Lecturas para playa, casa y monte

No soy muy amiga de los listados, pero hoy me apetece realizar algunas recomendaciones de lecturas, válidas para verano, primavera, otoño e invierno (o el “veroño” de por aquí). No es un listado exhaustivo, ni son todo novedades, pero sí una muestra de libros con los que he disfrutado en los últimos tiempos. 

Piensa en otra cosa 

Ángeles Mora (textos) y Mariví Troy (ilustraciones) 

PiensaportadaPiensa en otra cosa es un álbum fosco para adultos, que nos llega de la mano de El Libro Feroz, y se articula en torno a 22 microrrelatos que centrados en los miedos infantiles.  Esta obra, además de ser una delicia para todos los sentidos, resulta ideal para una lectura conjunta en torno al fuego (alguien recitando, otros escuchando), o en un salón en relativa penumbra, tal vez en una casita rural… Así también desearéis pensar en otra cosa. 

En septiembre tendréis una reseña más amplia en El vals de la araña. 

Every heart a doorway 

Seanan McGuire

EveryPortada¿Se puede ofrecer algo diferente usando como base los cuentos populares, lo legendario o los clásicos de terror? La respuesta es sí, y queda plasmada en esta obra, primera de una serie de  novelas cortas autoconclusivas, aunque interrelacionadas. 

Oscura, y fascinante, ha ganado el Nébula 2016 y el Locus 2017 en su categoría, y es finalista a los premios Hugo y Word Fantasy, aún no fallados.  De momento solo está editada en inglés, pero Alianza nos la traerá en la primavera de 2018, gracias a su sello Runas. 

Podéis leer una reseña más amplia en El vals de la araña. 

Ideal si tenéis ganas de practicar el inglés durante el veranillo. 

Trilogía de Ana Martí 

Rosa Ribas y Sabine Hofmann

PortadaTrilogiaLas autoras nos ofrecen una trilogía de novelas autoconclusivas (aunque merece la pena leerse las tres siguiendo el orden de publicación), ambientadas en la España de los años 50. La primera y la tercera ambientadas en Barcelona, la segunda en la zona del Maestrazgo. 

Novela negra con un toque diferente, atmósferas muy bien trabajadas (la segunda. El gran frío, tiene un aire al mejor cine de terror rural), personajes bien perfilados, entre los que me permito destacar el de Beatriz, la prima de la protagonista. Ana Martí tiene la virtud de ser un personaje creíble, al que vemos crecer de una novela a otra, tanto en lo personal como en lo profesional.  

Los tres libros por orden son: Don de lenguas,  El gran frío, Azul Marino. Siruela ha sacado, además, un volumen recopilatorio con las tres novelas. 

Recomendable para amantes de la novela negra o quienes quieran romper con el prejuicio de que cualquier obra ambientada en la posguerra española es siempre “más de lo mismo”. 

Horizonte Rojo

Rocío Vega 

horizonte_rojo_1_4784_Kle0jZwwSpace ópera que nos llega de la mano de Café con leche, una de esas editoriales pequeñas a las que les gusta currarse las cosas. Publican novela y novela corta,  tanto en digital como en papel. Su catálogo se caracteriza por la presencia de personajes no heteronormativos, protagonismo de personajes femeninos o la mezcla de género erótico y fantástico. 

Horizonte rojo, serial que lleva ahora mismo 5 entregas publicadas en digital y una en papel (recopilando las tres primeras entregas), es un buen ejemplo de esta apuesta.  De momento me he leído la primera, pero no descarto seguir con la serie a ir reseñando en el blog. 

Space ópera ligera, de lectura ágil con buenos momentos de acción, sin dejar a un lado el erotismo. Teje un universo interesante, del que me habría gustado conocer más detalles, sobre todo de algunas razas  alienígenas, aunque entiendo que las limitaciones de longitud obligan a dar las pinceladas justas en este aspecto. Buenos personajes, entre los que cabe destacar a una protagonista que no sabes si estrangular o invitarla a un trago. 

Buena lectura para acompañar con una cerveza o lo que os apetezca. 

Cuentos de Fantasmas 

Edith Wharton 

FantasmasPortadaEl verano es un momento tan bueno como otro para revisar “los clásicos”.  Wharton desarrolló su faceta más conocida como novelista, e incluso ganó  un Pulitzer en 1921 por La edad de la inocencia. No obstante, también cultivó el relato de fantasmas.  Sus historias juegan muchas veces con la ambigüedad y no siempre dejan atados todos los cabos; el espectro puede ser a veces la proyección del alma de un personaje o tomar la forma más insospechada.  Todo esto, mezclado con la visión irónica de la autora de la sociedad neoyorkina de la época o su reflejo de los matrimonios opresivos y tóxicos, crea un conjunto de historias con voz propia. 

Merece la pena destacar joyas como: Después, El triunfo de la noche, Un grano de granada o El día de difuntos. 

Ideal para una noche de lectura en solitario o para arrebujarse en el sofá de una biblioteca vetusta. El triunfo de la noche resulta perfecto para contrarrestar olas de calor 

 

Y , aprovechando que el Piles pasa por Gijón, recomiendo también un par de cosas mías.

El juego de Lax

el_juego_de_lax_5915_fdnju3u3Todavía está disponible en tomo único en la web de Ronin Literario. Ciencia ficción cercana a la space ópera.

Lhera Dao, una mercenaria con dones muy especiales,  es contratada para encauzar a Lax, una IA  rebelde que está causando problemas en Booklive, un entorno de realidad virtual que permite vivir el libro que uno escoja. 

Ambos establecerán un duelo dentro del propio entorno virtual del que puede depender no solo la vida de Lhera, sino el destino de toda Estación Ensueño. 

Instinto Animal

Instinto

Una de las antologías más sólidas en que he participado, tal vez por que acota por tema (licantropía y otras conversiones animales desde la perspectiva de una protagonista femenina) y no tanto por género.

 

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Relato: En Letras Ardientes

 

*Relato publicado originalmente en la antología gratuita Hell or Win, editada por las Pastilla Azul (disponible para su descarga en Lektu) 

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EN LETRAS ARDIENTES

Recuerda, tienes que matarlo en menos 666 palabras, sin ediciones, si no…

Lo sé, lo sé. Llevamos cinco años con este juego. Ya he aprendido a ir al grano —susurró Alice. En el despacho no se oía más voz que la suya, pero seguía sin ser capaz de limitarse a contestar telepáticamente a los pensamientos de Grace.

Exhaló una bocanada de aire y acercó sus dedos al teclado. Pronto las letras ardieron sobre la hoja en blanco.

Handy Joe O´Hara sonrió al adentrarse en su refugio favorito de Nueva York. Los chicos se habían acordado de apostar un Jack O´Lantern en el alféizar de la ventana, con la mirada fija en el exterior. Joe no era creyente, ni menos aún supersticioso, pero en Halloween siempre colocaba su calabaza para espantar a los espíritus de sus víctimas, tal y como su abuelo, verdadero diablo en los días violentos de Hell´s Kitchen, le había ensañado a hacer. Tranquilizado por la presencia de la figura protectora, se llevó un cigarrillo a los labios al tiempo que alargaba la mano hacia el interruptor de la luz, apagada hasta ese momento. Cuando accionó la llave, escuchó un suave clic, pero el apartamento siguió tan en penumbra como antes.

