Leyendo autoras en octubre II: Shirley Jackson

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Hoy toca centrarse en una sola autora: Shirley Jackson. Figura emblemática para autores como Richard Matheson, no es quizá una escritora conocida por la mayor parte del público español, pero sí una de las autoras más singulares que ha dado el género. Capaz de conjugar historias de talante más sobrenatural, o claramente terroríficas, con otras en las que la inquietud la generan los propios personajes, Jackson fue una genial creadora de personalidades excéntricas, complejas, que a veces podían coquetear con la locura (como la Nell de La Maldición de Hill House o la Merricat de Siempre hemos vivido en el castilllo). Además, tenía una mano excelente a la hora de manejar la tensión e ir impregnado de inquietud ambientes en apariencia tranquilos (Los veraneantes).

Y como el objetivo de estas entradas es hacer unas recomendaciones breves, os dejo con unas pinceladas sobre algunas obras de su autoría: 

La maldición de Hill House

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Es sin duda su novela más emblemática, además de una de las obras cumbres de la literatura de casas encantadas. La historia está  narrada desde el punto de vista de Nell, una “heroína” llena de miedos e inquietudes, que parece desarrollar una relación de amor-odio con la vivienda; en parte derivada de su propio pasado. El lector nunca deja de tener claro que está presenciando una versión sesgada de la trama, incluso cuando la autora no recurre al monologo interior de su protagonista. 

Junto a su narradora, cabe destacar entre las virtudes de Jackson: la utilización del escenario de la propia Hill House, el hábil manejo de los diálogos y la creación de unos personajes que generarán más simpatía o menos, pero cuyo destino no nos resulta indiferente. 

Todos estos elementos contribuyen una obra sobre la que cada lector (o incluso en cada relectura que uno pueda realizar), acaba teniendo una visión diferente de lo sucedido y de las explicaciones existentes tras el misterio de Hill House. 

Siempre hemos vivido en el castillo

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Publicada por vez primera en 1962, Siempre hemos vivido en el castillo es la última novela de Jackson, quien fallecería tres años después de un ataque al corazón. 

Nos encontramos, en este caso, ante una obra que no es puramente terrorífica, pero que no por ello deja de estar cargada de inquietud. Una atmósfera de misterio, e incluso de amenaza, impregna toda esta narración cargada de secretos y de personajes marcados por un hecho pasado (un envenenamiento que acabó con siete miembros de la familia), nunca aclarado. De nuevo, Jackson, nos ofrece un punto de vista sesgado, esta vez en primera persona.  Merricat es uno de los tres miembros de la familia Blackwood empecinados en permanecer en el viejo caserón familiar, ajenos a las actitudes a veces hostiles de los vecinos o a las presiones de otros parientes más o menos cercanos. Merricat es un personaje rico en matices, carismático a su modo excéntrico, que tiene la facultad de atrapar al lector. Abandonar la lectura de esta historia, resulta casi tan imposible como a los Blackwood residir en un lugar diferente. 

Señalar, a modo de anécdota, que la promoción de esta novela estuvo impregnada de cierta polémica cuando el crítico Laurence Hyman, esposo de Jackson, desveló que la autora era experta en ocultismo. Si bien ella se vio obligada a desmetirlo por cuestiones de imagen, hoy se sabe que era estudiosa se lo sobrenatural y llegó a practicar la magia blanca. 

Relatos

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Shirley Jackson fue también una gran autora de relatos cortos. Ahora bien, si uno busca historias de terror, tanto en un sentido más clásico como más alternativo, tal vez debería buscar otros pastos. Si bien la autora tiene cuentos que se pueden catalogar inequívocamente como “de género”,  prevalecen historias más centradas en lo cotidiano, con cierto tono costumbrista a veces. No obstante, seguimos encontrando esa inmersión en la psicología de los personajes, en sus frustraciones ocultas; también situaciones donde la tranquilidad puede verse interrumpida por un hecho inesperado, como la narración truculenta de un desconocido. En el fondo, la Jackson demuestra incluso en sus narraciones más sencillas en apariencia, que el monstruo más inquietante de todos puede ser el propio ser humano. 

 

 

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