Relato Gratuito: El último mutis

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Buenos días. Hoy vuelvo a recuperar una histora que estaba navegando en el limbo, para ofrecerla en descarga gratuita en formato epub. Se trata de “El último mutis”, un relato protagonizado por Arcángel (o más bien por su alter ego en la vida civil, Joan Wang). Es una historia con aroma a pulp clásico y toques negros, dónde la protagonista se deberá enfrentar a un dilema.

¿Cómo actuar cuando sospecha que puede estar en peligro la vida de la mujer a quien ama y ella no dispone ni del disfraz que usa en su labor como vigilante ni de sus armas? 

La respuesta, está a un golpe de clic, entre las páginas virtuales del relato. Pero si os apetece saber algo más de Arcángel antes de leer la historia, podéis continuar leyendo esta entrada. 

DESCARGAR RELATO GRATIS

 

¿Quién es Arcángel?

  • Arcángel es Joan Wang, una joven criada para ser una guerrera implacable y una asesina sin escrúpulos al servicio de su padre. Creció en un lugar llamado Zaresh, antigua cuna de guerreros honorables que poco a poco se fue corrompiendo. 
  • Durante años tres máximas guiaron su vida. Máxima obediencia a su amo, no dejarse gobernar por los sentimientos, servir a su señor y a su pueblo con todas sus armas. 
  • Pero Joan desarrolló su propio albedrío y con el tiempo sus propios principios. Eso la llevó al exilio a Nueva York, a ser repudiada por su padre y, con el tiempo, a convertirse en Arcángel, la guardiana de la ciudad. 
  • Pese a haberse consagrando al Bien, Joan vive con miedo a volver a convertirse en una asesina sin escrúpulos.  Por eso tiene una fuerte dependencia emocional de Emily, su pareja. Además de ser una aliada y colaboradora con múltiples talentos, para Joan, Emily es su ancla con la humanidad. 
  • Como Arcángel es una guerra con múltiples recursos, pues al entrenamiento de Zaresh, que le permitió dominar el combate cuerpo a cuerpo o las armas blancas, añadió el manejo de armas de fuego gracias a Emily. No obstante, su complexión la limita a veces a la hora de usar herramientas pesadas. 

Y… Arcángel aún es más que esto, pero creo que para familiarizarse con el personaje vale con estas notas. 

Disfrutad de la lectura, si os decidís a haceros con el relato y os recuerdo que hay más material a coste cero en la sección de descargas gratuitas del blog. 

 

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Relato: En Letras Ardientes

 

*Relato publicado originalmente en la antología gratuita Hell or Win, editada por las Pastilla Azul (disponible para su descarga en Lektu) 

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EN LETRAS ARDIENTES

Recuerda, tienes que matarlo en menos 666 palabras, sin ediciones, si no…

Lo sé, lo sé. Llevamos cinco años con este juego. Ya he aprendido a ir al grano —susurró Alice. En el despacho no se oía más voz que la suya, pero seguía sin ser capaz de limitarse a contestar telepáticamente a los pensamientos de Grace.

Exhaló una bocanada de aire y acercó sus dedos al teclado. Pronto las letras ardieron sobre la hoja en blanco.

Handy Joe O´Hara sonrió al adentrarse en su refugio favorito de Nueva York. Los chicos se habían acordado de apostar un Jack O´Lantern en el alféizar de la ventana, con la mirada fija en el exterior. Joe no era creyente, ni menos aún supersticioso, pero en Halloween siempre colocaba su calabaza para espantar a los espíritus de sus víctimas, tal y como su abuelo, verdadero diablo en los días violentos de Hell´s Kitchen, le había ensañado a hacer. Tranquilizado por la presencia de la figura protectora, se llevó un cigarrillo a los labios al tiempo que alargaba la mano hacia el interruptor de la luz, apagada hasta ese momento. Cuando accionó la llave, escuchó un suave clic, pero el apartamento siguió tan en penumbra como antes.

Una puta bombilla fundida. Alguien iba a perder un dedo por eso. Handy no se había ganado el sobrenombre por ser un buen tahúr. Sus víctimas se contaban por manos cortadas, y los fallos de sus hombres, en dedos amputados. Sigue leyendo

Leyendo autoras en octubre I

Algunos conoceréis ya la iniciativa #LeoAutorasOct, gestada a través de Twitter, que busca visibilizar la literatura escrita por mujeres, lanzando el reto dedicar el mes de octubre (y más tiempo si uno lo desea) a leer exclusivamente a autoras. 

Por mi parte, no voy a quejarme si escogéis leer El juego de Lax o alguna otra pieza de mi autoría, pero voy a aprovechar el blog para dar a conocer alguna obra ajena. Hoy  os dejo con cuatro antologías de indiscutible toque fosco. 

Ecos del páramo y otros relatos oscuros

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Ángeles Mora es una escritoria heredera de la tradición gótica, pero con una voz claramente reconocible. Combina a la perfección sutileza, atmósfera y una mala leche muy propia a la hora de dirimir el destino de los personajes. Como autora, he de reconocer que siempre he envidiado esa mezcla de crueldad y elegancia que pueden destilar sus escritos.  Asidua de antologías periódicas como Calabazas en el trastero o la selección resultante del Certamen Polidori, es además una estupenda micorrelatista. Ecos del páramo gustará a todo buen aficionado a la novela gótica y el terror victoriano. 

La antología la podéis pillar a través de la página de la editorial Niebla. 

Entre mundos

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L. G. Morgan es una bruja buena que se mueve con fluidez tanto en el género histórico como en el fantástico. En Entre Mundos encontraréis relatos de ambientación western y otros atmósfera contemporánea; historias de sabor exótico o ambientadas en nuestro pasado reciente.Atmósferas lúgubres, melancólicas, humor negro… Cada una con su propia voz y la vez impregnada de la personalidad de su autora. Si os gustan las ambientaciones bien trabajadas o buscáis historias con personajes femeninos potentes, podéis sumergiros en este viaje Entre Mundos. 

La antología puede conseguirse a través de la página de la editorial Saco de Huesos. 

