Descarga Gratuita: Última estación, la muerte

Rugen los caballos a vapor, las pistolas duermen en sus cartucheras dispuestas a entonar su canto, chirrían brazos y piernas artificiales al desperezarse… Amanece en el Salvaje Oeste steampunk. Tres mujeres a las que los avatares de la vida han convertido en agentes secretos han de coger un tren muy especial… Su última parada, bien puede ser la Muerte. 

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O tal vez sea un E-reader… Tras haber subido la historia al blog por episodios, os la ofrezco ahora en una sola entrega, en formato e-pub. El relato original formó parte de mi primera publicación en solitario “El erradicador de pecados y otras historias”, de vida breve, por no decir efímera, por la quiebra de la editorial Libralia.  Y por desgracias no es el único relato que ahora flota en el limbo, perdida la ineditez, por estar descatalogada o desaparecida la publicación donde salió originalmente. Mi intención es ir recuperándolos para el blog y para su descarga en formato epub y tal vez crear un día un recopilatorio gratuito con los textos que haya ido rescatando. 

De momento, podéis descargar este oscuro viaje en tren por el Salvaje Oeste pinchando en en “pa la saca”. Mientras, mi musa, empieza a darle vueltas a la idea de retomar las aventuras de Scarlett, Kelly Jane y Lillian… 

Pa la saca 

Última estación, la muerte V

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Todo había sido fácil. Tal vez demasiado, pensaba Lillian. Al primer pistolero lo habían cogido desprevenido. Los otros dos habían tomado a Scarlett por su compañero, pues Diablo se había tocado con el sombrero del hombre, un Stetson decorado con una pluma india. Ahora pensaban intentar la misma jugada, usando a Lillian como una falsa prisionera.

Sin darles casi tiempo a llegar a la casa, la puerta de la misma se abrió. A partir de ahí, nada trascurrió como lo planeaban. La mayor de las Abott lo intuyó en cuanto vio a Kelly arrodillada en el suelo, cargada con un collar de mortífero aspecto, y a Lee a su lado. Pero no le dio tiempo a avisar a Scarlett antes de que el detonar de una pistola resonase en la cabaña. Se arrojó al suelo mientras, a su espalda, sentía caer a su jefa y amiga.

Desde el suelo, Lillian desenfundó su arma y apuntó contra Carter Lee.

—Yo de usted, tiraría esa pistola —El revólver de Lee apuntaba contra Lillian, un extraño dispositivo, hacia Kelly—. A no ser que quiera ver cómo desnuco a su amiga.

Ya habían vivido eso con el Buhonero Oscuro. Pero allí estaban dos pistoleras para abatir al villano. Ahora, Lillian se sabía sola contra Lee.

—Lillian. Dispara contra él —ordenó Kelly. Los ojos de su hermana estaban impregnados en lágrimas. Su voz, sin embargo, sonaba firme—. La única prioridad es la misión.

La misión. Matar a Carter Lee. Pero, por mucho que lo dijesen las órdenes, eso no podía ser a costa de la vida de su hermana. Lillian arrojó su pistola al centro de la estancia.

—Y ahora, póngase en pie. Una pistolera de su talento puede serme muy útil en el futuro. Sigue leyendo

Última estación, la muerte IV

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Cantos de Muerte

El cuerpo le dolía como hacía años que no lo hacía, como los infaustos días en que era una niña indefensa, una marioneta a quien el Buhonero Oscuro implantaba nuevas partes artificiales para transformarla en el Diablo.

Scarlett se puso de rodillas. Aún era de noche y había perdido el monóculo al arrojarse del tren, pero el fuego y su ojo artificial bastaban para constatar el horror. Madera, cuerpos calcinados y toda una colección de objetos cotidianos se desperdigaban por el páramo. El vagón de las chicas estaba intacto, pero ninguna señal de vida brotaba del mismo, ni siquiera los ecos de una batalla. La pistolera apretó los dientes al sentir el roce de los pantalones contra la rodilla izquierda. La tela especial no la había protegido de las consecuencias del choque, tampoco del fuego. En su antebrazo humano, una nueva quemadura acompañaba a las que la marcaban desde poco después de su nacimiento. Su mano artificial no presentaba mejor estado. Había soportado la mayor parte del impacto y ahora estaba paralizada, con los dedos extendidos. Incluso si el dispositivo que activaba las garras de los nudillos funcionaba, no iba a poder usarlas para defenderse.