Una puta bombilla fundida. Alguien iba a perder un dedo por eso. Handy no se había ganado el sobrenombre por ser un buen tahúr. Sus víctimas se contaban por manos cortadas, y los fallos de sus hombres, en dedos amputados. Sigue leyendo

Leyendo autoras en octubre II: Shirley Jackson

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Hoy toca centrarse en una sola autora: Shirley Jackson. Figura emblemática para autores como Richard Matheson, no es quizá una escritora conocida por la mayor parte del público español, pero sí una de las autoras más singulares que ha dado el género. Capaz de conjugar historias de talante más sobrenatural, o claramente terroríficas, con otras en las que la inquietud la generan los propios personajes, Jackson fue una genial creadora de personalidades excéntricas, complejas, que a veces podían coquetear con la locura (como la Nell de La Maldición de Hill House o la Merricat de Siempre hemos vivido en el castilllo). Además, tenía una mano excelente a la hora de manejar la tensión e ir impregnado de inquietud ambientes en apariencia tranquilos (Los veraneantes).

Y como el objetivo de estas entradas es hacer unas recomendaciones breves, os dejo con unas pinceladas sobre algunas obras de su autoría: 

La maldición de Hill House

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Es sin duda su novela más emblemática, además de una de las obras cumbres de la literatura de casas encantadas. La historia está  narrada desde el punto de vista de Nell, una “heroína” llena de miedos e inquietudes, que parece desarrollar una relación de amor-odio con la vivienda; en parte derivada de su propio pasado. El lector nunca deja de tener claro que está presenciando una versión sesgada de la trama, incluso cuando la autora no recurre al monologo interior de su protagonista. 

Junto a su narradora, cabe destacar entre las virtudes de Jackson: la utilización del escenario de la propia Hill House, el hábil manejo de los diálogos y la creación de unos personajes que generarán más simpatía o menos, pero cuyo destino no nos resulta indiferente. 

Todos estos elementos contribuyen una obra sobre la que cada lector (o incluso en cada relectura que uno pueda realizar), acaba teniendo una visión diferente de lo sucedido y de las explicaciones existentes tras el misterio de Hill House. 

Siempre hemos vivido en el castillo

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Publicada por vez primera en 1962, Siempre hemos vivido en el castillo es la última novela de Jackson, quien fallecería tres años después de un ataque al corazón. 

Nos encontramos, en este caso, ante una obra que no es puramente terrorífica, pero que no por ello deja de estar cargada de inquietud. Una atmósfera de misterio, e incluso de amenaza, impregna toda esta narración cargada de secretos y de personajes marcados por un hecho pasado (un envenenamiento que acabó con siete miembros de la familia), nunca aclarado. De nuevo, Jackson, nos ofrece un punto de vista sesgado, esta vez en primera persona.  Merricat es uno de los tres miembros de la familia Blackwood empecinados en permanecer en el viejo caserón familiar, ajenos a las actitudes a veces hostiles de los vecinos o a las presiones de otros parientes más o menos cercanos. Merricat es un personaje rico en matices, carismático a su modo excéntrico, que tiene la facultad de atrapar al lector. Abandonar la lectura de esta historia, resulta casi tan imposible como a los Blackwood residir en un lugar diferente. 

Señalar, a modo de anécdota, que la promoción de esta novela estuvo impregnada de cierta polémica cuando el crítico Laurence Hyman, esposo de Jackson, desveló que la autora era experta en ocultismo. Si bien ella se vio obligada a desmetirlo por cuestiones de imagen, hoy se sabe que era estudiosa se lo sobrenatural y llegó a practicar la magia blanca. 

Relatos

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Shirley Jackson fue también una gran autora de relatos cortos. Ahora bien, si uno busca historias de terror, tanto en un sentido más clásico como más alternativo, tal vez debería buscar otros pastos. Si bien la autora tiene cuentos que se pueden catalogar inequívocamente como “de género”,  prevalecen historias más centradas en lo cotidiano, con cierto tono costumbrista a veces. No obstante, seguimos encontrando esa inmersión en la psicología de los personajes, en sus frustraciones ocultas; también situaciones donde la tranquilidad puede verse interrumpida por un hecho inesperado, como la narración truculenta de un desconocido. En el fondo, la Jackson demuestra incluso en sus narraciones más sencillas en apariencia, que el monstruo más inquietante de todos puede ser el propio ser humano. 

 

 

Leyendo autoras en octubre I

Algunos conoceréis ya la iniciativa #LeoAutorasOct, gestada a través de Twitter, que busca visibilizar la literatura escrita por mujeres, lanzando el reto dedicar el mes de octubre (y más tiempo si uno lo desea) a leer exclusivamente a autoras. 

Por mi parte, no voy a quejarme si escogéis leer El juego de Lax o alguna otra pieza de mi autoría, pero voy a aprovechar el blog para dar a conocer alguna obra ajena. Hoy  os dejo con cuatro antologías de indiscutible toque fosco. 

Ecos del páramo y otros relatos oscuros

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Ángeles Mora es una escritoria heredera de la tradición gótica, pero con una voz claramente reconocible. Combina a la perfección sutileza, atmósfera y una mala leche muy propia a la hora de dirimir el destino de los personajes. Como autora, he de reconocer que siempre he envidiado esa mezcla de crueldad y elegancia que pueden destilar sus escritos.  Asidua de antologías periódicas como Calabazas en el trastero o la selección resultante del Certamen Polidori, es además una estupenda micorrelatista. Ecos del páramo gustará a todo buen aficionado a la novela gótica y el terror victoriano. 

La antología la podéis pillar a través de la página de la editorial Niebla. 

Entre mundos

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L. G. Morgan es una bruja buena que se mueve con fluidez tanto en el género histórico como en el fantástico. En Entre Mundos encontraréis relatos de ambientación western y otros atmósfera contemporánea; historias de sabor exótico o ambientadas en nuestro pasado reciente.Atmósferas lúgubres, melancólicas, humor negro… Cada una con su propia voz y la vez impregnada de la personalidad de su autora. Si os gustan las ambientaciones bien trabajadas o buscáis historias con personajes femeninos potentes, podéis sumergiros en este viaje Entre Mundos. 

La antología puede conseguirse a través de la página de la editorial Saco de Huesos. 

El príncipe Alberico y la dama Serpiente. 13 historias fantásticas y de fantasmas

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La editorial Valdermar, fiel a su filosofía de recuperar clásicos del fantástico que no siempre son conocidos por el gran publico, nos ofrece una cuidada panorámica de la obra fantástica de Vernon Lee (Violet Paget). A lo largo de estos trece relatos, Lee juega con la mitología, con las religiones (a veces desde una perspectiva burlona), con fantasmas que pueden ser tal cosa o ser reales solo en la imaginación de los protagonistas. Y con la obsesión. Sea esta producida por un retrato, una pieza musical o algún otro elemento, Lee quizá sea una de las autoras que mejor ha sabido aprovechar la fascinación enfermiza dentro del relato fantástico. “Amour Dure”, incluido en este compendio, me sigue pareciendo una obra cumbre del relato fantástico / terrorífico. 