El príncipe Alberico y la dama Serpiente. 13 historias fantásticas y de fantasmas

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La editorial Valdermar, fiel a su filosofía de recuperar clásicos del fantástico que no siempre son conocidos por el gran publico, nos ofrece una cuidada panorámica de la obra fantástica de Vernon Lee (Violet Paget). A lo largo de estos trece relatos, Lee juega con la mitología, con las religiones (a veces desde una perspectiva burlona), con fantasmas que pueden ser tal cosa o ser reales solo en la imaginación de los protagonistas. Y con la obsesión. Sea esta producida por un retrato, una pieza musical o algún otro elemento, Lee quizá sea una de las autoras que mejor ha sabido aprovechar la fascinación enfermiza dentro del relato fantástico. “Amour Dure”, incluido en este compendio, me sigue pareciendo una obra cumbre del relato fantástico / terrorífico. 

La Eva Fantástica 

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Rematamos con la única antología colectiva de esta entrada La Eva Fantástica es una colección de relatos breves, escritos entre el siglo XIX y parte del XX, que tiene como gran virtud mezclar a autoras emblemáticas del género (como Mary Shelley, Vernon Lee o Shirley Jackson), con otras que se acercaron con menos frecuencia al relato fantástico o no habían sido previamente traducidas al castellano. Una selección sólida, llena de pequeñas gemas que, de otro modo, habría sido casi imposible leer, contiene entre sus páginas “La Lotería”, primer relato fantástico escrito por Shirey Jackson y una de las obras más singulares de su autora. 

Con la sangre del inocente, regresarán. Segunda parte

Con la sangre del inocente, regresarán

Parte II

La catedral de la torre y media. Así se conocía tanto dentro como fuera de la región al templo más importante de la ciudad. Erigida en la Edad Media sobre los restos de una iglesia románica, se decía que bajo ella aún se escondían los restos de un primer lugar de culto de origen pagano. Aunque los expertos habían descartado tal teoría, calificándola de «Magufada para atraer turistas esotéricos». Tampoco parecían encontrar los sabios explicación al destino de la torre izquierda. Un siglo antes, parte de sus cimientos habían cedido un día de jueves santo; en al menos dos ocasiones registradas, un rayo había destruido la aguja y parte de la cubierta. Sus muros estaban recorridos por infinidad de cicatrices y su estado había animado al arzobispado a prohibir visitarla.

¿Había lugar más lógico para albergar el mal? Ángeles lo dudaba. Avanzó, junto a un puñado de iguales, hacia el lateral de la torre, una callejuela estrecha y oscura que ni siquiera oía a meados de fin de semana. Pegado a la torre, languidecía un mísero montón de hierbajos, antaño llamado jardín. La verja que lo custodiaba estaba abierta y un montón de tierra se acumulaba al lado de una trampilla redonda. El interior de la misma estaba decorado con relieves escapados de su peor pesadilla.

Mientras descendía por los estrechos escalones en espiral, podía sentir un manto oscuro rodeándola, vertiendo sanguinarias palabras de tentación en sus oídos, para luego permear su corazón. Con cuidado, sumergió la diestra en el bolsillo del gabán y cerró los dedos en torno al medallón. Sintió las runas clavándose en su piel como un hierro encendido, contuvo un gemido, mientras sentía cómo su propia voz le recordaba su misión de esa noche.

Pero no erradicaba por completo al lado sombrío que le permitía mezclarse entre aquellos seres.

Notaba la amenaza de la oscuridad mientras dejaba atrás las escaleras y recorría el estrecho pasillo iluminado por teas y decorado con relieves de seres espantosos, humanoides deformes con rostro de bestia y dientes afilados; lagartos alados devoradores de niños, krakens…

Los dioses malignos primigenios. Los que fueron encerrados cuando la sangre de su elegido corrió sobre el sello de Erthera, antes de que sus seguidores crucificasen al primer cazador de monstruos, llamado Jesús por los cristianos. Podía sentir sus palabras, sus susurros tentadores, como si supiesen que su corazón estaba en esos momentos a medio camino entre la Oscuridad y la Luz, entre el Caos y Equilibrio, entre Erthera y sus hijos y Lodaroch. Su mano volvió a atrapar el medallón, sin apretarlo demasiado por temor a que la carne llegase a quemarse y a delatar con su aroma la dualidad de su alma.

Cuando por fin accedió al lugar del sacrificio, se vio invadida por una sensación a medio camino entre el horror y la complacencia. Tras un mar de figuras embozadas, un hombre pendía del techo con los brazos en cruz; en otras circunstancias, podría haber resultado atractivo, pues era fuerte, sin ser excesivamente musculado; su cabello castaño oscuro ligeramente ondulado y la barba bien cuidada le daban un aire varonil al estilo de los héroes de las novelas pulp. Por desgracia, toda esa apostura se ahogaba en la expresión de horror de su mirada, en los besos de fusta abiertos en su pecho.

Aquel hombre era la puerta y la llave para el resurgir de Erthera y sus hijos, guiados por la mano de un nuevo elegido.

Ángeles pensaba en todo eso, mientras sus labios se unían al canto en honor de los viejos dioses. En lo más profundo de su corazón, aún sentía la voz de su verdadero señor, intentando guiarla por el camino de la luz y el Equilibrio. Sus palabras eran un eco distante, ahogado por una neblina oscura.

«Que mi tozudez me guíe por el camino del bien», se recordó. No era una acólita, sino una profesora universitaria capaz de romper los corazones de sus alumnos; también una cazadora de monstruos. La herramienta del bien, no la esclava del mal, se recordaba, entonando aún el canto, mientras veía cómo el líder de los cultistas desenvainaba un cuchillo, oculto bajo su túnica.

El golpe del silencio fue peor que el de los látigos. Aquellos solo hablaban de dolor; el mutismo gritaba «¡muerte!». Y lo siguió susurrando sin palabras durante una torturante eternidad. Los arroyos de sangre lamían con macabra calidez el cuerpo petrificado de Luis. Solo sus párpados parecían conservar la vida; traicioneros, pugnaban por abrirse y privarle del efímero consuelo de no contemplar a sus verdugos. Dos rendijas se abrieron para obligarlo a entrever el brillo de un largo cuchillo con un mango pura filigrana infernal. Los seis engendros que lo flagelaran se situaban ahora en el perímetro del ojo de piedra. Más allá, la marea negra e inmóvil, tan silenciosa como solemne, lo atrapó bajo su hechizo. Deseaba apartar la mirada de los acólitos, pero era incapaz de obligar a su cabeza a girarse o de cerrar aquellos párpados traidores.