El garfio del guantelete también estaba atascado. Su único consuelo era que la pistola seguía en su funda. Y aun así era una alegría amarga, pues no tenía más munición de repuesto que la guardada en la bolsa colgada de su cinturón.

Ahora quedaba rezar para estar a tiempo de cumplir la misión y para que las chicas estuviesen vivas.

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Última estación, la muerte III

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El asalto

La oscuridad envolvía por segunda noche a la figura que reptaba sobre el techo de los vagones de segunda. Ante sus ojos se perfilaba una hilera de vagones por recorrer y una oscuridad inescrutable incluso para su ojo artificial: la de la Milla Muerta. Respiró hondo y siguió avanzando, ajena a las señales de dolor que le enviaban los hombros, sin dejarse vencer por el envite del viento que, esa noche, parecía haberse congraciado con sus enemigos.

Al llegar al extremo del coche, se arrodilló, bregando por mantener el equilibrio. ¿Sería mejor saltar o bajar al otro vagón y volver a trepar al tejado? La noche anterior había realizado todo el trayecto saltando. Sin embargo, ahora dudaba ser capaz de llegar a su destino incluso con la ayuda del garfio.

Buscó la locomotora con la mirada. Los primeros poblados de la Milla Muerta empezaban a asomar su decrépito cascarón y a ella aún le quedaban media docena de vagones por recorrer.

«¿Qué?»

Sus sentidos tenían que estar engañándola. Por un segundo, había creído ver una sombra de pie, sobre el tejado del coche de las chicas. Scarlett agudizó la mirada. Alguien se movía sobre el techo del vagón, con una seguridad impensable en semejantes circunstancias. La figura parecía sostener algo en la mano. Como si la hubiese visto, apuntó en su dirección. Un rayo purpúreo zigzagueó en la noche. Cuando impactó contra los vagones, la pistolera perdió toda noción de lo que sucedía, solo sabía que volaba por los aires, mientras el fuego se adueñaba del tren.

***

Kelly Jane no sabía qué había pasado. Solo que el caos había interrumpido una tensa cena. Recordaba las sacudidas, el verse proyectada en el aire y rebotar de un lado a otro del compartimento, en medio de una lluvia de maletas. Y las explosiones. Y los gritos. Pero las primeras habían sido las explosiones, una a continuación de la otra.

Dolorida, tentó, en busca del puño de su sombrilla. Estaba segura de que la explosión no era fortuita, ni tampoco obra de Scarlett o de Lillian. Solo cuando hubo recuperado su único medio de defensa, comprobó el estado de sus acompañantes. Carter Lee miraba a su alrededor con gesto confundido, un reguero de sangre le bajaba por la frente, sin que el inventor hiciese nada por detenerlo. El agente de la Pinkerton estaba agachado a cuatro patas, buscando, tal vez, su pistola.

No llegó a encontrarla. Cuando el hombre aún estaba hurgando entre una montaña de ropa desperdigada, proveniente de una maleta destrozada, la puerta del compartimento saltó en pedazos con tal potencia que uno de los fragmentos se clavó en el corazón detective. Kelly Jane desconocía qué fuerza podía haber hecho tal destrozo, pero era tan mala señal como la explosión. Decidida, se puso en pie. Su mano derecha estaba afianzada sobre el mango de la sombrilla, el dedo índice acariciaba un pequeño relieve que era en realidad un gatillo camuflado. Carter Lee se había incorporado también. No hacía ademán de sacar arma alguna, solo miraba el umbral con gesto expectante.

De telón de fondo, resonaba el canto de los disparos y los gritos. Kelly confiaba en que su hermana fuese uno de los que disparaban.

—Parece que volvemos a encontrarnos, profesor Lee —saludó una voz, proveniente de la oscuridad de una capucha. En realidad toda la figura pequeña y encorvada de su visitante estaba enfundada en una gran capa. A la vista quedaba una mano blanca, de uñas largas, que se apoyaba sobre un báculo broncíneo, lleno de cables y extrañas luces.

La agente de las Sombras contuvo el aliento, casi tan aterrorizada como la noche en que el Buhonero Oscuro había arruinado su vida. Detrás del enano, llegaba otro hombre. Su envergadura superaba los dos metros de alto, mitad puro músculo, mitad metal. Todo el brazo izquierdo había sido sustituido por un cañón que, humeante, apuntaba contra Kelly y Carter Lee.