La Eva Fantástica 

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Rematamos con la única antología colectiva de esta entrada La Eva Fantástica es una colección de relatos breves, escritos entre el siglo XIX y parte del XX, que tiene como gran virtud mezclar a autoras emblemáticas del género (como Mary Shelley, Vernon Lee o Shirley Jackson), con otras que se acercaron con menos frecuencia al relato fantástico o no habían sido previamente traducidas al castellano. Una selección sólida, llena de pequeñas gemas que, de otro modo, habría sido casi imposible leer, contiene entre sus páginas “La Lotería”, primer relato fantástico escrito por Shirey Jackson y una de las obras más singulares de su autora. 

Drácula y las mellizas

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Las poblaciones cercanas al castillo Karstein viven aterrorizadas por dos amenazas. Por un lado, la presencia del mencionado castillo y su depravado morador (El Conde Karnstein); por el otro está “La Hermandad”, un grupo de fanáticos capitaneados por Gustav Weil que persiguen a todo aquel que sea diferente acusándole de diabólico.

La llegada de las dos sobrinas de Weil acarreará consecuencias trágicas para todos.

Director: John Hough/ Productores: Harry Fine , Michael Style / Guión: Tudor Gates / Fotografía: Dick Bush / Música:Harry Robertson / Montaje:Spencer Reeve / Efectos especiales:Jack Mills / Intérpretes: Peter Cushing ( Gustav Weil), Dennis Price,( Dietrich) Mary Collinson( Maria Gellhorn), Madeleine Collinson ( Frida Gellhorn), Isobel Black ( Ingrid Hoffer), Kathleen Byron ( Katy Weil), Damien Thomas ( Conde Karnstein), David Warbeck ( Anton Hoffer), Harvey Hall, Alex Scott, Judy Matheson, Luan Peters, Shelagh Wilcocks, Katya Wyeth, Inigo Jackson / Nacionalidad y año: Gran Bretaña, 1971 / Duración y datos técnicos</b>: Color, 87 min.

Dráculas y las Mellizas ( Twins of Evil, 1971) es la tercera parte, y broche final (oficial), de la serie de los Karnstein rodada por la Hammer y uno de los más sólidos trabajos de los años 70 de la productora Británica.

La película se aleja de las dos entregas anteriores de la saga al tomar como protagonista  a un descendiente de esta corrupta estirpe, mientras la condesa Mircalla se limita a tener un pequeño cameo. Es el conde un protegido del propio monarca del país y , gracias a esto, realiza todo tipo de desmanes sin que nadie pueda tocarlo. Su amor por el mal culminará con su conversión en  vampiro. Y su máximo deseo será corromper a las sobrinas gemelas de su némesis, Gustav Veil.

Nos encontramos así con el enfrenamiento entre dos facciones contrapuestas Weil y sus exaltados por un lado. Karnstein y sus acólitos por otro. Más que a una lucha entre el bien y el mal, asistimos a una batalla por dominar al pueblo. Si el vampiro rapiña vidas sin piedad, los fanáticos disfrutan quemando a mujeres inocentes y a todo aquel que ose pensar de un modo diferente a ellos. Nos alejamos, por tanto, del esquema tradicional de las cintas de vampiros de la productora, para sumergirnos en un tono más cercano al western  (sirva como ejemplo la presentación de Cushing y los suyos a caballo); también más épico de lo habitual, con ese final que se aleja de los cánones arraigados en las principales obras de La Casa del Martillo. 

Gran parte de el éxito de este enfrentamiento se debe al estupendo trabajo de los actores que personifican a los dos grandes antagonistas. Damien Thomas compone un conde Karnstein de claras influencias byronianas realmente estupendo, carismático y amedrentador a un tiempo. Cushing está realmente sublime. Pese a haber perdido poco tiempo antes a su mujer, el actor realiza aquí una de sus más grandes interpretaciones. En su rostro se percibe toda la amargura, la mezquindad, la morbosidad y el ciego fanatismo del inquisidor. Transmite también esa mezcla de fascinación y repulsa de Weil hacia el mal  que trata de erradicar. 

La lucha entre oscuridad y luz es personificada en esta ocasión por las dos hermanas. La rebelde Frida, incapaz de doblegarse a la dictadura de su tío, se va acercado paulatinamente al lado oscuro a la par que se siente atraída hacia Karnstein. La dócil María se pliega como buenamente puede a la vida que les ha tocado y trata de que su hermana entre en razón. Esta dualidad de caracteres, sin embargo, no será percibida por el cegado fanático. Sí la captan, en cambio, los dos personajes que representan la voz de la cordura dentro de la historia: la tía de las jóvenes y el profesor de música (David Warbeck).

Cabe señalar como colofón de esta reseña que Drácula y las Mellizas) ha arrastrado cierta fama de película con una importante carga erótica. Nada más lejos de la realidad. Fuera de un par de planos y una metáfora de nula sutileza, es tal vez una de las películas menos explícitas de la Hammer de los setenta y la más sutil de las entregas de la trilogía .

Anécdotas

* Las hermanas Collison fueron las primeras gemela en posar para la revista Playboy.* Ambas jóvenes procedían de Malta por lo que según apuntan la mayoría de los expertos hubieron de ser dobladas para ocultar su marcado acento; también hay quienes consideran sin embargo que llegaron a perfeccionar lo suficiente el idioma como para actuar con sus propias voces* Llegaron a escribirse unas 16 páginas del guión de una cuarta parte protagonizada por Cushing como Conde Karnstein.* La película Capitan Kronoss (Kronoss Vampire Hunter, 1974) podría considerarse, en cierto modo, una especie de cuarta parte no oficial.

Con la sangre del inocente, regresarán. Segunda parte

Con la sangre del inocente, regresarán

Parte II

La catedral de la torre y media. Así se conocía tanto dentro como fuera de la región al templo más importante de la ciudad. Erigida en la Edad Media sobre los restos de una iglesia románica, se decía que bajo ella aún se escondían los restos de un primer lugar de culto de origen pagano. Aunque los expertos habían descartado tal teoría, calificándola de «Magufada para atraer turistas esotéricos». Tampoco parecían encontrar los sabios explicación al destino de la torre izquierda. Un siglo antes, parte de sus cimientos habían cedido un día de jueves santo; en al menos dos ocasiones registradas, un rayo había destruido la aguja y parte de la cubierta. Sus muros estaban recorridos por infinidad de cicatrices y su estado había animado al arzobispado a prohibir visitarla.

¿Había lugar más lógico para albergar el mal? Ángeles lo dudaba. Avanzó, junto a un puñado de iguales, hacia el lateral de la torre, una callejuela estrecha y oscura que ni siquiera oía a meados de fin de semana. Pegado a la torre, languidecía un mísero montón de hierbajos, antaño llamado jardín. La verja que lo custodiaba estaba abierta y un montón de tierra se acumulaba al lado de una trampilla redonda. El interior de la misma estaba decorado con relieves escapados de su peor pesadilla.