De pronto, los embozados descruzaron los brazos del pecho, las manos emergieron de las mangas de las túnicas, pálidas, escamosas, rojas, deformadas… todas por completo inhumanas. Como un solo ser de cromatismo oscilante, se alzaron con las palmas vueltas hacia el calvario, los dedos extendidos, por encima de los hombros de sus compañeros, formando un paisaje más siniestro que un bosque de empalados. Un nuevo susurro comenzó a mecer la estancia mientras el miedo obligaba a los párpados de Luis a separarse un poco más. El líder de los dementes avanzó hacia el centro del círculo de piedra, con una mueca satisfecha deformando aún más su rostro monstruoso. Alzó el cuchillo sobre su cabeza, antes de depositar un beso en la hoja.

—Que la sangre del hijo de la ramera sagrada despierte a nuestra señora Erthera, para que, así, ella y sus hijos impongan su reinado sobre la Tierra.

La hoja curva comenzó a abrir un surco vertical en el pecho de Luis, mientras el canto se iba haciendo más frenético, también, aunque eso podía ser ilusión de sus sentidos, el suelo de la celda semejaba vibrar bajo los golpes de una fuerza desconocida. Los ojos del hombre tuvieron la misericordia de cerrarse, al tiempo que la lluvia carmesí caía sobre el suelo y el cuchillo proseguía su lento descenso. Dos lágrimas solitarias se escaparon en perfecta sincronía por el rabillo de cada uno de sus ojos. Casi podía sentir el beso pútrido de la muerte.

El estallido del caos.

O tal vez el tronar de una pistola.

Luis no podía saber qué fue lo primero, si fue el disparo, el sentir cómo la hoja del cuchillo dejaba de horadar su pecho o si abrió primero los ojos, pero, de pronto, todo habia cambiado. Los encapuchados se habían convertido en una marea embravecida que centraba sus embates contra algún punto cercano a la entrada del recinto. El terror deformaba el rostro de su líder, que alternaba su mirada entre el cuchillo caído en el suelo y su mano ensangrentada. Olvidados tal vez sus látigos, los engendros del perímetro arquearon sus piernas y engarfiaron sus manos, como fieras aterradas dispuestas a abalanzarse sobre su presa. El torturado no tardó en descubrir la razón del pánico. Una figura cortaba la marea negra como un moderno Moisés armado con dos cuchillos que más parecían cortas cimitarras. Como si fuesen piezas de dominó, los acólitos iban cayendo bajo el acero de aquella guerrera, siniestra y sensual a un tiempo, que avanzaba hacía el altar con una fuerza inexorable.

Aunque tal vez no fuese lo bastante rápida.

El líder había recuperado el cuchillo ritual y sonreía con expresión triunfante. Al menos hizo tal cosa hasta que su mirada se desvió hacia el suelo. Allí a pocos centímetros del punto donde la sangre de Luis teñía de carmesí el iris del gran ojo, se extendía una pequeña laguna rojiza, alimentada por la herida del monstruo. Este, para sorpresa de Luis, recuperó su capa y tras rasgarla y vendar su brazo, procedió a desecar aquel pequeño depósito de sangre corrompida; mientras tanto, la vida de su torturado seguía lloviendo sobre otros puntos del sello. Cuando el líder cultista arrojó a un lado la improvisada bayeta, un pequeño agujero habia comenzado a abrirse en el centro del relieve, desvelando un pozo de oscuridad en el que reverberaba el eco de unos gruñidos.

Luis desvió la mirada hacia su salvadora. La guerrera parecía alejarse más del altar a medida que avanzaba. Una risa festejante retumbó en la mazmorra, mientras el hueco se iba ensanchando. El supremo sacerdote se alejó el círculo y se apostó en una de las esquinas de la estancia, la mano en torno a una palanca que no llegó a accionar. Eso no era un consuelo. Un tentáculo se escapó del pozo y se cernió en torno a la pierna derecha del sacrificado; tiró. El joven gritó mientras sus hombros gemían de dolor y su mirada se cruzaba con la de su salvadora, congelando el tiempo durante unos instantes.

El agujero era ya tan grande como para dejar pasar el cuerpo de un hombre o para envolver a este con un aliento de fiera hambrienta. El sacerdote oscuro accionó la palanca. Luis sintió cómo los grilletes dejaban de sujetar sus muñecas. Durante unos segundos el tiempo se convirtió en una danza caprichosa, estirándose y encogiéndose como el fuelle del acordeón de un músico embriagado. El joven se sintió flotar en el aire, un tirón, vio a la desconocida alzar la mirada en su dirección, dos embozados saliendo despedidos en una aspersión de sangre. Sintió la negrura del pozo lamiendo las plantas de sus pies un segundo antes de que el tentáculo desasiese su pierna y algo golpease contra su pecho; dos antes de caer, semiaturdido, contra una esquina de la mazmorra.

A través de un velo, contempló el rostro monstruoso y sensual de su salvadora, tan ensangrentado como su propio torso, mientras un coro de gruñidos y maldiciones los rodeaba desde la distancia.

—¿Ja… Jane? —preguntó por alguna extraña jugarreta de su mente.

—Te equivocas de chica, Tarzán —la guerrera lanzó algo contra su pecho, un medallón.

Mientras lo tomaba entre sus dedos insensibles, Luis vio que la palma de la mano de la mujer parecía quemada.

—Ponte eso al cuello para espantar a los trolls.

Dicho aquello, se lanzó como una exhalación contra el líder sectario. Los dos se enzarzaron en una pelea de manos desnudas mientras los acólitos supervivientes, menos de media docena, se acercaban a Luis. Sin atacarlo, cada vez lo intentaban, el talismán que sostenía en sus manos temblorosas los hacía retroceder. Mientras tanto el suelo no dejaba de temblar, en medio de un eco de gritos y gruñidos. Desde su refugio podía ver cómo los dos luchadores habían caído al suelo y rodaban por este muy cerca del agujero, que parecía haber detenido su crecimiento. En dos ocasiones el tentáculo, herido por un cuchillo, intentó cerrarse sobre los contendientes, pero se apartó de ellos con la misma celeridad que si hubiesen recibido una descarga eléctrica. Las garras del sacerdote oscuro apretaban el cuello de la mujer mientras esta hacía débiles intentos de apartarlo. ¿Seria ese el fin?