—Veo, mi buen amigo Challenger, que las noticias sobre su muerte eran desmedidas —por un segundo, Kelly creyó ver una sonrisa asomando a los labios de Carter Lee.

El científico no apartaba la mirada del hombre enlutado, ignorando al gigante que apuntaba contra él con un cañón.

«Lillian, ¿dónde te metes?», pensó mientras, discretamente, empezaba a elevar la sombrilla.

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Última estación, la muerte II

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La agente Scarlett Blade miró su reloj de bolsillo. Ya había caído la noche y la alarma de su cinturón no se había activado. Con suerte, eso querría decir que la infiltración de Kelly iba por el buen camino. Ahora le tocaba a ella hacer su trabajo. Con cuidado de no hacer ruido, para no despertar a la otra motorista que viajaba en el vagón, se desproveyó del abrigo y del sombrero, y echó una manta sobre ellos, dejando a la vista el gorro. Ocultos como estaban tras la moto, si la otra se despertaba por casualidad bien podría pensar que su compañera de coche estaba durmiendo.

Con sigilo, se anudó un pañuelo sobre la cabeza, cuidando de remeter toda su melena dorada dentro del mismo, luego tiñó la mitad humana de su rostro con un maquillaje del color de la noche y se colocó el parche de cristal verde de visión nocturna. Tras asegurarse de que era la pistola especial, y no el Colt, la que dormía sobre su cadera, se calzó un guantelete en la mano humana. El guante del mismo era de suave cuero, la antebracera estaba provista de un aparato lanza ganchos.

Lo lanzó contra el techo del coche y luego se dejó elevar por su tracción hasta llegar a la altura de la escotilla. Con agilidad de híbrido, la abrió y se deslizó hasta el exterior del vehículo. En pocos segundos, el coche-cuadra volvió a ser un dormitorio silencioso. Scarlett era una sombra que reptaba sobre el techo del vagón. Lo más difícil vendría cuando llegase al borde. Aún tendría que saltar sobre varios vagones hasta alcanzar la primera clase, donde la esperaban sus dos socias en la vida y en las Sombras.

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Última estación, la muerte I

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El sol reverberaba contra las motocicletas aparcadas frente a La Aguja de Anabelle. Para los visitantes de St. James el local era un simple taller de costura. Pero, como todos los negocios de la ciudad, tenía una cara oculta. Tan secreta como el nombre que daban a la villa sus habitantes: Shadow Town.

Anabelle Clark retrocedió para admirar su último trabajo. Donde menos de una hora antes estuviera una joven vestida con ropas de vaquero, había ahora una elegante viuda, a la que el dolor había robado la juventud y el color de los cabellos. Estos acentuaban el toque macilento de su rostro y aún hacían parecer más negro el atavío de la dama. La prenda era un casto vestido de cuello alto y, cuando llegase el momento de entrar en acción, su tejido especial protegería la vida de su dueña. Al menos, en eso confiaba la costurera.

—El sombrero está demasiado ladeado —murmuró al ver cómo este se inclinaba a la derecha.

La modista se acercó a su cliente y se dispuso a afianzar mejor el alfiler en el moño de la joven, para dar al tocado la estabilidad necesaria. Al hacerlo, las bocas de ambas quedaron a la distancia de un beso.

«Debería besarla», pensó Lillian. No obstante, no hizo ademán de salvar la distancia que la separaba de la hermosa costurera. Pese a que las otras dos ocupantes de la sala conocían sus lazos, la agente seguía sin sentirse cómoda manifestando sus sentimientos hacia Anabelle en público. Y otro tanto sucedía con la modista. Tal vez porque ni ellas comprendían del todo su relación; si las había unido la necesidad de curar dos corazones heridos por la crueldad humana o algo más profundo, oculto en una naturaleza ajena a las leyes y costumbres de los hombres.

—Ya está lista, agente Silver —proclamó la modista, con el mismo tono profesional usado con las otras dos integrantes de la misión.

Agente Silver. No Lillian, ni menos aún Lilly. Anabelle le había puesto dos condiciones cuando decidieron prolongar su relación más allá de una noche. La primera, nada de despedidas. La segunda: «Que sea esta casa la primera que visites cuando regreses de un trabajo».