Mientras descendía por los estrechos escalones en espiral, podía sentir un manto oscuro rodeándola, vertiendo sanguinarias palabras de tentación en sus oídos, para luego permear su corazón. Con cuidado, sumergió la diestra en el bolsillo del gabán y cerró los dedos en torno al medallón. Sintió las runas clavándose en su piel como un hierro encendido, contuvo un gemido, mientras sentía cómo su propia voz le recordaba su misión de esa noche.

Pero no erradicaba por completo al lado sombrío que le permitía mezclarse entre aquellos seres.

Notaba la amenaza de la oscuridad mientras dejaba atrás las escaleras y recorría el estrecho pasillo iluminado por teas y decorado con relieves de seres espantosos, humanoides deformes con rostro de bestia y dientes afilados; lagartos alados devoradores de niños, krakens…

Los dioses malignos primigenios. Los que fueron encerrados cuando la sangre de su elegido corrió sobre el sello de Erthera, antes de que sus seguidores crucificasen al primer cazador de monstruos, llamado Jesús por los cristianos. Podía sentir sus palabras, sus susurros tentadores, como si supiesen que su corazón estaba en esos momentos a medio camino entre la Oscuridad y la Luz, entre el Caos y Equilibrio, entre Erthera y sus hijos y Lodaroch. Su mano volvió a atrapar el medallón, sin apretarlo demasiado por temor a que la carne llegase a quemarse y a delatar con su aroma la dualidad de su alma.

Cuando por fin accedió al lugar del sacrificio, se vio invadida por una sensación a medio camino entre el horror y la complacencia. Tras un mar de figuras embozadas, un hombre pendía del techo con los brazos en cruz; en otras circunstancias, podría haber resultado atractivo, pues era fuerte, sin ser excesivamente musculado; su cabello castaño oscuro ligeramente ondulado y la barba bien cuidada le daban un aire varonil al estilo de los héroes de las novelas pulp. Por desgracia, toda esa apostura se ahogaba en la expresión de horror de su mirada, en los besos de fusta abiertos en su pecho.

Aquel hombre era la puerta y la llave para el resurgir de Erthera y sus hijos, guiados por la mano de un nuevo elegido.

Ángeles pensaba en todo eso, mientras sus labios se unían al canto en honor de los viejos dioses. En lo más profundo de su corazón, aún sentía la voz de su verdadero señor, intentando guiarla por el camino de la luz y el Equilibrio. Sus palabras eran un eco distante, ahogado por una neblina oscura.

«Que mi tozudez me guíe por el camino del bien», se recordó. No era una acólita, sino una profesora universitaria capaz de romper los corazones de sus alumnos; también una cazadora de monstruos. La herramienta del bien, no la esclava del mal, se recordaba, entonando aún el canto, mientras veía cómo el líder de los cultistas desenvainaba un cuchillo, oculto bajo su túnica.

El golpe del silencio fue peor que el de los látigos. Aquellos solo hablaban de dolor; el mutismo gritaba «¡muerte!». Y lo siguió susurrando sin palabras durante una torturante eternidad. Los arroyos de sangre lamían con macabra calidez el cuerpo petrificado de Luis. Solo sus párpados parecían conservar la vida; traicioneros, pugnaban por abrirse y privarle del efímero consuelo de no contemplar a sus verdugos. Dos rendijas se abrieron para obligarlo a entrever el brillo de un largo cuchillo con un mango pura filigrana infernal. Los seis engendros que lo flagelaran se situaban ahora en el perímetro del ojo de piedra. Más allá, la marea negra e inmóvil, tan silenciosa como solemne, lo atrapó bajo su hechizo. Deseaba apartar la mirada de los acólitos, pero era incapaz de obligar a su cabeza a girarse o de cerrar aquellos párpados traidores.

De pronto, los embozados descruzaron los brazos del pecho, las manos emergieron de las mangas de las túnicas, pálidas, escamosas, rojas, deformadas… todas por completo inhumanas. Como un solo ser de cromatismo oscilante, se alzaron con las palmas vueltas hacia el calvario, los dedos extendidos, por encima de los hombros de sus compañeros, formando un paisaje más siniestro que un bosque de empalados. Un nuevo susurro comenzó a mecer la estancia mientras el miedo obligaba a los párpados de Luis a separarse un poco más. El líder de los dementes avanzó hacia el centro del círculo de piedra, con una mueca satisfecha deformando aún más su rostro monstruoso. Alzó el cuchillo sobre su cabeza, antes de depositar un beso en la hoja.

—Que la sangre del hijo de la ramera sagrada despierte a nuestra señora Erthera, para que, así, ella y sus hijos impongan su reinado sobre la Tierra.

La hoja curva comenzó a abrir un surco vertical en el pecho de Luis, mientras el canto se iba haciendo más frenético, también, aunque eso podía ser ilusión de sus sentidos, el suelo de la celda semejaba vibrar bajo los golpes de una fuerza desconocida. Los ojos del hombre tuvieron la misericordia de cerrarse, al tiempo que la lluvia carmesí caía sobre el suelo y el cuchillo proseguía su lento descenso. Dos lágrimas solitarias se escaparon en perfecta sincronía por el rabillo de cada uno de sus ojos. Casi podía sentir el beso pútrido de la muerte.

El estallido del caos.

O tal vez el tronar de una pistola.

Luis no podía saber qué fue lo primero, si fue el disparo, el sentir cómo la hoja del cuchillo dejaba de horadar su pecho o si abrió primero los ojos, pero, de pronto, todo habia cambiado. Los encapuchados se habían convertido en una marea embravecida que centraba sus embates contra algún punto cercano a la entrada del recinto. El terror deformaba el rostro de su líder, que alternaba su mirada entre el cuchillo caído en el suelo y su mano ensangrentada. Olvidados tal vez sus látigos, los engendros del perímetro arquearon sus piernas y engarfiaron sus manos, como fieras aterradas dispuestas a abalanzarse sobre su presa. El torturado no tardó en descubrir la razón del pánico. Una figura cortaba la marea negra como un moderno Moisés armado con dos cuchillos que más parecían cortas cimitarras. Como si fuesen piezas de dominó, los acólitos iban cayendo bajo el acero de aquella guerrera, siniestra y sensual a un tiempo, que avanzaba hacía el altar con una fuerza inexorable.

Aunque tal vez no fuese lo bastante rápida.

El líder había recuperado el cuchillo ritual y sonreía con expresión triunfante. Al menos hizo tal cosa hasta que su mirada se desvió hacia el suelo. Allí a pocos centímetros del punto donde la sangre de Luis teñía de carmesí el iris del gran ojo, se extendía una pequeña laguna rojiza, alimentada por la herida del monstruo. Este, para sorpresa de Luis, recuperó su capa y tras rasgarla y vendar su brazo, procedió a desecar aquel pequeño depósito de sangre corrompida; mientras tanto, la vida de su torturado seguía lloviendo sobre otros puntos del sello. Cuando el líder cultista arrojó a un lado la improvisada bayeta, un pequeño agujero habia comenzado a abrirse en el centro del relieve, desvelando un pozo de oscuridad en el que reverberaba el eco de unos gruñidos.