Tal vez él no llegaría a saberlo; sus brazos iban bajando poco a poco, sus párpados se cerraban para abrirse de golpe y ver a los embozados más próximos y menos asustados del medallón. Ya sentía unos dedos gomosos rozando sus piernas cuando el grito lo hizo despertarse. Como en un sueño, vio el cuerpo del líder de los acólitos planear por encima de la mujer y caer en el pozo, para recibir el mortífero abrazo de sus señores.

Los temblores se hicieron más intensos, llovieron los cascotes que, por algún milagro no lo hirieron a él ni a la guerrera, que rodaba lejos del pozo. Los embozados cayeron al suelo entre convulsiones…

Y la negrura le dio un beso de buenas noches.

Lo siguiente que percibió fue un fuerte golpe en la nuca. La sala había dejado de temblar y el pozo había vuelto a cerrarse, los cuerpos de los demonios alfombraban en suelo y él estaba envuelto en una de sus capas.

—No vayas a morirte ahora, Tarzán —susurró la mujer, antes de alzarlo con una fuerza sorprendente.

Sin ser incapaz de decir nada, se vio colocado como un saco de patatas sobre el hombro de su salvadora. Antes de abandonar el cuarto, ella dirigió una mirada al suelo; nadie podría imaginarse que, minutos antes, allí se había abierto una puerta hacia Dios sabía qué horrores arcanos.

—Esperemos que esta vez esté cerrado para siempre —la oyó murmurar, antes de volver a sumirse en un tranquilizador letargo.

***

Luis caminaba nervioso delante de la librería, mientras esperaba a que el último descubrimiento de la literatura de terror terminase de estampar deseos de pesadillas felices a los integrantes de su séquito de admiradores. Hasta hacia media hora larga, él era uno más en la presentación, un hombre solitario entre veinteañeros rendidos al talento y la belleza de una profesora universitaria. Era esta la culpable de haber aunado cristianismo con los mitos de Cthulhu, creando un peculiar combinado tildado por sus detractores como Jesucristo Cazachopitos. Sin embargo, se había marchado del local antes de empezar la sesión de firmas, no por timidez a la hora de solicitar una rúbrica, sino por miedo al encuentro con aquella mujer tan fascinante como letal. Había llegado al libro por casualidad, pero, en apenas unas páginas, había descubierto la realidad oculta tras la ficción, verdades sobre lo que le había ocurrido más de un año y medio antes, corroborando la inexistencia de una ilusión provocada por alguna droga inyectada en sus venas por una pandilla de locos. Las fotos de la autora habían alejado toda duda de su alma, aunque, una cosa era cierta: estaba mucho más guapa sin medio cuerpo cubierto de escamas.

Aún nervioso, acarició la medalla de la que rara vez se separaba. Era una reproducción en miniatura del medallón que espantara a los embozados en la noche de los horrores. Le había llegado a su casa, a través una dirección de Toledo en la nadie vivía desde hacía décadas, según descubriría semanas después. Pese al misterio que rodeaba su llegada, rara vez se separaba de él; sobre todo, en cuando sentía el aire impregnado de fuerzas extrañas. El medallón lo tranquilizaba, sí, pero necesitaba algo más para alejar a las pesadillas, a la incertidumbre… Y tal vez su «amiga» Ángeles tuviese la llave.

Estaba a punto de ceder al miedo y alejarse de la tienda cuando la vio salir. Sus miradas se cruzaron y congelaron el tiempo por segunda vez en esa existencia. Sin ser consciente de haberse movido, tendió en libro en dirección a su salvadora.

—No busco un autógrafo —tartamudeó al ver que ella hacía ademán de sacar algo del bolso—, sino entender.

Durante unos segundos, Luis se limitó a empequeñecerse bajo el peso de dos azabaches de mirada profunda e inconmovible.

—A veces es más seguro creer en las alucinaciones, en acuíferos que provocan corrimientos de tierra bajo una sola torre de la catedral y en que los libros —dijo señalando el volumen que él sostenía en la mano— son meras ficciones.

Era lo más fácil, sí. Los diarios habían dejado de preocuparse por la secta de narcochalados que lo secuestrara, torturara, y drogara, al igual que su familia; el arzobispado nada sabía, al menos oficialmente, de templos esotéricos, acólitos muertos ni monstruos enterrados en los cimientos de la iglesia. Las ficciones, ficciones eran…

—Me temo que yo era el niño que hartaba a los profesores a fuerza de preguntar «¿Por qué?» a todo lo que nos decían.

La escritora lo miró con gesto de irónico antes de invitarlo a caminar con un gesto de cabeza.

—A partir de ahora te tocará cabrear a seres mucho más cabrones.

 

Relato: Con la sangre del inocente, regresarán. Primera Parte

Relato publicado originalmente en el Especial Vuelo de Cuervos, semana santa 2015.

Con la sangre del inocente, regresarán

No era frío, más bien era como si alguien hubiese sorbido todo el calor de su cuerpo. No recordaba qué le había sucedido, ni era capaz de imaginarse dónde podía estar. Solo tenía claro que no podía moverse, que sus pies no tocaban el suelo y el dolor se adueñaba de sus brazos abiertos en cruz. Su cuerpo desnudo estaba perlado de miedo; sus párpados, soldados por la angustia. Por una vez, le susurraba una vocecilla, la incertidumbre podría ser preferible al conocimiento.

Por desgracia para él, desde hacía unos segundos notaba un calor próximo a la piel, ascendiendo en dirección a su rostro; cuando la escalada culminó, Luis apenas tardó unos segundos en abrir los ojos. Solo invirtió uno en desear no haberlo hecho. El calor provenía de una tea sujetada por un embozado. El desconocido permaneció unos minutos mirándolo, sin decir nada; sin embargo, el prisionero percibía su complacencia. Al poco, el encapuchado se alejó. Sus pies no sacaban eco alguno en los muros de la mazmorra.

***

«¿Qué pasa por tu tierra? ¿Habéis sacado de paseo a la Terza Madre?»