Hasta ahora Lillian siempre había mantenido ambas promesas; pero el nuevo encargo hacía tambalear su característica seguridad en la buena marcha de sus misiones y en su capacidad para permanecer en la retaguardia mientras su hermana se infiltraba en las filas del objetivo. Se hizo con un elegante bastón y una maletita cercanas y escrutó a sus compañeras. Estaban listas. Scarlett con sus sempiternas ropas de vaquero; Kelly Jane, como una sensual cortesana pelirroja. El Diablo y Las que Cabalgan con el Diablo, las llamaban algunos colegas en secreto, en un mal juego de palabras con el nombre en código de Scarlett. Un equipo perfecto, alérgico a los añadidos. Salvo en esta ocasión. El sheriff Rick Copper Hand volvía al trabajo de campo, después de que una misión le costara la mano cinco años antes. Pero Rick también contaba con el beneplácito de Scarlett; además, su presencia no alteraría la marcha habitual del conjunto, dado que se limitaría a reforzar la imagen de Lillian como viuda adinerada, escoltándola hasta el tren en calidad de chófer particular.

Sí. Estaban listas. Listas para convertirse en tres desconocidas cuando cruzasen las fronteras de Shadow Town; listas para asaltar un tren y acabar con una vida, a cambio, tal vez, de salvar miles. Listas para arriesgar su existencia usando un armamento que Lillian distaba de considerar el idóneo.

—Aún no sé por qué tengo que llevar este maldito estoque —masculló, mirando al bastón. Las armas blancas no eran su especialidad y no entendía qué utilidad podría tener el estoque para cubrir a Kelly Jane si había problemas.

—Una escopeta no es una buena arma para manejarla en un vagón de tren, Lilly. —Scarlett la premió con una mirada irónica de su ojo humano—. Y ya llevas una pistola oculta en la biblia.

La llevaba. Y pensaba ser una viuda muy lectora cuando estuviesen en el tren, pero seguía sin verle utilidad al bastón. O igual el problema estaba simplemente en que Kelly expusiese su vida en primera línea de fuego. Por más que fuesen ya mujeres adultas y pistoleras curtidas, seguía siendo la hermana mayor y no podía librarse del impulso de proteger a la jovial pelirroja.

—¿Alguien más tiene algo que añadir? —preguntó Scarlett. Su mano biónica acariciaba la culata del Colt. Su mirada estaba fija en la siempre risueña Kelly Jane.

—Lista para partir, Diablillo —respondió, como si la responsabilidad que le tocaba en aquella misión no le pesase.

—Bien, señoras, tenemos un tren que asaltar.

La partida

«Otro de esos malditos implantados», pensó el jefe de estación.

El hombre lanzó una mirada despectiva a la nueva pasajera del tren a Sacramento. Viajaba en uno de esos caballos a vapor —una motocicleta, las llamaban— con la caldera humeante. Sus ropas de vaquero estaban manchadas por el humo y el polvo de mil caminos y el sombrero, pese a llevarlo ladeado, no terminaba de ocultar la mitad inhumana de su rostro, cubierta por láminas de un extraño metal negro, desde la que observaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Suba a ese vagón —ordenó señalando a uno de los coches-cuadra, situados en la cola del tren—. No ponga esa maldita caldera en marcha mientras esté dentro.

—Tranquilo, amigo —contestó la vaquera en tono ronco—. Ya no tengo costumbre de volar por los aires —añadió, señalándose el rostro con ademán burlón.

El jefe de estación contuvo un suspiro mientras la veía alejarse. Los malditos implantados siempre daban problemas y hoy había tenido ración doble. Primero, el chófer que había acompañado a una joven viuda para acomodarla en el vagón, un tipo de gesto hosco que había insistido en ser él quien subiese el equipaje de la mujer al coche, y ahora esa maldita vaquera…

—Disculpe, ¿cree que algún mozo podrá ayudarme con mi equipaje?

«Yo mismo» estuvo tentado a decir cuando se encaró con la nueva pasajera. La mujer suponía un dulce cambio frente a sus predecesores. Una diosa pelirroja que enfundaba sus sensuales contornos en un vestido verde. Sus manos jugueteaban con el mango de una sombrilla y una gran maleta descansaba a sus pies. Al jefe de estación no le cabía duda sobre cómo se ganaba la vida aquella belleza. Pero la Munro Railway siempre había tratado bien a las cortesanas.