Luis desvió la mirada hacia su salvadora. La guerrera parecía alejarse más del altar a medida que avanzaba. Una risa festejante retumbó en la mazmorra, mientras el hueco se iba ensanchando. El supremo sacerdote se alejó el círculo y se apostó en una de las esquinas de la estancia, la mano en torno a una palanca que no llegó a accionar. Eso no era un consuelo. Un tentáculo se escapó del pozo y se cernió en torno a la pierna derecha del sacrificado; tiró. El joven gritó mientras sus hombros gemían de dolor y su mirada se cruzaba con la de su salvadora, congelando el tiempo durante unos instantes.

El agujero era ya tan grande como para dejar pasar el cuerpo de un hombre o para envolver a este con un aliento de fiera hambrienta. El sacerdote oscuro accionó la palanca. Luis sintió cómo los grilletes dejaban de sujetar sus muñecas. Durante unos segundos el tiempo se convirtió en una danza caprichosa, estirándose y encogiéndose como el fuelle del acordeón de un músico embriagado. El joven se sintió flotar en el aire, un tirón, vio a la desconocida alzar la mirada en su dirección, dos embozados saliendo despedidos en una aspersión de sangre. Sintió la negrura del pozo lamiendo las plantas de sus pies un segundo antes de que el tentáculo desasiese su pierna y algo golpease contra su pecho; dos antes de caer, semiaturdido, contra una esquina de la mazmorra.

A través de un velo, contempló el rostro monstruoso y sensual de su salvadora, tan ensangrentado como su propio torso, mientras un coro de gruñidos y maldiciones los rodeaba desde la distancia.

—¿Ja… Jane? —preguntó por alguna extraña jugarreta de su mente.

—Te equivocas de chica, Tarzán —la guerrera lanzó algo contra su pecho, un medallón.

Mientras lo tomaba entre sus dedos insensibles, Luis vio que la palma de la mano de la mujer parecía quemada.

—Ponte eso al cuello para espantar a los trolls.

Dicho aquello, se lanzó como una exhalación contra el líder sectario. Los dos se enzarzaron en una pelea de manos desnudas mientras los acólitos supervivientes, menos de media docena, se acercaban a Luis. Sin atacarlo, cada vez lo intentaban, el talismán que sostenía en sus manos temblorosas los hacía retroceder. Mientras tanto el suelo no dejaba de temblar, en medio de un eco de gritos y gruñidos. Desde su refugio podía ver cómo los dos luchadores habían caído al suelo y rodaban por este muy cerca del agujero, que parecía haber detenido su crecimiento. En dos ocasiones el tentáculo, herido por un cuchillo, intentó cerrarse sobre los contendientes, pero se apartó de ellos con la misma celeridad que si hubiesen recibido una descarga eléctrica. Las garras del sacerdote oscuro apretaban el cuello de la mujer mientras esta hacía débiles intentos de apartarlo. ¿Seria ese el fin?

Tal vez él no llegaría a saberlo; sus brazos iban bajando poco a poco, sus párpados se cerraban para abrirse de golpe y ver a los embozados más próximos y menos asustados del medallón. Ya sentía unos dedos gomosos rozando sus piernas cuando el grito lo hizo despertarse. Como en un sueño, vio el cuerpo del líder de los acólitos planear por encima de la mujer y caer en el pozo, para recibir el mortífero abrazo de sus señores.

Los temblores se hicieron más intensos, llovieron los cascotes que, por algún milagro no lo hirieron a él ni a la guerrera, que rodaba lejos del pozo. Los embozados cayeron al suelo entre convulsiones…

Y la negrura le dio un beso de buenas noches.

Lo siguiente que percibió fue un fuerte golpe en la nuca. La sala había dejado de temblar y el pozo había vuelto a cerrarse, los cuerpos de los demonios alfombraban en suelo y él estaba envuelto en una de sus capas.

—No vayas a morirte ahora, Tarzán —susurró la mujer, antes de alzarlo con una fuerza sorprendente.

Sin ser incapaz de decir nada, se vio colocado como un saco de patatas sobre el hombro de su salvadora. Antes de abandonar el cuarto, ella dirigió una mirada al suelo; nadie podría imaginarse que, minutos antes, allí se había abierto una puerta hacia Dios sabía qué horrores arcanos.

—Esperemos que esta vez esté cerrado para siempre —la oyó murmurar, antes de volver a sumirse en un tranquilizador letargo.

***

Luis caminaba nervioso delante de la librería, mientras esperaba a que el último descubrimiento de la literatura de terror terminase de estampar deseos de pesadillas felices a los integrantes de su séquito de admiradores. Hasta hacia media hora larga, él era uno más en la presentación, un hombre solitario entre veinteañeros rendidos al talento y la belleza de una profesora universitaria. Era esta la culpable de haber aunado cristianismo con los mitos de Cthulhu, creando un peculiar combinado tildado por sus detractores como Jesucristo Cazachopitos. Sin embargo, se había marchado del local antes de empezar la sesión de firmas, no por timidez a la hora de solicitar una rúbrica, sino por miedo al encuentro con aquella mujer tan fascinante como letal. Había llegado al libro por casualidad, pero, en apenas unas páginas, había descubierto la realidad oculta tras la ficción, verdades sobre lo que le había ocurrido más de un año y medio antes, corroborando la inexistencia de una ilusión provocada por alguna droga inyectada en sus venas por una pandilla de locos. Las fotos de la autora habían alejado toda duda de su alma, aunque, una cosa era cierta: estaba mucho más guapa sin medio cuerpo cubierto de escamas.

Aún nervioso, acarició la medalla de la que rara vez se separaba. Era una reproducción en miniatura del medallón que espantara a los embozados en la noche de los horrores. Le había llegado a su casa, a través una dirección de Toledo en la nadie vivía desde hacía décadas, según descubriría semanas después. Pese al misterio que rodeaba su llegada, rara vez se separaba de él; sobre todo, en cuando sentía el aire impregnado de fuerzas extrañas. El medallón lo tranquilizaba, sí, pero necesitaba algo más para alejar a las pesadillas, a la incertidumbre… Y tal vez su «amiga» Ángeles tuviese la llave.

Estaba a punto de ceder al miedo y alejarse de la tienda cuando la vio salir. Sus miradas se cruzaron y congelaron el tiempo por segunda vez en esa existencia. Sin ser consciente de haberse movido, tendió en libro en dirección a su salvadora.

—No busco un autógrafo —tartamudeó al ver que ella hacía ademán de sacar algo del bolso—, sino entender.

Durante unos segundos, Luis se limitó a empequeñecerse bajo el peso de dos azabaches de mirada profunda e inconmovible.

—A veces es más seguro creer en las alucinaciones, en acuíferos que provocan corrimientos de tierra bajo una sola torre de la catedral y en que los libros —dijo señalando el volumen que él sostenía en la mano— son meras ficciones.

Era lo más fácil, sí. Los diarios habían dejado de preocuparse por la secta de narcochalados que lo secuestrara, torturara, y drogara, al igual que su familia; el arzobispado nada sabía, al menos oficialmente, de templos esotéricos, acólitos muertos ni monstruos enterrados en los cimientos de la iglesia. Las ficciones, ficciones eran…

—Me temo que yo era el niño que hartaba a los profesores a fuerza de preguntar «¿Por qué?» a todo lo que nos decían.