Ángeles cerró Facebook sin llegar a contestar al mensaje; jocoso o no, el comentario resultaba muy acertado, tal vez demasiado. Tomó por enésima vez una colección de recortes de periódico que pocos asociarían con una historiadora y profesora universitaria. Niños ahogados, suicidios, atracos que culminaban en masacres, la violación, crucifixión y asesinato de una estudiante de medicina con pintas de animadora… Todo había sucedido en menos de una semana y, para la gente, era una simple muestra de la demencia que impregnaba a toda la sociedad.

Para ella era la manifestación de una amenaza más peligrosa que la Mater Lacrymarun de la película de Argento. Y, por desgracia, no tenía claro si sería capaz de detenerla. Había perdido demasiado tiempo en escaramuzas, evitando que más sangre llenase los titulares de los periódicos, en lugar de estudiar las pistas, las señales de que nada era casual, sino el preludio del renacimiento de un mal primigenio. Los seguidores del poder oscuro se habían hecho con una presa adecuada, estaba segura, y, si no se lo impedía, esa noche de jueves santo abrirían las puertas de la destrucción.

Caminó silenciosa hasta la ventana. Entre sus alumnos tenía fama de mujer atractiva, seductora incluso. Esa noche, el rostro moreno que la hacía merecedora del apodo de «La Mora» estaba pálido, deformado por una mueca de tensión. Podía sentir el mal impregnando la ciudad, rodeándola, aunque no pudiese identificarla como a su enemiga. Si salía a la calle como su verdadero ser, estaría muerta tal vez antes de llegar al lugar del sacrificio… Y si se ocultaba de ellos corría el riesgo de perder su propia alma.

¿Cómo debería actuar?

—La respuesta es sencilla, ¿no crees, Ángeles? —murmuró por lo bajo—. ¿O tienes que darte una de tus collejas para espabilar?

No fue necesario recurrir a la artillería pesada. A sus labios había asomado una sonrisa decidida, un punto maliciosa; la de una cazadora incapaz de decir «no» a cualquier reto, por arriesgado que fuese. Su mirada se cruzó con una de las estatuillas foscas distribuidas por los escasos huecos libres de la biblioteca. Representaba a un ser de piel rojiza cuarteada, desprovisto de genitales; su rostro alargado apenas mostraba una hendidura horizontal allí donde estaba la boca y dos estrechas ventanas para representar unos ojos entrecerrados. Nariz y orejas eran meros orificios y los cabellos un mar de cortas espinas del que emergían dos pequeños cuernos retorcidos. Nunca despertaba la atención de nadie, pero era la pieza más singular de toda la colección.

Ángeles colocó la figura en el centro de la mesa baja situada frente al sofá; un mueble antiguo, tallado con toscos dibujos geométricos, marcado por las cicatrices de viejos ataques de polilla. Se alzaba como un bloque carente de cajones o estantes sobre cuatro patas cortas y gruesas y el comentario más halagüeño que despertaba era: «¿Cómo no te deshaces de esta mierda?».

Algunas «mierdas» resultaban muy útiles. Sus dedos tentaron una figura compuesta por tres hexágonos concéntricos; acarició una de las caras del situado en la parte interior; estaba un poco torcida, como si el torpe tallista se hubiese desviado. La madera cedió bajo la presión; con gesto experto, la mujer giró un cuarto de vuelta hacia la derecha, luego media hacia la izquierda. El cuadrante se desplazó dejando a la vista un medallón broncíneo, decorado con una escritura rúnica indescifrable para cualquier experto, y una copa de idéntica tonalidad. Colocó el primero a los pies de la estatua; la segunda a su diestra. Dejó abierto el compartimento secreto, cerró los ojos y alargó los brazos, de tal forma que los dedos de las manos, salvo los pulgares, acariciaban las runas del medallón.

Sus labios no tardaron en entonar un canto de invocación tan antiguo como la propia humanidad.

Ya no sentía frío, solo parálisis, un sopor que no lograba convertirse en sueño y terror; sobre todo, terror. Hacía unos minutos, media docena de encapuchados habían colgado teas encendidas en los soportes de la pared. Ahora volvía estar solo, pero ya no lo rodeaba un manto de oscuridad; podía ver su prisión, aunque fuese entre sombras. Las paredes desprovistas de ventanas, el techo bajo, las pinturas monocromas de seres aberrantes que decoraban los muros. Y sobre todo, a pocos metros de donde él estaba crucificado, veía el sello, un ojo ciclópeo que se abría en el suelo clavándole una mirada capaz de devorar su alma.

Luis cerró los párpados, pero aun así seguía percibiendo aquella pupila pétrea escrutándolo, prometiéndole una muerte lenta y dolorosa.

Frente a ella, detrás de la mesa, se elevaba la versión real de la estatuilla; su respiración era suave, sin embargo, llenaba toda la habitación; sus ojos llameaban como dos ascuas cargadas de autoridad.

Lodaroch, guardián del Equilibrio. Su patrón.

—El mal acecha próximo a despertarse —susurró—. La sangre lo encerró cuando su elegido fue destruido por Jesús durante la Eucaristía. Ahora la sangre de un inocente puede de nuevo despertarle.

Ángeles contuvo las ganas de decirle que contase alguna novedad, que no se dedicaba a molestar a divinidades para tomarse unas cañas y una tapita de ibérico.

— Lo sé, mi señor, por eso os he invocado.

—El precio puede ser elevado. Este es un mal al que solo se puede destruir hermanándose con el mal.

—¿Alguna vez he dicho que «no» a un reto por complicado que fuese? —contraatacó, sin ocultar el sarcasmo.

Una risa sepulcral sacudió la estancia con la fuerza y la brevedad de un golpe de fusta.

—Así sea. Que la fuerza de tu espíritu te guíe en tu lucha, por la senda del Equilibrio.

El dios elevó los brazos en línea con la copa situada al lado de su figura, con las palmas vueltas hacía arriba mientras sus labios susurraban una extraña letanía. Pronto algo en la copa empezó a burbujear; era un líquido oscuro y denso. Su aroma desagradable tenía un ligero toque a azufre, pero Ángeles no arrugó la nariz ni apartó la mirada impasible del ser al que habia invocado.

Nada más terminar su canto, el dios colocó los brazos paralelos al cuerpo y se quedó tan inmóvil como la estatuilla que lo representaba. Ángeles tomó la copa he hizo ademán de brindar.