—Por supuesto, señorita.

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Fantasmas entre las Sombras I

* El presente relato está ambientado en el mismo universo que “La venganza tiene rostro de Diablo”, historia incluida en la antología Steam Tales. 

30 de diciembre de 1889

 

La nieve caía ahora más copiosa, dificultando el avance de dos figuras, casi camufladas con el blanco y desnudo paisaje. Solo los mechones flamígeros escapados del sombrero de una de ellas rompían la monotonía; la cabellera de la otra, aún siendo igual de rebelde, se mezclaba con las vestiduras, merced a su color plateado, casi blanco. El vapor se escapaba por las grupas de sus monturas, dos motocicletas preparadas para no hundirse en la nieve.

La de cabellera plateada bloqueó las ruedas, sin apagar la caldera, y se bajó de la suya. Durante unos segundos, se limitó a analizar el suelo, amparada tras los cristales de unas gafas protectoras. La nieve había empezado a caer hacía una media hora, pero no había llegado a cubrir del todo unas profundas rodadas, pertenecientes a vehículos no muy diferentes a los suyos. Uno de ellos, al menos, parecía llevar un carro de transporte acoplado al costado derecho. 

—Han continuado por aquí —murmuró al cabo de un rato. Su voz volaba amortiguada por la bufanda que le cubría la mitad inferior del rostro; no obstante, las palabras llegaron claras a oídos de su compañera.

—¿Un rastro reciente? —preguntó la otra.

La rastreadora se limitó a asentir, mientras regresaba a su montura.

—No creo que tenga más de dos horas —dijo poniendo en marcha la moto.

Nada más hablaron; se limitaron a seguir la estela marcada por las huellas. La proximidad del rastro indicaba dos cosas: pronto volverían a cantar las pistolas y algo estaba retrasando a los perseguidos. No podía deberse a la fatiga de sus monturas pues ellos también viajaban sobre «caballos de vapor». Con un poco de suerte, alguien había salido vivo de La Despensa de Bill y estaba presentando batalla. Solo restaba esperar que aún viviese. Después de dos días buscándolos, hacía dos horas que habían dado con una pista de los forajidos. Una tienda asaltada, el cuerpo acribillado de un hombre yaciendo sobre una cama de harina. La sangre sobre su pecho, todavía roja…

Al cabo de pocos metros, el carmesí empezó a acompañar las marcas de rodadas. Las dos mujeres no se detuvieron. Tampoco intercambiaron palabra alguna. Eran agentes de Las Sombras y su deber era apresar a los forajidos, no dejarse llevar por el miedo, ni menos aún por el temor a que ciertos rumores, escuchados a lo largo del camino, fuesen ciertos. La crueldad de los asaltos, el hecho de no dejar testigos atrás, incluso a costa de secuestrar a los supervivientes… bien podía ser una indicación de que no perseguían a unos bandidos cualesquiera, sino a un grupúsculo perteneciente a la peor de todas: La Banda Davenport. Llevaban tiempo sin dar señales de vida y Colorado no solía entrar dentro de su campo de operaciones; sin embargo, aunque no deseasen admitirlo, una parte de ellas empezaba a dar crédito a semejantes rumores.

 ***

Un posadero de aves, lleno de cables y luces parpadeantes, trataba de sostener la mirada de la mujer sentada frente a la mesa donde él estaba situado. No era una tarea fácil, pues la mujer era el mismísimo Diablo. La mitad izquierda de su rostro, la única visible tras una cortina de melena dorada, era un mar de láminas de metal negro, salvo en la barbilla, torbellino de quemaduras; en la cuenca del océano negro brillaba un ojo azul cobalto, pura frialdad artificial.

—Dido no va a venir porque te quedes mirando toda la mañana el posadero —susurró una voz masculina a sus espaldas.

Era cálida, como las manos que acariciaron los hombros de la mujer, cobijados por una camisa masculina, hurtada tras una noche de pasión. La agente Scarlett Blade se dejó querer mientras las manos del hombre retiraban el cabello de la hermosa mitad derecha de su cara, con la osada intención de recorrer la curvatura de su cuello con sus labios. Disfrutó de aquel beso cálido, del agradable cosquilleo de la barba de su amante, de la caricia de sus manos bajo la camisa… Lo único bueno de verse obligada a permanecer en la retaguardia era disfrutar de Richard y sus atenciones. Aun así, esa mañana se sentía incapaz de relajarse por completo. 