La escritora lo miró con gesto de irónico antes de invitarlo a caminar con un gesto de cabeza.

—A partir de ahora te tocará cabrear a seres mucho más cabrones.

 

Relato: Con la sangre del inocente, regresarán. Primera Parte

Relato publicado originalmente en el Especial Vuelo de Cuervos, semana santa 2015.

Con la sangre del inocente, regresarán

No era frío, más bien era como si alguien hubiese sorbido todo el calor de su cuerpo. No recordaba qué le había sucedido, ni era capaz de imaginarse dónde podía estar. Solo tenía claro que no podía moverse, que sus pies no tocaban el suelo y el dolor se adueñaba de sus brazos abiertos en cruz. Su cuerpo desnudo estaba perlado de miedo; sus párpados, soldados por la angustia. Por una vez, le susurraba una vocecilla, la incertidumbre podría ser preferible al conocimiento.

Por desgracia para él, desde hacía unos segundos notaba un calor próximo a la piel, ascendiendo en dirección a su rostro; cuando la escalada culminó, Luis apenas tardó unos segundos en abrir los ojos. Solo invirtió uno en desear no haberlo hecho. El calor provenía de una tea sujetada por un embozado. El desconocido permaneció unos minutos mirándolo, sin decir nada; sin embargo, el prisionero percibía su complacencia. Al poco, el encapuchado se alejó. Sus pies no sacaban eco alguno en los muros de la mazmorra.

***

«¿Qué pasa por tu tierra? ¿Habéis sacado de paseo a la Terza Madre?»

Ángeles cerró Facebook sin llegar a contestar al mensaje; jocoso o no, el comentario resultaba muy acertado, tal vez demasiado. Tomó por enésima vez una colección de recortes de periódico que pocos asociarían con una historiadora y profesora universitaria. Niños ahogados, suicidios, atracos que culminaban en masacres, la violación, crucifixión y asesinato de una estudiante de medicina con pintas de animadora… Todo había sucedido en menos de una semana y, para la gente, era una simple muestra de la demencia que impregnaba a toda la sociedad.

Para ella era la manifestación de una amenaza más peligrosa que la Mater Lacrymarun de la película de Argento. Y, por desgracia, no tenía claro si sería capaz de detenerla. Había perdido demasiado tiempo en escaramuzas, evitando que más sangre llenase los titulares de los periódicos, en lugar de estudiar las pistas, las señales de que nada era casual, sino el preludio del renacimiento de un mal primigenio. Los seguidores del poder oscuro se habían hecho con una presa adecuada, estaba segura, y, si no se lo impedía, esa noche de jueves santo abrirían las puertas de la destrucción.

Caminó silenciosa hasta la ventana. Entre sus alumnos tenía fama de mujer atractiva, seductora incluso. Esa noche, el rostro moreno que la hacía merecedora del apodo de «La Mora» estaba pálido, deformado por una mueca de tensión. Podía sentir el mal impregnando la ciudad, rodeándola, aunque no pudiese identificarla como a su enemiga. Si salía a la calle como su verdadero ser, estaría muerta tal vez antes de llegar al lugar del sacrificio… Y si se ocultaba de ellos corría el riesgo de perder su propia alma.

¿Cómo debería actuar?

—La respuesta es sencilla, ¿no crees, Ángeles? —murmuró por lo bajo—. ¿O tienes que darte una de tus collejas para espabilar?

No fue necesario recurrir a la artillería pesada. A sus labios había asomado una sonrisa decidida, un punto maliciosa; la de una cazadora incapaz de decir «no» a cualquier reto, por arriesgado que fuese. Su mirada se cruzó con una de las estatuillas foscas distribuidas por los escasos huecos libres de la biblioteca. Representaba a un ser de piel rojiza cuarteada, desprovisto de genitales; su rostro alargado apenas mostraba una hendidura horizontal allí donde estaba la boca y dos estrechas ventanas para representar unos ojos entrecerrados. Nariz y orejas eran meros orificios y los cabellos un mar de cortas espinas del que emergían dos pequeños cuernos retorcidos. Nunca despertaba la atención de nadie, pero era la pieza más singular de toda la colección.

Ángeles colocó la figura en el centro de la mesa baja situada frente al sofá; un mueble antiguo, tallado con toscos dibujos geométricos, marcado por las cicatrices de viejos ataques de polilla. Se alzaba como un bloque carente de cajones o estantes sobre cuatro patas cortas y gruesas y el comentario más halagüeño que despertaba era: «¿Cómo no te deshaces de esta mierda?».

Algunas «mierdas» resultaban muy útiles. Sus dedos tentaron una figura compuesta por tres hexágonos concéntricos; acarició una de las caras del situado en la parte interior; estaba un poco torcida, como si el torpe tallista se hubiese desviado. La madera cedió bajo la presión; con gesto experto, la mujer giró un cuarto de vuelta hacia la derecha, luego media hacia la izquierda. El cuadrante se desplazó dejando a la vista un medallón broncíneo, decorado con una escritura rúnica indescifrable para cualquier experto, y una copa de idéntica tonalidad. Colocó el primero a los pies de la estatua; la segunda a su diestra. Dejó abierto el compartimento secreto, cerró los ojos y alargó los brazos, de tal forma que los dedos de las manos, salvo los pulgares, acariciaban las runas del medallón.

Sus labios no tardaron en entonar un canto de invocación tan antiguo como la propia humanidad.

Ya no sentía frío, solo parálisis, un sopor que no lograba convertirse en sueño y terror; sobre todo, terror. Hacía unos minutos, media docena de encapuchados habían colgado teas encendidas en los soportes de la pared. Ahora volvía estar solo, pero ya no lo rodeaba un manto de oscuridad; podía ver su prisión, aunque fuese entre sombras. Las paredes desprovistas de ventanas, el techo bajo, las pinturas monocromas de seres aberrantes que decoraban los muros. Y sobre todo, a pocos metros de donde él estaba crucificado, veía el sello, un ojo ciclópeo que se abría en el suelo clavándole una mirada capaz de devorar su alma.

Luis cerró los párpados, pero aun así seguía percibiendo aquella pupila pétrea escrutándolo, prometiéndole una muerte lenta y dolorosa.

Frente a ella, detrás de la mesa, se elevaba la versión real de la estatuilla; su respiración era suave, sin embargo, llenaba toda la habitación; sus ojos llameaban como dos ascuas cargadas de autoridad.

Lodaroch, guardián del Equilibrio. Su patrón.

—El mal acecha próximo a despertarse —susurró—. La sangre lo encerró cuando su elegido fue destruido por Jesús durante la Eucaristía. Ahora la sangre de un inocente puede de nuevo despertarle.

Ángeles contuvo las ganas de decirle que contase alguna novedad, que no se dedicaba a molestar a divinidades para tomarse unas cañas y una tapita de ibérico.

— Lo sé, mi señor, por eso os he invocado.

—El precio puede ser elevado. Este es un mal al que solo se puede destruir hermanándose con el mal.