—Que mi tozudez me mantenga en el lado de los buenos —rio antes de acercar la copa a los labios.

Cuando iba a apurar la bebida, la mujer creyó sorprender una sonrisa asomando a los finísimos labios de Lodaroch. Pronto dejó de verla o de percibir cualquier otro detalle de su salón-despacho. Nada más catar el primer sorbo de brebaje, todos sus sentidos quedaron atrapados por este. Sentía la más profunda amargura extendiéndose por su paladar, el azufre apoderándose de su olfato; un ejército de sombras oscilantes se colaba bajo sus párpados, al son de una marcha de tambores. Pero nada era comparable al dolor; una mano le revolvía las entrañas, mientras otra le apretaba el corazón; su piel ardía… Ángeles cayó al suelo entre convulsiones, mientras su cuerpo parecía estirarse, retorcerse, mutar.

—No me gustan las transformaciones —jadeó mientras se incorporaba a cuatro patas—, no me gustan nada.

Y aún no había contemplado su nuevo aspecto en el espejo de su dormitorio. Una piel escamosa, de un tono azul grisáceo se entreveía por el escote de su camisa negra; también se apoderaba de la mitad derecha de su rostro, convirtiendo la expresión de su boca torcida en una mueca cruel. El cabello negro no habia mutado y, sin embargo, en lugar de una seductora cascada azabache, semejaba un manto de maldad. Sus manos no habían perdido la fisonomía humana; sin embargo, sus dedos parecían más delgados y paradójicamente más fuertes, además de estar rematados en garras. No podía ver sus piernas, pero también habían cambiado, ahora eran más potentes y rápidas.

Ahora era parte del mal y su peor enemigo. Sin embargo, aún no estaba lista. Iba a necesitar más armas que la fuerza de su nuevo cuerpo. Cogió una cazadora de piel del armario y regresó al salón. Tras abrir un nuevo compartimento secreto de la mesa de centro, se colocó una sobaquera con una automática pavonada del .38; en el cinturón, colgó dos largos cuchillos curvos envainados. Por último, deslizó el medallón en uno de los bolsos de la chaqueta. Las armas blancas estaban forjadas en plata, también las balas eran de ese material. El metal sagrado repelía a los horrores primigenios.

Cuando salió a la calle, algunas figuras oscuras se unieron a su paseo. Llegó a cruzarse con algunas personas normales, pero ninguna dio señales de ver nada extraño ni en ella ni en el resto de criaturas oscuras.

R´ste Oh, Erthera, Spirac dag farhed

Aquel canto extraño e indescifrable llenaba la estancia desde hacía varios minutos. Provenía de las gargantas de decenas de encapuchados que humillaban sus testas con reverencia, en dirección al calvario y al encapuchado situado al lado de este.

De pronto, el canto se detuvo, permitiendo oír un chirrido de poleas. Poco después descendía ante sus ojos una barra horizontal equipada con grilletes. A un gesto del líder, dos embozados se apresuraron a abrir las esposas que habían asegurado al prisionero al crucero. Habría sido un buen momento para intentar luchar; por desgracia sus brazos eran pesados apéndices sin fuerza y solo se movían bajo la presión de la voluntad ajena. Al poco, se encontró colgando sobre el suelo con los brazos en cruz. Las poleas volvieron a chirriar; como en la peor de las pesadillas Luis se vio elevado en el aire y desplazado hacia el centro del sello que llamara su atención.

Seis embozados de la primera fila se desprendieron de sus capas; Luis sintió cómo el miedo se congelaba en su garganta. Los cultistas bien podían recibir el nombre de demonios o el de mutantes. Los rostros de algunos estaban cubiertos de escamas; los de otros deformados por quemaduras de carne replegada; sus miradas estaban sedientas de sangre; sus manos, rematadas garras. Nada de eso despertaba el mayor de sus horrores, sino los largos látigos que portaban al cinto.

A una orden de su amo, todos tomaron las fustas.

Cuando el primer látigo restalló contra su torso, el grito se escapó de la garganta de Luis. Sus nuevas muestras de dolor quedaron enmudecidas por un nuevo canto.

En el pozo se escuchaba un susurro; el de un mal dispuesto a despertar.

Relato navideño: “Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar” I.

Relato publicado originalmente en el Especial Navidad 2014, de Vuelo de Cuervos. 

 

***

 

Sácate la ropa, María, que te voy a empitonar

 

Lamento tener que tenerle atado, pero hemos comprobado que es lo mejor para dar la bienvenida a los guardias nuevos.

Las palabras resonaban cual eco de ultratumba en la sala de control. Amordazado y atado a la silla giratoria, temblaba un vigilante jurado, de unos treinta años; su camisa estaba abierta y dos arroyuelos de sangre paralelos discurrían por su pecho. A su lado se relamía el mismísimo San José.

No se preocupe, se acostumbrará a esto. Todos lo hacen. Además, los chicos buenos siempre tienen sus privilegios —sonrió.

La mirada del aterrorizado vigilante estaba clavada en una de las pantallas; mostraba un ascensor cuya única ocupante era una muchacha de gesto cansado y belleza etérea, cargada con una pesada mochila. Los otros monitores permanecían a oscuras, pero pronto mostrarían un lugar desconocido para quienes no compartían los secretos del Centro Comercial La Cigua.

Ya se ha bajado del ascensor. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estaba en un piso distinto. No tiene por qué hacerlo, bien es cierto. Ella pulsó el botón del parking cero, fui yo quien la mandó al laberinto. ¿Vio cuando presioné antes un botón del panel de control? ¿No? Bueno, ya se lo enseñaré más adelante, a veces tendrá que ser usted quien desvíe a alguna víctima al laberinto. Pero ahora, mejor me dejo de cháchara. Disfrutemos del espectáculo.

Carla se detuvo al salir de la zona de ascensores. No estaba en el parking, al menos no en el que ella había dejado el coche. Este también estaba identificado con líneas rojas, pero parecía mucho más pequeño y, además, estaba vacío. A no ser que alguien hubiese tenido la extraña idea de robar un Ibiza que parecía haber sufrido un par de guerras y una tormenta de arena. Sería la culminación perfecta a un día de mierda. Le habían pagado bien por hacer de Virgen María en aquel belén viviente, bien era cierto, pero la atmósfera del centro comercial (la mayor aberración arquitectónica del Principado desde la Ñocla que Calatrava diseñara para Oviedo), era casi tan deprimente como la de un tanatorio. Además estaba el tipo raro que había hecho de buey; no se había quitado la máscara en todo el tiempo. Tampoco había cruzado palabra con nadie. San José le había explicado que era un actor de método, pero a ella le había parecido un puto tarado.