—Debería estar con ellas, no aquí —murmuró.

No hacia falta especificar quiénes eran «ellas»; desde hacía dos años, el otrora Diablo solitario siempre cabalgaba al lado de las agentes Silver y Ginger o, lo que era lo mismo, Lillian y Kelly Jane Abott.

—Las chicas han demostrado ser muy capaces de arreglárselas solas, Scarlett —contestó él, en tono paciente, abandonando ya todo intento de seducción.

Scarlett se giró para encararse con uno de los hombres más deseados de St. James, la ciudad de Las Sombras, el sheriff Rick Copper Hand. La mirada del hombre parecía aún más triste de lo habitual y ni siquiera un diablo podía ser inmune al poder de semejantes ojos ni a la verdad destilada por las palabras de su dueño.

—Lo sé, pero no me acostumbro a estar en la retaguardia —confesó.

No era su único desvelo. La fría mentalidad de Scarlett le decía que las pistas eran claras; los ataques habían sido a casas aisladas, que pocas cosas valiosas contenían y menos posibilidades tenían de defenderse. Los forajidos eran simples carroñeros, no miembros de la poderosa Banda Davenport, siempre aficionada a los botines suculentos. Sin embargo, ni siquiera ella era por completo inmune a los rumores.

—Pero algún día tendrás que hacerlo. Algún día tendrás que aceptar convertirte en parte del mando de Las Sombras.

Scarlett se limitó a asentir, sin atreverse a mencionar la realidad: ella no concebía su existencia sin ser agente de campo. Por alguna razón, tales declaraciones entristecían a Richard. No podía ser amor. Era imposible que un hombre encantador, atractivo, incluso con una mano derecha artificial, amase a una mujer como ella, marcada a lo largo de casi la mitad de su cuerpo por las quemaduras y los implantes del horrible metal negro creado por el Buhonero Oscuro.

—Supongo que tienes razón —admitió—. ¿Dónde vas tú tan elegante?

El sheriff se había cambiado las ropas del día anterior por unos pantalones bien planchados y una camisa inmaculada, en la que brillaba la estrella de cinco puntas. El hombre se demoró en enfundarse un chaquetón de piel antes de responder.

—Tengo que ir al taller de Anabelle a recoger mi traje para la Última Noche —dijo con prudencia.

Había un sastre en Shadow Town, pero los hombres solo lo usaban para la ropa de diario y, ocasionalmente, para los uniformes de combate; si alguien buscaba la elegancia, fuese para una de las dos festividades del año o para una misión, acudía a Anabelle Clark. Sin embargo, hasta ese día, Richard jamás le había encargado un traje de fiesta. A imitación de Scarlett, disfrutaba del jolgorio vestido con sus atavíos cotidianos.

—El Día del Agradecimiento Lillian y ahora tú. ¿Es que me voy a quedar sola combatir la cursilería de esa señoritinga de Virginia?

—No estás siendo justa con Anabelle, Scarlett. Es una buena chica y hay pocos hayan sufrido más que ella en este pueblo… O que trabajen más por los agentes de las Sombras.

Richard tenía razón, no podía negarlo; sobre todo, en la primera de las afirmaciones. Para Anabelle Clark, las puñaladas que cerca estuvieron de segarle la vida cuatro años antes habían sido la culminación de una pesadilla y, a su modo, el inicio de una nueva. Su verdugo y marido seguía libre y no era otro que Alistair Davenport, el líder de la temida banda de forajidos. En cuanto a su compromiso con Las Sombras, tampoco cabía dudar. De su taller salía la mayor parte de los disfraces y trajes de combate. Aunque eran muchas las trabajadoras del establecimiento, los diseños partían de la mente de la antigua aristócrata, también muchos informes capitales a la hora de valorar el comportamiento de los tejidos especiales.

—Lo sé —gruñó—.  Yo también formaba parte de esa misión, ¿recuerdas? Pero puede llegar a ser tan cargante con eso de la ropa…

—Es su forma de luchar, Scarlett. Lo mismo que para otros lo es ser agentes de campo, o para mí fingir que mantengo la paz en St. James —dijo, calándose el sombrero.