—¿Alguna vez he dicho que «no» a un reto por complicado que fuese? —contraatacó, sin ocultar el sarcasmo.

Una risa sepulcral sacudió la estancia con la fuerza y la brevedad de un golpe de fusta.

—Así sea. Que la fuerza de tu espíritu te guíe en tu lucha, por la senda del Equilibrio.

El dios elevó los brazos en línea con la copa situada al lado de su figura, con las palmas vueltas hacía arriba mientras sus labios susurraban una extraña letanía. Pronto algo en la copa empezó a burbujear; era un líquido oscuro y denso. Su aroma desagradable tenía un ligero toque a azufre, pero Ángeles no arrugó la nariz ni apartó la mirada impasible del ser al que habia invocado.

Nada más terminar su canto, el dios colocó los brazos paralelos al cuerpo y se quedó tan inmóvil como la estatuilla que lo representaba. Ángeles tomó la copa he hizo ademán de brindar.

—Que mi tozudez me mantenga en el lado de los buenos —rio antes de acercar la copa a los labios.

Cuando iba a apurar la bebida, la mujer creyó sorprender una sonrisa asomando a los finísimos labios de Lodaroch. Pronto dejó de verla o de percibir cualquier otro detalle de su salón-despacho. Nada más catar el primer sorbo de brebaje, todos sus sentidos quedaron atrapados por este. Sentía la más profunda amargura extendiéndose por su paladar, el azufre apoderándose de su olfato; un ejército de sombras oscilantes se colaba bajo sus párpados, al son de una marcha de tambores. Pero nada era comparable al dolor; una mano le revolvía las entrañas, mientras otra le apretaba el corazón; su piel ardía… Ángeles cayó al suelo entre convulsiones, mientras su cuerpo parecía estirarse, retorcerse, mutar.

—No me gustan las transformaciones —jadeó mientras se incorporaba a cuatro patas—, no me gustan nada.

Y aún no había contemplado su nuevo aspecto en el espejo de su dormitorio. Una piel escamosa, de un tono azul grisáceo se entreveía por el escote de su camisa negra; también se apoderaba de la mitad derecha de su rostro, convirtiendo la expresión de su boca torcida en una mueca cruel. El cabello negro no habia mutado y, sin embargo, en lugar de una seductora cascada azabache, semejaba un manto de maldad. Sus manos no habían perdido la fisonomía humana; sin embargo, sus dedos parecían más delgados y paradójicamente más fuertes, además de estar rematados en garras. No podía ver sus piernas, pero también habían cambiado, ahora eran más potentes y rápidas.

Ahora era parte del mal y su peor enemigo. Sin embargo, aún no estaba lista. Iba a necesitar más armas que la fuerza de su nuevo cuerpo. Cogió una cazadora de piel del armario y regresó al salón. Tras abrir un nuevo compartimento secreto de la mesa de centro, se colocó una sobaquera con una automática pavonada del .38; en el cinturón, colgó dos largos cuchillos curvos envainados. Por último, deslizó el medallón en uno de los bolsos de la chaqueta. Las armas blancas estaban forjadas en plata, también las balas eran de ese material. El metal sagrado repelía a los horrores primigenios.

Cuando salió a la calle, algunas figuras oscuras se unieron a su paseo. Llegó a cruzarse con algunas personas normales, pero ninguna dio señales de ver nada extraño ni en ella ni en el resto de criaturas oscuras.

R´ste Oh, Erthera, Spirac dag farhed

Aquel canto extraño e indescifrable llenaba la estancia desde hacía varios minutos. Provenía de las gargantas de decenas de encapuchados que humillaban sus testas con reverencia, en dirección al calvario y al encapuchado situado al lado de este.

De pronto, el canto se detuvo, permitiendo oír un chirrido de poleas. Poco después descendía ante sus ojos una barra horizontal equipada con grilletes. A un gesto del líder, dos embozados se apresuraron a abrir las esposas que habían asegurado al prisionero al crucero. Habría sido un buen momento para intentar luchar; por desgracia sus brazos eran pesados apéndices sin fuerza y solo se movían bajo la presión de la voluntad ajena. Al poco, se encontró colgando sobre el suelo con los brazos en cruz. Las poleas volvieron a chirriar; como en la peor de las pesadillas Luis se vio elevado en el aire y desplazado hacia el centro del sello que llamara su atención.

Seis embozados de la primera fila se desprendieron de sus capas; Luis sintió cómo el miedo se congelaba en su garganta. Los cultistas bien podían recibir el nombre de demonios o el de mutantes. Los rostros de algunos estaban cubiertos de escamas; los de otros deformados por quemaduras de carne replegada; sus miradas estaban sedientas de sangre; sus manos, rematadas garras. Nada de eso despertaba el mayor de sus horrores, sino los largos látigos que portaban al cinto.

A una orden de su amo, todos tomaron las fustas.

Cuando el primer látigo restalló contra su torso, el grito se escapó de la garganta de Luis. Sus nuevas muestras de dolor quedaron enmudecidas por un nuevo canto.

En el pozo se escuchaba un susurro; el de un mal dispuesto a despertar.

Lust for a Vampire

Mircalla, la hermosa condesa vampira, regresa de la tumba para convertir un bucólico internado para señoritas en su coto de caza particular.

Director:Jimmy Sangsteer / Productores: Harry Fine, Michael Style / Guión:Sheridan Le Fanu (personajes) , Tudor Gates / Fotografía: David Muir  / Música: Harry Robinson  /Montaje: Spencer Reeve / /Intérpretes: Michael Jonson ( Richard Lestrage), Yutte Stensgaard (Mircalla), Ralph Bates ( Giles Barton), Susana Leight ( Janet), Pippa Steele (Susan), Mike Raven, Helen Christie, David Healy, Judy Matheson, .. Nacionalidad y año: Gran Bretaña, 1971 / Duración y datos técnicos: Color, 91min.

Lujuria para un Vampiro ( Lust For a Vampire , 1971) es posiblemente uno de los puntos más bajos dentro de la temática vampirica de la Hammer y con toda claridad la más floja de las que componen la trilogía de los Karnstein. 

Los defectos de la película son innumerables y el primero de ellos (y causa de muchos posteriores) es querer generar cierta duda en torno a quién es la vampira. Decisión por completo absurda, puesto que todo aquel familiarizado con el personaje sabrá quién es en cuanto pronuncie su nombre. Este error de partida redunda negativamente en la dirección de Sangsteer, puesto que se ve obligado a mostrar los primeros ataques de la chupasangres haciendo uso de la cámara subjetiva, logrando así un efecto bochornoso, más propio de un amateur, al tener que pegar su victima la cara a la pantalla.

Pero los despropósitos no terminan aquí y es que, para colmo de males, Lujuria para un Vampiro ( Lust For a Vampire , 1971) goza de una de las peores direcciones de actores de la historia de la productora. El gran Ralph Bates parece una parodia (tal vez intencionada) de sí mismo, los normalmente efectivos secundarios están flojos e inexpresivos y ¿que decir de la protagonista?…..Yutte Stensgaard gozaba el físico de una muñeca Barbie y su expresividad es aún menor que el de la famosa muñeca de plástico.