En fin, fuera que se había confundido de planta, fuera que le habían robado la tartana, todo se solucionaba regresando al ascensor. Al dar vuelta atrás se encontró con una sorpresa. La puerta estaba cerrada y no se abría por más que ella presionase o accionase la manilla.

«¡Cago´n mi manto! ¡Al puto tuerto que no deja de mirarme voy a cortarle los cojones!»

Mírela, ya se ha cansado de hacer monerías delante de la cámara —sonrió San José.

Un gemido se escapó de la mordaza del vigilante cuando Carla se adentró por la única salida aparente de la trampa donde había caído.

No me distraiga ahora, hombre. Tengo que accionar correctamente las compuertas o si no el juego no sería igual de bueno. Allá vamos.

Apenas unos segundos después, un grito de mujer reverberó en la estancia. San José sonrió, pero no comentó nada al aterrorizado vigilante. En la pantalla, Carla se acercó a la puerta y comenzó a golpearla y sollozar pidiendo ayuda. En eso, no era nada original. Esperaba que la muchacha demostrase el potencial que Minos había visto en ella, mientras espiaba, a través de las cámaras, la tienda friki donde la muchacha había estado trabajando parte del verano. Los colmillos puntiagudos se asomaron entre los labios del barbudo cuando la joven cayó el suelo, rotos su voz y su ánimo.

Pronto tendría que volver a reaccionar. El bueno de Minos se merecía ese regalo navideño: una compañera digna de él y la familia monstruosa. No poder moverse más que bajo tierra o por la sala de control, salvo en cuando tenía que disfrazarse de buey en el belén o algún teatrillo, era duro y el pobre nunca se quejaba. Incluso con Carla, había tenido que ofrecerse San José a contratarla como Virgen María y montar la caza. Al fin y al cabo, tampoco corrían demasiado riesgo. Si no cumplía con las expectativas, les serviría de banquete de Nochebuena.

Ahora es cuando nuestro amigo interviene. Pronto se lo presentaré. Le gusta acercarse a la sala de control, así charla con alguien. El pobre no puede hacerse pasar por humano. No es tan fiero como parece, ya lo verá, solo acuérdese de no hacer bromas sobre hamburguesas de buey.

»Mírelo, ahí está, pero ella no lo ha visto. ¿Ha visto qué presencia? Los demás lo intentamos, pero nadie logra emular su sentido del dramatismo cuando acechamos a alguna presa. Se le notan los siglos de experiencia desde que empezó en aquel laberinto en Creta.

Carla se giró, aún caída en el suelo, al sentir unos pasos amortiguados a su espalda. Algo imposible en aquella habitación por completo cerrada. Y sin embargo… Carla dio tal salto que quedó incorporada sobre sus pies. En la pared de la derecha se había abierto una puerta y, desde su umbral, la contemplaba el actor que se enfundara el piojoso pijama de buey en el belén viviente. Ahora no vestía semejante disfraz, tampoco vaqueros gastados y un jersey de cuello alto. En realidad, estaba desnudo, salvo por una especie de faldilla corta dorada y la máscara.

Hola, Carla —saludó el hombre toro.

Al contrario de lo esperado, las palabras no brotaron como un eco a través de unos labios yertos de careta. Nada en la faz taurina era rígido; las cejas se enarcaban festejando la ironía macabra de la situación, la anilla que adornaba la nariz se mecía al compás de una respiración serena… los labios formaban ahora una sonrisa cruel, mientras el Minotauro se acercaba a ella.

Carla se sentía incapaz de moverse, de gritar siquiera. No había salida. Incluso la puerta por la que entrara su secuestrador se había cerrado. Y el monstruo la miraba con una falta de pudor indecorosa hasta para un baboso de discoteca.

¿No puedes moverte? Vamos, que soy el Minotauro, no Medusa —la risa del hombre toro sonó como un bramido.

Pero ni siquiera su reverberación logró reavivar por completo a Carla. Los labios de la muchacha estaban pegados; sus manos no dejaban de jugar con uno de los tirantes de su mochila al mismo tiempo que intentaba forzar a sus piernas a moverse. Por el rabillo del ojo vio cómo, tras emitir un leve zumbido, otra puerta empezaba a elevarse en la pared izquierda. Tenía que ser una trampa, otro juego; sin embargo…

El Minotauro alargó el brazo en su dirección. Cuando la rozó, el cuerpo petrificado de Carla reaccionó antes de que llegase a hacerlo el cerebro confuso; la bolsa salió disparada contra el torso de la bestia al tiempo que las piernas de la joven comenzaban a alejarla hacia la puerta. Sintió los dedos del secuestrador rozando sus cabellos, pero no llegaron a atraparla, antes de que se adentrase en el nódulo de un laberinto.

Si la anterior era una habitación sin aparentes salidas, esta era una sala con no menos de cuatro. Al sentir un bramido a su espalda, Carla se lanzó por el pasillo derecho, el más cercano a ella. A los pocos pasos, empezó a arrepentirse. Estaba tenuemente iluminado y parecía no tener fin. Aun así, continuó corriendo, alejándose de los bramidos, que parecían reírse de ella.

En la sala de control, el falso San José sonreía. Parecía que esta vez Minos no se había confundido al afirmar que la aspirante actriz que había trabajado un par de fines de semana en la tienda de discos tenía garra.

Toda una fiera. ¿Verdad? —comentó al vigilante, todavía amordazado y atado a la silla.

En los ojos del hombre, el miedo empezaba a dar paso a cierto interés morboso. Eso estaba bien. Por mucho que pudiesen sobornar a la policía, las desapariciones de empleados eran problemáticas. El centro les había dado una buena cobertura los miembros de la cooperativa y a otros seres como ellos, que habían alquilado locales allí para sus negocios tapadera. La discreción era la clave de la supervivencia, por eso también dejaban tranquilos a los humanos que se habían instalado en el centro comercial. Por eso y por el dinero, admitió; aun conservando muchos asociados fortunas antiguas, el mantenimiento del complejo secreto resultaba costoso.

