hombre lanzó una mirada despectiva a la nueva pasajera del tren a Sacramento. Viajaba en uno de esos caballos a vapor —una motocicleta, las llamaban— con la caldera humeante. Sus ropas de vaquero estaban manchadas por el humo y el polvo de mil caminos y el sombrero, pese a llevarlo ladeado, no terminaba de ocultar la mitad inhumana de su rostro, cubierta por láminas de un extraño metal negro, desde la que observaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Suba a ese vagón —ordenó señalando a uno de los coches-cuadra, situados en la cola del tren—. No ponga esa maldita caldera en marcha mientras esté dentro.

—Tranquilo, amigo —contestó la vaquera en tono ronco—. Ya no tengo costumbre de volar por los aires —añadió, señalándose el rostro con ademán burlón.

El jefe de estación contuvo un suspiro mientras la veía alejarse. Los malditos implantados siempre daban problemas y hoy había tenido ración doble. Primero, el chófer que había acompañado a una joven viuda para acomodarla en el vagón, un tipo de gesto hosco que había insistido en ser él quien subiese el equipaje de la mujer al coche, y ahora esa maldita vaquera…

—Disculpe, ¿cree que algún mozo podrá ayudarme con mi equipaje?

«Yo mismo» estuvo tentado a decir cuando se encaró con la nueva pasajera. La mujer suponía un dulce cambio frente a sus predecesores. Una diosa pelirroja que enfundaba sus sensuales contornos en un vestido verde. Sus manos jugueteaban con el mango de una sombrilla y una gran maleta descansaba a sus pies. Al jefe de estación no le cabía duda sobre cómo se ganaba la vida aquella belleza. Pero la Munro Railway siempre había tratado bien a las cortesanas.

—Por supuesto, señorita.

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Relato: En Letras Ardientes

 

*Relato publicado originalmente en la antología gratuita Hell or Win, editada por las Pastilla Azul (disponible para su descarga en Lektu) 

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EN LETRAS ARDIENTES

Recuerda, tienes que matarlo en menos 666 palabras, sin ediciones, si no…

Lo sé, lo sé. Llevamos cinco años con este juego. Ya he aprendido a ir al grano —susurró Alice. En el despacho no se oía más voz que la suya, pero seguía sin ser capaz de limitarse a contestar telepáticamente a los pensamientos de Grace.

Exhaló una bocanada de aire y acercó sus dedos al teclado. Pronto las letras ardieron sobre la hoja en blanco.

Handy Joe O´Hara sonrió al adentrarse en su refugio favorito de Nueva York. Los chicos se habían acordado de apostar un Jack O´Lantern en el alféizar de la ventana, con la mirada fija en el exterior. Joe no era creyente, ni menos aún supersticioso, pero en Halloween siempre colocaba su calabaza para espantar a los espíritus de sus víctimas, tal y como su abuelo, verdadero diablo en los días violentos de Hell´s Kitchen, le había ensañado a hacer. Tranquilizado por la presencia de la figura protectora, se llevó un cigarrillo a los labios al tiempo que alargaba la mano hacia el interruptor de la luz, apagada hasta ese momento. Cuando accionó la llave, escuchó un suave clic, pero el apartamento siguió tan en penumbra como antes.

Una puta bombilla fundida. Alguien iba a perder un dedo por eso. Handy no se había ganado el sobrenombre por ser un buen tahúr. Sus víctimas se contaban por manos cortadas, y los fallos de sus hombres, en dedos amputados. Sigue leyendo

Leyendo autoras en octubre I

Algunos conoceréis ya la iniciativa #LeoAutorasOct, gestada a través de Twitter, que busca visibilizar la literatura escrita por mujeres, lanzando el reto dedicar el mes de octubre (y más tiempo si uno lo desea) a leer exclusivamente a autoras. 

Por mi parte, no voy a quejarme si escogéis leer El juego de Lax o alguna otra pieza de mi autoría, pero voy a aprovechar el blog para dar a conocer alguna obra ajena. Hoy  os dejo con cuatro antologías de indiscutible toque fosco. 

Ecos del páramo y otros relatos oscuros

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Ángeles Mora es una escritoria heredera de la tradición gótica, pero con una voz claramente reconocible. Combina a la perfección sutileza, atmósfera y una mala leche muy propia a la hora de dirimir el destino de los personajes. Como autora, he de reconocer que siempre he envidiado esa mezcla de crueldad y elegancia que pueden destilar sus escritos.  Asidua de antologías periódicas como Calabazas en el trastero o la selección resultante del Certamen Polidori, es además una estupenda micorrelatista. Ecos del páramo gustará a todo buen aficionado a la novela gótica y el terror victoriano. 

La antología la podéis pillar a través de la página de la editorial Niebla. 

Entre mundos

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L. G. Morgan es una bruja buena que se mueve con fluidez tanto en el género histórico como en el fantástico. En Entre Mundos encontraréis relatos de ambientación western y otros atmósfera contemporánea; historias de sabor exótico o ambientadas en nuestro pasado reciente.Atmósferas lúgubres, melancólicas, humor negro… Cada una con su propia voz y la vez impregnada de la personalidad de su autora. Si os gustan las ambientaciones bien trabajadas o buscáis historias con personajes femeninos potentes, podéis sumergiros en este viaje Entre Mundos. 

La antología puede conseguirse a través de la página de la editorial Saco de Huesos. 

El príncipe Alberico y la dama Serpiente. 13 historias fantásticas y de fantasmas

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La editorial Valdermar, fiel a su filosofía de recuperar clásicos del fantástico que no siempre son conocidos por el gran publico, nos ofrece una cuidada panorámica de la obra fantástica de Vernon Lee (Violet Paget). A lo largo de estos trece relatos, Lee juega con la mitología, con las religiones (a veces desde una perspectiva burlona), con fantasmas que pueden ser tal cosa o ser reales solo en la imaginación de los protagonistas. Y con la obsesión. Sea esta producida por un retrato, una pieza musical o algún otro elemento, Lee quizá sea una de las autoras que mejor ha sabido aprovechar la fascinación enfermiza dentro del relato fantástico. “Amour Dure”, incluido en este compendio, me sigue pareciendo una obra cumbre del relato fantástico / terrorífico. 

La Eva Fantástica 

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Rematamos con la única antología colectiva de esta entrada La Eva Fantástica es una colección de relatos breves, escritos entre el siglo XIX y parte del XX, que tiene como gran virtud mezclar a autoras emblemáticas del género (como Mary Shelley, Vernon Lee o Shirley Jackson), con otras que se acercaron con menos frecuencia al relato fantástico o no habían sido previamente traducidas al castellano. Una selección sólida, llena de pequeñas gemas que, de otro modo, habría sido casi imposible leer, contiene entre sus páginas “La Lotería”, primer relato fantástico escrito por Shirey Jackson y una de las obras más singulares de su autora.