Lo cierto es que vista hoy en día da la sensación que la película se realizó con un valor o, mejor dicho, una intención puramente crematística, como una explotation cuyo único fin es aprovechar el filón comercial de su predecesora la notable Las Amantes Vampiro (The Vampire Lovers, 1970).

Tan paupérrima es la calidad de la película que, siendo generosos, solo son resecables dos escenas: el prologo, donde se nos narra la resurrección de la vampira, y el momento en que el personaje de Bates se encara con ella. Por desgracia y siguiendo la tónica de este producto, el buen resultado del prologo queda minimizado por una nueva visón de este momento, avanzada ya la película, cuando se nos desvela (¡oh sorpresa!) la identidad de la chupasangres. Además de su identidad el espectador descubre que la vampira ha regresado de la muerte despeinada,  pero, eso sí, gloriosamente maquillada (sombra de ojos azul incluida).

El resto es una sucesión de escenas que van de lo anodino a lo mediocre, llegando incluso a lo directamente bochornoso, siendo coronadas todas ellas por una de las muertes más lamentables que haya podido tener un vampiro en la gran pantalla.

 

Anécdotas

*El papel de Giles Barton estaba pensado para Peter Cusingh , por desgracia el actor tuvo que abandonar el rodaje debido a la grave enfermedad de su mujer. * El director inicialmente previsto Terence Fisher.* Ingrid Pitt se libró de volver a interpretar a la condesa Karnstein por encontrase rodando La Condesa Drácula ( Countess Dracula, 1971)* Algunas malas lenguas llegaron a apuntar , injustamente, que Yutte Stensgaard pertenecía a una Secta Satánica.

The Vampire Lovers

La Condesa Karnstein es una hermosa mujer que sufre el estigma del vampirismo, de vez en cuando siente una fascinación por alguna de sus victimas rayana con el enamoramiento, para poder conseguir su objetivo no dudará en introducirse la vida de estos. 

Director: Roy Ward Baker / Productores:Harry Fine, Michael Style  / Guión:Sheridan Le Fanu (novela), Harry Fine (adaptación) /Fotografía:Moray Grant  / Música: Harry Robinson / Montaje: James Grant / Intérpretes:Ingrid Pitt ( Carmilla), Madeline Smith (Emma Morton), George Cole (Geroge Morton), Kate O’Mara( Madame Perrodot), Peter Cushing,( General von Spielsdorf), Dawn Addams ( La Condesa), Jon Finch ( Carl Ubhart), Pippa Steel (Laura), Douglas Wilmer ( Barón Hartog), Ferdy Mayne,  Kirsten Lindholm, Janet Key, Harvey Hall, John Forbes-Robertson, Charles Farrell  / Nacionalidad y año: Gran Bretaña, 1970  / Duración y datos técnicos: Color, 91min.

 

Carmilla, novela corta escrita por el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu, es uno de los relatos claves ya no solo del género vampírico en particular sino de toda la novela gótica en general. Fuente de inspiración para el Drácula de Stocker , Carmilla es sin duda una de esas historias a la espera de una “adaptación definitiva” y es que la visual narración de Le Fanu tiene todos los ingredientes para dar lugar a una pequeña gema del género, pero aún no ha sido objeto de una versión por completo redonda. Pese a ello, ha tenido adaptaciones interesantes, como La Cripta e l´incubo, dirigida por Camillo Mastrocinque, o la obra que hoy nos ocupa. 

The Vampire Lovers atesora una interesante calidad cinematográfica y como adaptación, pese a nacer en el llamado periodo de decadencia de la Hammer y  a buscar, como era habitual en esas fechas, taquilla de un modo facilón, a fuerza de exponer carne femenina de modo no siempre justificado en la trama. Handicap este último que, en cierto modo, comparte con el Fantaterror español, bastante influido por la productora británica, se iniciaban los años de crisis del terror patrio y muchos creían que dar un toque de erotismo a sus productos podría mitigar los daños y atraer a un público dispuesto a abandonarlos por obras foráneas. Por desgracia, en la mayoría de los casos el reclamo comercial no cuajaba y la calidad de las películas se resentía con este toque erótico festivo que, vistas esas obras hoy en día, es uno de los elementos que peor llevan el paso del tiempo, hasta el punto de resultar cursi y ridículo en muchas ocasiones. 

Pero mejor me centro en la película objeto de esta reseña The Vampire Lovers. Erotismo cursilón aparte, nos encontramos ante una adaptación bastante fiel de la novela, tanto en forma como en fondo. Cosa que no ocurría, por ejemplo, con la excelente versión de Dracula realizada por Terence Fisher, donde, si bien se captaba a la perfección el discurso “oculto” de la obra de Stoker ( aunque fuese para pervertirlo) el guión se tomaba muchas licencias respecto a los acontecimientos y personajes protagonistas de la novela. En este Vampire Lovers las modificaciones más evidentes se dan en los nombres de los personajes (la Emma de la película es la Laura del libro; el personaje de Kate O´Mara es una suma, y a la vez modificación de varios secundarios de la novela,) y en la estructura narrativa. Este último se nota especialmente en la parte en que interviene Cushing; su historia es narrada en el libro a modo de flashbacks , mientras que en la película hace las veces de un primer episodio.

Destaca, de este modo,  el guión de Harry Fine por haber adoptado con tino el espíritu de la novela y por saber aprovechar hasta los elementos más aparente nimios de esta. De este modo tenemos fragmentos como el prólogo protagonizado por el Barón Hartog que, si bien es un elemento nuevo,  se relaciona con hechos insinuados en el texto original. Fine aprovecha también con éxito las ligeras indicaciones de la novela de que la vampira no actúa de un modo completamente libre, que tal vez exista otro poder detrás de ella. Para plasmar este último hecho ayuda también la interpretación de Ingrid Pitt quien, sin ser una actriz de grandes registros, consigue reflejar con bastante efectividad ese autorechazo y esa dualidad (apariencia fuerte , pero cierta debilidad física) de la que hacía gala la Carmilla literaria.

Lo cierto es que una de las grandes bazas de esta película es su reparto, ya no solo por la buena labor interpretativa de los actores, sino por su gran adecuación a sus respectivos papeles. Cushing vuelve a demostrar, Madeline Smith resulta por completo frágil, inocente y angelical, sin perder el encanto, Kate O ´Mara se muestra capaz de reflejar sin estridencias la atracción que su personaje siente por la hermosa vampira desde un primer momento… y los secundarios habituales vuelven a demostrar su profesionalidad. 

En el aspecto negativo de la película, tenemos los desmanes estéticos propios de la época, entre los que destacan unas escenas oníricas que parecen sacadas de un videoclip especialmente piscotrónico, y los toques de erotismo que, si bien en su época se podían ver picantes, hoy resultan ñoños y hasta un poco ridículos . Sin embargo, y afortunadamente la mayor parte de la narración es bastante clásica gracias a lo cual la película ha soportado (salvo detalles puntuales)  bien el paso del tiempo y sigue siendo una de las grandes películas de la Hammer de los 70.

 Bibliografía

Novela Corta: Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu, publicado dentro de la antología Vampiras , colección Club Diógenes , editorial Valdemar. Traducido por Juan Antono Molina Foix.