San José sacudió la cabeza y devolvió la atención a la pantalla. Era momento de dar otra oportunidad a la presa.

Instinto Animal

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Después de más  de un mes sin actualizar el blog (el NaNoWriMo me tuvo secuestrada. Ya hablaré en otra entrada de la experiencia de este año), aparco hoy un poco la escritura de mi última novela para presentaros Instinto Animal, una de las últimas antologías donde he participado, y hablaros de paso un poco sobre mi aportación a la misma, el relato “Su verdadera piel”.

La escritura es un proceso peculiar, culpabilicemos de ello a las musas, los vericuetos de nuestra mente o a los caprichos de los antihistamínicos, la inspiración es una criatura caprichosa. A veces cuanto más peleamos por intentar sacar adelante una historia, más nos esquiva esta; otras una noche de insomnio te da para idear mentalmente un borrador entero de un relato. Hay tramas que te salen de un tirón y no te sueltan ni aunque intentes alejarte de ellas (me está pasando con mi actual novela gracias al empujón del NaNo) y otras que necesitan ser escritas en varias etapas, a veces hasta separada con un año de diferencia.  Y luego estás las historias peleonas; las que te gritan “¡Cuéntame, capulla!”, pero no terminan de encontrar la forma adecuada, especialmente si tienen la desgracia de caer en manos de una jardinera literaria.  

“Su verdadera piel” es una de esas historias rebeldes. La idea base llevaba tiempo en los cajones de mi mente, pues jugaba con elementos habituales en mis escritos: ritos ancestrales, terror, erotismo, este toque pulposo a lo Werid Tales o publicaciones similares tan común en mis últimas historias. No fue hasta hace un año y un mes (un mes y tres días para ser más precisos) que intenté escribirla por primera vez. La historia no era exactamente la que ha terminado siendo seleccionada para Instinto Animal, ni en título ni en desarrollo, sino una trama de brujería y pueblos del Estados Unidos de los años 40 cargados de secretos y puertas a otras realidades, titulada “Terror en Wizard Creek”.  Tampoco iba a ser un relato, sino mi novela para el NaNo del año pasado, la primera historia larga protagonizada por Liz O´Hara, intrépida detective de Hollywood, ex actriz de serie B y cazadora de monstruos, más dura que el mismísimo Dan Turner. Empecé la cosa con ganas, incluso con esquemas y algunas escenas ya planificadas, cosa poco habitual en mí, pero, sin llegar a alcanzar el ecuador del NaNo, o el de la propia historia, empecé a darme cuenta de que algo no funcionaba, de que la evolución natural de la trama y el consiguiente final la convertían en una aventura que no podía estar protagonizada por mi detective favorita (Con permiso de Diana Hunt). Y la cosa se quedó cogiendo polvo en el cementerio de las ideas varadas, hasta que a principios de este año decidí obligarme a retomarla en plena sequía de ideas (o más bien apatía tras el palo que supuso la tomadura de pelo de Libralia). 

El resultado de todo eso fue la primera versión de “Su verdadera piel”, una historia que me gustaba, pero en la que sentía que faltaba “algo”, aunque no terminaba de ver qué era. El estar atravesando una de esas etapas en los que los sinsabores por elementos externos a tu propia habilidad (o torpeza) para crear historias te hacen plantearte si merece la pena seguir dedicándote a esto, o mejor de centras por completo en tejer bichejos de ganchillo, tampoco ayudaba a afinar mi disposición mental para pulir ideas. Aun así, como a terca no me gana ni una recua de mulas, seguí puliendo la historia, dotándola de una nueva mitología, mientras esperaba la llegada del concurso apropiado. No era algo demasiado fácil, dada la carga erótica/tenebrosa del relato. Un día los hados cruzaron en mi camino un concurso que parecía hecho para mi historia. Licantropía y otras conversiones zoomorfas vistas desde una perspectiva femenina,  pocos remilgos con el erotismo, según se intuía en las bases … Además, estas estaban redactadas con un tono que bien parecía inspirado por una musa a la que la mía le hubiese pasado uno de sus petas de ficus. 

Y para allí se fue mi “bicha”, donde encontró una buena acogida y también un ojo crítico que ayudó a afinar por completo el relato. Un año y unas semanas después de haber renunciado a escribir aquella “Terror en Wizard´s Creek”, un hermanito pequeño, surgido de la mezcla adecuada entre  elementos interesantes de la historia fracasada y otros nuevos, está ahora en mis manos, como miembro de una antología con muy buena pinta. 

Podéis encontrar más información de “Instinto animal” en la página de la editorial Café con Leche. 

También podéis pillar la antología a través de Amazón. En formato papel, por menos de 15 euros, hablamos de una antología que supera las 300 páginas, y en digital.

Western Tales

La diligencia se retrasó un poco (conductores borrachos, ataques indios, caballos con patas rotas), pero por fin nos ha traído la lista definitiva de autores seleccionados para la antología Western Tales, que Dlorean sacará este año. A servidora, como otras tantas veces, le toca dar el toque femenino y delicado… digo, ser la tía con afición a la pólvora y la sangre, del conjunto.

Os repico todo el listado a continuación:

Autores de Western Tales

Anunciamos la lista de autores que compondrán Western Tales: Una antología de relatos ambientados en el más genuino género western, en historias en el salvaje oeste, con pistoleros, caravanas de colonos, buhoneros, cazarrecompensas, tribus indias, duelos al atardecer. Todo tipo de situaciones en el Far West, muchas veces mezcladas con otros géneros, incluso el fantástico o el terror. 19 relatos con los escritores que vienen a continuación: continuación:

1-Néstor Allende

2-Luis Guillermo del Corral

3-Joaquín Sanjuán

4-Josué Ramos

5-Alexis Brito Delgado

6-Pako Domínguez

7-Raúl Montesdeoca

8-Miguel Ángel Naharro

9-Joseph Remesar

10-Ana Morán

11-Julián Sánchez Caramazana

12-Jerónimo Thompson

13-Gabriel Romero de Ávila

14-Patxi Larrabe

15-Guillermo Moreno

16-David Gambero

17-David Iruela

18-Sergio Pérez

19-Manuel Collado